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Liturgia para los Domingos y Mayor Fiestas

Domingo de Pentecostés – El descenso del Espíritu Santo sobre la Santísima Virgen y los Apóstoles

Reflexión sobre la Liturgia del día – de L’Année Liturgique, de Dom Prosper Guéranger

Han pasado nueve días desde que Jesús ascendió al Cielo y los Apóstoles están reunidos en el Cenáculo con María, la Madre de Jesús. Pasan los días en ardiente oración.

En este momento en que el recogimiento reina en el Cenáculo, Jerusalén está llena de peregrinos, llegados de todas las regiones de la gentilidad, y algo extraño agita a estos hombres hasta el fondo de su corazón. Son judíos venidos para la fiesta de Pascua y de Pentecostés, de todos los lugares donde Israel ha ido a establecer sus sinagogas. Asia, Africa, Roma incluso, suministran todo este contingente. Mezclados con los judíos de pura raza, se ve a paganos a quienes cierto movimiento de piedad ha llevado a abrazar la ley de Moisés y sus prácticas; se les llama Prosélitos. Este pueblo móvil que ha de dispensarse dentro de pocos dias, y a quienes ha traído a Jerusalén sólo el deseo de cumplir la ley, representa, por la diversidad de idiomas, la confusión de Babel; pero los que le componen están menos influenciados de orgullo y de prejuicios que los habitantes de Judea. Advenedizos de ayer, no han conocido ni rechazado como estos últimos al Mesías, ni han blasfemado de Sus obras, que daban testimonio de Él.

MARÍA EN EL CENÁCULO. – Nuestra mirada se dirige instintivamente hacia María, ahora más que nunca, “la llena de gracia”. Podría parecer que después de los dones inmensos prodigados en Su concepción inmaculada, después de los tesoros de santidad que derramó en Ella la presencia del Verbo encarnado durante los nueve meses que Le llevó en Su seno, después de los socorros especiales que recibió para obrar y sufrir unida a Su Hijo en la obra de la Redención, después de los favores con que Jesús La enriqueció, después de la gloria de la Resurrección, el cielo había agotado la medida de los dones con que podía enriquecer a una simple creatura, por elevada que estuviese en los planes eternos de Dios. Todo lo contrario. Una nueva misión comienza ahora para María: en este momento nace de Ella la Iglesia; María acaba de dar a luz a la Esposa de Su Hijo y nuevas obligaciones La reclaman. Jesús solo ha partido para el cielo; La ha dejado sobre la tierra para que inunde con Sus cuidados maternales este Su tierno fruto. ¡Qué emocionante y qué gloriosa es la infancia de nuestra amada Iglesia, recibida en los brazos de María, alimentada por Ella, sostenida por Ella desde los primeros pasos de su carrera en este mundo! Necesita, pues, la nueva Eva la verdadera “Madre de los vivientes”, un nuevo aumento de gracias para responder a esta misión; por eso es el objeto primario de los favores del Espíritu Santo. El fué quien La fecundó en otro tiempo para que fuese la Madre del Hijo de Dios; en este momento La hace Madre de los cristianos. Contemplemos la nueva belleza que aparece en el rostro de quien el Señor ha dotado de una segunda maternidad: esta belleza es la obra maestra que realiza en este día el Espíritu Santo. Un fuego celeste abrasa a María y un nuevo amor se enciende en Su corazón: Se halla por entero ocupada en la misión para la cual ha quedado sobre la tierra. La gracia apostólica ha descendido sobre Ella. La lengua de fuego que ha recibido no hablará en predicaciones públicas; pero hablará a los apóstoles, les guiará y les consolará en sus fatigas. Se expresará con tanta dulzura como fuerza al oído de los fieles que sentirán una atracción irresistible hacia Aquella a quien el Señor ha colmado de Sus gracias. Como una leche generosa, dará a los primeros fieles de la Iglesia la fortaleza que les hará triunfar en los asaltos del enemigo, y arrancándose de Su lado, irá Esteban a abrir la noble carrera de los mártires.

Epístola

Lección de los Hechos de los Apóstoles.

