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Magníficat!

¡Para la preservación del Depósito de la Fe!
¡Para que venga el Reino de Dios!

Jesús en la Cruz
Por Padre Mathurin de la Madre de Dios

«El mundo se está perdiendo, dijo Jesús a Sor Consolata Betrone, y Yo, amo a las almas y quiero salvarlas. Para lograr mi objetivo, uso el rigor, pero créelo, es por pura misericordia. Si Yo permito un dolor tan grande, es con el fin de salvar a las almas para la eternidad.»1 Para su desgracia, la humanidad se ha alejado del camino que Dios le había trazado. Como un buen padre, Dios usa los medios necesarios para hacer volver a sus hijos al camino de la verdadera felicidad a Su servicio. Al mismo tiempo que golpea, nuestro Padre Celestial quiere colmar a la humanidad con Sus dones, como un padre que, después de haber castigado, luego brinda dulzuras para hacer olvidar la amargura del castigo. Nunca podremos entender todo el amor que Dios pone en los castigos infligidos a Sus hijos.

¿Un plan diabólico, o… divino?

Dios quiere, o permite, todos los sufrimientos que suceden. El ejemplo más bello para ilustrar esta gran verdad, lo encontramos en Jesús, Dios encarnado en la tierra. Después de la resurrección de Lázaro, el Evangelio relata que los príncipes de los sacerdotes y los doctores de la ley se reunieron en medio de la noche, infringiendo sus propias leyes, en contra de toda forma de justicia. «¡Este Jesús resucita a los muertos! Si le dejamos continuar Sus milagros, se acabó para nosotros. ¡Debemos eliminarlo!» Era una resolución satánica, inspirada directamente por el demonio. Y sin embargo ¡era el plan de Dios! Todas las fuerzas del mal se aliaron para abatir a Jesús, para destruirlo, aniquilarlo. Realizaron su complot diabólico, masacraron a Jesús: ¡el Plan de Dios se realizaba!

Algunos preguntan: El coronavirus ¿fue hecho por los hombres? ¿Qué cambiaría de conocer el origen? En el caso de Jesús, Su muerte ¿era obra de los hombres u obra de Satanás? Su muerte en la cruz: ¿era divina o diabólica? Parece extraño decirlo, ¡pero fueron ambas! Los demonios se agitaron, reunieron a sus satélites y a sus secuaces en conciliábulos para eliminar a este Hombre. Y al mismo tiempo, ¡jamás un proyecto diabólico había sido tan divino! Es muy asombroso, pero parece a veces, que cuanto más diabólico es el proyecto, más se une a lo divino. Hay un misterio en todo esto. Es Dios quien dirige y conduce todo a Su fin.

Todo toma otro enfoque, una vez que entendemos esto. Dios dirige y tiene la última palabra. Las almas deben entrar en Su plan, ver Su mano detrás de los eventos más desafortunados, los más terribles, los más maléficos, los más mórbidos. Los enemigos de Nuestro Señor codiciaban dinero y poder, querían establecer su propio reino, y nuestro querido Jesús obstaculizaba sus planes. Todas las fuerzas del mal se complotaron para destruir y masacrar a Jesús: ¡consiguieron hacer morir al Hijo de Dios encarnado! Los demonios se frotaban las manos con satisfacción. Cuando Satanás comprendió que habían realizado el Plan de Dios, mordió el polvo: fue su mayor derrota. La muerte de Jesús en la cruz, era la salvación deseada, pensada por Dios, desde el origen. Era el plan que había decretado para la salvación del hombre, en seguida después del pecado de nuestros primeros padres.

En estos tiempos en que el odio diabólico llega a su punto culminante, se está preparando un misterio de amor para la salvación de la humanidad: el Amor divino también alcanzará su apogeo. ¿Cómo reaccionamos ante estos acontecimientos? Estemos muy atentos para mirar todo con una visión de fe. Por supuesto, se necesita la prudencia humana, pero sobre todo hay que tener fe y creer que es Dios quien actúa a través de todos estos acontecimientos.

