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Liturgia para los domingos y las fiestas principales

La Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo

Reflexión sobre la liturgia del día – de L’Année Liturgique, de Dom Prosper Guéranger

La hora apremia, es tiempo que el divino Resucitado Se muestre y reciba los adioses de los que Le esperan hora por hora y a quienes El dejará aún en este valle de lágrimas.

En el Cenáculo. – Súbitamente aparece en, medio del Cenáculo. El corazón de María ha saltado de gozo, los discípulos y las santas mujeres adoran con ternura al que Se muestra aquí abajo por última vez. Jesús Se digna tomar asiento en la mesa con ellos; condesciende hasta tomar parte aún en una cena, pero ya no con el fin de asegurarles Su resurrección, pues sabe que no dudan; sino que en el momento de ir a sentarse a la diestra del Padre, quiere darles esta prueba tan querida de Su divina familiaridad. ¡Oh cena inefable, en que María goza por última vez en este mundo del encanto de sentarse al lado de Su Hijo, en que la Iglesia representada por los discípulos y por las santas mujeres está aún presidida visiblemente por su Jefe y su Esposo!

¿Quién podría expresar el respeto, el recogimiento, la atención de los comensales y describir sus miradas fijas con tanto amor sobre el Maestro tan amado? Anhelan oír una vez más Su palabra; ¡les será tan grata en estos momentos de despedida!… Por fin Jesús comienza a hablar; pero Su acento es más grave que tierno. Comienza echándoles en cara la incredulidad con que acogieron la noticia de Su resurrección. En el momento de confiarles la más imponente misión que haya sido transmitida a los hombres, quiere invitarles a la humildad. Dentro de pocos días serán los oráculos del mundo, el mundo creerá sus palabras y creerá lo que él no ha visto, lo que sólo ellos han visto.

La fe pone a los hombres en relación con Dios; y esta fe no la han tenido, desde el principio, ellos mismos: Jesús quiere recibir de ellos la última reparación por su incredulidad pasada, a fin de establecer su apostolado sobre la humildad.

La evangelización del mundo. – Tomando enseguida el tono de autoridad que a Él sólo conviene, les dice: «Id al mundo entero, predicad el Evangelio a toda creatura. El que crea y se bautice, se salvará; el que no crea, se condenará.» Y esta misión de predicar el Evangelio en el mundo entero; ¿cómo la cumplirán? ¿Por qué medio tratarán de acreditar su palabra? Jesús se lo indica: «He aquí los milagros que acompañarán a los que creyeren: arrojarán los demonios en Mi nombre; hablarán nuevas lenguas; tomarán las serpientes con la mano; si bebieren algún veneno, no les dañará; impondrán sus manos sobre los enfermos, y los enfermos sanarán». Quiere que el milagro sea el fundamento de su Iglesia como El mismo lo escogió para que fuese el argumento de Su misión divina. La suspensión de las leyes de la naturaleza anuncia a los hombres que el Autor de la naturaleza va a hablar; a ellos sólo les toca entonces escuchar y someterse humildemente. Les recuerda la promesa del Padre, «esta promesa, dice, que habéis oído de Mi boca. Juan ha bautizado en agua; pero vosotros, dentro de pocos días, seréis bautizados en el Espíritu Santo».

Hacia el Monte de los Olivos. – Pero la hora de la separación ha llegado. Jesús Se levanta y todos los asistentes se disponen a seguir Sus pasos. Ciento veinte personas se encontraban reunidas allí con la Madre del Triunfador que el cielo reclamaba. El Cenáculo estaba situado sobre el monte Sión, una de las colinas que cerraba el cerco de Jerusalén. El cortejo atraviesa una parte de la ciudad, dirigiéndose hacia la puerta oriental que se abre sobre el valle de Josafat. Es la última vez que Jesús recorre las calles de la ciudad réproba. Invisible en adelante a los ojos de este pueblo que ha renegado de Él, avanza al frente de los Suyos, como en otro tiempo la columna luminosa qué dirigió los pasos del pueblo israelita. ¡Qué bella e imponente es esta marcha de María, de los discípulos y de las santas mujeres, en pos de Jesús que no debe detenerse más que en el cielo, a la diestra del Padre!

