Hacerse violencia a sí
mismo
para alcanzar la
Santidad
por Padre Mathurín de la Madre de Dios
El Reino de los Cielos sufre violen-
cia, y sólo los violentos lo arrebatan.
1
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del
Espíritu Santo y de la Madre de Dios. Amén.
Antes que todo, al inicio de este año, Padre
bueno que estáis en los Cielos, Os ofrecemos
nuestros mejores deseos. Hoy, más que ayer – y
aún más mañana – queremos glorificaros, hon-
raros. Recibid, buen Padre del Cielo, esta
disposición de Vuestros hijos como el más bello
deseo que podemos enviaros, como lo que más
Os complacerá.
Jesucristo, el único Santo
Este año, queridos hermanos, hermanas y
amigos, les deseo un deseo demasiado amplio.
Les deseo la santidad. Leemos en la liturgia:
Padre de Nuestro Señor Jesucristo, de quien
procede toda santidad...
2
Sólo Dios es santo.
Cantamos en nuestras misas en francés: Porque
Vos sois el único Santo, Vos el único Señor,
Vos el único Altísimo, Jesucristo. También lo
cantamos en latín, pero en francés es más fácil
de entender. Vos sois el único Santo.
Al darles el deseo de la santidad, deseo que
sean como Jesucristo, que sean lo que Él espera
de cada uno de ustedes. La voluntad de Dios es
que seáis santos,
3
dice San Pablo. Hermanos y
hermanas míos, cuanto más se ajuste su vida a
la voluntad de Dios, a Sus expectativas, cuanto
más se identifican con Jesús, con Sus ejemplos,
con Su voluntad, tanto más serán también
santos y glorificarán a nuestro buen Padre que
está en los Cielos. Pero, ¿cómo podemos
alcanzar la santidad?
No quiero sorprenderles ni asustarles, pero
este año… nuestro lema es hacerse violen-
cia a sí mismos precisamente para
conformarse a esta espera de Dios, para
identificarse con Nuestro Señor Jesucristo.
Todos estarán de acuerdo en que no es al
dejarnos llevar por nosotros mismos como nos
conformamos a Nuestro Señor Jesucristo. El
Reino de los Cielos sufre violencia, nos dice, y
sólo los violentos lo arrebatan. Al darles este
lema, es esta palabra del Evangelio la que quiero
destacar.
¡Que venga Su Reino!
Año tras año, hablamos del Reino de Dios.
¡Cuántas almas buenas, no sólo en nuestro país,
sino en todo el mundo, anhelan que se instaure
el Reinado de Dios! ¡Cuántas suspiran, incluso
sufren, al ver que Dios no reina en esta tierra! Y
aún más sufren porque sienten que las cosas no
van bien en el mundo, sin saber realmente por
qué. Comentamos las noticias, los
acontecimientos poco agradables, poco
positivos. No está mal estar un poco
informados, pero ¿de qué sirve comentarlos si
no ponemos los medios para que llegue el
Reinado de Dios? ¿Hay algo más grande que
pueda suceder en esta tierra que el Reinado de
Dios? Queremos que Jesús reine, lo deseamos,
la mayoría de nosotros apasionadamente. Este
deseo de ver llegar el Reinado de Dios nos
consume.
Jesús nos lo dijo: El Reino de los Cielos sufre
violencia, y sólo los violentos lo arrebatan.
Hacerse violencia, en definitiva, significa ir
contra uno mismo, contra el propio ego, los
propios caprichos, las propias pasiones, las
propias vanidades, la propia independencia.
Les hablo directamente a ustedes, hermanos
míos, ustedes, hermanas mías, ustedes,
queridos amigos de esta Comunidad, háganse
violencia a sí mismos, para conformarse a Dios
en el detalle de su vida, como nos enseñó el
mismo Jesús: El que es fiel en lo pequeño, será
fiel en lo grande.
4
A lo largo de la historia de la Iglesia, desde el
principio, ¡cuántos Santos derramaron su
sangre por la fe! Incluso no huían del martirio.
¿Cómo es posible estar dispuesto a morir por el
Reino de Dios? Los primeros cristianos, y todos
los Santos después de ellos, estaban preparados
para derramar su sangre si era necesario. No
huían del martirio. A veces lo hacían con
rapidez. Cuando cortaban la cabeza, iba rápido.
Otras veces, llevaba mucho tiempo.