En todo el mundo, las iglesias están cerradas. Los gobernantes prohíben las reuniones. Tienen miedo al coronavirus. Prohibir el acceso a los sacramentos, a la Santa Misa, a la comunión, no puede ser de Dios. Es un fenómeno diabólico en contra de Dios. Pero de esto, Dios sacará Su gloria. Me da una pena enorme que la adoración perpetua de los fieles haya cesado en Montmartre, donde se había mantenido aun durante los bombardeos de la segunda Guerra mundial. La situación podría haberse gestionado de otra manera, estableciendo cierto control como se hace para mantener abiertas otras instituciones y empresas. La adoración perpetua del Santísimo Sacramento es un pararrayos para las naciones. El propósito de la adoración perpetua es asegurar una oración ininterrumpida por la Iglesia, por la patria, por el mundo. Estoy seguro de que los adoradores sufren enormemente por esto.

La oración, remedio a los problemas actuales

Hicimos un llamado a más oraciones. Que cada uno haga su parte y entregue más tiempo a la adoración delante del Santísimo Sacramento donde Jesús está realmente presente. Si rezamos humildemente, la salvación vendrá. La salvación, es Dios. Él nos desafía. Debemos rezar con humildad, golpeándonos el pecho. Hagamos la oración humilde del publicano que se golpeaba el pecho, no como la del fariseo que se complacía en sí mismo y condenaba a los demás: «¡Estas personas hicieron esto o aquello! Yo no soy como el resto de los hombres.» ¡No! Examinemos primero nuestra propia vida: humillémonos y lloremos nuestras faltas delante de Dios. Considerando las luces y las gracias recibidas, deberíamos ser gigantes de santidad. Desde lo más profundo del alma, convenzámonos, que con todas las gracias recibidas, somos peores que los demás, más culpables ante Dios. Se exigirá mucho de aquel que recibió mucho, dice Jesús. Se le pedirá más, a quien se le dio más.2

Debemos recurrir a los sacramentos: la misa, la comunión, la confesión, que actualmente son boicoteados casi en todas partes. Para suplir, debemos recurrir más a ellos, multiplicarlos en nuestras casas. Debemos compensar con más misas, más comuniones, más adoraciones, más confesiones, todo con humildad, si no nuestra oración será rechazada por el Cielo. Dios resiste a los soberbios y da Su gracia a los humildes.3La Santísima Virgen canta en Su Magníficat: El Todopoderoso exaltó a los humildes… Mas desplegó toda la fuerza de Su brazo para dispersar a los soberbios de espíritu y de corazón, y derribó a los poderosos de su trono…4

Con humildad pidamos perdón por nosotros, por la Iglesia, por nuestros hermanos. ¡Compensemos, supliquemos, adoremos! Cuando estamos delante del Santísimo Sacramento, cuando rezamos a solas en nuestra habitación, como dice el Evangelio,5 pongámonos en estas disposiciones. Así los males presentes serán verdaderamente una bendición que transformará nuestra alma. En este caso, este virus merece ser coronado (corona-virus): ¡nos acercará a Dios! ¡Alabado sea Dios!

Es el pánico por doquier. La Iglesia siempre ha tenido fragilidades, pero nunca cerró sus puertas, sobretodo nunca en tiempos de calamidades donde los fieles tenían más necesidad de asistencia divina. Hoy, las puertas de los sacramentos están cerradas en casi todo el mundo. Algunas buenas personas dicen: «Seguimos la misa por televisión.» En la pantalla, ven la imagen del Santísimo Sacramento. No es la Hostia lo que ustedes ven, es una imagen que les hace pensar en Jesús Eucaristía. Pero no es la Eucaristía. Cuando estoy delante de la Hostia, estoy delante de Dios, personalmente presente. Cuando asisto a la misa por televisión, no estoy en presencia del sacrificio del Calvario, estoy delante de una representación. Para participar realmente de la misa, hay que desplazarse – si es posible – y asistir. El Santísimo Sacramento no es una imagen o una representación, es Dios realmente presente.

Desde su hogar, pueden adorar a Jesús Hostia en espíritu, pero no están delante de la Presencia real. Es siempre mejor que no hacer nada. Si miran una imagen de Jesús Hostia y los estimula a rezar, está bien, incluso muy bien. Pero como Autoridad de la Iglesia, no puedo decir que la imagen equivale a la Presencia real. Esto no es lo que Jesús nos enseña. No podemos instituir cosas que Jesús no ha instituido. Jesús quiso permanecer en medio de nosotros por la Presencia real de la Eucaristía, no solamente en una imagen por la pantalla o sobre papel. Quiso ocultarse en el pan en el momento de la consagración, y es bajo esta forma que quiere ser adorado por Sus hijos.

