La Eucaristía, nuestro
alimento
Para vivir en la intimidad de
Dios.
por Padre Mathurín de la Madre de Dios
Antes de dirigirme a vosotros, hermanos y
hermanas, primero diré feliz fiesta a nuestro
Padre Celestial: «¡Buen Padre Celestial, en este
primer día del nuevo año, Os deseamos una feliz
fiesta!» La Fiesta del Padre Eterno fue estable-
cida en 1971 por nuestro Padre Juan Gregorio
XVII. No existía antes en la Iglesia.
¿Cómo podemos hablar del Padre Eterno?
¿Qué sabemos del Padre Eterno? ¿Qué podemos
decir de Él? Jesús nos da la respuesta explicán-
donos que vino a la tierra para cumplir las obras
de Su Padre, para manifestar a Dios a los hom-
bres. Felipe, uno de Sus Apóstoles, entusias-
mado por las palabras de Jesús, Le pidió,
«¡Muéstranos el Padre!» Y Jesús respondió:
«Felipe, el que Me ve a Mí, ve también a Mi
Padre».
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Así, ver y conocer a Jesús es ver y cono-
cer a Su Padre.
San Pablo nos dice: Doblo mis rodillas ante el
Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien
procede toda la paternidad en el cielo y en la
tierra.
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Cuando vemos a los padres con sus hijos,
es como si quisieran verse a sí mismos en sus
hijos. Su hijo es ellos. Es lo mismo para el Padre
Eterno. Dios ha hecho al hombre Su hijo, y Dios
quiere, Dios sueña con verse a Sí mismo en Su
hijo. Lo vemos, desde el principio, en el Génesis:
Dios visita regularmente a nuestros primeros
padres, Adán y Eva, y Se comunica con ellos en
la intimidad.
¡Nuestra Padre Celestial! Parece que necesita
esta intimidad con el hombre; la quiere, la desea,
y hace todo lo posible por tenerla. Desafortuna-
damente, ya conocen la historia... A través de su
pecado, nuestros primeros padres rompieron
esta intimidad con Dios. Esta manifestación de
Dios, estas conversaciones familiares, esta inti-
midad: ¡todo está roto!
San Pablo nos dice: Doblo mis rodillas ante el
Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien pro-
cede toda la paternidad en el cielo y en la tierra.
Cuando vemos a los padres con sus hijos, es
como si quisieran verse a sí mismos en sus hijos.
Su hijo es ellos. Es lo mismo para el Padre
Eterno. Dios ha hecho al hombre Su hijo, y Dios
quiere, Dios sueña con verse a Sí mismo en Su
hijo. Lo vemos, desde el principio, en el Génesis:
Dios visita regularmente a nuestros primeros
padres, Adán y Eva, y Se comunica con ellos en
la intimidad.
¡Nuestra Padre Celestial! Parece que necesita
esta intimidad con el hombre; la quiere, la desea,
y hace todo lo posible por tenerla. Desafortuna-
damente, ya conocen la historia... A través de su
pecado, nuestros primeros padres rompieron
esta intimidad con Dios. Esta manifestación de
Dios, estas conversaciones familiares, esta inti-
midad: ¡todo está roto!
Ahora Dios ama al hombre, y quiere manifes-
tarse ante él a toda costa. ¿Qué va a hacer?
Después de 4000 años de espera, aquí está el
misterio de la Encarnación. Dios «inventa» la
Encarnación y la Redención. ¿No es esta la
prueba del amor infinito? El hombre ha despre-
ciado a Dios, Lo ha negado. Se alejó de él para
seguir sus vanidades y lujurias, y aún así Dios
restauró Su vínculo con él. Pero Dios hace aún
más. Viendo al hombre alejarse de Él, realiza
hazañas, golpes de amor, actos de genio amo-
roso: después de la Encarnación y la Redención,
instituyó la Eucaristía.
