¡Dulce Corazón de Jesús!

Las Apariciones

Sacre-Coeur 09_webEn el siglo XVIII cuando Europa se hallaba al borde de una bancarrota moral y parecía arrojarse al infierno por sus pseudofilósofos, sus falsos educadores y sus numerosos libertinos, Dios volvió a demostrar las ansias que tiene por salvar a los pecadores. Sí; en verdad sabemos que en la hora señalada por la Providencia, el Espíritu Santo que dirige a la Iglesia, revela o inspira algún atractivo o devoción particular para provecho y enseñanza del pueblo cristiano. Así fue como apareció también la Devoción al Sagrado Corazón de Jesús. En la segunda mitad del siglo XVIII vivía en Francia, en un monasterio de Paray le Monial una humilde y fervorosa religiosa por nombre de Margarita María Álocoque, a quien Dios amaba de una manera especial por su fervor. A esta religiosa, canonizada por Benedicto XV, se le apareció Nuestro Señor más de ochenta veces revelándole misterios y secretos íntimos de Su Adorable Corazón y ofreciéndolo como remedio y salvación de Su pueblo.

En una de esas apariciones, Jesús, descubriéndose el pecho, le mostró Su Sacratísimo Corazón, encendido en caridad, despidiendo llamas, rodeado de espinas, abierto por una gran herida y coronado por una cruz. Al mismo tiempo pronunció estas conmovedoras palabras: “He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres pero que a cambio no recibe sino injurias, ingratitudes, frialdades, desprecios y olvidos”. También hizo muchísimas promesas a fin de atraer los hombres a Su amor para así renovar en ellos los admirables efectos de Su Redención. Entre estas promesas unas son espirituales, es decir, que miran a nuestra vida sobrenatural; otras corporales, que tienen como fin aliviar nuestras dolencias físicas; otras individuales o sociales según se apliquen a cada uno en particular o a un grupo de personas como la familia o la sociedad.

El pueblo europeo y muy especialmente Francia hizo caso a la voz del Sagrado Corazón de Jesús y aceptó la mano que le tendía el Buen Pastor y se salvó. Hoy las mismas promesas se ofrecen a cada uno de nosotros para salvarnos; de nuestra correspondencia a ellas salvaremos a nuestra isla.

Las Insignias del Sagrado Corazon

El Corazon de Jesús

SC0043_SecBJesucristo le presentó a Santa Margarita Su Corazón. Se presentó de la manera más sensible, más humana y más tierna. El había pedido muchas veces al hombre que le diera su corazón: ¡Hijo mío, dame tu corazón!” (Prov. 23, 26) “Amarás al Señor con todo tu corazón,” (Marcos 12,30) y ahora para obligarle más El le da Su Corazón vivo y palpitante, lleno de amor y de misericordia.

El pudo convencer al mundo presentando Sus llagas, pero hay algunos que aún con eso no hubieran hecho caso. El pudo someter a los hombres por la fuerza como hacen los hombres cuando quieren ser respetados (en guerras y castigos) y como le pidieron los apóstoles, que mandara caer fuego del cielo para que consumiera a los Samaritanos que no quisieron hospedarle (Lucas 9, 54) y hacer sentir el infierno, pero todo eso hubiera sometido y obligado a las almas a servirle. El quiere respetar la libertad humana y prefiere pocos adoradores voluntarios, encadenados por el amor, que una muchedumbre bajo el yugo del miedo. El pudo convencer con Su filosofía y argumentos irrefutables, pero sería esto para intelectuales; así es que para abarcar a todos, toca la fibra más tierna, toma en Sus manos la fuerza que ningún hombre puede resistir y que subyuga, el amor, que está representado sintéticamente en Su Amable Corazón, la parte más noble de Su Cuerpo Santísimo. Porque como dice San Alfonso: “aquél que se muestra amable en todo, se hace necesariamente amar:” El corazón arrastra y manda. ¿Puede una madre poner límites al amor de su corazón para con su hijo? Y si es débil o enfermizo, ¿habrá alguien que por mucho que razone la convenza de no amarle tanto? Si es soldado y está apartado ¿podrán todos los laureles y victorias apagar la llama de Su corazón? En el corazón sólo manda el amor y ni leyes ni razones valen.

