Lema para el año 2017

Oración y penitencia

Deseo:

Rezar el Rosario todos los días de este año

Por Padre Maturín de la Madre de Dios, O.D.M.

Antes que nada, en estos primeros instantes del año 2017, día en que celebramos y solemnizamos Vuestra Paternidad, nuestras primeras palabras se dirigen a Vos, buen Padre Eterno, para ofreceros nuestros mejores deseos. ¿Y qué mejores deseos para Vos? sino aquellos expresados en la primera oración del Padrenuestro, enseñada por Jesús: «Venga Vuestro reino en la tierra como en el Cielo». ¡Hágase realidad esta plegaria para la mayor gloria Vuestra!

Hermanos y hermanas, en este año 2017, recalcamos el centésimo aniversario de un evento destacable para la Iglesia, para la humanidad: las Apariciones de Nuestra Señora de Fátima en Portugal. Nuestra buena Madre, se apareció, allí en 1917, para comunicar un mensaje, sumamente substancial, fundamental. Ella fue enviada por Dios, porque las cosas no andaban bien en la tierra hace 100 años… y ahora no han mejorado, ¡muy al contrario! La humanidad, los cristianos se alejan cada vez más del camino que Jesucristo, Hijo de Dios, nos vino a enseñar.

Portada – Calendario Magníficat de 2017

Esta Aparición de la Virgen María en Fátima es un eco de la que tuvo lugar 70 años antes en La Salette (1).  Es una nueva tentativa de la Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra, para salvar a la humanidad y evitar grandes tribulaciones. «Los hombres tienen que corregirse, dice Ella, pedir perdón por sus pecados, y dejar de ofender a Mi divino Hijo, que ya es demasiado ofendido». A esta advertencia, la Virgen añade un resumen de la ruta a seguir para convertirse y caminar con rectitud ante Dios: Oración y Penitencia. Estas dos palabras, ¡en cuántas Apariciones la Virgen María las fue repitiendo!…

Hermanos y hermanas, estas dos palabras, Oración y Penitencia, serán el Lema para este año. Este Lema que nosotros deseamos también sea adoptado por toda la Cristiandad, para responder a este apremiante llamamiento de la Virgen misma. Es Su consigna. Que todas las almas de buena voluntad se unan este año para seguir este camino que el Cielo nos indica. La Santísima Virgen pronunció estas palabras en La Salette en 1846, Ella las repite en Lourdes en 1858, y de nuevo hace 100 años, en Fátima. Dándoles este Lema, Oración, Penitencia, simplemente me hago eco fiel de nuestra Madre de los Cielos.

Cuando se habla de Fátima, se llega necesariamente a hablar del famoso secreto confiado por la Virgen a los videntes, secreto que debía ser revelado a la Cristiandad a más tardar en 1960. Roma no ha revelado este importante secreto. Es una responsabilidad enorme. Llevan ahora el peso de las consecuencias aquellos que eran encargados de comunicar el Secreto. Sin embargo, es a todos los cristianos que la Virgen había pedido ¡Oración y Penitencia! Esta parte del mensaje es responsabilidad de todos nosotros. Nuestra Señora de Fátima hasta pidió a los pequeños videntes, aún niños: « Oren y hagan sacrificios por los pecadores, ya que muchas almas van al infierno, porque nadie se sacrifica y reza por ellas».

Cuando Jesús vino a la tierra, hace dos mil años, ¿a qué vino? Vino a cumplir la Redención del hombre pecador, vino para abrirnos el Cielo. Él, Dios nuestro, Se hizo hombre para mostrarnos el camino a seguir. Nos ha rescatado por una vida de pobreza, de humildad, hasta su Muerte ignominiosa sobre el Calvario. Por amor a los humanos, Jesús vino a sufrir, a cargar con nuestros pecados, a interceder sin cesar en favor de nosotros ante Su Padre. Durante 30 años, vivió escondido en Nazaret, en la pobreza, e incluso en la necesidad, llevando una vida laboriosa y de oración. El Dios encarnado, Rey de Cielos y tierra, abrazó voluntariamente la privación, el sufrimiento, para rescatar al género humano.

