Lema y deseo para el año 2018

Que este año sea un año Eucarístico, por la Misa,
la Comunión y la adoración de Jesús Hostia.

Vivir en la intimidad de Dios.

Padre Mathurin de la Madre de Dios

Tableau du Père Éternel

El Padre Eterno

Antes de dirigirles la palabra, hermanos y hermanas, para comenzar voy a decir «¡Feliz fiesta!» a nuestro Padre de los Cielos: «Buen Padre de los Cielos, en este primer día del año, ¡Os deseamos feliz fiesta!»  La fiesta del Padre Eterno fue establecida en 1971 por nuestro Padre Juan Gregorio XVII. No existía antes en la Iglesia.

¿Cómo hablar del Padre Eterno? ¿Qué sabemos nosotros del Padre Eterno? ¿Qué decir de Él? Jesús nos da la respuesta y nos explica que vino a la tierra para cumplir las obras de Su Padre, para manifestar a Dios a los hombres. Felipe, uno de los Apóstoles, entusiasmado por las palabras de Jesús, Le pide: «¡Muéstranos al Padre!» Y Jesús le contesta: «Felipe, el que Me ha visto a Mí, ha visto también al Padre.»[1]  Así ver y conocer a Jesús, es ver y conocer a Su Padre.

San Pablo nos dice: Yo doblo mis rodillas ante el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, del cual toda paternidad en el Cielo y en la tierra obtiene su nombre.[2]  Cuando uno ve a los papás con sus hijos, uno diría que quieren verse en sus hijos. Sus hijos, son ellos. Es igual para el Padre Eterno. Dios ha hecho del hombre Su hijo, y Dios quiere, Dios sueña con verse a Sí mismo en Sus hijos. Lo vemos, desde el origen, en Génesis: Dios visita regularmente a nuestros primeros padres, Adán y Eva, y Se comunica con ellos en la intimidad.

¡Nuestro Padre de los Cielos! Uno diría que necesita esta intimidad con el hombre; la quiere, la desea, y hace todo para tenerla. Lamentablemente, conocen la historia…. Por su pecado, nuestros primeros padres rompieron esta intimidad con Dios. Esta manifestación de Dios, los tratos familiares, esta intimidad, ¡todo se rompió!

Dios ama al hombre, y quiere a todo precio manifestarse a él. ¿Qué va a hacer? Después de 4 000 años de espera, he aquí el Misterio de la Encarnación. Dios «inventa» el Misterio de la Encarnación y de la Redención. ¿No es ésta la prueba de un Amor Infinito? El hombre se ha burlado de Dios, Le ha negado. Se apartó de Él, para seguir sus vanidades y codicias, y sin embargo Dios regresa a él. Pero Dios hace aún más. Viendo que el hombre se alejó de Él, Dios hace proezas, actos de amor, actos de genio amoroso. Después de la Encarnación y Redención, instituye la Eucaristía.

Un año eucarístico

Hermanos y hermanas, les invitamos a hacer de este año un año eucarístico. Es el lema, es el deseo: que este año sea todo centrado sobre la Eucaristía. Se lo pedimos a ustedes, hermanos y hermanas, y a los cristianos del mundo entero.

Ustedes, los sacerdotes, cuando celebran los santos Misterios, háganlo con fe, con respeto, con atención: atención de espíritu, de inteligencia, de corazón. ¡Que su corazón esté presente, que todo su ser esté presente! Dejen de lado toda otra distracción, toda otra ocupación. ¿Qué son las demás ocupaciones cuando se prepara para ofrecer la Santa Misa? Nada, nada de nada. Estén atentos de no celebrar los santos Misterios distraídamente. Siempre han estado atentos, pero les pido en este año más particularmente. Que sus misas sean todas divinas. Cuando sostienen el pan en sus manos, que sea verdaderamente Jesús que dice: «Éste es Mi Cuerpo, ésta es Mi Sangre». Dios viene, Él Se encarna y Se inmola en sus manos. Cada sacerdote debería ser una prolongación de María. Uno debería celebrar o asistir a los santos Misterios con la misma veneración que María; es decir con atención y amor, como Ella en el momento en que el Hijo de Dios Se encarnó en Ella.