La Iglesia siempre ha enseñado la comunión espiritual. Yo mismo la he recomendado a muchos de nuestros amigos. Pueden sacar mucho provecho si están atentos. Pero esto no es la comunión sacramental. Cuando hagamos una comunión sacramental, es realmente a Jesús que reciben en ustedes. Porque Mi Carne es verdaderamente una comida, dice Jesús. Mi Sangre es verdaderamente una bebida. Aquel que come Mi Carne y bebe Mi Sangre permanece en Mí, y Yo en él.6

La Fe de los primeros cristianos

Cuando los primeros cristianos iban a las catacumbas para asistir a los santos misterios, cada uno de ellos se exponía a ser apresado, reconocido como cristiano, llevado a la muerte. Era un riesgo, un peligro inmediato, peor que el coronavirus. Se exponían a la muerte con torturas extremas. La historia de san Tarsicio no es un caso aislado. Los cristianos exponían sus vidas para llevar la santa Eucaristía – la comunión sacramental – a sus hermanos que iban a morir. Creían en la comunión espiritual ciertamente, pero arriesgaban su vida por la comunión sacramental. Él pequeño Tarsicio murió apedreado por exponerse así. Eso es la Iglesia, esa es la verdad. La Iglesia, sobre todo en tiempos de calamidad, tiene el deber de proclamar la verdad.

Es un esfuerzo de Iglesia que hacemos, con un espíritu de humildad, para compensar, suplir y conmover el Corazón de Dios con mucho amor, mucha fe, mucha humildad. Les expuse estos hechos para comunicarles mi dolor al ver las iglesias cerradas. No tiro piedras al clero, pero esto me duele realmente. Tengo una pena inmensa por los adoradores que aman a Dios y que ahora son privados de adorarle en Sus santuarios. No tienen opción; en cambio estos fieles van a continuar adorando desde sus hogares. Este gesto será grande ante Dios. En sus corazones van a adorar a Dios, mientras rezan ante una cruz o imagen piadosa. Recordarán el Santísimo Sacramento que adoraban en Montmartre o en otra parte.

Entreguen cada vez más tiempo a la adoración. Grandes gracias vienen por la adoración silenciosa delante del Santísimo Sacramento. Algo divino sucede en nuestra alma. Como decía san Luis María de Montfort: «Uno, sólo puede concebir este bien por la experiencia.» Las palabras no pueden traducirlo, es preciso vivirlo.

El rosario también es una devoción maravillosa. Nada es tan bello como meditar los misterios de la vida de Jesús y de María. Recitando el Ave María contemplan el misterio. Además de los quince misterios tradicionales, pueden también contemplar otros misterios de la vida de Jesús y de María. Digan el Ave María despacio: esta oración les hará entrar en contemplación delante del Santísimo Sacramento.

No hay una fórmula para todos, cada alma es diferente. Cada uno de ustedes es un alma singular, que Dios ama por encima de todas las demás. Cuando estás delante de Dios, sólo tú cuentas a Sus ojos. Estás solo con Él, Se ocupa personalmente de ti. Su trato para ti es especial. Debes estar atento: lo que Él hace está hecho a medida para ti. Es Él que te hace entrar en contemplación. No puedes rezar realmente, sin que Dios te inspire. Dios ha enviado en sus corazones el Espíritu de Su Hijo, que grita: ¡Abba, Padre!7

En la adoración del Santísimo Sacramento, es Jesús que viene a rezar en ustedes y les ofrece una gracia especial en ese momento. Es preciso ponerse en contacto con Dios. Podemos tomar una guía, un medio que nos ayude a entrar en contemplación, pero el contacto, la gracia nos viene de Él.

