“El mes de marzo está dedicado a San José, y todos los años, el 19 de marzo, la Iglesia celebra solemnemente la Fiesta de este gran Santo. Patrón y Protector de la Iglesia Universal, San José es también el primer Patrón de Canadá, designado por el Cielo al principio de la colonia. En efecto, en un sueño profético, San José se  manifestó a la Beata María de la Encarnación como “el guardián de estos lugares”.
San José es uno de los más grandes Santos después de la Virgen. Durante este mes, celebramos las maravillas que el buen Dios ha hecho en Su gran servidor. Fue elegido entre todos en la tierra para ser el Padre adoptivo del Redentor y el esposo virginal de la Santísima Virgen. San José no era el padre de Jesús de acuerdo a la naturaleza, sino un padre putativo, de todos modos,  es Su verdadero Padre”.
Padre Juan Gregorio

Día del 19 de marzo

San José

Esposo virginal de la Madre de Dios

-Por Don Próspero Guéranger, Abad de Solesmes.

El Hijo de Dios que descendía a la tierra para adoptar a la humanidad, necesitaba una Madre; esta Madre no podía ser otra que la más pura de las vírgenes, y la Maternidad divina no debía alterar en nada Su incomparable virginidad. Hasta que el Hijo de María fue reconocido como Hijo de Dios, la honra de su Madre necesitaba un Protector. Un hombre que debía ser llamado a la inefable gloria de ser Esposo de María.  Este feliz mortal, el más casto de los hombres fue San José.

Saint Joseph avec Enfant-Jésus

San José con el Niño Jesús, ODM pinxit

El Cielo le designa como solamente digno de tal tesoro, cuando la vara que llevó en el templo, de repente dejó escapar una flor, como para dar un cumplimiento sensible al anuncio profético de Isaías: “Y saldrá un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz de elevará una flor”.(1)  Los ricos pretendientes de la mano de María fueron descartados: y José sella con la hija de David una alianza que sobrepasa en amor y en pureza, tanto que los Ángeles jamás lo conocieron en el Cielo.

No fue sólo la gloria de José, de haber sido elegido para proteger a la Madre del Verbo Encarnado;  él fue también llamado a ejercer una paternidad adoptiva sobre el Hijo de Dios mismo. Mientras que la nube misteriosa cubría todavia el Santo de los Santos, los hombres llamaban a Jesús, Hijo de José, hijo del carpintero;  María, en el templo, en presencia de los Doctores de la Ley, que el Divino Infante sorprendía por la sagacidad de sus respuestas y de sus preguntas, María dirige así la palabra a su Hijo: Tu padre y Yo te hemos buscado llenos de angustia.(2). Y el Santo Evangelio agrega que Jesús les estaba sumiso, que Él estaba sumiso a José, como lo estaba a María.

Quién podría describir y contar dignamente los sentimientos que llenaban el corazón de este hombre, que el Evangelio nos representa en una sola palabra: llamándolo hombre justo?(3)

-Un afecto conyugal que tenía por objeto la más santa y la más perfecta de las criaturas de Dios;

-La advertencia celestial dada por el Ángel que revela a éste feliz mortal que su Esposa lleva en Ella el fruto de salvación y que lo asocia como testigo único sobre la tierra a la obra divina de la Encarnación;

– Las alegrías de Belén cuando él presencia el nacimiento del Niño, honrando a la Virgen y escuchando los conciertos angélicos;

-Cuando ve llegar junto al recién nacido a los humildes y simples pastores, seguidos pronto por los opulentos Magos de Oriente;

-Las alarmas que llegaron con prontitud interrumpen tal felicidad, cuando, en medio de la noche, lo obligaron a huir a Egipto con el Niño y la Madre;

-Los rigores de este exilio, la pobreza y la miseria en que vivió el Dios oculto durante su crianza, y la Esposa virginal; es donde él comprende más y más la dignidad sublime;

-El retorno a Nazareth, la vida humilde y laboriosa que llevó en esa ciudad, donde sus ojos se suavizaron al contemplar al Creador del mundo, compartiendo con él el duro trabajo;

-En fin, las delicias de esta existencia sin igual, en la pobre casa que embellece la presencia de la Reina de los Ángeles, que santifica la Majestad del Hijo Eterno de Dios; ambos Dos le dan el honor a José de ser jefe de esta familia, que se reunieron en torno a él por los lazos más queridos. El Verbo Encarnado, Sabiduría del Padre y la Virgen Obra maestra incomparable, de la potencia y santidad de Dios.

No, nunca jamás hombre alguno, en este mundo podrá penetrar todas las grandezas de José. Para entenderlas debe uno abrazar toda la extensión del misterio con que su misión en la tierra lo puso como instrumento necesario. Por consiguiente, no hay que sorprenderse de que el Padre nutricio del Hijo de Dios se haya manifestado en el Antiguo Testamento, bajo la apariencia de uno de los Patriarcas más venerables del Pueblo elegido.

San Bernardo describe maravillosamente esta semblanza:
“El primer José, dice, vendido por sus hermanos, y en esta figura de Cristo, él es conducido a Egipto; el segundo, que huyendo de los celos de Herodes lleva a Cristo a Egipto. El primer José, mantiene la fe en su maestro, y respeta la esposa de éste último; el segundo, no menos casto, era guardián de su Soberano, la Madre de su Señor y testigo de su virginidad. El primero, tuvo la comprensión de los secretos revelados por los sueños; el segundo, recibió la confianza de los misterios del cielo mismo. El primero, conserva los cultivos de trigo, no para si mismo, sino para el pueblo; el segundo, recibió la custodia del pan vivo, bajado del cielo, para si mismo y para el mundo entero.”(4)

Una vida tan llena de maravillas sólo podía terminar en una muerte digna de ella. Llegó el momento en el que Jesús estaba ya fuera de la oscuridad de Nazareth y se manifestaria al mundo. Sus obras eran ahora testigos de su origen celestial: el ministerio de José llegó a su cumplimiento. Ya era hora de partir de este mundo, para ir a esperar en el seno de Abraham el día en que las puertas del Cielo se abran para los justos. Cerca del lecho de la muerte observaba al Señor de la vida, y, que a menudo llamó padre a este humilde hombre mortal. Su último suspiro fue recibido por la más pura de las vírgenes, a la que tenía derecho de llamar su Esposa. En medio de sus cuidados y caricias José se durmió en un sueño de paz.

Ahora, el esposo de María, el Padre adoptivo de Jesús, reina en el Cielo con una gloria inferior, probablemente a María, pero adornado con prerrogativas que no poseen ninguno de los habitantes de esta estancia de felicidad. Es desde allí que expande a los que lo invocan su poderosa protección.

Dom Prosper Guéranger, abbé de Solesmes, L’Année Liturgique, Tours, Mame et Fils, 21e édition, 1919, «Le Carême», p. 512-516.

  1.    Isaias 11, 1
  2.    S. Luca 2, 48
  3.    S. Mateo 1, 19
  4.    Homil. II super Missus est.