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Liturgia para los domingos y las fiestas principales

Jesús y Sus Apóstoles

Cuarto Domingo después de Pascua:
Consolación en la próxima venida del Espíritu Santo

Reflexión sobre la liturgia del día – de L’Année Liturgique, de Dom Prosper Guéranger

Durante Su vida mortal, el Redentor Se explica ya delante de un Doctor de la ley sobre Sus misteriosas intenciones: “Aquel, dice, que no fuere regenerado en el agua y en el Espíritu Santo no podrá entrar en el reino de Dios”. Según Su costumbre casi constante, anuncia lo que debe hacer en el futuro, pero todavía no lo cumple; nosotros solamente sabemos que no habiendo sido puro nuestro primer nacimiento, El nos prepara uno segundo que será santo y del que el agua será el instrumento.

Pero en estos días ha llegado el momento en el que va a declarar el poder que ha dado a las aguas de producir la adopción proyectada por el Padre. Dirigiéndose a Sus Apóstoles les dice con la majestad de un rey que promulga la ley fundamental de su imperio: “Id, enseñad a todas las naciones; bautizadlas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. La salvación por las aguas, con la invocación de la Santísima Trinidad, tal es el beneficio capital que anuncia al mundo; porque dice también: “El que creyere y fuere bautizado se salvará”. Revelación llena de misericordia para con la raza humana; inauguración de los sacramentos por la declaración del primero, (Baustismo) de aquel que según la expresión de los Padres, es la puerta de todos los demás.

Saludemos con amor, este augusto misterio nosotros que le debemos la vida de nuestras almas, con el sello eterno y misterioso que hace de nosotros los miembros de Jesús. San Luis, bautizado en la desconocida pila de Poissy, se complacía en firmar “Luis de Poissy”, considerando la fuente bautismal como una madre que le había engendrado a la vida celestial, y olvidando su origen real para no acordarse más que de el de hijo de Dios. Nuestros sentimientos deben ser los mismos que los de este santo rey.

Colmados de los beneficios de Dios que les une en un solo pueblo por Sus Sacramentos los fieles deben elevarse al amor de los preceptos del Señor y aspirar a las alegrías eternas que les promete: la Iglesia implora para ellos esta gracia en la Colecta:

Oremos: Oh Dios, que unes las almas de los fieles en una sola voluntad, da a Tus pueblos el amar lo que mandas, el desear lo que prometes; para que, entre las mundanas variedades, nuestros corazones estén fijos allí donde están los verdaderos gozos.

Epístola

Lección de la Epístola del Apóstol Santiago, Cap. I.

Carísimos: Toda óptima dádiva, y todo don perfecto, procede de arriba, desciende del Padre de las luces, en el cual no hay cambio, ni sombra de mudanza. Pues El nos engendró voluntariamente con la palabra de la verdad, para que fuésemos el comienzo de Su creación. Ya lo sabéis, carísimos hermanos míos. Sea, pues, todo hombre veloz para oír; pero tardo para hablar, y tardo para la ira. Porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios. Por lo cual, rechazando toda inmundicia y todo exceso de malicia, recibid con mansedumbre la palabra inspirada, la cual puede salvar vuestras almas.

Reflexión sobre la Epístola

Imitar al Padre. – Los favores derramados sobre el pueblo cristiano proceden de la sublime y serena bondad del Padre celestial. El es el principio de todo en el orden de la naturaleza; y si en el orden de la gracia hemos llegado a ser Sus hijos, es porque Él mismo nos ha enviado Su Verbo consustancial, que es la Palabra de verdad, por la que hemos llegado a ser, mediante el bautismo, hijos de Dios. De aquí se deduce que debemos imitar, en cuanto es posible a nuestra flaqueza, la serenidad de nuestro Padre que está en los cielos y librarnos de esta agitación pasional que es el carácter de una vida toda terrestre, mientras que la nuestra debe ser del cielo donde Dios nos arrastra. El santo Apóstol nos exhorta a recibir con mansedumbre esta Palabra que nos convierte en lo que somos. Ella es según Su doctrina un injerto de salvación hecho en nuestras almas. Si ella actúa allí, si su crecimiento no es obstaculizado por nosotros, seremos salvos.