La adoración nos hace humildes

Normalmente, es la criatura que se debe entregar a su Creador. Cuando están en adoración, descubrirán que es el Creador que se da a ustedes. Este pensamiento los confunde, es una humillación que los llena de amor. La adoración nos hace humildes, a nosotros tan orgullosos por nuestra naturaleza caída. ¡Dios Se entrega a nosotros! Nuestra pequeña entrega es tan escasa, tan insignificante, comparada con Su don divino. Cuando adoran, cuando están en contemplación, y se dan cuenta que es Dios quien hace el don, están humillados, confundidos, mas con una confusión llena de amor. Creíamos haber dado alguna cosa a Dios, y descubrimos nuestro egoísmo, nuestra mezquindad, nuestro egocentrismo, nuestra vanidad, nuestra falta de generosidad. Contemplamos el don que Dios nos hace, Dios que Se entrega: el don por esencia. La adoración se hace simplemente, no es un esfuerzo cerebral. Estamos delante de Dios para alabarle y adorarle, para glorificarle, para compensar.

Puede que no tengan nada que decir. Entonces se ponen de rodillas y se postran. Si sienten frío, póstrense aún más. No se molesten en postrarse, la nariz contra la tierra. ¡Oh! ¡La bella adoración! Póstrense, adoren, humíllense. Luego, levántense, contemplen a Jesús y se postran de nuevo. Comprueban su nulidad, su nada, lo cobardes que son, y Dios Se dona a ustedes.

La Virgen María hacía esta adoración, postrándose delante de Su Dios, la nariz en tierra. Luego Se levantaba para poder postrarse otra vez, para poder hacer una adoración completa delante de Dios. Lo hacía por docenas, a veces centenares de veces. Continuó está práctica hasta una edad avanzada. María ya hacía estas adoraciones antes de la institución del Santísimo Sacramento. Delante de la Presencia real después de la muerte de Jesús, ¡imagínense las postraciones que debía hacer! ¡con qué reverencia hacía este gesto! Se levantaba y se postraba de nuevo para hacer un acto físico de anonadación, para rebajarse hasta el polvo, pausadamente. Se quedaba ahí un momento y se levantaba.

Recomiendo hacer esta postración treinta y tres veces, en honor de los treinta y tres años de la vida de Jesús. Jesús, que Se rebajó hasta nosotros, ¡e incluso más todavía! Hagan estas adoraciones muy pausadamente. «Dios mío, ¿que vale mi oración? Quiero hacer como la Virgen, como Vuestra Madre lo hacía.» Hay varias maneras de hacer la adoración. El amor los inspirará. Postrarse estimula la atención. Somos frágiles. Este gesto nos mantiene alertas, sobre todo durante la adoración nocturna, cuando a pesar nuestro, el cansancio nos puede abatir.

Si entran verdaderamente en oración, Dios hará el resto. Él ve su buena voluntad: quieren amarle, se humillan delante de Él, y Él Se les manifestará. Dios habla a cada uno, no con sonidos, con ruidos, habla al corazón. Se comunica al alma que se humilla, que se anonada delante de Él. El alma sale más humillada, más confundida aún. Es en este espíritu de adoración que debemos suplir. Muchas gracias dependen de ello.

Adoren en nombre de la Santa Iglesia, por ustedes mismos, por todos nuestros hermanos de la tierra, en unión con esos queridos hombres y esas queridas mujeres que no tienen más ese privilegio, ese placer, esa alegría que tenían de estar en adoración ante el Santísimo Sacramento, porque tantas iglesias no lo permiten más. Ofrezcan las oraciones, los sufrimientos de esas personas a Dios. «Dios mío, ¡intervenid! Os ofrezco mi adoración en unión con esas personas que sufren, que quisieran estar en Vuestra presencia.»

Esta oración va a cambiar el mundo más que los discursos. Los discursos son necesarios, pero es Dios que toca las almas por nuestras palabras. Dios se sirve de nuestras palabras, mas siempre es Su gracia que toca los corazones, y no nosotros ni nuestras palabras.

La más alta cumbre de la adoración

El primer culto que el hombre debe rendir a Dios, es de adorarle. Adorar es mucho más que postrarse. Adorar, es reconocer el soberano dominio de Dios, nuestro Creador. En el dolor, en el sufrimiento, cuando nos aplicamos en reconocer la mano de Dios que obra, que actúa, cuando entonces, agradecemos a Dios, es la cumbre de la adoración. No solamente debemos doblar la cerviz porque no tenemos otra opción. Someterse, aceptar ya es bueno. ¡Pero entrar tanto en el plan de Dios que Le agradecemos! «¡Dios mío, gracias! ¡Gracias por todo lo malo que me acaece, gracias por todos los dolores que me suceden! ¡Gracias, Dios mío!» Cuando este gracias es agradecimiento, lleno de gratitud hacia Dios, es la cumbre de la adoración que podemos rendir a Dios.