¡Corazón con corazón se paga! “Hijo mío, dame tu corazón”; “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón”. Dale tu corazón hoy, no lo desaires; no lo rechaces; no le hagas esperar más. Ahí a tus puertas ha estado mendigando tu corazón.

La enfermedad del hombre moderno está en el corazón. Sin embargo nosotros nos empeñamos en aguzar la inteligencia y en desarrollarla; el siglo de los estudios e investigaciones; pero no somos más felices. Hace falta corazón en el hombre. De él brota la vida, en él se guardan las virtudes y los más castos amores. Estruja tu corazón contra el de Jesús que El inyectará en el tuyo la verdadera vida y le hará semejante al Suyo.

Dale tu corazón incrédulo, y El te hará ferviente creyente y sumiso cristiano; dale tu corazón inmundo, y El lo purificará con el fuego y las llamas que despide el Suyo haciéndote sentir el reposo suave y dulce de la castidad, exterminando en tí el espíritu de fornicación y las ansias de placer; dale tu corazón mezquino y egoísta, y El te hará sentir horror por la avaricia y codicia de bienes y riquezas; sí; dale hoy mismo tu corazón orgulloso e indómito, y El lo arrancará y hará semejante al Suyo, dulce y humilde. Vamos, en una palabra, arranca ese tu pobre corazón y ofrecéselo a El y El tomará el Suyo y lo pondrá en tu pecho sin demora.

Las Espinas

Las espinas que punzan, que pinchan, que rodean, que duelen, que estrujan, que torturan al Sagrado Corazón son los pecados veniales, la tibieza, la indiferencia, la frialdad de tantos cristianos rebeldes.

Las espinas de Su Corazón adorable son los muchos pecados de los que quieren pertenecer a su partido y al del mundo. Los que quieren ser católicos pero al mismo tiempo siguen el Catolicismo a su modo, admiten lo que les conviene, y condenan lo que les impide satisfacer sus descomunales deseos. Por eso está rodeado de espinas, como hay muchos católicos que entran en la Iglesia, pero no ahondan en la vida espiritual.

Vayamos bien cerca de El, con manos puras y quitemos cada día una espina con nuestro fervor, con nuestra fidelidad a la gracia; con el esfuerzo de evitar que otros pequen o vivan tibios, fríos e indiferentes.

La Herida abierta

SC0130b¿De dónde proviene esta herida? Todos lo sabemos. El primer Viernes Santo en el Monte Calvario, en la presencia de todos y muy especialmente de Su Santísima Madre y del Apóstol predilecto, sucedió el abominable crimen. Oid como lo relata el mismo San Juan traspasado de dolor y pena:

“Vinieron, pues los soldados, y rompieron las piernas del primero y del otro que había sido crucificado con El. Más al llegar a Jesús, como Le vieron ya muerto, no Le quebraron las piernas; sino que tino de los soldados con la lanza Le abrió el costado, y al instante salió sangre y agua.” (Juan 19, 32-34)

Ahí tenéis ese Corazón abierto, dividido, puerta del cielo, refugio de pecadores, fuente de consuelo. ¿No os dice nada? Esta herida que resume de un modo singular las incontables heridas exteriores que recibiera y recibe nuestro Divino Salvador, ¿no os invita a amarle más en el futuro, a dejar las ocasiones de pecado, a confesar mejor, a comulgar con más fervor y sobre todo a vivir más puros?

Ella nos recuerda la herida invisible de Su amor, de Su alma, de Su divinidad por nosotros. Ella simboliza las múltiples heridas que cada día Le atestamos sin consideración; herida de desengaño: cuando El espera fidelidad de nosotros y Le traicionamos; herida de desprecio: cuando escogemos la criatura en vez de El; herida de olvido: cuando le negamos, con nuestras obras, como Pedro: “no he conocido a tal hombre”; (Marcos 14, 71) herida de ingratitud que es la más dolorosa porque la usamos no sólo para olvidar Sus beneficios, sino para herirle en lo más profundo de Su amable Corazón.