Al cumplirse los días de Pentecostés, estaban todos los discípulos juntos en el mismo lugar: y vino de pronto un ruido del cielo, como de viento impetuoso: y llenó toda la casa donde estaban sentados. Y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, y se sentó sobre cada uno de ellos: y fueron todos llenados del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en varias lenguas, como el Espíritu les hacía hablar. Y había entonces en Jerusalén judíos, varones religiosos, de todas las naciones que hay bajo el cielo. Y, corrida la nueva, se juntó la multitud, y se quedó confusa, porque cada cual les oía hablar en su lengua. Y se pasmaban todos, y se admiraban, diciendo: ¿No son acaso galileos todos estos que hablan? ¿Y cómo es que cada uno de nosotros les oímos en la lengua en que hemos nacido? Partos, y Medos, y Elamitas, y los que habitan en Mesopotamia, en Judea y en Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia, y en Panfilia, en Egipto y en las regiones de la Libia, que está junto a Cirene, y los extranjeros Romanos, y también los Judíos, y los Prosélitos, los Cretenses, y los Arabes: todos les hemos oído hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios.

Reflexión sobre la Epístola

Los grandes sucesos de la Historia. — Cuatro grandes sucesos señalan la existencia del linaje humano sobre la tierra, y los cuatro dan testimonio de la bondad de Dios para con nosotros. El primero es la creación del hombre y su elevación al estado sobrenatural, que le asigna por fin último la clara visión de Dios y su posesión eterna. El segundo es la Encarnación del Verbo, que, al unir la naturaleza humana a la divina en la persona de Cristo, la eleva a la participación de la naturaleza divina, y nos proporciona, además, la víctima necesaria para rescatar a Adán y su descendencia de su prevaricación. El tercer suceso es la venida del Espíritu Santo, cuyo aniversario celebramos hoy. Finalmente, el cuarto es la segunda venida del Hijo de Dios, que vendrá a librar a la Iglesia Su Esposa y la conducirá con El al cielo para celebrar las nupcias sin fin. Estas cuatro operaciones de Dios, de las cuales la última aún no se ha cumplido, son la clave de la historia humana; nada hay fuera de ellas; pero el hombre animal no las ve ni piensa en ellas. “La luz brilló en medio de las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron”. Bendito sea, pues, el Dios de misericordia que Se dignó “llamarnos de las tinieblas a la admirable luz de la fe”. Nos ha hecho hijos de esta generación “que no es de la carne y de la sangre ni de la voluntad del hombre, sino de la voluntad de Dios”. Por esta gracia, he aquí que hoy estamos atentos a la tercera de las operaciones de Dios sobre el mundo, la venida del Espíritu Santo, y hemos oído el emocionante relato de Su venida. Esta tempestad misteriosa, estas lenguas, este fuego, esta sagrada embriaguez nos transporta a los designios celestiales y exclamamos: “¿Tanto ha amado Dios al mundo?” Nos lo dijo Jesús mientras estaba sobre la tierra: “Sí, ciertamente, tanto amó Dios al mundo que le dió Su unigénito Hijo.” Hoy tenemos que completar y decir: “Tanto han amado el Padre y el Hijo al mundo, que le han dado Su Espíritu divino.” Aceptemos este don y consideremos qué es el hombre. El racionalismo y el naturalismo quieren engrandecerle esforzándose en colocarle bajo el yugo del orgullo y de la sensualidad; la fe cristiana nos exige la humildad y la renuncia; pero en pago de ello Dios Se da a nosotros.

Evangelio

Continuación del santo Evangelio según San Juan.

En aquel tiempo dijo Jesús a Sus discípulos: Si alguien Me ama, observará Mis palabras, y Mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos Nuestra morada en él: el que no Me ama, no observa Mis palabras. Y, las palabras que habéis oído, no son Mías, sino de Aquel que Me envió, del Padre. Os he dicho esto, permaneciendo a vuestro lado. Mas el Espíritu Santo Paráclito, que enviará el Padre en nombre Mío, os enseñará todo, y os sugerirá todo lo que Yo os he dicho. La paz os dejo, Mi paz os doy: no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón, ni se asuste. Ya Me habéis oído deciros: Voy, y vuelvo a vosotros. Si Me amarais, os alegraríais ciertamente porque voy al Padre: porque el Padre es mayor que Yo. Y os lo he dicho ahora, antes de que suceda: para que, cuando hubiere sucedido, creáis. Ya no hablaré mucho con vosotros. Porque viene el príncipe de este mundo, y no tiene nada en Mí. Mas es para que conozca el mundo que amo al Padre, y, como Me lo mandó el Padre, así obro.

¡Oremos!

Haz, Señor, que la infusión del Espíritu Santo purifique nuestros corazones y los fecunde con la íntima aspersión de Su rocío.