Dios espera este culto de los Apóstoles de los Últimos Tiempos. Este culto, vamos a expandirlo por el mundo entero. Tenemos que practicarlo primero. ¿Tenemos dolor? En lugar de quejarnos y murmurar en nuestros corazones, digamos: ¡Gracias, Dios mío! Los peores pecados del pueblo judío, relatados en la Biblia, fueron la idolatría y la murmuración. Hacemos lo contrario adorando a Dios en el sufrimiento. Adoramos a Dios y Le agradecemos: «¡Gracias, Dios mío, por el menor mal que me sucede. No es el diablo o fulano de tal que me hace sufrir, sois Vos, Dios mío, que actuáis detrás de esos instrumentos. ¡Gracias!» Sin que los humanos se den cuenta, nuestro corazón se eleva a Dios.

Bajo la mirada de Dios, con lágrimas de agradecimiento, digamos: «Dios mío, ¿me concedéis esto, a un ser vil como yo? ¿Puedo adoraros así, yo? ¡Dios mío, me honráis demasiado!» Dios espera este culto de nosotros para después transmitirlo al mundo. El mundo vivirá de ello. Será algo que raramente se ha visto en la historia de la humanidad. Tendremos que promoverlo por haberlo vivido. Que Dios les ayude a hacerlo con buen corazón. Agradezcan a Dios todos los males, en nombre de nuestros hermanos de la tierra: «Dios mío, gracias por estas gracias. Es una misericordia que nos enviáis.» Más de un tercio de la población mundial está en confinamiento. «Dios mío, ¿vamos a aprovecharlo? Dios mío, ¡hacednos una gracia poderosa!»

La gracia se presenta bajo dos aspectos: la gracia actual y la gracia habitual. La gracia habitual es la vida de Dios en nosotros, el estado de gracia. La gracia actual es el socorro que Dios nos da para hacer a cada instante el bien que espera de nosotros. La gracia es una intervención de Dios, infinita. De momento en momento, la gracia es distinta para cada uno de los siete mil millones de humanos sobre la tierra. Todos nosotros, pecadores, en el momento mismo de nuestras caídas en el pecado, Dios interviene para levantarnos y llevarnos a Él. Su gracia juega de una manera infinita en cada escenario de nuestra vida, y particularmente en los momentos de sufrimiento. Pero debemos rezar.

Vivimos un tiempo de bendiciones como la humanidad no tuvo desde hace mucho tiempo. Recemos, rindámosle este culto a Dios: «¡Dios mío, gracias! Tomáis los medios para llevarnos a Vos, porque somos demasiado frívolos, somos distraídos, no pensamos más que en divertirnos. Quiero entrar en Vuestro designio, quiero Vuestra gracia y ayuda para mí y para mis hermanos. Gracias, Dios mío, por intervenir.» Los sufrimientos actuales son bendiciones de Dios. Algunos, mas muy pocos, aprovechan este tiempo de gracias. El futuro depende de nuestra reacción.

La situación suscita gestos de caridad, pero ante todo, despierta el pensamiento de Dios. Muchos hablan de las obras de beneficencia que se están haciendo, pero los medios de comunicación no mencionan que la gente piensa más en Dios. Las familias se unieron, está muy bien, pero sobre todo es preciso unirse a Dios. Si haríamos todos esos bellos gestos sin pensar en Dios, esto valdría poco. La caridad siempre tiene un gran valor, pero es necesario practicarla con el fin de agradar a Dios. La primera caridad es pensar en Dios y servirle. Dios espera que pensemos en Él, que hagamos alguna cosa por Él. Comparado con los siete mil millones de humanos sobre la tierra hay muy pocos que se vuelven hacia Dios. Gracias al confinamiento, las personas tienen ocasión para rezar más, reflexionar un poco. Nosotros los humanos, somos tan distraídos, no pensamos en nuestra eternidad. Dios nos da una oportunidad. «¡Dios mío! ¡Qué bondad! ¡Qué misericordia! Merecemos bastonazos y nos golpeáis suavemente, cuán suavemente.» Un poco de confinamiento desestabiliza a muchas personas. Sin embargo pueden todavía comer y divertirse un poco. Si la gente reacciona bien, podríamos prevenir los escenarios inquietantes que amenazan en el horizonte. Todo depende de nuestro comportamiento.