Sin embargo esa herida es la fuente segura, inagotable, vivificante de nuestra salvación. De ella salió la Iglesia y brotaron los sacramentos; torrentes de misericordia y de gracia.

Penetremos por esa llaga y luego cerrémosla, detestando el pecado y jurando fidelidad a todos Sus mandamientos; y viviendo al calor de Sus pulsaciones gustaremos de un cielo anticipado aquí abajo como San Juan al reclinar su cabeza sobre el Adorable Pecho de Jesús en la Última Cena.

Las Llamas

SC0050b“Fuego he venido a traer a la tierra, y ¿qué he de querer sino que arda?” [Luc. 12, 49].

Otro símbolo consolador que ostenta el Sagrado Corazón es el fuego, las llamas que le rodean. Estas llamas vivas y que no pueden apagarse y que simbolizan la caridad del Corazón de Jesús con nosotros, son y nos hablan de celo, de Su gloria: es menester que El reine.

¡Qué pocos trabajan por el Sagrado Corazón de Jesús! El celo debe ser el fruto necesario, debe producir estos sentimientos en nosotros la “Devoción al Sagrado Corazón”. El que dice que ama al Sagrado Corazón y no trabaja por Su gloria es un mentiroso. Y mientras más amamos y trabajamos por ese Divino Corazón, menos nos contentamos, menos creemos haber hecho; más vemos que falta, más sufrimos al reconocer qué poco es conocido y amado y con más gusto, más ansias, más desinterés trabajamos. Si esas llamas nos abrasan, entonces echamos fuera todo lo malo dentro de nosotros como cuando se quema una casa que se echan por la ventana todos los muebles.

No podemos amar al Sagrado Corazón sin poner a Su servicio todo nuestro ser para estudiar y meditar Sus bondades y virtudes; nuestra lengua para predicar, hablar y defenderle; nuestra pluma para escribir Su grandeza, nuestros esfuerzos para llevar a otros a Sus pies y nuestro dinero para publicar folletos, repartir estampas, oraciones y medallas. Fuego ha traído, ¿y qué ha de querer sino que arda, que se propague y que encienda a todos?

Los paganos no quisieron admitir a Jesucristo entre Sus dioses porque decián que era un Dios orgulloso que no admitía rival. El es celoso y no admite corazón donde habite otro. ¿Tienes tú esas llamas en tu corazón? ¿Te abrasa el deseo de que sea más conocido, más amado y menos injuriado?

¡Oh, Sagrado Corazón de Jesús, abrasadnos en el fuego divino en que ardéis!

La Cruz bandera de Cristo

SC0127bCuando Jesucristo apareció en Paray-le-Monial a Santa Margarita de Alacoque, presentó Su Sacratísimo Corazón coronado de una cruz. ¡He ahí la última y suprema insignia! Con esto quiso demostrarnos que lo más caro, lo que más cerca y unido tiene a Su Corazón, lo que más participa de Su amor de todos los instrumentos de la Pasión es la cruz donde estuvo clavado tres horas después de haberla abrazado y cargado por todo el Camino de la Amargura.

La cruz es Su bandera; resume todo Su ideal y toda Su obra. Con la cruz nos redime; no con Sus milagros. Es verdad que El da vista a los ciegos, cura leprosos, hace oír a los sordos, resucita a los muertos, multiplica los panes, anda sobre las olas, calma tempestades, Se transfigura en el Tabor, nos revela una doctrina inaudita y sublime; pero no es por ahí por donde nos salva. El Se entrega a Sus enemigos que le azotan y crucifican, y nos redime y nos salva con Su cruz.

