Meditaciones por el Viernes santo

c croix 2Jesús acepta la cruz, acepta de sufrir por nosotros que rehusamos la cruz. Rechazamos el sufrimiento, lo consideramos injusto mientras él es pura justicia. Si Jesús, nuestro Salvador, no hubiera aceptado el sufrir por nosotros, todos estaríamos perdidos. Sin los méritos infinitos adquiridos por la Pasión de Nuestro Señor, sin Su infinita misericordia, todos estaríamos condenados.

Agradezcamos a Jesús y recordemos particularmente las grandes obras de amor realizadas en Su Pasión. Agradezcámosle de salvarnos casi en contra nuestra. En efecto si Dios nos envía sufrimientos, pruebas de toda clase, es para salvarnos aún en contra nuestra. Los hombres se perderían, irían al infierno, si Dios les dejara vivir a sus anchas, puesto que el camino al cielo es estrecho. (Mt. 7, 14) En Su bondad y misericordia, no deseando que los frutos de Su Redención sean inútiles, Dios envía sufrimientos de todo género a los pobres humanos.

Pidamos la gracia de aprovechar de estos sufrimientos, aceptándolos con mucho amor. Besemos la cruz que Dios nos presenta. Sí, seamos agradecidos por el regalo de la cruz que es el sufrimiento bajo todas sus formas. La cruz es el mayor don que Dios nos puede conceder sobre la tierra; es la gracia que ofrece a Sus más queridos amigos. Es la señal de los predestinados, la señal infalible de la misericordia y predestinación divina. Agradezcámos a Dios de todo corazón y pidámosle el amor a la cruz.

Padre Juan Gregorio, En el Camino del Calvario, El Via Crucis meditado, Editions Magnificat, 2001, Stación 2, p. 7-8


c croix 12Contemplemos a nuestro Divino Salvador suspendido entre el cielo y la tierra. Su Santísima Madre es la que recibe Sus últimas palabras: Mujer, he ahí a Tu hijo, hijo he ahí a tu Madre. (Jn. 19, 26-27) Jesús nos lo ha dado todo y a esta hora nos da lo más precioso que Le queda sobre la tierra, Él nos da Su Madre, nos La da en el tiempo y en la eternidad. En la persona de San Juan, todos hemos recibido este precioso regalo, venimos a ser hijos de María, nunca podremos ser suficientemente agradecidos hacia Dios.

Pidamos a esta Madre de Dolores de imprimir profundamente en nuestros corazones las llagas de Jesús crucificado. Pidámosle que nos enseñe las cosas del cielo. Somos tan limitados… Todos estos misterios de nuestra religión, en particular este gran misterio de la Redención, nos sobrepasa. ¡Un Dios haciéndose hombre y muriendo por Sus criaturas! ¿Quién lo podrá comprender? Es un misterio de amor. Es algo que no podemos concebir en nuestra pequeña cabeza humana, pero es una realidad. Un misterio es algo que sobrepuja la inteligencia humana pero aún así, es una realidad. Nuestro Salvador murió por nosotros, debemos meditarlo lo más frecuente posible.

Padre Juan Gregorio, En el Camino del Calvario, El Via Crucis meditado, Editions Magnificat, 2001, Stación 12, p. 31-32


c croix 13Contemplemos a Jesús desfigurado, la cabeza coronada de espinas, el cuerpo todo desgarrado. Todas Sus llagas nos revelan el amor de Dios hacia nosotros.

¿Quién de entre nosotros estaría dispuesto a padecer un tormento en lugar de su prójimo? Sería esto una gran prueba de amor que nadie podría dudar.

Si alguno de nosotros fuese condenado a padecer todos los tormentos que Jesús sufrió: la flagelación, la coronación de espinas, la crucifixión y que otro viniese a decirle: “No, no, amigo mío, dejadme, voy a tomar vuestro lugar. Voy a sufrir todo eso en vuestro lugar.” ¿Podría dudar un instante del amor de esa persona por usted? Es lo que Jesús ha hecho por nosotros…

Hagamos un serio examen de conciencia. Preguntémonos si verdaderamente seguimos las huellas de Jesús sufrido. Pasamos más bien nuestro tiempo quejándonos, lamentándonos, pensando que los hombres nos hacen sufrir injusticias. Frente a Jesús sufrido, démonos cuentas y aceptemos una vez por todas, que merecemos sufrir por la expiación de nuestros pecados. Es lo menos que podemos hacer en este mundo si queremos tener parte en el Reino de Jesús.

Padre Juan Gregorio, En el Camino del Calvario, El Via Crucis meditado, Editions Magnificat, 2001, Stación 13, p. 33-34