Leemos las historias de algunos mártires,
como Gabriel Perboyre y Théophane Vénard,
que estuvo encerrado durante meses en una
jaula de junco. No podía ni estirarse ni
tumbarse a dormir. Fue pinchado y torturado.
«Apostata. Renuncia a tu Jesús». ¿De dónde
sacaron estos Santos aquella fuerza de alma? Ya
no eran ellos, era la gracia de Dios que obraba
en ellos. ¿Y por qué tenían esta gracia? Se
hacían violencia a sí mismos en las pequeñas
cosas, y Dios era fiel, los sostenía con Su gracia.
A través de estos Santos, la fe fue preservada y
difundida por todo el mundo.
Nos quejamos: «Ah, las cosas van mal. Se ha
perdido la fe.» Es cierto, se ha perdido la fe, es
lamentable. Pero, ¿de qué sirve señalar con el
dedo? ¿No deberíamos decir más bien: ¡Dios
mío, Dios mío! ¿Por qué tenemos tanto miedo
de hacer estas renuncias, de hacernos violencia
a nosotros mismos, de ir contra nuestra
naturaleza? En el fondo, tenemos miedo. El
diablo es un especialista en asustar a las almas;
nos hace ver fantasmas espantosos. En nuestro
interior, nos asustamos, tenemos miedo de todo.
Tenemos miedo de sufrir. Tenemos miedo de
ser despreciados. Tenemos miedo de cómo nos
juzgará la gente. Tenemos miedo de lo que
pensarán los demás, del «qué dirán», o
simplemente de que nos hagan daño, en el
cuerpo, en el alma. ¿Qué dolor podría traerme
el futuro?
Cuando tengan estos miedos, pregúntense:
¿Tengo fe? Cuando tienen miedo de hacerse
violencia a sí mismos para permanecer fieles y
seguir a Jesús, ¿tienen fe? ¿Creen en las
palabras de Jesús que nos dice: Mi yugo es
suave y Mi carga es ligera.
5
? Nuestro Señor
habla de yugo y de carga, de peso, de cosas
difíciles de llevar. Hacer violencia a uno mismo
es duro, sin embargo Jesús nos dice: es fácil y
ligero.
La libertad de los
hijos de Dios
La mayoría de los
seres humanos,
incluso los buenos,
creen que Dios Se
impone demasiado
en sus vidas. Impone
Sus mandamientos,
los preceptos del
Evangelio, Su ley, la
conciencia, no hay escapatoria. Algunos lo
dicen directamente, otros no se atreven a
admitirlo, pero les molesta. «Dios, danos un
poco de espacio. Danos un poco de holgura, un
poco de juego. El mundano piensa que hay más
libertad en el mundo mundano que bajo el yugo
de Jesús, el yugo del Evangelio.
La mayoría de los seres humanos piensan que
tienen más libertad, más latitud siguiendo al
mundo con sus mundanidades, siguiendo sus
caprichos, sus apetitos, sus placeres, sus
vanidades. Y cuando digo el mundo, es una
advertencia. Estas ideas pueden manifestarse
en la vida de cualquier cristiano, de cualquier
discípulo de Jesús que se descuida de hacerse
violencia a sí mismo para seguir a su Maestro.
Cuando empezamos a descuidarnos, a seguir al
mundo, sus vanidades, su modo de vida, su
estilo, sus maneras, su pensamiento, no tarda en
imponerse el mundo. Como pueden ver, el
mundo se impone.
Dios nos invita: «¿Quieres, hijo Mío? El
Reino de los Cielos sufre violencia, y sólo los
violentos lo arrebatan.» Jesús nos dice ni más
ni menos: Si quieres instaurar Mi Reino en la
tierra, hazte violencia a ti mismo. Si quieres
ser Mi discípulo, renuncia a ti mismo, toma tu
cruz cada día y sígueme.
6
Es una invitación. Y
cuanto más hacemos lo que va contra nuestra
naturaleza, más suave se hace el yugo.
El mundo hace lo contrario, le ceba y le
seduce. Adopta su forma de pensar y acaba
cayendo bajo su yugo. Debe seguirlo. Y cuanto
más lo sigue, menos opciones tiene. ¿No es
cierto? Tiene que adoptar su camino, sus
modas, su pensamiento, su locura. La gente
piensa que seguir a Dios es una locura. La
verdadera locura está muy extendida en la tierra
hoy en día. Y el mundo va aún más lejos,
llegando a imponerse a uno con violencia. Si no
quiere seguir su locura, le perseguirá. Empezará
por multarle, y puede que incluso le meta en la
cárcel. Puede llegar muy lejos, y la tendencia no
deja de crecer.