Y ustedes que no son sacerdotes, que en este año sus Comuniones sean fervientes y atentas. Estén atentos a esta cosa inmensa, inaudita: ustedes reciben a Jesús, reciben al mismo Dios.
¿Quién puede concebirlo? ¿De dónde viene que a nosotros los cristianos nos acercamos tan fácilmente –y ¡ay! distraídamente a los santos Misterios, a la Comunión, a Jesús, a Dios Eucaristía?

Pido igualmente –especialmente a nuestros religiosos– de brindar tiempo a la adoración del Santísimo Sacramento, de Jesús Eucaristía. Ésta es una invitación muy urgente. Que este pedido sea transmitido: ¡hacer la adoración lo más posible! Que los cristianos –los religiosos– hagan la adoración de Jesús en el Santísimo Sacramento. Uno se pone en la presencia de Jesús, Le adoramos, Le contemplamos. Le contemplamos como lo hacían los Apóstoles: «Felipe, quien Me ve, ve al Padre». Le vemos, está ahí, en Su Cuerpo, Su Sangre, Su Alma y Su Divinidad. Prescindamos de las apariencias en un acto de fe; Jesús nos lo pide.

Que este año sea un año de adoración, de santas Misas, de Comuniones fervientes. ¡Qué suerte tenemos hoy! En otro tiempo era muy difícil comulgar, pero nosotros –y sobre todo los religiosos– tenemos la suerte de poder comulgar cada día, y asimismo ¡varias veces al día!

La Eucaristía nuestro alimento

Dernière Cène - tableau ODM

Última cena – pintura ODM

La Santísima Eucaristía, es Jesús, es Dios, Él lo ha querido así: «Este es Mi Cuerpo, esta es Mi Sangre.» La Eucaristía es el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesús. Es más aún: es el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesús que Se hace nuestro alimento. Los contemporáneos de Jesús Le vieron, trataron con Él, Le escucharon. Nosotros tenemos algo más: Jesús viene en nosotros.

Es una ley de la naturaleza que el ser superior asimila el inferior. Comemos varias veces por día. En nosotros el alimento no queda en papa, maíz o tortilla, o tampoco en pan o postre. Asimilamos este alimento y se convierte en nosotros. Cuando comulgamos, el Ser superior es la Eucaristía, es Dios mismo. Si el alma comulga atentamente, con fervor y devoción, nuestro ser se transforma y se convierte en Jesús.

Nunca han escuchado estas palabras de la Escritura: Yo les digo: ustedes son dioses.[3]  Es una palabra fuerte, ¿no es así? Así escrito: «dioses» ¡con una «d» minúscula! Cuando hacemos verdaderamente una Comunión ferviente, Dios viene en nosotros, nos transforma, vive en nosotros, somos nosotros que nos transformamos en dioses. Y cuando salimos de nuestra Comunión, es Dios que circula a través de nosotros. Si permanecemos atentos a este Dios viviente en nosotros, y Lo contemplamos y nos impregnamos de Él, de Su ejemplo, de Su palabra, de Su pensamiento, de Él mismo, entonces Dios circula. Somos un tabernáculo viviente, ambulante.

Yo les deseo esto este año, lo deseo a la Iglesia: que cada uno de nosotros, que cada cristiano se convierta en un pequeño dios, una prolongación de Jesús, un Jesús que continúa activo sobre la tierra, esto se hace mediante la atención que ponemos.