En el transcurso de los 3 años de Su vida pública, Lo vemos sin descanso recorrer la Palestina, a pie, tanto en el calor como en el frío, durmiendo bajo las estrellas con Sus Apóstoles, privado de toda comodidad. No tenía una piedra dónde reclinar Su cabeza, (2) dice el Evangelio. Para enseñar e instruir a las multitudes, aunque fuera una sola persona, como lo vemos en el pozo de la Samaritana, Jesús no retrocede ante ninguna privación y paga con Su Persona. Siempre va sacrificándose por el bien. Durante la noche, retirándose aparte, prolonga Su oración de intercesión durante horas por la salvación de los hombres.

Y ¿cómo termina su Vida? Crucificado entre dos ladrones, sobre el Calvario. Lo hemos visto Niñito pequeño tan encantador en el Pesebre, y lo contemplamos 33 años más tarde, cubierto de heridas en la Cruz. Así fue Su Vida: la oración y la inmolación, el sacrificio. Este es nuestro Jesús, éste es nuestro Dios. Vino para mostrarnos el camino. Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame.(3) El que no carga con su cruz y viene en pos de Mí, no puede ser Mi discípulo.(4) Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie viene al Padre sino por Mí. (5)

Actualmente, aún mucho más que en la época de la Aparición de Nuestra Señora en Fátima, la humanidad se alejó de este camino de oración y de sacrificio, que es el de Jesús y Jesús Crucificado. Hermanos y hermanas, a nosotros Dios nos ha pedido trabajar por la salvación de Su Iglesia, instituida por Cristo Jesús para la salvación de las almas. Más que cualquier otro cristiano, debemos nosotros seguir este camino de oración y de penitencia. Si la Santísima Virgen nos lo vino a decir, suplicando, multiplicando los milagros, los prodigios, es para confirmarnos que es verdaderamente Ella, la Madre de Dios, que ha venido de parte de Dios, para advertirnos: «Hijos Míos, ¡la situación es grave! ¡El tiempo apremia!» Eso lo decía hace ya 100 años.

La mayoría de la gente dice: «¡ Hace 100 años ya, y no pasó nada! ¡Se dan cuenta, no estamos peor!» Sí, ¡estamos mucho peor! Muchos cristianos están actualmente como en la expectativa, y se preguntan hacia dónde va la Iglesia y la sociedad en general. Se preguntan: ¿Qué debemos hacer? ¿Qué rumbo tomar en medio de tanta confusión? Tantas declaraciones contradictorias circulan y nos llevan en las direcciones más insólitas. La humanidad orgullosa se enfiló en pistas más y más alejadas de Dios, rechazando a Dios y Su Ley. Uno se dice: ¿Será cierto que la humanidad ha llegado a este punto de degradación? Sí, es la verdad. A eso hemos llegado. La Santísima Virgen nos ha dado la solución a todos estos males. Ella no emprendió discusiones, sino que pronunció unas pocas palabras. Es preciso enseñar, pero sobre todo hay que rezar y hacer penitencia.

Hermanos y hermanas, el demonio es astuto. Hace mucho tiempo que la emprendió contra el hombre. Recientemente, decía a mis hermanos: Soy «conspiracionista». ¿En qué sentido? me dirán ustedes. Pienso y veo actualmente una gran conspiración de Satanás para arruinar la obra de Dios, Su obra que es la Iglesia, para la salvación de los hombres y para su felicidad eterna con Él.

Por la abundancia de toda clase de pecados sobre la tierra, el enemigo de Dios ha tomado un poder, un acierto sin precedentes. Se ha infiltrado en las mentes de mil maneras. ¿Nuestra única protección contra sus trampas? La humildad, el recurso constante a Dios por la oración y la huida del pecado.

El diablo sabe cómo engañarnos, inducirnos al error, desviarnos de nuestro camino. Hablamos de penitencia, por ejemplo, y solo esta palabra nos aterra. Y para la mayoría de los cristianos, la oración les asusta casi lo mismo. He ahí una exitosa conspiración del demonio: hacer creer a los hombres que al acercarse de Dios serán infelices. Engañados de esta manera, los cristianos se alejan de la oración.

