Oración a CRISTO REY

«Oh Jesús, el único Rey del Universo, nos postramos a Vuestros pies para adoraros y para tomaros por nuestro Rey y Guia. Sí Señor, que todas las naciones Os sean sumisas. Vos sólo sois el verdadero Rey, Vos sólo sois la verdadera Paz, Vos sólo sois la verdadera Luz. ¡Os adoramos sólo a Vos! Vos sois nuestro sostén, Vos sois nuestra riqueza, Vos sois nuestro dueño, ¡Oh gran Dios del Cielo y de la tierra!

Nosotros creemos firmisimamente que estáis realmente presente en la Santa Eucaristía. Vos estáis ahí, viviendo, amando. Vos queréis alimentarnos con el Pan de Vida. Sí, venis y alimentáis a Vuestros hijos. Vuestros ojos están fijos sobre las almas, Vos veláis sobre todas las naciones. Vuestro Corazón es para nosotros un asilo de descanso. Nosotros nos consagramos entonces a Vuestro Corazón de Rey y de Príncipe. A Vos sólo Señor, toda la gloria, honor, amor sean rendidos, hasta la consumación de los siglos y por toda la eternidad. Así sea!»

(Oración dictada por Jesús a Sor María de Cristo Rey, el 7 de julio de 1.927)

Jesús Rey de Amor

Por Padre Juan Gregorio de la Trinidad

¿Cuándo vendrá el Reino de Dios? preguntaron un día los fariseos a Nuestro Señor. Jesús les respondió: El Reino de Dios no ha de venir con muestras de aparato. Y no dirán: «El está aquí o él está allá», porque el Reino de Dios está dentro de vosotros.1

Hermanos míos y hermanas mías, podemos poseer en nosotros el Reino de Dios en la tierra, el Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, con todas sus riquezas infinitas. El reinado de Dios se establece en nosotros, si nosotros queremos. Este reinado, este reino de Dios, «él es primero en nuestro corazón por la fe, la docilidad a las inspiraciones de la gracia y la práctica de todas las virtudes. Y entonces por toda la tierra, y esa es la Iglesia, verdadero Reino de Dios. No le encontraremos entonces aquí o allá, ya que estará en todo el mundo, y en todas las almas que se dejen gobernar por la Voluntad divina».2

Dios es un Rey de amor; Él quiere reinar sobre nuestros corazones dejándolos libres. Él Se podría imponer, pero quiere ser aceptado por amor. Decimos con frecuencia: «¿Por qué Dios no obliga a los malvados a servirle? ¿Por qué no los derriba, no los reduce a polvo?» Dios nos ha puesto libres sobre la tierra y Él quiere ser aceptado libremente por Sus hijos. Es esta aceptación voluntaria y amorosa que Le glorifica.

Tomemos el ejemplo del niño a quien su madre diría: «Pedro, ve a hacer un encargo para mí». Él es reacio y no quiere. «Si tú no vas, te castigaré», dice la madre. El pequeño se va y entonces hace el encargo. Ya es algo que él se someta a la amenaza. Otra dice: «Hijo mío, ¿quieres hacerme un servicio?» En el mismo momento el niño dice que sí y corre cumplirlo. Este servicio es aún más hermoso que el primero. Pero supongamos que un niño viene al encuentro de su madre y le dice: «Mamá ¿me necesitas? ¿Hay algún favor que quieras que haga? Sería un gran placer hacer esto por ti; te amo mucho, ¡tú lo sabes!» Este servicio sería por demás agradable a la madre que los otros dos. «Qué felices somos con este hijo, dirían sus padres. Él está lleno de atenciones con nosotros; él busca siempre ayudarnos de todas las maneras, sin que tengamos que pedírselo».

Es así como Dios quiere ser tratado por Sus hijos: un Padre feliz, que es servido libremente, no como un tirano que debe amenazar para ser reconocido y servido. El hombre fue creado libre, y es libremente que cada alma deberá entrar en el programa que lleva a la posesión del reino. Este programa, es el Evangelio.

