PREPARÉMONOS para la llegada del Niño Jesús en Navidad en compañía de la Santa Madre de Dios y de San José.  Estemos atentos a Jesús, pensando compensar por la humanidad, que en general, prepara la Navidad en la frivolidad.  En lugar de tirar la piedra, digamos sobre todo:  «Dios mío, perdónalos, ellos no conocen la grandeza del Misterio de Navidad.  Yo mismo debería saber, y ves cómo soy distraído, superficial, poco atento.  Me dejo seducir por el oropel; perdóname, ayúdame a preparar bien Vuestra venida».

Navidad será para nosotros un día de Cielo en la medida en que dejemos de lado lo que disgusta a Dios en nuestra vida; cuando hayamos sacrificado la vana búsqueda de los placeres y consolaciones de la tierra.  Recordemos de nuevo esta fórmula inspirada de nuestro Padre Juan Gregorio:  «Cuando falta la tierra, el Cielo Se inclina».

Esta es la gracia que pido para mí y para cada uno de ustedes, que estemos atentos al Niño Jesús que va a venir.  Preparamos los caminos del Señor para conocer la salvación que viene de Dios. (Cfr. S.Lucas 3, 4-6)

Padre Mathurin de la Madre de Dios

Preparemos los caminos del Señor

San Juan predica

San Juan predica

El tiempo de Adviento debe inspirarnos grandes deseos de entregarnos a Dios, de preparar nuestro corazón para recibir la plenitud de Sus gracias y disponernos a renacer con Jesucristo, o, para decir mejor, a aprovechar los frutos de Su nacimiento por la unión que nosotros debemos tener con Él, y que el sólo amor de Dios puede formar en nosotros.

Debemos persuadirnos diciéndonos a cada uno de nosotros lo que san Juan solía decir a los Judíos para exhortarlos a hacer penitencia:  Preparen los caminos del Señor, enderecen Sus senderos,1 a fin de que Él encuentre nuestros corazones en estado de recibirle, y que Él derrame Sus bendiciones.

Esta preparación consiste en tener un deseo ardiente de poseerle. Por eso la santa Iglesia nos hace recordar en este tiempo los deseos de los santos Patriarcas que suspiraron por la venida del Mesías, El cual, por eso, es llamado por las santas Escrituras el Deseado de las naciones2.

Nosotros no podemos formar mejor estos deseos que en la soledad, y los excitamos en la oración, cuando abrimos nuestros corazones en la presencia de Dios, y Le suplicamos que venga a tomar posesión.  Jesucristo mismo nos ha enseñado esta manera de rezar, cuando Él nos ha ordenado pedirle a Su Padre que venga Su Reino, es decir que Él reine apaciblemente en nosotros, y que seamos, por amor, atados a Su Ley y a Su Evangelio.

¡Es ahora, oh mi Dios, que voy a recogerme para adorar en silencio los misterios de Vuestro Hijo, y para esperar que Él nazca en el fondo de mi corazón.  Ven, Señor Jesús, ven, Espíritu de verdad y de amor, ¡que Lo habéis formado en el seno de la Santísima Virgen!

Yo Os espero, oh Jesús, como los Profetas y los Patriarcas Os han esperado.  De muy buena gana digo con ellos:  Oh cielos, derramad vuestro rocío y que las nubes hagan descender al Justo!  Que la tierra se abra y que germine su Salvador.3

Oh Rey, cuyos príncipes de la tierra son solo una débil imagen, ¡que venga Vuestro reino!  Oh Señor, ¿cuándo vendrá desde lo alto sobre nosotros ese reino de justicia, de paz y de verdad?  Vuestro Padre Os ha dado todo poder, en el Cielo y en la tierra, ¡y sin embargo eres desconocido, incomprendido, despreciado, ofendido, traicionado!

¿Cuándo será entonces el juicio al mundo endurecido?  ¿Cuándo vendrá el día de Vuestro triunfo?  Dios mío, yo sufro, estoy seco de tristeza cuando veo la iniquidad que prevalece en la tierra y Vuestro Evangelio pisoteado.  Yo sufro, sintiéndome, a pesar de mí mismo, sujeto a la vanidad.  Señor, ven a liberar a Vuestros hijos: ¡que venga Vuestro reino!

Mons. Francisco Fénelon, Las oraciones más bellas de las almas piadosas, Turnhout, Bélgica, Brepols, 1.912, págs. 925-26.


1  San Marcos 1, 3

2  Hageo 2,

3  Isaías 45, 8