Un año Eucarístico
Hermanos y hermanas, les invitamos a hacer
de este año un año eucarístico. Ese es el lema,
ese es el deseo. Que este año esté todo centrado
en la Eucaristía. Les pedimos esto a ustedes, mis
hermanos y hermanas, y a los cristianos de todo
el mundo.
Vosotros sacerdotes, cuando celebran los San-
tos Misterios, háganlo con fe, con respeto, con
atención: atención de la mente, de la inteligen-
cia, del corazón. ¡Que su corazón esté presente,
que todo su ser esté presente! Deje atrás cual-
quier otra distracción, cualquier otra ocupación.
¿Cuáles son las otras ocupaciones cuando uno
está a punto de ofrecer la Santa Misa? ¡Nada,
nada en absoluto! Tengan cuidado de no cele-
brar los Santos Misterios de forma distraída.
Siempre han estado atentos, pero este año se los
pido más particularmente. Que todas sus misas
sean divinas. Cuando tienen el pan en sus
manos, que sea realmente Jesús quien diga:
«Este es Mi Cuerpo, esta es Mi Sangre». Dios
viene y Se hace carne y Se inmola en sus manos.
Todo sacerdote debe ser una María extendida.
Los Santos Misterios deben ser celebrados o
atendidos con la misma veneración que María,
es decir, con atención y amor, como Ella lo hizo
cuando el Hijo de Dios Se encarnó en Ella.
Y vosotros que no son sacerdotes, que vues-
tras comuniones de este año sean fervientes y
atentas. Estén atentos a esta cosa inmensa, inau-
dita: reciben a Jesús, reciben a Dios mismo.
¿Quién puede concebirlo? ¿De dónde viene que
los cristianos nos acerquemos tan fácilmente y –
¡ay! – tan distraídamente, de los Santos Miste-
rios, de la Comunión, de Jesús, del Dios Eucarís-
tico?
También pediría – especialmente a nuestros
religiosos – que dediquen tiempo a la adoración
del Santísimo Sacramento, de Jesús en la Euca-
ristía. Esta es una invitación muy urgente. Que
se transmita esta petición: ¡tanta adoración
como sea posible! Que los cristianos – religiosos
– hagan adoración a Jesús en el Santísimo
Sacramento. Nos ponemos en presencia de
Jesús, Lo adoramos, Lo contemplamos. Lo con-
templamos como lo hicieron los Apóstoles:
«Felipe, que Me ve a Mí, ve a Mi Padre». Lo
vemos, está ahí, en Su cuerpo, Sangre, Alma y
Divinidad. Dejemos de lado las apariencias en
un acto de fe; Jesús nos pide que lo hagamos.
Que este año sea un año de adoración, de San-
tas Misas, de fervientes comuniones. ¡Qué
afortunados somos hoy! Antes era más difícil
recibir la Santa Comunión, pero nosotros, y
especialmente los religiosos, tenemos la suerte
de poder recibir la Santa Comunión todos los
días, ¡e incluso varias veces al día!
La Eucaristía, nuestro alimento
La Sagrada Eucaris-
tía es Jesús, es Dios.
Lo quería así: «Este es
Mi Cuerpo, esta es Mi
Sangre». La Eucaristía
es el Cuerpo, la Sangre,
el Alma y la Divinidad
de Jesús. Es aún más:
es el Cuerpo, la Sangre,
el Alma y la Divinidad
de Jesús haciéndose
nuestro alimento. Los
contemporáneos de
Jesús Lo vieron, Lo vieron, Lo encontraron, Lo
escucharon. Tenemos algo más: Jesús entra en
nosotros.
Es una ley de la naturaleza que el ser superior
asimila al ser inferior. Ya ven, comemos varias
veces al día. En nosotros, la comida no se queda
en papas, maíz o tortilla, ni siquiera en pan o
postre. Asimilamos esta comida y se convierte en
nosotros. Cuando comulgamos, el Ser Superior
es la Eucaristía, es Dios mismo. Si el alma se
comunica atentamente, con fervor y devoción,
nuestro ser se transforma y se convierte en
Jesús.
