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Magníficat!

¡Para la preservación del Depósito de la FE!
¡Para que venga el Reino de Dios!

MEDITACIÓN DE LOS MISTERIOS DEL ROSARIO

Del Manual de Asociados del Rosario Perpetuo (Montreal 1956)

Misterios Gozosos

Ofrenda de la primera corona del Rosario:

Oremos por la conversión de los pecadores.

Oh María, sois para todos los hombres la Madre de la Misericordia, sois el refugio seguro de los pecadores; ofreced a Vuestro divino Hijo Jesús este Rosario que voy a recitar en Vuestra compañía, por la conversión de las pobres almas pecadoras. Rezad especialmente por los más endurecidos, por los perseguidores de la Iglesia y del Vicario de Cristo; por los enceguecidos por el mundo, por las riquezas y los placeres.

¡Qué alegría experimentaréis, querida Madre, cuando veáis a estas pobres almas volver a Dios! Las delicias que inundaron Vuestro corazón cuando recuperasteis a Vuestro Hijo perdido durante tres días, las experimentaréis de nuevo cuando recibáis en Vuestros brazos a estos otros niños cuya pérdida estáis ahora llorando.
Os encomiendo de manera muy especial a los pecadores de mi familia; y recordad, oh buena Madre, que mi alma es, de todas, la más miserable y digna de piedad.

Oh, mi Soberana, oh, Madre mía, me entrego a Vos: ¡guardadme!

Primer Misterio: La Anunciación y la Encarnación del Verbo.

Pidamos la virtud de una profunda humildad.

El Arcángel Gabriel anuncia a María que Ella será la Madre de Dios a través de la operación del Espíritu Santo. La humilde Virgen acepta, y el Salvador de los hombres toma cuerpo en Su casto seno.
Dios esperaba de la Virgen María una aceptación libre. A Su petición, María, siempre perfectamente conformada a la Voluntad de Dios, responde: «¡Que se Me haga según tu palabra!» Dios nos deja también libres para obedecerle. No violenta al hombre. Quiere que Le sirvan por amor. ¿Cómo usamos nuestra libertad? ¿Lo usamos para nuestro propio bien o para nuestra propia desgracia?
Pidamos humilde sumisión a todas las voluntades de Dios.
Os adoro, oh Verbo eterno encarnado en el seno de María. Me postro a Vuestros pies con el Arcángel Gabriel, oh Virgen de las Vírgenes, para honrar Vuestro augusto título de Madre de Dios. Le ruego que una Vuestras oraciones a las de San José, Vuestro casto esposo, para obtener para mi mayor bien el someter mi voluntad a la Voluntad de Dios.

Segundo Misterio: La Visitación de María a Su prima Isabel

Pidamos una generosa caridad para todos nuestros hermanos.

La Virgen María visita a Su prima Isabel, que pronto dará a luz a Juan el Bautista. Con la voz de María, el niño y su madre son santificados. Felicitada por Isabel, María lleva la gloria al Altísimo con Su sublime cántico: el Magníficat.
Todas las obras maestras divinas son misterios de humildad. María le responde a Su prima que el honor que le incumbe viene enteramente de Dios, y que no tiene Ella ningún mérito en ello. María fue elegida para ser la Madre de Dios a causa de Su profunda humildad. ¿Comprendemos siempre que sólo mediante la humildad más sincera crecemos a los ojos de Dios?
Pidamos la humildad, fuente y raíz de todas las virtudes.
Os adoro, oh Jesús, viviendo en María y visitando a Juan el Bautista para santificarlo. Me postro a Vuestros pies, como Santa Isabel, oh Madre admirable, para proclamar que sois bendita entre todas las mujeres; y Os ruego que unáis Vuestras oraciones a las de San José, Vuestro fiel compañero, para obtener para mí una auténtica humildad cristiana.

Tercer Misterio: El Nacimiento de Jesús en el establo de Belén

Pidamos el amor a la pobreza y el desapego de todas las cosas pasajeras.

¡Jesús, Hijo de Dios, nace en un establo! María Lo envuelve en pañales, Lo pone en el pesebre entre dos animales. Los pastores de Belén, luego los Magos del Este, vienen a adorar a su Salvador.
Jesús viene a salvar a los hombres. Debe nacer en un establo porque no hay lugar en las casas de los hombres. Quiere nacer en nuestros corazones para salvarnos. ¿Siempre damos a Dios el lugar que debería tener en nuestras vidas?
Pidamos el amor de Dios y la extirpación de todo lo que nos separa de Él.
Os adoro, oh Jesús, nacido para nosotros en el establo y acostado en un pesebre. Me inclino a Vuestros pies, oh María, con los pastores y los Reyes Magos, para daros las gracias por habernos dado a Jesús. Os ruego que unáis Vuestras oraciones a las de San José, Vuestro admirable apoyo, para obtener para mí la gracia de aceptar a Dios en mi vida y abrir mi corazón de par en par a Su amor.

Cuarto Misterio: La Presentación de Jesús en el Templo

Pidamos una perfecta obediencia a todas las voluntades de Dios.