Cuando Jesús descendió a la tierra para realizar la obra de nuestra redención por Su Encarnación, Su vida y Su muerte en la cruz, la humanidad estaba de alguna manera en uno de sus peores momentos. Hoy, más de dos mil años después, estamos viviendo de nuevo uno de los peores momentos de la humanidad. ¿Cómo vamos a salir de este marasmo, de este callejón sin salida, de esta dificultad aparentemente infranqueable? Estamos, como se dice, en una carrera acelerada hacia lo peor, hacia la perdición. Es a quien haría cosas aún peores de las que habíamos visto ya. Aquellos que observan un poco la situación, ven que esto es inaudito. ¿Cómo saldremos de esto? ¿Será posible?

Es el designio de Dios transformar al mundo por la Eucaristía.
Es por eso que les invitamos a hacer de este año un año eucarístico. Es la Voluntad de Dios. Cuando Jesús instituyó la Eucaristía, lo ha hecho para todos los tiempos, pero específicamente para los tiempos que vivimos hoy. ¡Él lo sabía! Sabía de la dificultad extrema en la que nos encontraríamos, e instituyó la santa Eucaristía.

La Eucaristía va a cambiar el mundo, pero primero debe cambiarnos a nosotros. Quizás se dicen: «¿Cómo se va a convertir el mundo? ¡Nosotros mismos estamos enfermos!» Recuerden, hace dos mil años, en los tiempos en los que Jesús vivía, Le traían a los enfermos. Jesús les preguntaba: «¿Crees tú? –Sí, Señor ¡yo creo!» Otros respondían: «Creo Señor, pero ¡aumenta mi fe!» Y Jesús hacía los milagros, curaba a la gente. ¡Es así todavía hoy en día! Es exactamente la razón de la Eucaristía: es para los enfermos que somos. No solamente es para curarnos, sino también para divinizarnos. Una sola Comunión debería divinizarnos, pero como somos muy incapaces, distraídos, un poco negligentes, necesitamos más. Cuanto más frecuentemos a Jesús-Hostia, cuanto más comulgaremos con atención, con amor, con las disposiciones requeridas, tanto más nos convertiremos en divinos, y más nos convertiremos en Jesús.

La Eucaristía, escuela del verdadero amor

Saint-Sacrement

Monasterio de los Apóstoles

El hombre fue creado a imagen de Dios. Y ¿dónde reside esta imagen de Dios? ¿En la físico del hombre? ¿En su cabeza o su nariz, en sus orejas o en sus ojos? Es mucho más que eso. ¿Cuál es la esencia de Dios? Dios es amor[4] nos dice san Juan. Dios siendo amor, ha creado al hombre a Su imagen y semejanza. Lo ha creado con amor y ha hecho del hombre un ser de amor. Pero, ¡la peor de las desgracias! Por su pecado el hombre rompió la imagen de Dios en él. Ha perdido el verdadero sentido del amor. Hoy en día, todo el mundo habla de amor. Quizá sea la palabra más empleada sobre la tierra. Todo el mundo ama: amamos a nuestros padres, a nuestros hijos, amamos hasta las plantas, bagatelas y toda clase de cosas. Llevamos el amor en nosotros, pero hemos perdido el verdadero sentido del amor por nuestro pecado. Es por eso que viene Jesús. Viene para enseñarnos a amar.

Y habiendo amado a los Suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el final,[5] nos señala san Juan. Inmediatamente después, Jesús instituye la Eucaristía. Como Él amaba, quiere que amemos, que aprendamos a amar. La Eucaristía, es la escuela del amor, queridos amigos míos. Ya que el pecado lo ha deformado todo, se vive por la tierra, se vive en el egoísmo, incluso en el odio. Todos no viven más que para sí mismo. Pasan el tiempo buscando placeres, o en llorar sobre sus pupas. Los humanos lloran, pero raramente sus lágrimas son lágrimas de amor. La mayor parte del tiempo son lágrimas de despecho o de egoísmo. A veces también, porque tenemos dolor en nuestro cuerpo, en nuestra alma. Los hombres, no sabemos amar. Después del pecado, la humanidad ha perdido esta noción, este conocimiento del verdadero amor. ¿Quién nos lo mostrará? Jesús, hermanos y hermanas, sólo Jesús. Solo Él puede mostrarnos el amor, el verdadero amor.