¿No habrán oído esta palabra de la Escritura:
«Os digo que sois dioses»?
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Esa es una palabra
fuerte, ¿no? ¡Escribimos «dioses» con una
pequeña «d»! Cuando realmente tomas una fer-
viente comunión, Dios entra en ustedes, los
transforma, vive en ustedes, se convierten en
dios. Y cuando salen de su comunión, es Dios
quien circula a través de ustedes. Si permanecen
atentos a este Dios que vive en ustedes, y si Lo
contemplan y se impregnan de Él, de Su ejem-
plo, de Su palabra, de Su pensamiento, de Él
mismo, entonces Dios circula. Son un taberná-
culo viviente y móvil.
Deseo esto para ustedes este año, deseo esto
para la Iglesia: que cada uno de nosotros, cada
cristiano se convierta en un pequeño dios, un
Jesús prolongado, un Jesús que siga activo en
esta tierra. Esto se hace con el cuidado que le
ponemos.
Cuando Jesús bajó a la tierra y realizó nuestra
redención a través de Su encarnación, Su vida y
Su muerte en la cruz, la humanidad estaba en
cierto modo en uno de sus peores momentos.
Hoy, más de dos mil años después, estamos
experimentando una vez más uno de los peores
momentos de la humanidad. ¿Cómo vamos a
salir de este estancamiento, de este callejón sin
salida, de esta dificultad aparentemente insupe-
rable? Parece que estamos en una carrera para
acelerar hacia lo peor, hacia la pérdida. Es quien
hará cosas peores a las que ya hemos visto.
Aquellos que observan un poco la situación pue-
den ver que esto es inaudito. ¿Cómo vamos a
superar esto? ¿Es eso posible?
Es el plan de Dios de cambiar el mundo a tra-
vés de la Eucaristía. Y por eso les invitamos a
hacer de este año un año eucarístico. Esta es la
Voluntad de Dios. Cuando Jesús instituyó la
Eucaristía, lo hizo para todos los tiempos, pero
específicamente para los tiempos en que vivimos
hoy. ¡Él lo sabía! Sabía la extrema dificultad en
la que nos encontraríamos, e instituyó la
Sagrada Eucaristía.
La Eucaristía cambiará el mundo, pero pri-
mero debe cambiarnos a nosotros. Puede que
piensen: «¿Cómo se va a convertir el mundo?
¡Nosotros mismos estamos enfermos!» Recuer-
den que hace dos mil años, cuando Jesús vivía,
Le trajeron gente enferma. Jesús les preguntó:
«¿Cree? – ¡Sí, Señor, lo creo!» Otros decían:
«Creo, Señor, pero aumenta mi fe». Y Jesús hizo
milagros. Él sanó a esas personas. ¡Todavía es
así hoy en día! Y esta es exactamente la razón de
la Eucaristía: es para los enfermos que estamos.
No sólo para curarnos, sino también para hacer-
nos divinos. Sólo una comunión debería divini-
zarnos, pero como estamos muy enfermos,
distraídos, un poco descuidados, necesitamos
más. Cuanto más frecuentemos a Jesús Hostia,
más atentos, amorosos, con las disposiciones
adecuadas, más divinos nos haremos, más nos
convertiremos en Jesús.
La Eucaristía,
escuela del
verdadero amor
El hombre fue
creado a imagen y
semejanza de Dios.
¿Dónde reside esta
imagen de Dios?
¿En el cuerpo físico
del hombre? ¿En su cabeza o en su nariz, en sus
oídos o en sus ojos? Es mucho más que eso.
¿Cuál es la esencia de Dios? Dios es amor,
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nos
dice San Juan. Dios siendo amor, creó al hombre
a Su imagen y semejanza. Lo creó con amor e
hizo del hombre un ser de amor. Pero ¡ay de la
desgracia! Por su pecado, el hombre ha roto la
imagen de Dios en él. Por lo tanto, ha perdido el
verdadero significado del amor. Hoy en día, todo
el mundo habla de amor. Es quizás la palabra
más usada en la tierra. Todo el mundo ama:
amamos a nuestros padres, a nuestros hijos;
incluso amamos las plantas, el polvillo, todo tipo
de cosas. Tenemos amor en nosotros, pero
hemos perdido el verdadero significado del amor
a través de nuestro pecado. Por eso viene Jesús.