La cruz es un trono donde Se sienta Dios, Rey del Universo coronado de espinas y teñido con Su sangre. La cruz es el primer altar donde se ofrece la Hostia de propiciación y es una cátedra elocuentísima que nos enseña sabiduría celestial; sí, es libro escrito por fuera y por dentro. Por fuera con las cinco llagas hondas de Jesús, por dentro con los incendios de amor. En él han leído y aprendido los Santos y él nos enseña que la medida de amor a Dios es amarlo sin medida. Por eso pudo exclamar Jesús: “cuando Yo fuere exaltado en alto, todo lo atraeré a Mí”. La Cruz es el imán que arrastra y hechiza al pecador para dejar su huella pecaminosa, al impuro para arrancarlo de su molicie y sensualidad; al egoísta y ambicioso, para desnudarse de sí y revestirse de Jesucristo. A Sus pies mueren los cobardes, a Sus pies se exterminan las castas y distinciones y se estrechan y confunden en un abrazo fraternal todas las razas y condiciones.

Por ella vence Cristo todos los errores; vence al mundo, al demonio, a la muerte y a la impiedad. Por ella existen mártires, vírgenes, apóstoles, monjes, héroes. La Iglesia usa la señal de la cruz para bendecir todos sus objetos. Yo desde aquí ahora hago la señal de la cruz sobre vosotros para bendeciros a todos. Esta señal de la cruz estará en el cielo cuando el Señor venga a juzgar. ¡Salve, oh Cruz, única esperanza!

Dice el autor de la Imitación de Cristo; “En la cruz está la salud, en la cruz está la vida, en la cruz está la infusión de la suavidad soberana, en la cruz está la fortaleza del corazón, en la cruz está el gozo del espíritu, en la cruz está la suma virtud, en la cruz está la perfección de la santidad. Toma pues tu cruz y sigue a Jesús, e irás a la vida eterna.” (El Libro II, Cap. XII). Porque si alguna cosa fuera mejor y más útil para la salvación de los hombres que el padecer Cristo lo hubiera declarado con Su doctrina y con Su ejemplo.

Jesucristo presenta la cruz como remedio y salvación. Cuando las aguas de Mara en el desierto se volvieron amargas y Moisés con los Israelitas no pudieron beberías, echaron un pedazo de leño en él para endulzarlas, avisados por Dios. (Ex. 15, 22-25). En vuestras tentaciones, en vuestros dolores, en vuestras amarguras, apretad la cruz, echadla en el agua amarga y se endulzará pronto. La cruz dulcifica y amansa los caracteres más indómitos, fortalece los débiles, sostiene los vacilantes y mantiene a los justos. La cruz es poderosa para hacer sencillos y humildes de corazón, castos y puros, generosos y desinteresados, celosos y fervorosos. Pero acordaos que vuestra verdadera redención no está en hacer grandes obras sino en crucificaros como Cristo, crucificar vuestra carne con todas sus concupiscencias y decir como San Pablo: “No quiero saber otra cosa que Jesucristo y a éste crucificado”. (I Cor. II, 2)

Hay muchos que dicen que aman a Jesucristo pero cuando El les señala Su cruz con aquellas palabras: “Si quieres venir en pos de Mi niégate a tí mismo, toma tu cruz y sígueme” (Lucas 9, 23), entonces le niegan y huyen como Pedro. Muchos honran los milagros de Jesús, pero pocos siguen y aman Su pasión. ¿De qué vale poner una cruz sobre la tumba de uno que jamás en vida sufrió algo por Dios?

Lo más triste es que todos queremos llevar la cruz de otro. ¡Cuántas veces oímos: “yo, si fuera fulano, yo sí sufriría esto o aquello en paciencia; yo, si tuviera lo que tiene aquel haría tal cosa” Pero no le creáis. Recordad la historia en que Nuestro Señor se presentó a un alma así y le mostró muchísimas cruces debajo de las cuales había el nombre de los individuos que las sufrían. Se las puso delante para escoger. Y éste fué tomando cada una y rechazándola por muy pesada, cuando llegó a la última la escogió por ser la más dulce y liviana. Entonces Jesús le dijo: “Mira a ver qué nombre tiene”. Tenía el suyo. La cruz suya era la más liviana y él se quejaba que era la más pesada y decía: “No sé por qué Dios me castiga así, y a otros no”. Vuestra cruz si la miráis bien, es mucho más liviana que la de vuestro vecino.