Les deseo, hermanos, hermanas y queridos amigos, que este año aprendamos el amor por la Misa, por la Comunión, por la adoración del Santísimo Sacramento. Dios necesita de almas eucarísticas que manifiesten Su amor al mundo. Un alma eucarística es un alma en la que vive Jesús. Vive en ella como vive en el Santísimo Sacramento.

La Eucaristía, Evangelio viviente

Dios amó tanto al mundo, que le ha entregado Su Hijo unigénito,[6] dice Jesús a Nicodemo. Dios, nuestro Padre, nos ha dado a Su Hijo, para mostrar al hombre cuál es está imagen que había producido en nosotros y que venía a restaurar. Jesús viene, Se encarna. Nace en un pequeño pesebre, en la pobreza, en el dolor, en la abyección, en el sufrimiento, en el frío, en la noche, en el silencio. Luego crece. Hasta en el Calvario, Su vida es un acto de amor que nos enseña cómo amar. Jesús lo demuestra en toda Su vida. Me muestra la imagen que yo perdí por mi pecado. Hace aún mejor: Él Se entregará a mí e inventa la Eucaristía. El Amor se dará a mí en alimento, a fin de que yo vuelva a ser un ser de amor.

La Eucaristía es Jesús en el pesebre, es Jesús escondido, Jesús predicando, Jesús haciendo milagros. Es Jesús suplicando al Padre, Jesús que Se inmola en el Calvario, Jesús sepultado. En la Eucaristía Jesús nos muestra todos los misterios de Su vida. Más aún: Él mismo viene a vivir esos misterios en nosotros. ¡Qué grande es el misterio de la Eucaristía! Todo lo que Jesús, el Verbo Encarnado ha vivido sobre la tierra, toda Su vida de amor, viene a producirse en mí. La Eucaristía, es el Evangelio viviente, como cuando Jesús estaba con nosotros hace dos mil años. La Eucaristía contiene toda la vida y las enseñanzas de Jesús. Cuando comulgamos, entramos en este Evangelio que nos penetra. Pero, para eso, hay que estar muy atentos.

San Pablo dice: Aquel que recibe indignamente el Cuerpo y la Sangre de Cristo, come y bebe su propia condenación.[7]  Hay que acercarse a la Eucaristía con atención. Iba a decirles con temor, pero prefiero decirles con atención y amor, porque san Pablo agrega: …por no hacer caso a tan gran misterio.[8]  La condenación es para aquellos que no hacen caso a tan gran misterio. ¡Debemos hacer caso!

Al mundo de mañana, será necesario comunicar el Evangelio. Será necesario hablarle, porque lo tendrá que vivir. Este deber nos incumbe particularmente a nosotros, los Apóstoles del Amor Infinito. Sabemos que Dios nos ha confiado la salvación de la Iglesia y de la humanidad. Debemos devolver la verdad evangélica al mundo entero, a fin de que la verdad del Evangelio sea de nuevo conocida, amada, vivida. Esta es nuestra carrera. ¿De dónde nos vendrá la llama, la unción, la convicción de predicar el Evangelio? De la Eucaristía. Pero este deber pertenece igualmente a todos los cristianos. Todo cristiano debe identificarse con Jesús. ¿Y dónde mejor que en la Eucaristía?…

«Dios mío, quiero conocerle»

Calice du Précieux Sang de Jésus

Cáliz de la Preciosa Sangre de Jesús

La Eucaristía significa también don, don total. Un alma eucarística es un alma entregada. Dios amó tanto, que entregó a Su Hijo. Un alma que ama es un alma entregada; un alma que se entrega es un alma que ama. Cuando vino Jesús a la tierra, Se entregó, Se inmoló. Se ofreció en sacrificio, en oblación a Su Padre por los pecados de los hombres. Él es la Vida para nosotros, pobres pecadores. El pecado nos había dado la muerte, estábamos como cadáveres ambulantes. Jesús Se hizo hostia. Una hostia es una oblación, una ofrenda; es algo que se inmola. Por el santo sacrificio de la Misa y por la Eucaristía, se perpetúan el sacrificio de Jesús en la Cruz y Su inmolación.