Viene a enseñarnos a amar.
Como había amado a los Suyos que estaban
en el mundo, los amó hasta el final,
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nos dice
San Juan. Inmediatamente después, Jesús insti-
tuyó la Eucaristía. Como Él amaba, quiere que
amemos, que aprendamos a amar. La Eucaristía
es la Escuela del Amor, mis queridos amigos.
Como el pecado lo ha distorsionado todo, vivi-
mos para la tierra, vivimos en el egoísmo,
incluso en el odio. Cada uno vive sólo para sí
mismo. Buscamos placeres, o lloramos por nues-
tras heridas. Los humanos lloran, pero sus
lágrimas rara vez son lágrimas de amor. La
mayoría de las veces son lágrimas de rencor o
egoísmo. A veces también es por el dolor en
nuestros cuerpos, en nuestras almas. Hombres,
no sabemos cómo amar. Desde el pecado, la
humanidad ha perdido esta noción, este conoci-
miento del verdadero amor. ¿Quién nos lo va a
enseñar? Jesús, mis hermanos y hermanas, y
sólo Jesús. Sólo Él puede mostrarnos el amor, el
verdadero amor.
Deseo, hermanos, hermanas y queridos ami-
gos, que este año aprendamos el amor a través
de la misa, la comunión y la adoración del Santí-
simo Sacramento. Dios necesita almas eucarísti-
cas que manifiesten Su amor al mundo. Un alma
eucarística es un alma en la que vive Jesús. Vive
en ella como vive en el Santísimo Sacramento.
La Eucaristía, Evangelio vivo
Dios amó tanto
al mundo que le dio
a Su único Hijo,
6
Jesús le dijo a Nico-
demo. Dios Padre
nos dio a Su Hijo
para mostrarle al
hombre cuál es esta
imagen que había
producido en noso-
tros y que vino a
restaurar. Jesús
viene, Se encarna. Nace en un pequeño pesebre,
en la pobreza, en el dolor, en la abyección, en el
sufrimiento, en el frío, en la noche, en el silencio.
Luego crece. Hasta el Calvario, Su vida es un
acto de amor que nos enseña a amar. Jesús
muestra esto a lo largo de toda Su vida. Me
muestra la imagen que he perdido por mi
pecado. Él lo hace mejor: Se entregará a mí,
inventa la Eucaristía. El amor se va a entregar a
mí, como alimento, para que yo pueda volver a
ser este ser de amor.
La Eucaristía es Jesús en el pesebre, es Jesús
escondido, Jesús predicando, Jesús haciendo
milagros. Es otra vez Jesús rezando a Su Padre,
Jesús inmolándose en el Calvario, Jesús sepul-
tado en la tumba. En la Eucaristía Jesús nos
muestra todos los misterios de Su vida. Más aún:
Él mismo viene a vivirlos en nosotros. ¡Qué gran
misterio es la Eucaristía! Todo lo que Jesús, el
Verbo Encarnado, vivió en la tierra, toda esta
vida de amor viene a suceder en mí. La Eucaris-
tía es el Evangelio viviente, como lo fue cuando
Jesús estuvo entre nosotros hace dos mil años.
La Eucaristía contiene toda la vida y las ense-
ñanzas de Jesús. Cuando comulgan, entran en
este Evangelio, les penetra. ¡Pero para eso deben
estar atentos!
San Pablo dice: Quien recibe el Cuerpo y la
Sangre de Jesús indignamente, come y bebe su
propia condena.
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Debemos acercarnos a la
Eucaristía con atención. Iba a decir, «con
temor», pero prefiero decir, con atención y
amor, pues San Pablo añade:... para no tener en
cuenta un misterio tan grande.