Evangelio

Continuación del santo Evangelio según San Juan, Cap. XVI

En aquel tiempo dijo Jesús a Sus discípulos: “Voy a Aquel que Me envió; y nadie de vosotros Me pregunta: ¿Dónde vas? Sino que, porque os he dicho esto, la tristeza ha llenado vuestro corazón. Pero Yo os digo la verdad: os conviene que Yo Me vaya. Porque, si no Me fuere, el Paráclito no vendrá a vosotros; más, si Me fuere, os Lo enviaré a vosotros. Y, cuando venga El, convencerá al mundo de pecado, y de justicia, y de juicio. De pecado ciertamente, porque no han creído en Mí; y de justicia, porque voy al Padre, y ya no Me veréis; y de juicio, porque el príncipe de este mundo ya ha sido juzgado. Todavía tengo mucho que deciros, pero ahora no podéis entenderlo. Mas, cuando venga el Espíritu de verdad, os enseñará toda la verdad. Porque no hablará por Sí mismo, sino que dirá todo lo que ha oído, y os anunciará lo que ha de venir. El Me glorificará: porque lo recibirá de Mí, y os lo anunciará a vosotros.”

Reflexión sobre el Evangelio

El anuncio del Espíritu Santo. – Los apóstoles se entristecieron cuando Jesús les dijo: “Yo Me voy.” ¿No lo estamos también nosotros que después de Su nacimiento en Belén, Le hemos seguido constantemente, gracias a la Liturgia que nos ha hecho seguir Sus pasos? Todavía algunos días más, y Se elevará al cielo y el año perderá ese encanto que recibía día tras día con Sus acciones y con Sus discursos. Con todo, no quiere que nos dejemos invadir por una excesiva tristeza. Nos anuncia que en Su lugar va a descender sobre la tierra el Consolador, el Paráclito y que permanecerá con nosotros para iluminarnos y fortificarnos hasta el fin de los tiempos. Aprovechemos con Jesús estas últimas horas; pronto será tiempo de prepararnos a recibir al Huésped celestial que vendrá a reemplazarle.

Jesús, que pronunciaba estas palabras la víspera de la Pasión, no Se limita a mostrarnos la venida del Espíritu Santo como la consolación de Sus fieles; al mismo tiempo nos la presenta como temible para aquellos que desconocen a su Salvador.

Las palabras de Jesús son tan misteriosas como terribles; tomemos la explicación de San Agustín, el Doctor de los doctores. “Cuando viniere el Espíritu Santo, dice el Salvador, convencerá al mundo en lo que se refiere al pecado.” ¿Por qué? “Porque los hombres no han creído en Jesús.” ¡Cuánta no será, en efecto, la responsabilidad de aquellos que habiendo sido testigos de las maravillas obradas por el Redentor no dieron fe a Su palabra! Jerusalén oirá decir que el Espíritu Santo ha descendido sobre los discípulos de Jesús, y permanecerá tan indiferente como estuvo a los prodigios que le designaban su Mesías. La venida del Espíritu Santo será como el preludió de la ruina de esta ciudad deicida. Jesús añade que “el Paráclito convencerá al mundo con respecto a la justicia, porque, dice, Yo voy al Padre y vosotros no Me veréis más.”

Los Apóstoles y aquellos que oyeron en Su palabra serán santos y justos por la fe. Ellos creyeron en Aquel que había ido al Padre, en Aquel que no vieron ya en este mundo. Jerusalén, al contrario, no guardará recuerdo de El sino para blasfemarle; la justicia, la santidad, la fe de aquellos que creyeron será su condenación y el Espíritu Santo les abandonará a su suerte. Jesús dice también: “El Paráclito convencerá al mundo en lo que se refiere al juicio.” Y ¿por qué? “Porque el príncipe de este mundo ya está juzgado”. Aquellos que no siguen a Jesucristo tienen sin embargo un Jefe al que siguen. Este Jefe es Satanás. Así, pues, el juicio de Satanás está ya pronunciado. El Espíritu Santo advierte, pues, a los discípulos del mundo que su príncipe está para siempre sepultado en la reprobación. Que ellos reflexionen; porque añade San Agustín “el orgullo del hombre se engañaría al esperar en el perdón; que medite con frecuencia los castigos que sufren los ángeles soberbios”.