¿Cuál es el remedio a esta violencia del
mundo que busca imponer su locura diabólica,
destructiva, anti-Dios e incluso cada vez más
anti-humana? El Reinado de Dios debe venir a
esta tierra. Para que Él reine: El Reino de los
Cielos, nos dice Jesús, sufre violencia, y sólo los
violentos lo arrebatan. Por eso les doy este
lema.
Repito lo que les voy diciendo desde hace dos
años, hermanos míos: háganlo con gracia.
Suena contradictorio, ¿no es cierto? pero es
verdad. Háganse violencia a sí mismos con
gracia, es decir, de tal manera que no agobien al
prójimo. No hagan violencia a su hermano o
hermana. Háganse violencia a sí mismos para ir
contra todo lo que pueda apartarles de la
voluntad de Dios, de Su expectativa.
Los seres humanos tenemos los pies en la
tierra y estamos sometidos a la ley de la
gravedad. A nuestro querido Padre Juan
Gregorio le gustaba hacer esta comparación:
somos un poco como sapos a los que Dios pide
que vuelen. Si el sapo estuviera dotado de razón
y libertad, sólo tendría que inclinarse: «Dios me
lo pidió», en lugar de empezar a decir: «Pero yo
no estoy hecho para eso, soy sarnoso, estoy
hecho para estar sobre el vientre, para
arrastrarme por el suelo. Cuando salto, apenas
me despego del suelo y vuelvo a ponerme boca
abajo. Así estoy hecho, Dios mío, no me pidas
otra cosa».
Dios nos pide a nosotros, pobres pecadores,
que nos identifiquemos con Su voluntad, con la
santidad de nuestro Padre celestial. Sed
perfectos como vuestro Padre celestial es
perfecto.
7
Sólo tenemos una cosa que hacer,
hacernos violencia a nosotros mismos para
conseguirlo, pero hacerlo con gracia, sin agobiar
al prójimo. Queremos tanto ser agradables a
nuestro buen Padre del Cielo. Ante Su mirada
divina, languidecemos, por así decir, en lo más
profundo de nuestro ser, tratando de agradarle,
de conmoverle, aceptando todas las
circunstancias providenciales que nos hacen
sufrir y nos desprenden de la tierra.
En lugar de quejarnos en público de todos
nuestros pequeños sufrimientos, hagámonos la
violencia de guardar silencio sobre las pruebas
que nos sobrevienen. En la medida de lo
posible, mantengamos un cierto aire agraciado,
en primer lugar para encantar a nuestro Padre
celestial y, posiblemente, también para agradar
a nuestro prójimo. Ser agradables al prójimo
para que, sin decir ni una palabra, podamos
atraerlo al camino de la abnegación. ¡Oh, que
tengamos este pensamiento de Dios!
Mi yugo es suave y Mi carga ligera
8
para el
que se hace violencia a sí mismo. El Evangelio
es uno. No se puede dividir, no se puede
separar. Intentamos saltarnos las páginas que
no nos convienen. Esa página está bien, esa otra
es demasiado difícil. No, hay que tomar el
Evangelio entero, sin saltarse páginas.
8
o
Centenario de la
Estigmatización de
San Francisco
Acabamos de celebrar
el 8
º
centenario de la
representación del
pesebre inaugurada por
San Francisco de Asís.
En septiembre de 2024
conmemoraremos el
800
o
aniversario de la impresión de sus
estigmas. Los historiadores creen que fue el día
de la Exaltación de la Santa Cruz, el 14 de
septiembre de 1224, cuando San Francisco
recibió los estigmas. La Iglesia estableció esta
fiesta el 17 de septiembre.
En la salvaje soledad del monte Alverna, al
norte de Asís, san Francisco y algunos de sus
Hermanos se habían construido pequeñas
cabañas con ramas para preparar la fiesta de
San Miguel Arcángel ayunando, rezando y
haciendo penitencia. Fue allí donde se le
apareció un serafín y le imprimió las cinco llagas
en el cuerpo: tenía las manos y los pies
traspasados, al igual que el costado.