8
La condena es
para aquellos que no tienen en cuenta un miste-
rio tan grande. ¡Debe tenerse en cuenta!
El Evangelio debe ser comunicado al mundo
de mañana. Tendremos que hablarle, porque
tendrá que vivir de acuerdo a ello. Este deber
nos incumbe particularmente a nosotros, Após-
toles del Amor Infinito. Sabemos que Dios nos
ha confiado la salvación de la Iglesia y de la
humanidad. Debemos llevar la verdad del Evan-
gelio a todo el mundo, para que la verdad del
Evangelio sea una vez más conocida, amada y
vivida. Esta es nuestra carrera. ¿De dónde saca-
remos la llama, la unción, la convicción de
predicar el Evangelio? De la Eucaristía. Pero este
deber también pertenece a todos los cristianos.
Todo cristiano debe identificarse con Jesús.
¿Dónde mejor que en la Eucaristía…
«¡Dios mío, quiero conoceros!»
La Eucaristía también significa: don, don
total. Un alma eucarística es un alma dada. Dios
amó tanto, que dio a Su Hijo. Un alma que ama
es un alma dada; un alma que se da a sí misma
es un alma que ama. Cuando Jesús vino a esta
tierra, Se entregó, Se sacrificó. Se ofreció a Sí
mismo como un sacrificio, como una oblación a
Su Padre, por los pecados de los hombres. Él es
la Vida para nosotros, pobres pecadores. El
pecado nos había dado la muerte, éramos como
cadáveres andantes. Jesús Se hizo a Sí mismo
una Hostia. Una hostia es una oblación, una
ofrenda; es algo que se inmola. A través del
santo sacrificio de la Misa y la Eucaristía, se per-
petúa el sacrificio de Jesús en la Cruz y Su
inmolación.
Este año deseo que cada uno de ustedes, cada
religioso y cada cristiano, sea otro Jesús Hostia.
El listón está alto, ¿no? Parece imposible, pero
por eso Jesús Se hace nuestro alimento. Es Él
quien lo hará. ¿Cómo lo hará? Por su frecuenta-
ción del Sacramento del Amor: Santa Misa,
Santa Comunión y Adoración. Con la atención de
todo nuestro ser, demos mucho tiempo a Jesús
Hostia. Y cuando nos veamos obligados a volver
a nuestro trabajo y ocupaciones, vivamos en
espera de nuestra próxima misa, nuestra
próxima comunión, nuestra próxima adoración
donde podamos contemplar a nuestro Jesús.
No hay necesidad de largas oraciones y fór-
mulas. ¿Creen que impresionarán a su Jesús?
¡Pues, no! Les conoce a fondo. Sabe lo que nece-
sitan. Como Sus apóstoles, contemplémoslo en
silencio. ¿No tiene nada que decirle? ¡Venga! ¿Se
siente vacío, hueco, insípido, frío, mal religioso,
mal cristiano? Con más razón aún, ¡venga, venga
a Él! Jesús nos dice: Venid a Mí todos vosotros,
todos vosotros, que sufren, que están agobia-
dos. ¡Ven a Mí!
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Mis hermanos, hermanas, queridos amigos,
¿están agobiados? ¿Tienen el ideal en su cora-
zón, pero sufren y gimen por no ser ese siervo,
ese discípulo fiel, ese verdadero cristiano, esa
alma toda entregada a Dios? Sufren y se quejan
por ello. Razón de más: ¡Vayan! ¡Vayan a Jesús!
¡Vayan a la Eucaristía!
Díganle: «Jesús mío, vengo ante Vos, en
Vuestra compañía, porque Os necesito. Fue Vos
quien instituyó la Eucaristía, mi Jesús. Sabía
que lo necesitaba para conocer el amor. Soy un
egocéntrico, un egoísta, ¡sólo pienso en mí
mismo! ¡Mi vida es fea, porque sólo pienso en mí
mismo! Mi vida es insípida, no tiene gusto, no
tiene sabor. ¿Cómo Vos podéis mirarme
siquiera? Pero, vengo a Vos, Os necesito. Os
miro. ¡Dios mío, quiero conoceros!»
