Tiempo de Pasión

Exposición dogmática

El el curso de estas dos últimas semanas de Cuaresma que nos va a conducir a Pascua, se esfuerza la Iglesia por hacernos revivir con ella la circunstancias que han preparado y rodeado la muerte del Salvador.

Por su estrecha conexión con el Tiempo Pascual, evoca el Tiempo de Pasión nuestra redención por la sangre de Jesús. Pero antes de aplicarnos los frutos de la gracia en la celebración exultante de la resurrección del Salvador, quiere la Iglesia hacernos seguir a Cristo paso a paso en el duro combate que va a empeñar por rescatarnos.

De este modo, el gran retiro de Cuaresma desemboca en la contemplación de la única lucha que ha podido rescatar al hombre de su pecado y merecerle la salvación. Advertencia necesaria y muy consoladora. No es que sea superfluo nuestro esfuerzo personal de enmienda y de reparación, sino que todo su valor y eficacia lo adquiere solamente unido a la Pasión de quien cargó sobre si los pecados del mundo y los expió. En virtud de la misteriosa solidaridad que existe entre todos los miembros de la gran familia humana, Jesús, Hijo de Dios hecho hombre, sustituye a sus hermanos culpables. Se «hace pecado por nosotros -dice san Pablo- para llevar sobre su cuerpo, en el patíbulo, nuestros pecados ».

Más Cristo triunfa al inmolarse. Triunfa del mal, triunfa de Satanás; restablece los derechos de Dios sobre el mundo, arroja fuera al demonio, «príncipe de este mundo». Se realiza el oráculo de David: «Dios reina desde el madero.» Dentro de la misma Semana Santa, en el momento en que, el Viernes Santo, se viste de luto en recuerdo de la muerte del Salvador, la Iglesia hace que nos postremos delante de la cruz para saludar en ella la fuente de nuestra alegría: «He aquí el madero de la cruz, del cual colgó la salvación del mundo; venid, adorémosle.» Ya se anuncia la resurrección: «Adoramos tu cruz, oh Señor. Alabamos y glorificamos tu resurrección.»

 

Dom Gaspar Lefebvre y los Monjes benedictinos de San Andrés, Misal diario y vesperal, p. 427