Antes de su conversión, el joven Francisco era
un chico fiestero. Todo Asís conocía a este
mundano, hijo de un rico comerciante de telas.
El dinero de su padre rodaba por sus manos, y él
lo aprovechaba para divertirse con sus amigos.
Y este muchacho se convirtió. Incluso besó la
mejilla de un leproso. ¡Eso sí que es violencia!
Pero Francisco utilizó la violencia con tanta
gracia que atrajo a algunos jóvenes de Asís para
que le siguieran, e incluso a algunas personas
mayores. Siguieron a Francisco, que había
adoptado el Evangelio en el espíritu más puro,
estricto y austero, de la manera más violenta,
para usar la palabra de Nuestro Señor. Al ir
contra todo lo mundano, San Francisco causó
escándalo, incluso entre el clero de su tiempo.
Abrazó verdaderamente el espíritu del
Evangelio, siguiendo este camino con toda la
perfección que Dios le inspiraba.
Santidad según el estado de cada
uno
La santidad es obra de Dios. Dios no
pretende el mismo camino para todas las almas.
En cambio, todas las almas deben manifestar en
sí mismas un reflejo de la santidad de Dios. Y
para lograrlo, Él nos pide que renunciemos a
nosotros mismos. Renunciar a nosotros mismos
es sinónimo de hacernos violencia. Jesús nos
dice: Si quieres ser Mi discípulo, niégate a ti
mismo. Toma tu cruz cada día y sígueme.
Hacerse violencia a sí mismo, renunciar a sí
mismo, tomar su cruz, son la misma cosa. Y así
es como Dios hace santos. Y para eso hacen
falta santos. No faltan comentarios sobre la
actualidad. Lo que falta en la tierra son santos.
Se necesitan santos como san Francisco de
Asís. Al principio de su conversión, abrazó a un
leproso porque vio en él la imagen de Jesús
sufriente. Se dijo a sí mismo: este hombre es
una manifestación viva y tangible de Jesús
flagelado, subiendo al Calvario, todo
ensangrentado, cubierto de saliva y suciedad. Al
abrazar a este leproso, sólo vio a Jesús. El
pensamiento de la Pasión de Jesús, de Sus
sufrimientos, alimentaba su alma, alimentaba
su oración, alimentaba su contemplación,
alimentaba su pensamiento. Fue tan penetrado
por la Pasión de Jesús que Dios imprimió los
estigmas en su carne.
Jesús nos dijo al principio de la Comunidad:
«Permanezcan en espíritu sin cesar al pie del
crucifijo, al pie de la Cruz donde Yo, su
Salvador, estoy atado. Mediten continuamente
sobre Mi Pasión y no serán tan cobardes…
Contemplen, mediten Mi Pasión, Mis
sufrimientos, la ignominia y el desprecio por los
que He pasado, y no serán tan cobardes.»
Los Franciscanos tienen el Santuario del
Alverna, en Italia, donde San Francisco recibió
los estigmas. Aquí en el Monasterio, tenemos la
montaña dedicada a San Francisco, santificada
por la visita de este Santo que se manifestó allí a
nuestro Padre Juan Gregorio, con Jesús
sufriendo Su Pasión. El mismo Padre Juan
sufrió allí la Pasión. San Francisco nos llamó
sus pequeños hermanos de la tierra. Este año,
con motivo del 800
o
aniversario de los estigmas
de San Francisco, vamos a rendir un homenaje
especial a nuestro hermano del Cielo en este
lugar que el mismo Cielo ha elegido para
nosotros.
Desde el comienzo de la Comunidad, cada
viernes, uno de nuestros Padres ha hecho
invariablemente el Vía Crucis en la montaña.
Algunas de nuestras religiosas también lo hacen
desde hace varios años. Hermanos, este año
daremos un paso muy práctico. Más de
nosotros iremos a la montaña cada semana para
seguir el Vía Crucis, en pequeños grupos
delegados.
Jesús, nuestro
modelo
Jesús, el Verbo de
Dios, descendió del
Cielo para tomar
forma humana. El
Todopoderoso dejó el
Cielo para venir a un
pesebre lleno de
animales, un establo
fétido. Allí nació. ¿No
era eso hacerse
violencia a Sí mismo?