Así es como lo digo, pero lo pueden hacer de
otra manera, sin muchas palabras. Siempre que
haya esta atención, y que el alma esté como en
una aspiración ante Jesús. Quieren que Él venga
a ustedes, pero sienten que sus pecados, su indi-
ferencia, su negligencia, su tibieza Lo están
alejando. Díganle de nuevo: «¡Jesús mío, qué
imprudente soy! Qué audacia venir a Vos, yo, un
vil pecador que Os ofende, que Os olvida, que se
distrae tan fácilmente, atrapado en todas mis
pequeñas ocupaciones. Estáis cayendo en el
olvido, Dios mío, debido a mis ocupaciones en la
tierra. Dios mío, qué audacia tomar la comu-
nión. Pero, estáis Vos quien me lo pide. Me
dijisteis que viniera a Vos, que todos los necesi-
tados vinieran a Vos. Incluso dijisteis que
comiera Vuestra carne y bebiera Vuestra sangre.
Me pedisteis que comulgara. Si no me lo hubie-
rais pedido, habría sido atrevido por mi parte,
pero ya que me lo habéis pedido, creo en Vuestro
infinito amor y voy a ir a Vos, ¡porque quiero
salir de mi pecado! Quiero salir de mis vicios, de
mis pecados, de mis vanidades. Quiero salir de
mi egoísmo; quiero olvidarme de mí mismo.
Jesús mío, quiero convertirme en Vos. En el
fondo, sólo tengo una palabra que deciros:
quiero convertirme en Vos».
Se paran por un momento a los pies de Jesús
Hostia, y luego regresan. Vuelven a la Santa
Misa y a la Comunión y a la adoración, porque lo
necesitan. Continúan y perseveran. Rezan y
suplican. Entonces, infaliblemente, Dios Se
manifiesta. ¡Es infalible! Y Él los transforma.
No hagan esta oración sólo para ustedes, ¡uni-
versifiquenla! Haganlo por todos sus hermanos y
hermanas en la tierra. No se sigan enfocados en
su pequeño personaje. Interceden y rezan: «Dios
mío, permíteme ser el delegado de mis herma-
nos y hermanas. ¡Reina sobre la tierra! ¡Haga
algo al respecto! Os estáis todopoderoso, lo creo.
Haga un milagro para mí y para mis hermanos y
hermanas, un milagro de conversión, de trans-
formación. Cuando tomo la comunión, transfór-
mame. Ven, Jesús, ven y transfórmanos a
nosotros y a todas las almas de buena voluntad».
Así es como se reza, así sencillamente.
Mis hermanos y hermanas, con motivo de esta
primera misa del Año Nuevo, pidamos que este
año sea bajo el sello de la Eucaristía. Que cada
una de nuestras almas esté atenta a Jesús Hostia
que quiso vivir entre nosotros. No lo olviden:
Dios quiere nuestra intimidad. Es su enferme-
dad. Quiere manifestarse a nosotros. Descubri-
rán a Jesús, a Su pensamiento, a Su amor a
través de la Eucaristía. Les deseo intimidad con
Dios. ¡Que nada en la tierra lessepare de Dios!
¡Entramos en Sus planes!
Como última palabra, les digo: Sed perfectos
como vuestro Padre Celestial es perfecto.
10
Ven
a Jesús Hostia, déjense impregnar por Jesús y
serán perfectos. Jesús los hará perfectos, como
Su Padre, como nuestro Padre es perfecto.
1
S. Juan 14, 8-9
2
Efesios 3, 14-15
3
Salmo 81, 6
4
I S. Juan 4, 8
5
S. Juan 13, 1
6
S. Juan 3, 16
7
I Cor. 11, 29
8
Ibid.
9
Cf. S. Matth. 11, 28.
10
S. Matth. 5, 48
Lema y
Deseo
para el
año
2018