Este año, les deseo a cada uno de ustedes, cada religioso y cada cristiano de ser otro Jesús-Hostia. La meta es elevada, ¿verdad? Parece imposible, pero es por eso que Se hace nuestro alimento. Es Él quien lo hará. ¿Cómo lo hará? Por nuestra frecuentación al Sacramento de amor: por la santa Misa, la santa Comunión y la adoración. Con la atención de todo nuestro ser, demos mucho tiempo a Jesús-Hostia. Y cuando estemos obligados a volver a nuestros trabajos y ocupaciones, vivamos en la expectativa de nuestra próxima Misa, de nuestra próxima Comunión, de nuestra próxima adoración, donde podremos contemplar a nuestro Jesús.

No necesitamos de largas plegarias, de fórmulas. ¿Piensan impresionar a Jesús? Oh, ¡no! Él les conoce a fondo. Sabe lo que necesitan. Como Sus Apóstoles, contemplémosle en silencio. ¿No tienen nada para decirle? ¡Vengan! ¿Se sienten vacío, hueco, insípido, frío, malo religioso, malo cristiano? Con mayor razón vengan, vengan a verle. Jesús nos dice: Vengan a Mí todos, ¡todos! los que sufren, los que están cargados. ¡Vengan a Mí![9]

Hermanos y hermanas míos, amigos míos, ¿tambalean bajo el peso de la carga? ¿Tienen el ideal en su corazón, pero sufren y gimen de no ser ese servidor, ese fiel discípulo, ese verdadero cristiano, esa alma toda entregada a Dios? ¿Sufren y gimen de eso? Con más razón: ¡Vayan! ¡Vayan a Jesús! ¡Vayan a la Eucaristía!

Digan: «Jesús mío, vengo delante de Usted, en Su compañía, porque Le necesito. Es Usted quien ha instituido la Eucaristía, Jesús mío. Sabía que lo necesitaba para conocer el amor. Soy un egocéntrico, un egoísta, ¡no pienso más que en mí mismo! Mi vida es fea, ¡porque no pienso más que en mí mismo! Mi vida es insípida, no tiene gran gusto, no tiene sabor. ¿Cómo puede mirarme? Pero vengo a Usted, ¡necesito de Usted! Le miro. Dios mío, ¡quiero conocerle!»

Yo lo formulo así, pero pueden hacerlo de otra manera, sin muchas palabras. Siempre que haya esta atención y que el alma esté como en aspiración delante de Jesús. Desean que Él venga hacia ustedes, pero sienten que sus pecados, sus despreocupaciones, sus negligencias, sus tibiezas Le alejan. Repítanle: «Jesús mío, ¡qué temeridad de mi parte! Qué audacia de venir hacia Usted, yo, vil pecador que Le ofende, que Le olvida, que tan fácilmente me distraigo, acaparado por mis pequeñas ocupaciones. Cae en el olvido, Dios mío, a causa de mis ocupaciones de la tierra. Dios mío, qué audacia de comulgar. Pero, es Usted mismo quien me lo pide. Me dijo de venir a Usted, que todos aquéllos que están necesitados vengan a Usted. Aun ha dicho de comer Su carne y de beber Su sangre. Me pidió comulgar. Si no me lo hubiera pedido, sería una audacia de mi parte, pero como me lo pidió, creo en Su amor infinito y me acerco a Usted, porque ¡quiero salir de eso! Yo quiero salir de mis vicios, de mis pecados, de mis vanidades. Quiero salir de mi egoísmo; quiero olvidarme a mí mismo. Jesús mío, ¡quiero convertirme en Usted! En fin, tengo una sola palabra que decirle: quiero convertirme en Usted.»