Me gusta recordarles
la historia de César, actuando como si fuera
todopoderoso, ordenando un censo de todo el
mundo conocido. Y Dios, el verdadero
Todopoderoso, inspiró a San José y a la Virgen
María para que obedecieran a este orgulloso
emperador. El Todopoderoso Se nos manifiesta
en ese momento. Al obedecer, comienza
nuestra salvación, nuestra redención.
Hermanos y hermanas, una de las mejores
formas de hacernos violencia a nosotros mismos
es fácil y accesible, pero tan costosa para
nuestra naturaleza: obedecer. La obediencia es
una forma maravillosa de hacernos violencia a
nosotros mismos. José y María obedecieron a
un emperador pagano en Roma. El
Todopoderoso viene obedeciendo, y así es como
Se manifiesta, en la impotencia de un recién
nacido.
Pero puedo oír su corazón cuando alguien le
habla así. Dice: «Padre, soy religioso desde hace
cinco años, treinta años, cincuenta años.
Renuevo en mí este deseo de hacerme
violencia». A pesar de sus esfuerzos, parece que
no llega a ninguna parte. Le duele el corazón.
Cada día, hermano mío, hermana mía, querido
amigo, cada día, tome su cruz y siga a Jesús.
He aquí un texto muy alentador del libro de la
Sabiduría. Deseé entendimiento, y me fue dado.
Invoqué al Señor, y el espíritu de la Sabiduría
entró en mí.
9
Entendimiento, sabiduría,
santidad, esto es Dios. Sustituyan las palabras
inteligencia y sabiduría, por Dios y santidad:
Quiero la santidad. Quiero conformarme a
Dios. Verán lo que significa cuando vuelven a
leer el texto y sustituyan estas palabras. Yo
deseaba santidad, amor de Dios, voluntad de
Dios, conformidad, hacerme violencia a mí
mismo, es sinónimo. He deseado y se me
concedió. Invoqué al Señor, y el espíritu del
amor de Dios, el espíritu de la sabiduría, el
espíritu de renuncia, este espíritu de hacerme
violencia a mí mismo entró en mí. Lo preferí a
reinos y tronos, y creí que las riquezas eran
nada en comparación con este tesoro. Todas
las cosas de la tierra no son nada comparadas
con el amor de Dios, con poseer el tesoro del
amor de Dios. Para poseer el tesoro de
conformarme a la voluntad de Dios, consideré
que todo lo demás no era nada. No he
comparado las piedras preciosas con esto,
porque todo el oro que está a su lado es sólo un
poco de arena, y la plata que está enfrente será
considerada como barro.
Dios colma de bienes a los
hambrientos
En el fondo de su corazón, hermanos míos,
deseen, prefieran la voluntad de Dios, prefieran
esta violencia contra ustedes mismos y contra
todo lo que es contrario a Dios. Sé que sufren,
hermanos míos, por no poder hacerlo. A Jesús,
a nuestro buen Padre del Cielo, digan en su
corazón: «Jesús mío, Dios mío, yo quiero esto.
Lo deseo. Quiero hacerme violencia a mí
mismo, renunciar a mí mismo. Quiero
conformarme a Vuestra voluntad. Quiero que
Vuestro Reino venga a la tierra. Creo en Vuestra
palabra que no hay otro camino. Lo creo, Dios
mío, lo creo. Por favor, producidlo en mí.»
Deseen con violencia, con vehemencia, con
intensidad.
Según el libro de la Sabiduría, el principio de
la santidad, del amor de Dios, de esa perfección
a la que Dios nos invita, es tener un verdadero y
violento deseo de alcanzarla. Que tengan este
deseo violento ahora, mientras escuchan estas
pobres palabras un poco austeras, para que el
Reino de Dios se establezca finalmente. No
seamos tan necios como para aumentar la suerte
de la necedad humana en la tierra, sino seamos
necios de la locura de Dios.
A propósito de estos tiempos tan difíciles,
podríamos citar de nuevo el Evangelio, que nos
dice: Buscad primero el Reino de Dios y Su
justicia... En el Evangelio, la palabra justicia es
sinónimo de santidad. El Evangelio dice de San
José que era un hombre justo, es decir, que era
santo. Buscad primero el Reino de Dios y Su
justicia, y todo lo demás se os dará por
añadidura.