Después de todo, hermanos y hermanas, ¿nos damos cuenta del don que Dios nos hace? ¡Qué maravillosa idea de Dios! que un pecador pueda dirigirle la palabra. En otros tiempos – y todavía hoy en día – un convicto, un condenado, un malvado, ¿podía tener acceso a la corte del rey para presentar una petición? Era casi imposible. Aun para los nobles, ¡era difícil obtener una audiencia real! Y nosotros, ¡pobres pecadores! ¡Veamos lo que Dios ha hecho por nosotros! Basta simplemente recogernos en nuestro corazón y ponernos en oración para entrar en contacto con Él. Por la oración el hombre sube hasta Dios. ¡Qué privilegio, qué insigne favor! El más grande pecador puede ponerse en oración, y por esta oración, elevarse a Dios y obtener de Él todo lo que desea. El demonio lo sabe. Por eso, en su odio y su astucia, desvía a las almas y les hace ver la oración como una carga. «¿Hay que ir a rezar otra vez? ¿Cuánto tiempo va a durar eso?…»

Admitamos, hermanos y hermanas, reconozcamos con toda humildad que experimentamos esa pesadez: ¡Desbaratemos este complot del demonio! Entremos en el designio de nuestra Madre, que nos dice: «Oración y Penitencia». Acerquémonos a Dios, elevémonos hacia Él por la oración. Y si esta oración nos cuesta, con más razón todavía, pues, entonces obedecemos con más mérito a la súplica de María. Reconozcamos que somos tan decaído, tan contaminados por los placeres terrenales, que la oración, muchas veces nos parece una penitencia. Cada vez que nos sentimos de esta manera, humillémonos delante de Dios: «Dios mío, ¿Será esto posible? Me autorizáis a rogaros tan sencillamente, tan fácilmente, y yo lo siento como una penitencia. ¡Perdón! Os lo ofrezco, Dios mío. No tengo mucho que ofreceros. Os ofrezco, oh Jesús mío, lo que no debería ser para mí una penitencia. Y lo hago con toda mi voluntad y todo mi amor».

Acercándose a Dios en la oración, el pecador consigue de Dios lo que quiere. Hermanos y hermanas, se lo repito: la humanidad no anda bien. El mundo está peor que nunca. Todos lo pueden ver. No todos pueden acertar la causa, pero todos sienten que las cosas no andan bien. Algunos ven más claro, entre ellos, algunos sufren mucho interiormente. Respondamos con gran generosidad al llamado de nuestra Madre del cielo. Es el remedio a todos estos males.

¡Oración y penitencia! La primera penitencia, consecuencia del pecado, fue impuesta a nuestros primeros padres Adán y Eva, después del pecado original. Dios condenó el hombre a trabajar con el sudor de su frente. Y le anunció que en adelante, conocería el dolor(6), lo que no existía antes de la falta original. Trabajo y sufrimiento son inevitables sobre la tierra, sin embargo, estas penitencias ofrecidas a Dios son reparadoras y meritorias.

Escribiendo a su Obispo de Gurza, según él mismo se lo había pedido, Lucía, la vidente de Fátima, ya religiosa, confía (entre otras cosas) lo que Nuestro Señor le comunicó respeto a lo de la penitencia:

«Del jueves al viernes, escribe ella, encontrándome en la Capilla con el permiso de mis Superiores, a la medianoche Nuestro Señor me dijo: El sacrificio que exijo de cada uno es el cumplimiento del deber propio y la observancia de Mi Ley. He aquí, la penitencia que pido y que ahora exijo.»(7)

Hermanos, hermanas, hay que cumplir nuestros deberes fielmente, cada uno según su estado, sus obligaciones, a veces muy difíciles. Nuestros deberes bien hechos, día tras día, implica sacrificios a distintos niveles. ¡He aquí las penitencias! Luego están los Mandamientos de Dios que deben ser respetados, y el Santo Evangelio a poner en práctica concretamente en nuestras vidas. He aquí la verdadera penitencia.