Dios nos pide pequeñas cosas: un cierto confinamiento que va a durar todavía un poco. ¿Habrá algo más? Qué importa. ¿Qué valdría pasar mucho tiempo sobre la tierra sin haberse preparado para la eternidad? ¿Qué valdría vivir mucho tiempo sin pensar en su eternidad? La pandemia actual es el más bello escenario posible, si me conduce a la eternidad bienaventurada, si me lleva a hacer algo más por Dios. Los mártires se regocijaban en el momento de las persecuciones. «Haremos un poco más por Dios. Puede ser que tengamos la oportunidad de ser mártires. ¡Qué buena suerte!» Nosotros tenemos miedo de sufrir: «¿Habrá menos comida en la mesa?… ¿Me va a faltar algo?» Tenemos miedo de tener hambre, miedo de tener frío, miedo de estar cansado, tenemos miedo de todo, tenemos miedo de tener miedo.

¡Dios sea bendito!

Debemos agradecer a Dios cuando da, y también cuando quita: «¡Dios mío, si me quitáis tal cosa, gracias de antemano. Estoy listo, pero ¡venid a socorrerme! Soy un cobarde, tengo miedo de sufrir. Pero tengo confianza en Vos, porque sé que me ayudaréis y que Vuestra gracia lo realizará en mí.» Solamente con decir gracias a Dios en todas las circunstancias los conducirá a una cumbre en ese culto de adoración que Le debemos. Dios espera un sacrificio de alabanza de Sus hijos, sobre todo en tiempos de prueba. Nos manda castigos un poco a disgusto: «Gracias, Dios mío. Es para nuestro bien, es demasiada bondad. Os abandonamos. Queréis tomar las cosas en Vuestras manos y renegamos.»

Algunos van tan lejos como la blasfemia. Si hay algo que hiere a Dios, es la blasfemia. Le blasfemamos incluso en la abundancia. Dios actúa suavemente, porque los humanos Lo blasfemarán. Nosotros, bendigámosle en estos pequeños sufrimientos y cualquier otro sufrimiento que pueda ser más considerable. «Dios mío, no merecemos tanta atención de Vuestra parte. Yo debería ser atento con Vos, y Sois Vos que estáis atento a nosotros.» Los roles son al revés. La criatura debería ser muy atenta con su Creador. Dios está al acecho del bien de Su criatura, de Su hijo, y la criatura es voluble, distraída, frívola, ocupada en cuestiones terrenales, como si no hubiese nada más después de la muerte. Si no nos cuidamos, las distracciones y las murmuraciones pueden suceder aun en la élite de los humanos, en los que hacen profesión de servir a Dios.

Que nuestras vidas sean vidas de Magníficat, de agradecimiento en toda clase de sufrimientos. Hagámoslo con buen corazón, cada vez más. Alabar a Dios cuando sufren, es más que postrarse ante el Santísimo Sacramento. Adorar a Dios, bendecirle en el sufrimiento, agradecerle, es un súmmum de adoración. Dios nos invita a hacerlo con amor. Nos observa para ver si nos aprovechamos de esta pandemia que es una bendición divina.

Toda clase de pequeños sufrimientos vendrán. Estamos en el comienzo de la primera fase. No se asusten. Pongan su confianza en Dios. Si no alabamos a Dios en el comienzo de la prueba, no Le alabaremos luego. Si murmuramos cuando Dios apenas comienza a intervenir para nuestro bien ¿qué vamos a hacer después? Yo sé que su corazón lo quiere, hagámoslo todos juntos según la expectativa del Corazón de Dios, según la expectativa de Su Amor Infinito. Si lo hacemos, el mundo lo hará. Ya lo hacemos, pero lo haremos aún mejor.

1Extractos de los Mensajes de Jesús a la Hna. Consolata Betrone, 24 de agosto de 1934, 15 de noviembre de 1935, 29 de abril de 1942, ver página 119.

2S. Lucas 12, 48

3I S. Pedro 5, 5

4Cf. S. Lucas 1, 51-52

5Cf. S. Mateo 6, 6

6S. Juan 6, 56-57

7S. Pablo, Gal. 4, 6

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