Donde quiera que vayamos, allí encontraremos cruces. LA CRUZ TE ESPERA EN CUALQUIER LUGAR. “No puedes huir, donde quiera que estuvieras, porque donde quiera que huyas, llevas a tí contigo y siempre hallarás a tí mismo. Vuélvete abajo, vuélvete fuera, vuélvete dentro y en todo hallarás cruz. Si de buena voluntad llevas la cruz, te llevará y guiará al fin deseado a donde será el fin del padecer. Si contra tu voluntad la llevas, cargaste y hacértela más pesada”. (Imit. 2, 12).

En vez de apartarnos y escondernos tanto de la cruz todos debiéramos venerarla y besarla cada día varias veces. ¿Cuántos de vosotros tenéis en vuestra casa un Crucifijo para recordaros todo lo que hizo Jesucristo por nosotros? ¿Cuántos de vosotros besáis la cruz antes de acostaros?

sc de quitoTenemos que levantar la cruz en alto otra vez para que Ella todo lo atraiga a sí. ¿Dónde está vuestra cruz? El Sagrado Corazón no se contenta con que llevéis una cruz de madera o metal alrededor de vuestro cuello o en vuestro bolsillo o cartera o que beséis su cruz. El quiere veros abrazados a vuestra cruz; quiere veros llevar vuestra cruz, la de dolores y sinsabores, de desengaños, de enfermedad, de disgustos, de aridez espiritual, cada día sin quejas para redimiros a través de ella. ¡La cruz poderosa y grande! Al hacerla sobre nosotros, al persignarnos, que hagamos el acto de fe mayor de nuestra religión que es aceptar incondicionalmente la voluntad de Dios. Hay un Santo, San Benito, si no me equivoco, que por su virtud y celo tuvo enemigos, y aún entre sus frailes mismos, hasta que decidieron envenenarlo. Entonces prepararon la comida y se acercaron para disfrutarla en unión a él. Entonces él hizo la señal de la cruz sobre la comida para bendecirla y al contacto de la cruz se rompieron o se quebraron los platos que tenían la comida envenenada, lo que demuestra el poder grande de la Santa Cruz. Constantino, emperador romano, viéndose acechado por sus enemigos y siendo él temeroso de Dios, vió en el cielo aparecer la cruz resplandeciente con aquellas palabras: “En virtud de esta cruz, con esta señal, vencerás.” Santa Juana de Arco, la aldeana de Domremy, con la cruz salvó a Francia; la cruz de Lorena!

Tomad vuestra cruz, no obligados como Simón el Cirineo, sino como Andrés el Apóstol, abrazadla de verás y todos vuestros dolores serán oro con que compraréis el cielo para vosotros y vuestros semejantes. La cruz que Dios os manda es un aviso para vivir mejor es un saludo para que vuestra vida sea más valiosa y una palabra de misericordia para hacer penitencia aquí, y no arriba.

Asociad vuestro dolor a los sufrimientos y a las agonías de Su dulce Corazón. Hay tanto dolor que se desperdicia en el mundo que si se ofreciese al Sagrado Corazón convertiría a millones de pecadores y transformaría al mundo en paraíso hasta cierto punto.

“Pero este llevar la cruz, no es una pública procesión que arranque lágrimas a las Hijas de Jerusalén; es un drama silencioso representado en el teatro secreto del corazón humano. La cruz por lo general no es un artefacto visible y enorme, bien conocido, y que recuerde a Cristo. Se nos reparte más bien en pedacitos, en astillitas, en virutas por decirlo así, en fragmentos menudos en los que sólo el ojo de la fe amante puede distinguir los contornos del Calvario”.  (Vida del Padre Doyle, S.J.)

Revdo Padre Gilberto M. Romney, ¡Dulce Corazón de Jesús!, Ediciones Magníficat, Puerto Rico, p. 5-19