“Te damos gracias, Dios mío, por habernos dado a María, esta Madre todopoderosa.  Al mismo tiempo La has establecido Tesorera de todas Tus riquezas, de todos Tus bienes, de los bienes del Paraíso.  Ella tiene la llave de los tesoros del Cielo”.

Padre Juan Gregorio de la Trinidad

Mayo, mes de nuestra Madre

Madre nuestra!… en estas dos palabras, ¡qué dulzura tan inefable!  Cómo se apoderan del alma, cómo revuelven deliciosamente las profundidades más íntimas de ella!  No podemos repetirlas sin despertar los sentimientos más delicados, sin evocar los recuerdos más agradables, sin que una especie de religión penetre en nosotros como virtud sacramental y nos haga mejores.

Madre nuestra!… ¿qué podemos decir cuando estas dos palabras nos recuerdan a la Virgen purísima, que nos dio a luz al pie de la Cruz sangrienta donde Su Hijo estaba exhalando?  ¿Cómo podemos sondear el misterio de la inmensa dilección que invadió en este momento el Corazón de María para Su familia?  ¡Ah! desde qué altura Ella domina todos los amores humanos, y ¿no es el tormento de las almas más hermosas el no poder responder, como quisieran, a las efusiones de la ternura de una tal Madre?

En los días benditos de este hermoso mes, trataremos de satisfacer esta necesidad de nuestra piedad filial.  Rodearemos Su amada imagen de verdor y flores, Le haremos una corona resplandeciente de luces.  Cada noche, volveremos al pie de Su altar, y mezclaremos nuestras humildes voces con el concierto de alabanza que los coros angélicos hacen oír para Su gloria, y luego, apoyaremos nuestros corazones en Su Corazón, urgiéndola a que nos enseñe a amarla como Ella quiere ser amada.

En la intimidad de este delicioso contacto, Le pediremos que nos revele las grandes cosas que el Señor ha hecho en Ella, por Jesús y por nosotros.  Meditaremos sobre Sus prerrogativas y grandezas, nos deleitaremos en la contemplación de Su bondad y virtudes; lloraremos sobre Sus incomparables dolores, y aplaudiremos el poder y la gloria que rodean Su trono en el Cielo.

María nos responderá como una buena Madre sabe cómo respondernos.  Al darnos Sus caricias más tiernas, abrirá el rico tesoro de Su Corazón, y las gracias privilegiadas, los favores de elección, aquellos que Su amor guarda en reserva para la élite de Sus hijos, fluirán abundantemente en nuestras almas.

Y cuando suene la última hora de este mes bendito, el prodigio se hará realidad.  María podrá presentarnos a la Augusta Trinidad como la corona, la alegría y la gloria de Su maternidad humana.  A Dios Padre Le dirá:  «Bendice a Tus hijos»; a Jesús:  «Hijo Mío, he aquí a Tus hermanos»; al Espíritu Santo:  «Tus santuarios están listos, habita en ellos y guárdalos para la vida eterna».

Bto. Canónigo Alfred Weber