10
Querer instaurar el Reino de Dios
en la tierra y trabajar por su santidad van
juntos, no se pueden separar. Lo demás se os
dará por añadidura. Todo va mal en el mundo,
parece que ¿no hay solución? Dios Se ocupa de
ello. Habrá tiempos difíciles, y ¡válgame Dios!
peores de lo que piensan. No se preocupen. No
se asusten. Jesús nos dice: Buscad el Reino de
Dios y Su justicia, la santidad. Lo demás se
arreglará por sí solo.
Jesús también nos dice: Bienaventurados los
que tienen hambre y sed de justicia, porque
ellos serán saciados.
11
Les repito que la justicia
es santidad. La Virgen María canta en Su
cántico del Magníficat: A los hambrientos llenó
de bienes.
12
¿Tienen hambre? ¿Desean de
verdad lo que Dios espera de ustedes, pero se
encuentran cobardes para hacerse violencia a sí
mismos y cumplir lo que cuesta a su naturaleza?
A los hambrientos llenó de bienes. Desarrollan
esta hambre y sed. ¡Sufran por ello! ¡Oh
bendito sufrimiento! ¡Oh, el hermoso! ¡oh, el
buen sufrimiento!
En el Evangelio leemos la historia de Zaqueo.
Habiendo oído hablar de Jesús, quiso verle.
Como era bajo de estatura, se subió a un árbol.
Se separa de la multitud. Sólo quería ver a
Jesús. Dios había puesto este deseo en él. Así
es como comienza Su obra en nosotros. Pero
tenemos que seguir esta atracción que Dios
pone en nuestro corazón, en nuestra alma. El
pequeño Zaqueo hace el esfuerzo de subir, que
es más difícil para las piernas cortas. Se separa
de todos. Se aísla, por así decir, para ver mejor
a Jesús, para contemplarlo mejor, para estar
más atento. Hace un esfuerzo, una violencia,
porque quiere ver a Jesús, conocerlo. Cuando
Jesús pasó por allí, miró a Zaqueo. Al ver el
deseo sincero de este hombre, Se olvida de la
multitud que le rodea. «Zaqueo, voy en tu
casa.»
Ya conocen el resto de la historia. Zaqueo, el
jefe de los publicanos, admite sus faltas: «Si he
hecho mal a alguien, se lo devuelvo
cuadruplicado». Quiere corregir su pasado. Al
reconocer sus faltas y querer repararlas, ya está
en el camino de la santidad. Se ha convertido en
un santo. Por un deseo sincero de su corazón,
ha seguido la dirección de Dios y ha emprendido
el camino de la santidad. No es complicado,
pero hay que esforzarse.
También quiero recordarles la parábola de las
diez vírgenes. Me parece muy elocuente. Según
el Evangelio, las diez vírgenes estaban fuera de
la sala de bodas esperando la hora señalada,
mientras el novio se retrasaba. Cuando se
anunció la llegada del novio, cinco de las
vírgenes se quedaron sin aceite en sus lámparas.
Dijeron a las otras cinco: «Dadnos un poco de
vuestro aceite. No tenemos suficiente para ir a
la boda». Ellas se negaron, diciendo: «No habrá
suficiente para nosotras y para vosotras. Id a
comprar un poco y volved». Mientras las cinco
habían ido a buscar aceite, las cinco sabias
entraron en la sala de bodas con el novio, y las
puertas se cerraron, dijo Jesús. Poco después
llegaron las otras vírgenes: «¡Señor, Señor -
gritaron-, ábrenos!». Pero el novio replicó: «En
verdad, os digo, que no os conozco».
Al leer este texto, casi parece que el novio está
siendo injusto, porque fue él quien llegó tarde.
Pero con esta parábola, Jesús quiere que
entendamos algo muy importante, muy
importante. Es importante entrar con Él en la
sala de bodas. No es secundario, no es opcional.
La finalidad de nuestra vida es llegar con Él a Su
Reino. Me gusta repetirlo: la falta de aceite
significa que aquellas vírgenes necias no estaban
preparadas para nada más. Algunas personas
tienen su propio programita: «Voy a hacer esto,
y nada más. Con eso me basta para ser santo.
Mi programa ha terminado, así que no me pidas
nada más. No voy a ir más allá.» No funciona
así con nuestro Dios. No funciona así, tanto que
corren el gran riesgo de toparse con la puerta
cerrada del Reino de Dios. Ese es el Evangelio:
No había aceite en sus lámparas. Ellas no
estaban dispuestas a ir más allá del tiempo
señalado.