Hermanos míos y hermanas mías, si tuviéramos fe en el Evangelio, nada podría detenernos en la realización de este divino programa. ¿Por qué tan pocas almas acceden a este estado de bienaventuranza: la posesión del reino de los cielos? Es porque la fe en el Evangelio, en la Palabra de Cristo no es lo suficientemente fuerte. Eso es lo que falta. Este estado de bienaventuranza fue el caso de los Santos y ellos se han convertido sobre la tierra en instrumentos de Dios. Leyendo su vida, vemos el cuidado que tuvieron en conformarse al Evangelio; vemos también todo lo que Dios ha hecho por ellos y para ellos. Se hicieron los súbditos, la propiedad, los servidores de Dios, enteramente dedicados a Su servicio, por amor.

Dios debe reinar como Dueño soberano sobre todo nuestro ser. ¿Cómo lograrlo ya que nuestro ser interior descaecido se opone a Él? Por el combate espiritual, combate indispensable a librar para rectificarnos, ajustarnos al Querer divino. Hoy en día, nos gustaría intentar predicar, que por su naturaleza, el hombre es bueno. Cierto, hay bien en cada hombre, pero después del pecado original, el ser humano está descaecido; en cada uno hay tendencias que se oponen a Dios. Algunos tienen que luchar más que otros. Los cobardes se dejan deslizar voluntariamente en sus malas inclinaciones.

Si siendo jóvenes, ustedes siguen sus malas inclinaciones, luego tendrán dificultad para enderezarse. Por el contrario, si siendo joven, toman el hábito de reaccionar a medida que avanzan contra las malas tendencias en ustedes, tendrán éxito en dominarlas más fácilmente. Se requiere esfuerzo y perseverancia en la lucha. Esto es lo que Nuestro Señor quiere enseñarnos cuando dice: El reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan.3 Hay un combate de todos los días para librar, un combate indispensable.

«Esta lucha es difícil» dirán ustedes. No es tan difícil como imaginamos. Es una cuestión de resolución y de querer no solamente una vez por día, sino durante toda la jornada. Aquel que quiere ser Mi discípulo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz cada día y Me siga.4

Tome su cruz todos los días, es por supuesto, aceptar las pruebas cotidianas, pero es también combatir implacablemente contra todo lo que se interpone a la obra de Dios en nosotros.

Para tomar nuestra cruz, es preciso renunciar a nosotros mismos: renunciar a nuestro orgullo, a nuestros defectos de espíritu, a nuestras sensualidades, a nuestra mente defectuosa que se opone al plan divino. He aquí la cruz que Nuestro Señor nos pide tomar cada día. Entender este punto es una gran luz. Hasta que comprendamos que debemos corregir todo lo que es defectuoso en nosotros, todo lo que se opone a los designios de Dios, estamos obstruyendo el establecimiento del reino de Dios en nuestras almas.

Padre Nuestro que estás en los Cielos….¡Que venga el Tu Reino!

Que él venga primero en cada uno de nosotros. Reinad sobre esta Orden, mi Dios. Reinad sobre todos nuestros hogares, reinad sobre cada uno de Vuestros hijos. Sed Dueño y Rey en nosotros: ése es nuestro deseo, es la gracia que pedimos. Y cuando Vuestro reino se haya establecido en nosotros, haga que lo extendamos sobre toda la tierra, en el universo, para que sólo Vos reines, ya no ídolos. Dadnos la fuerza de extirpar de nuestras vidas todo lo que podría dañar al establecimiento de Vuestro reino perfecto en nosotros, sobre nosotros.

Os aclamamos nuestro Rey. Queremos ser Vuestros devotos servidores, dispuestos a hacer todo por Vos, oh mi Dios. No queremos contar nuestros esfuerzos para el establecimiento de Vuestro reino. Hacednos conocer lo que Vos esperáis de nosotros; Os prometemos cumplirlo con Vuestra gracia. ¡Así sea!

1      S. Lucas 17, 20-21

2 Cgo. Alfredo Weber, El Santo Evangelio comentado por los Apóstoles, pág 383.

3   S. Mateo 11, 12

4   S. Lucas 9, 23