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Semana después de Pentecostés

Un gran favor que tiene destinado el Espíritu divino para el alma que Le es fiel en Su acción es el don de Sabiduría superior aún al de Entendimiento. Con todo eso, está unido a este último en cierto sentido, pues el objeto mostrado al entendimiento es gustado y poseído por el don de Sabiduría. El Salmista, al invitar al hombre a acercarse a Dios, le recomienda guste del soberano bien: “Gustad, dice, y experimentaréis que el Señor es suave”. La Iglesia, el mismo día de Pentecostés, pide a Dios que gustemos el bien, recta sapere, pues la unión del alma con Dios es más bien sensación de gusto que contemplación, incompatible ésta en nuestro estado actual. La luz que derrama el don de Entendimiento no es inmediata, alegra vivamente al alma y dirige su sentido a la verdad; pero tiende a completarse por el don de Sabiduría, que viene a ser su fin. El Entendimiento es, pues, iluminación; la Sabiduría es unión.

Este don del Espíritu Santo hace que el alma entre en camino superior a aquel por el que hasta ahora marchaba. Los cinco otros dones tienen como objeto la acción. El Temor de Dios coloca al hombre en su grada, humillándole; la Piedad abre su corazón a los afectos divinos; la Ciencia hace que distinga el camino de la salvación del camino de la perdición; la Fortaleza le prepara para el combate; el Consejo le dirije en sus pensamientos y en sus obras; con esto puede obrar ya y proseguir su camino con la esperanza de llegar al término. Mas la bondad del Espíritu divino le guarda otros favores aún. Ha determinado hacerle disfrutar en esta vida de un goce anticipado de la felicidad que le reserva en la otra. De esta manera afianzará su marcha, animará su valor y recompensará sus esfuerzos. La via de la contemplación estará abierta para el alma de par en par y el Espíritu divino la introducirá en ella por medio del Entendimiento.

El don de Fortaleza, cuya necesidad en la obra de la santificación del cristiano reconocemos, no bastaría para darnos la seguridad de este resultado si el Espíritu divino no hubiese procurado unirlo a otro don que va a continuación y que preserva de todo peligro. Este nuevo beneficio consiste en el don de Consejo. A la fortaleza no se la puede dejar a sí misma; necesita un elemento que la dirija. El don de ciencia no puede ser este elemento, pues si bien ilumina al alma acerca de su fin y sobre las reglas generales de conducta que debe observar, con todo eso no comunica luz suficiente sobre las aplicaciones especiales de la ley de Dios y sobre el gobierno de la vida. En las diversas situaciones en que podamos hallarnos, en las resoluciones que podamos tomar, es necesario que escuchemos la voz del Espíritu Santo, y esta voz divina llega a nosotros por el don de Consejo. Si queremos escucharla, nos dice lo que debemos hacer y lo que debemos evitar, lo que debemos decir y lo que debemos callar, lo que podemos conservar y lo que debemos renunciar. Por el don de Consejo, el Espíritu Santo obra en nuestra inteligencia, así como por el don de Fortaleza obra en la voluntad.

Por el don de ciencia aprendemos lo que debemos hacer y lo que debemos evitar para vivir conforme al deseo de Jesucristo, nuestro divino Jefe. Necesitamos, ahora, que el Espíritu Santo ponga en nosotros un principio, del que podamos sacar la energía que debe ser nuestro sostén durante el camino que nos señala. Debemos, en efecto, contar con obstáculos, y el gran número de los que sucumben es muestra palpable de la necesidad que tenemos de ayuda. El socorro que nos envía el Espíritu Santo es el Don de fortaleza, con cuyo perseverante ejercicio nos será posible y aun fácil el triunfar de todo aquello que podría torcer nuestra marcha. En las dificultades y pruebas de la vida, el hombre se deja llevar por la debilidad y el abatimiento, o por un ardor natural que tiene su fuente, o en el temperamento, o en la vanidad. Esta doble disposición contribuye poco a la victoria en los combates que el alma debe sostener para su salvación. El Espíritu Santo aporta un elemento nuevo, esta fuerza sobrenatural, que Le es tan propia, que al instituir el Salvador Sus Sacramentos estableció uno, dándole como fin especial el otorgarnos este divino Espíritu, como principio de energía.

Habiendo sido el alma desarraigada del mal por el don de Temor de Dios, y abierta a los afectos nobles por el don de Piedad, experimenta la necesidad de saber el medio de evitar todo aquello que es objeto de su temor y encontrar lo que debe amar. El Espíritu Santo viene en su ayuda, reportándole lo que ella desea, infundiéndola el don de Ciencia. Por este don precioso se la aparece la verdad, conoce lo que Dios pide y lo que reprueba, todo lo que debe buscar y lo que debe huir. Sin la ciencia divina, nuestra vista corre peligro de extraviarse, a causa de las densas tinieblas que tan frecuentemente obscurecen del todo o en parte la inteligencia del hombre. Estas tinieblas provienen, desde luego, de nuestra propia naturaleza, que lleva impresas señales reales de decadencia. Tienen también como causa los prejuicios y máximas del mundo que adulteran con frecuencia a los espíritus tenidos como los más firmes. Finalmente, la acción de Satanás, príncipe de las tinieblas, va dirigida en gran parte hacia el fin de rodear nuestra alma de obscuridades o de extraviarla sumiéndola en falsos resplandores. La fe que se nos infundió en el bautismo es la luz de nuestra alma. Por el don de Ciencia, el Espíritu Santo hace producir a esta virtud rayos muy vivos que disipen nuestras tinieblas.

El don de Temor de Dios está destinado a sanar en nosotros la plaga del orgullo; el don de piedad es derramado en nuestras almas por el Espíritu Santo para combatir el egoísmo, que es una de las malas pasiones del hombre caído, y el segundo obstáculo a su unión con Dios. El corazón del cristiano no debe ser ni frío ni indiferente; es preciso que sea tierno y dócil; de otro modo no podría elevarse en el camino al que Dios, que es amor, Se ha dignado llamarle. El Espíritu Santo produce, pues, en el hombre el don de Piedad, inspirándole un retorno filial hacia su Creador. «Habéis recibido el Espíritu de adopción, nos dice el Apóstol, y por este Espíritu llamamos a Dios: ¡Padre! ¡Padre!» Esta disposición hace al alma sensible a todo lo que atañe al honor de Dios.

En nosotros, el obstáculo para el bien es el orgullo. Este nos lleva a resistir a Dios, a poner el fin en nosotros mismos; en una palabra, a perdernos. Solamente la humildad puede librarnos de peligro tan grande. ¿Quién nos dará la humildad? El Espíritu Santo, al derramar en nosotros el Don de Temor de Dios. Este sentimiento se asienta en la idea que la fe nos sugiere sobre la majestad de Dios, en cuya presencia somos nada, sobre Su santidad infinita ante la cual somos indignidad y miseria, sobre el juicio soberanamente equitativo que debe ejercer sobre nosotros al salir de esta vida y el riesgo de una caída siempre posible, si faltamos a la gracia que nunca nos falta, pero a la cual podemos resistir.