Permanezcamos un momento a los pies de Jesús-Hostia, y luego volvemos. Volvamos a la santa Misa y a la Comunión y a la adoración porque tenemos necesidad. Continuemos y perseveremos. Oremos y supliquemos. Entonces, infaliblemente, Dios Se manifiesta. ¡Es infalible! Y nos transforma.

No hagamos esta oración solamente por nosotros mismos, ¡universalicémosla! Hagámosla por todos nuestros hermanos y hermanas de la tierra. No nos quedemos concentrados sobre nuestro pequeño personaje. Intercedamos y recemos: «Dios mío, permítame ser el delegado de mis hermanos y hermanas. ¡Reine sobre la tierra! ¡Haga algo! Es todopoderoso, yo lo creo. Haga un prodigio para mí y para mis hermanos y hermanas, un prodigio de conversión, de transformación. Cuando comulgo, transfórmeme. Venga Jesús, venga a transformarnos así que a todas las almas de buena voluntad.» Es así que se reza, sencillamente.

Hermanos y hermanas, durante esta primera Misa del año nuevo, pidamos que este año sea bajo el sello de la Eucaristía. Que cada una de nuestras almas sea atenta a Jesús-Hostia que quiso vivir en medio de nosotros. No lo olvidemos: Dios quiere nuestra intimidad. Es Su pasión. Quiere manifestarse a nosotros. Descubriremos a Jesús, Su pensamiento, Su amor por la Eucaristía. Les deseo la intimidad con Dios. ¡Que nada de la tierra les separe de Dios! ¡Entremos en Sus planes!

Como palabra final, les digo:  Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto.[10]  Frecuenten a Jesús-Hostia, déjense impregnar de Jesús y serán perfectos. Jesús les hará perfectos, como Su Padre, como nuestro Padre es perfecto.

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[1]. San Juan 14, 8-9
[2]. Efesios 3, 14-15
[3]. Salmo 81, 6
[4]. I San Juan 4, 8
[5]. San Juan 13, 1
[6]. San Juan 3, 16
[7]. I Cor. 11, 29
[8]. Ibid.
[9]. Cf. San Mateo 11, 28
[10]. San Mateo 5, 48

«Comulguen, hermanos y hermanas, y digan:
“Dios mío, ¡deme la fuerza de rectificar mi vida,
para que sea conforme a Su santa Voluntad!”
Incluso si sólo repiten esto, tendrán grandes gracias
de transformación… Las fuentes de la gracia
son en la oración y en particular en la Eucaristía.
Es por la oración y la recepción de los Sacramentos
que uno recibe la gracia de Dios.»

Padre Juan Gregorio de la Trinidad

«Si supiéramos a qué altura la Comunión nos eleva, estaríamos por siempre de rodillas ante la Santa Eucaristía. Ella nos diviniza de alguna manera: es una extensión de la Encarnación.»

Santo Cura de Ars

«¡Que nuestra escuela, nuestro profesor sea el crucifijo!
Es ahí donde aprenderemos los secretos de Dios: en Jesús inmolado sobre la cruz y en la sagrada Hostia. El inicio de la cristiandad empezó con la EUCARISTÍA.
En los tiempos futuros la renovación vendrá de la Eucaristía.»

Padre Juan Gregorio de la Trinidad

«La Eucaristía es Cristo y Cristo es fuente de todas las gracias. Dios mismo Se hace alimento para nuestras almas.
De la verdadera devoción a la Eucaristía vendrá la transformación de las almas.»

Padre Juan Gregorio de la Trinidad

«Llamados a continuar delante del Santísimo Sacramento
la adoración de los Magos en el pesebre de Belén
nos debemos confundir en el pensamiento y en el amor
que les guió y les sostuvo. Ellos comenzaron en Belén
lo que nosotros hacemos a los pies de la sagrada Hostia…
La adoración de los Magos ha sido un homenaje de fe
y un tributo de amor al Verbo Encarnado:
tal debe ser nuestra adoración eucarística.»

San Pedro Julián Eymard, La divina Eucaristía