Según esta parábola, no estar dispuesto a más
-es decir, no estar dispuesto a todo para
conseguir lo que Dios nos pide- es una locura a
Sus ojos, y la puerta del Cielo está cerrada.
Miren lo que el mundo pide a sus mundanos.
Realmente hemos llegado al colmo de la locura
humana. Quizá ustedes dicen: pero yo soy un
pobre pecador. Queridos amigos, un pobre
pecador que tiene esta disposición en su corazón
es un verdadero sabio: «Estoy dispuesto a hacer
lo que Vos queráis de mí, Dios mío. Venid en mi
ayuda, soy sólo un niño pequeño. Dios mío,
ayudadme, socorredme. Os pido perdón por
todo lo que no es perfecto bajo Vuestra mirada
divina, pero quiero lo que Vos queréis de mí».
Entonces se aplican y se hacen violencia a sí
mismos.
Queridos amigos, pidamos a Dios esta
disposición del corazón, cada uno según su
estado, para estar dispuesto a todo por Dios, a
todo, sin límites. Eso es sabiduría. A Dios no Le
gusta los que ponen límites. Eso es lo que nos
enseña esta parábola. Yo no te conozco. Pero
las vírgenes necias también habían sido
invitadas.
4
o
Centenario de la Consagración de
Canadá a San José
Este año hay otro centenario que quiero
mencionar. Canadá fue consagrado a San José
hace 400 años. En 1624, el Padre Le Caron,
franciscano, consagró Canadá a San José en
presencia de algunos hermanos en religión, del
gobernador de Nueva Francia, Samuel de
Champlain, y de algunos franceses y aborígenes.
Esto tuvo lugar a orillas del río Saint-Charles, en
Quebec, al principio de la colonia.
Declaramos el 2024 Año Santo, con
ocasión del 800º aniversario de los estigmas de
San Francisco y del 400º aniversario de la
consagración de Canadá a San José. Lo
hacemos Año Santo, no por fórmulas, sino por
este deseo, por esta aplicación, por esta graciosa
violencia – puede parecer contradictorio – para
cumplir la espera de Dios en cada una de
nuestras vidas. Que cada uno lo haga bajo la
mirada de Dios, sin mirar al prójimo. Los
superiores deben estar atentos: «Hermano, ¿no
se ha descuidado un poco? ¿No se ha desviado
de su ideal de perfección?». Sin embargo, que el
hermano no mire a su hermano, que la hermana
no mire a su hermana. Cada uno de ustedes
debe mirar lo que Dios espera de usted.
Háganlo con gracia. Esa es la gracia que les
deseo.
Vamos a ofrecer el santo Sacrificio de la Misa,
pidiendo a Dios que aumente su deseo, este
deseo vehemente. Que Él ponga en ustedes el
anhelo de conformarse a Él. Jesús les consolará.
Experimentarán la dulzura de Su yugo. Esta es
la gracia que les deseo. Esa es mi intención en
esta primera Misa del año, por ustedes,
hermanos y hermanas, por todas las almas de
buena voluntad. Pido a Dios que ponga en sus
corazones esta hambre y esta sed de
conformarse a Él, y de tomar los medios que
duelen a nuestra naturaleza. Les deseo esta
hambre, esta sed. Quedarán satisfechos. La
palabra de Jesús es infalible.
Recuerden, la Misa es el Sacrificio del
Calvario. Nunca ha ocurrido nada más violento
en esta tierra. El Sacrificio del Calvario tendrá
lugar ahora, por primera vez este año, en este
altar, en mis pobres manos. Estemos atentos a
él. A través de la Misa podemos obtener todo lo
que deseamos. Lo ofrezco por todos ustedes.
Feliz fiesta también a nuestra Madre celestial,
porque es Hija del Padre Eterno y Esposa de San
José.
Virgen María Inmaculada, Madre de
Dios y Madre nuestra, ¡sostenednos!
1
S. Mateo 11, 12
2
Cf. S. Pablo, Efesios 1:3
3
Tes. 4, 3
4
S. Lucas 16, 10
5
S. Mateo 11, 30
6
Cf. S. Lucas 9, 23
7
S. Mateo 5, 48
8
S. Mateo 11, 30
9
Santa Biblia, Sabiduría 7, 7-9
10
S. Mateo 6, 33
11
S. Mateo 5, 6
12
S. Lucas 1, 53
Lema
y
Deseo
para
el año
2024