La alegría de María. – Se pensaba también entonces en los sentimientos que debieron ocupar el corazón de María durante los últimos instantes que gozó de la presencia de Su Hijo. Se preguntaba qué era lo que más pesaba en Su corazón maternal, si la tristeza de no ver más a Jesús, o la dicha de sentir que iba por fin a entrar en la gloria que Le era debida. La respuesta venía al punto al pensamiento de esos verdaderos cristianos, y nosotros también, nos la damos a nosotros mismos. ¿No había dicho Jesús a sus discípulos: «¿Si Me amaseis, os alegraríais de que fuese a Mi Padre?» Ahora bien, ¿quién amó más a Jesús que María? El corazón de la madre estaba pues alegre en el momento de este inefable adiós. María no podía pensar en Sí misma, cuando se trataba del triunfo debido a Su Hijo y a Su Dios. Después de las escenas del Calvario, podía Ella aspirar a otra cosa que a ver al fin glorificado al que Ella conocía por el soberano Señor de todas las cosas, al que Ella había visto tan pocos días antes, negado, blasfemado, expirando en medio de los dolores más atroces.

La Ascensión al cielo. – Según una tradición que remonta a los primeros siglos del cristianismo, era el medio día la hora en que Jesús fué elevado sobre la cruz cuando, dirigiendo sobre la concurrencia una mirada de ternura que debió detenerse con complacencia filial sobre María, elevó las manos y les bendijo a todos. En este momento Sus pies se desprendieron de la tierra y Se elevó al cielo. Los asistentes Le seguían con la mirada; pero pronto entró en una nube que Le ocultó a sus ojos.

Los discípulos tenían aún los ojos fijos en el cielo, cuando, de repente, dos Ángeles vestidos de blanco se presentaron ante ellos y les dijeron: «Varones de Galilea, ¿porqué estáis mirando al cielo? Ese Jesús que os ha dejado para elevarse al cielo vendrá un día de la misma manera que Le habéis visto subir». Del mismo modo que el Salvador ha subido, debe el Juez descender un día: todo el futuro de la Iglesia está comprendido en estos dos términos. Nosotros vivimos ahora bajo el régimen del Salvador; pues nos ha dicho que «el Hijo del hombre no ha venido para juzgar al, mundo, sino para que el mundo sea por El salvado». Y con este fin misericordioso los discípulos acaban de recibir la misión de ir por toda la tierra y de convidar a los hombres a la salvación, mientras tienen tiempo.

Epístola

Lección de los Hechos de los Apóstoles.

El primer tratado que he hecho, oh Teófilo, habla de todo lo que comenzó a obrar y enseñar Jesús, hasta el día en que instruyendo por el Espíritu Santo a los Apóstoles que escogió, fué arrebatado: a los cuales Se presentó El mismo vivo después de Su pasión con muchas pruebas, apareciéndose a ellos durante cuarenta días y hablándoles del reino de Dios. Y, comiendo con ellos, les ordenó que no se marcharan de Jerusalén, sino que esperaran la promesa del Padre, la que habéis oído de Mi boca: Porque Juan bautizó ciertamente con agua, pero vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo no muchos días después de estos. Entonces los que se habían reunido, Le preguntaron, diciendo: Señor, ¿restaurarás el reino de Dios en este tiempo? Y les dijo: No toca a vosotros saber los tiempos o el momento que el Padre ha puesto en Su potestad: pero recibiréis la virtud del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros y seréis Mis testigos en Jerusalén y en toda Judea, y en Samaría y hasta el fin de la tierra, y habiéndo dicho esto, viéndole ellos, Se elevó, y una nuve lo arrebató de Sus ojos. Y, estando mirando cómo El Se iba al cielo, he aquí que dos varones se pusieron a Su lado, con vestidos blancos y les dijeron: Varones Galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Ese Jesús, que Se ha elevado de vosotros al cielo, así vendrá, como Le habéis visto ir al cielo.

Evangelio

Continuación del santo Evangelio según San Marcos.

En aquel tiempo, estando los once discípulos sentados a la mesa, Se apareció a ellos Jesús: y les reprochó su incredulidad y su dureza de corazón: porque no creyeron a los que Le habían visto resucitado. Y dijoles: Yendo por todo el mundo, predicad el Evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado se salvará: pero el que no creyere se condenará. Y, a los que creyeren les seguirán estas señales: en Mi nombre lanzarán los demonios: hablarán lenguas nuevas: quitarán las serpientes: y si bebieren algo mortífero, no les hará daño: pondrán las manos sobre los enfermos, y sanará. Y el Señor Jesús, después que les habló, fué arrebatado al cielo, y está sentado a la diestra de Dios. Y ellos, partiendo, predicaron por doquier, cooperando con ellos el Señor, y confirmando la palabra con las señales que se sigan.

Medio Día

Una tradición de los primeros siglos y confirmada por las revelaciones de los Santos, nos dice que la hora de la Ascensión del Salvador fué la del mediodía. Los Carmelitas reformados por Santa Teresa honran con un culto particular este piadoso recuerdo. A la hora expresada, se reúnen en el coro para vacar en la contemplación del último de los misterios de Jesús y seguir con el pensamiento y con el corazón al Emmanuel a la altura que le lleva Su vuelo divino.