Para obedecer la Ley de Moisés, María y José llevaron a Jesús al templo de Jerusalén y Lo presentaron al Señor. El anciano Simeón recibe al Niño Divino en sus brazos y celebra Su futura gloria. Le dice a María que sufrirá mucho: «Una espada Te atravesará el corazón…»
La Virgen María, Inmaculada en Su concepción, no fue obligada a venir al templo «para ser purificada». Ella fue allí, sin embargo, para obedecer la Ley de Dios con amor, y estaba feliz de encontrar en este paso una oportunidad para la humildad.
Pidamos una perfecta obediencia a Dios, la prueba suprema del amor que Le tenemos.
Os adoro, oh Jesús, presentado al Templo por María Vuestra Madre. Me postro a Vuestros pies, Santa Madre de mi Dios, para honraros y bendeciros como lo hizo el anciano Simeón. Os ruego que unáis Vuestras oraciones a las de San José, Vuestro guardián angélico, para obtener para mí la gracia de poner con la mayor confianza todo lo que amo bajo la protección de Dios.

Quinto Misterio: La pérdida y el recobro de Jesús en el Templo

Pidamos buscar el placer de Dios en todas nuestras acciones.

Jesús, de doce años, habiendo acompañado a Sus padres a Jerusalén, permaneció en el templo sin que ellos lo supieran. Después de tres días de angustia, María y José Lo encuentran entre los doctores de la ley, que están deleitados con Su sabiduría.
María es la Madre de los pecadores. En esta dolorosa ocasión, Ella conoce la angustia, la soledad, el vacío del culpable. El pecador pierde a Dios. Sin Dios, no le queda nada. ¿Comprendemos que el pecado mortal es la mayor desgracia de nuestras almas?
Pidamos la gracia del arrepentimiento sincero para todos los pecadores, nuestros hermanos y hermanas.
Os adoro, oh Jesús, encontrado en el Templo por Vuestra divina Madre después de tres días de ausencia. Me postro a Vuestros pies, oh María, refugio de los pecadores, para pediros perdón por haber abandonado muy a menudo Vuestro servicio. Os ruego que unáis Vuestras oraciones a las de San José, Vuestro querido Consuelo, para obtener para mí la gracia de buscar sólo a Dios y de no abandonarlo nunca.

Salut, ô Reine!
Salut, ô Reine, Mère de miséricorde!
notre vie, notre douceur et notre espérance, salut!

Enfants d’Ève, malheureux exilés,
nous élevons nos cris vers Vous;
nous soupirons vers Vous,
gémissant et pleurant dans cette vallée de larmes.

Ô notre avocate, tournez donc vers nous Vos regards miséricordieux;
et au sortir de cet exil, montrez-nous Jésus,
le Fruit béni de Vos entrailles,
ô clémente, ô charitable, ô douce Vierge Marie!

V. Priez pour nous, sainte Mère de Dieu,
R. Afin que nous devenions dignes des promesses de Jésus Christ.

  1. Elle est ma Mère!
    Comment ne L’aimerais-je pas?
    Je L’aime et je ne puis le taire
    Je L’aimerai jusqu’au trépas;
    Je veux dire à toute la terre:
    Ah! pourrais-je ne L’aimer pas?
    Marie! Elle est ma Mère! (bis)

  2. Elle est ma Mère!
    Peut-Elle donc ne m’aimer pas?
    Elle a pitié de ma misère,
    Et je L’invoque en mes combats,
    Dans Son coeur ma foi reste entière,
    Pourrait-Elle ne m’aimer pas?
    Marie! Elle est ma Mère! (bis)

  3. Elle est ma Mère!
    Je veux ne L’oublier jamais.
    Dans Son aimable sanctuaire
    J’irai toujours chercher la paix,
    Elle aura toujours ma prière;
    Je veux ne L’oublier jamais.
    Marie! Elle est ma Mère! (bis)

  4. Elle est ma Mère!
    Son Coeur ne l’oubliera jamais.
    Satan m’a déclaré la guerre,
    Elle saura briser ses traits;
    Sa vertu m’anime et m’éclaire,
    Et Son Coeur n’oubliera jamais:
    Marie! Elle est ma Mère! (bis)

  5. Elle est ma Mère!
    Je jure de L’aimer toujours.
    Puisqu’à travers la vie amère,
    Elle est ma force et mon secours,
    Mon bonheur sera de Lui plaire;
    J’ai juré de L’aimer toujours.
    Marie! Elle est ma Mère! (bis)

«Mes frères et sœurs, dans vos allées et venues, priez sur votre chapelet, méditez constamment les mystères du Rosaire. En vous acheminant d’un endroit à un autre, profitez-en pour prier. C’est ainsi que vous deviendrez des âmes intérieures, que vous entendrez la voix de Dieu. Nous avons tellement de choses à changer. Comment nous y prendre? En étant des âmes intérieures... Pour cela, fermons nos yeux à la terre.»

Père Jean-Grégoire de la Trinité