Actualmente, estamos en la época de los «derechos». El niño ni siquiera tiene el uso de razón y ya se le dice: «Tienes derecho a esto, tienes derecho a aquello». Claro, los niños y todos los seres humanos tienen derechos, pero ante todo, tienen deberes. De eso no se menciona nada: nuestros deberes con Dios en primer lugar, cuyos derechos son soberanos, y luego nuestros deberes con el prójimo, que la Ley divina nos ordena de amar como a sí mismo.(8)

Estos deberes muchas veces pueden costar mucho. Cumplirlos conlleva sacrificios que se deben soportar de buena gana. Hermanos, hermanas, para utilizar las palabras de nuestra Madre del Cielo: estas obligaciones, estos deberes, «¡no los hagan por deber, sino por amor!» Es decir ¡no los hagan de mala gana, por obligación, como condenados arrastrando su bola! En la medida de lo posible, su prójimo debe sentir que lo hacen de buena gana, con amor. Pidan esta gracia a Dios por medio de la oración: «Dios mío, la oración, la penitencia, aunque me cueste, Os suplico, ayudadme a disimularlo, porque todo lo quiero hacer por amor, por Vos, Dios mío». Que sea su línea de conducta especialmente durante este año, para cumplir con este Lema, que les estoy dando: Oración y penitencia.

Delante de la humanidad culpable, ¿qué hizo Dios? Mandó a Su Hijo sobre la tierra para interceder e inmolarse en un sacrificio total, absoluto, extremo. Dios nos pide a nosotros de asociarnos a Su Redención, de continuarla a través del sacrificio y la súplica al Cielo. Yo completo en mi carne lo que falta a la Pasión de Cristo por Su Cuerpo que es la Iglesia, dice San Pablo.(9) Digamos frecuentemente: «Dios mío, ¡Perdón y misericordia!» en la oración y la inmolación de nosotros mismos. Y pidamos que numerosas personas a través del mundo sean cristianos resueltos a pagar con su persona por la salvación de las almas.

Hermanos y hermanas, les deseamos – así como a todas las almas de buena voluntad que quieren acoger nuestro deseo – de rezar el Rosario (los 15 Misterios) todos los días de este año. Expresamos este vehemente deseo, aunque sin comprometer a nadie moralmente, a fin de responder a la espera de nuestra Madre del Cielo en Fátima. Si el Rosario entero no es posible para ciertas personas, al menos recen una parte (5 Misterios) cada día. No es malo hablar para comunicar información los unos a los otros, pero puede ser una pérdida de tiempo cuando no es apoyado con la oración y la penitencia. En lugar de hablar y especular, recemos! Invito a todos los cristianos de buena voluntad a rezar al menos una parte del Rosario (5 Misterios) cada día, todos aquellos que pueden, para dar una repuesta al llamado de la Santísima Virgen. Es Su expectativa para este año: el Rosario.

Sor Lucía, la vidente, declaraba al Padre Fuentes: «La Santísima Virgen en estos últimos tiempos que vivimos, ha dado una nueva eficacia al rezo del Rosario. De tal manera que no hay ningún problema, por difícil que sea, temporal y sobre todo espiritual… que no se pueda solucionar con la oración del santo Rosario». (10)

Vamos ahora a ofrecer el Santo Sacrificio de la Misa, que es la gran oración de Jesús. Cuando el sacerdote celebra la Misa, es Jesús inmolándose sobre el Altar orando y suplicando a Su Padre. Es la plegaria y el sacrificio de Jesús, que se convierte en oración y sacrificio de toda la Iglesia. Les invito, hermanos y hermanas, que están asistiendo a la primera Misa de este año centenario de Fátima, a unirse con mucha atención, desde lo más íntimo de su corazón, a este sacrificio, a esta plegaria de Jesús.

Que la bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros, por María Madre de Dios.

 


1. El 19 de septiembre de 1846, en la montaña de La Salette, Francia, la Virgen Se apareció a dos niños pastores, Melanie Calvat y Maximino Giraud.
2. Cf. S. Mateo 8, 20
3. S. Lucas 9, 23
4. S. Lucas 14, 27
5. S. Juan 14, 6
6. Gen. 3, 16 et 19
7. Frère Michel de la Sainte Trinité, Toute la vérité sur Fatima, France, Contre-Réforme Catholique, 1985, tome 3, p. 19.
8. Cf. S. Mateo 22, 39
9. Col. 1, 24
10. Conversación de Sor Lucía con Padre Agustín Fuentes, el 27 de diciembre de 1957, in Toute la vérité sur Fatima, op. cit., tome 3, p. 338.