La lectura del Evangelio
¡Que el Reino de Dios venga!
por Padre Mathurín de la Madre de Dios
En este año que comienza, quisiera en primer
lugar ofrecer mis deseos a nuestro Padre de los
Cielos que festejamos el primero de enero. A lo
largo de todo este año queremos hacer algo
especial para honrarlo. Deseamos a nuestro
Padre de los Cielos que se realice aquello que los
cristianos piden recitando el Padrenuestro:
¡Que venga Vuestro Reino!
1
Es la oración dada por Jesús cuando los
Apóstoles Le pidieron: «Enséñanos a orar».
Cuando oren digan: “Padre nuestro que estás
en los Cielos, santificado sea el Tu Nombre, que
venga a nos el Tu Reino.” Es el deseo profundo
que formulamos para este año: ¡Que el Reino
de Dios venga por fin! Deseamos que esta ora-
ción no sea sólo una abstracción en nuestros
espíritus; que no sea una simple fórmula, una
repetición monótona, sino que sea una aspira-
ción sincera que se realiza en nuestras vidas y
en el mundo entero. ¡Que Vuestro reino venga!
En el transcurso de los siglos Dios había
enviado a los patriarcas, a los profetas que
anunciaran al pueblo judío un rey por venir, un
Mesías; y por este Mesías, Su reino llegaría.
Imagínense la esperanza de Israel: los escribas,
los fariseos, los doctores de la ley, la sinagoga y
todo el pueblo elegido esperando este reinado
desde más de 1.000 años. Pero la sinagoga
estaba dividida por el tipo de reinado previsto
por Dios. Numerosas sectas surgieron y cada
una defendía su posición. Los fariseos creían
que el Reino de Dios se establecería de una
determinada manera; los Saduceos afirmaban
que sería de tal otra; los Herodianos lo pre-
sagiaban de otra manera, y así sucesivamente.
Las divisiones se multiplicaban.
El pueblo judío no se equivocó en esperar el
Reinado de Dios, el reino mesiánico, pero se
equivocó en cuanto a la comprensión, a la inter-
pretación de este Reino, lo percibían como un
reinado material, terrenal, como un poder
dominador. Todos se equivocarón, salvo algu-
nas almas santas que aguardaban en la espe-
ranza y en la oración. Los Judíos ambicionaban
la gloria humana y creían que Israel y su rey se
elevarían por encima de todos, en conquistado-
res y dominadores. Es por eso que ellos no
reconocieron al Mesías, cuando el pequeño
Jesús vino al mundo en medio de Su pueblo.
No era lo que esperaban: ¡un Niño!..... El
mundo fue hecho por Él y el mundo no Le cono-
ció. Él vino a los Suyos y los Suyos no Le reci-
bieron.2
Hemos contemplado, durante este tiempo de
Navidad, el nacimiento de un pequeño Niño,
venido para establecer Su reinado. Él lo hará
por Sus ejemplos y Su doctrina. Hoy también
esperamos el Reino de Dios. Hablamos a
menudo y deseamos verlo establecido sobre la
tierra. Esta espera suscita en nosotros una gran
esperanza.
¿Dónde encontrar el Pensamiento
de Dios?
A ustedes mis hermanos y hermanas, a la
santa Iglesia: he aquí el lema que les doy para
este año: la lectura del Evangelio, pero lec-
tura en oración, pidiendo el Pensamiento
de Jesús. Roguemos a Dios que nos conceda
Su Espíritu, para que Su Reino venga. Jesús
mismo afirmaba: Es por eso que fui enviado,
para anunciar el Evangelio del Reino de Dios.
3
Jesús predica ya desde Su nacimiento. Contem-
plen Su pobreza, contemplen Su silencio, con-
templen cómo Él ha elegido el abandono, el
olvido. Es por esto que Yo he venido: para pre-
dicar el Reino de Dios, y establecerlo. Toda la
sinagoga lo escuchaba. Los judíos conocían
todas las escrituras y no las comprendían.
Vamos a ver al divino Infante permanecer des-
conocido durante treinta años de Su vida escon-
dida.... Estos treinta años formaron también
parte del establecimiento de Su reino.
Después de esos treinta años de silencio,
Jesús Se retira cuarenta días al desierto para
orar y hacer penitencia. Satanás viene ense-
guida para tentarlo. Él no sabía todavía que
Jesús era Dios, sin embargo, él percibe que este
hombre joven, ahora con treinta años de edad,
¿no sería aquél que vendría a establecer el reino
anunciado? Se le escapa. Como Satanás es muy
vanidoso y orgulloso, él le ofrece a Jesús la vani-
dad de un reino terrenal. Le presenta todos los
reinos de la tierra, y le dice: «¡Yo los doy a
quien quiero!» Pero esto no tiene peso sobre
Jesús; eso no es siquiera una tentación para Él,
porque no vino por los reinos de la tierra. Más
tarde, justo antes de morir, Él dirá a Pilato: «Mi
reino no es de aquí.»
4
Cuando Jesús vaya a predicar, Él dirá: El
Reino de Dios no viene de una manera que
llame la atención. No diremos: «Él está aquí o
allá». El Reino de los cielos está dentro de
ustedes.
5
Es Su palabra infalible. «Mi reino
está dentro de ustedes, ustedes que seguirán
Mis Enseñanzas, que imitarán Mis ejemplos.
¡Aquí está Mi Reino!»
Yo los invito a leer el Evangelio con extrema
atención. Verán que continuamente Jesús
habla de Su reino que vino a establecer. Cuando
el Maestro predica las grandes virtudes evangé-
licas, es con la meta de adquirir este reino,
incluso desde aquí abajo. Por lo tanto que él
nos es destinado no solamente para la eternidad
sino también en la tierra.
¡El tiempo apremia!
Este lema que les damos, me permite trans-
mitirlo con insistencia. Tal como Dios había
establecido una nación para que Su reino venga,
Él ahora ha suscitado nuestra pequeña Comuni-
dad con el mismo propósito. Él mismo dirá a
Sus Apóstoles: No son ustedes que Me han ele-
gido, sino soy Yo quien los elegí.
6
Jesús los
eligió, uno por uno, para predicar y establecer
Su reino
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y testimoniar con el mismo precio de
su vida. De igual manera, mis hermanos y her-
manas, todos ustedes amigos cristianos, Dios
vino a buscarnos, Él nos ha invitado para esta-
blecer Su reino.
De nuevo les repito: No diremos que él está
aquí o allá. El reino de Dios no será aquí o allá,
sino que él se encuentra en ustedes, en mí. El
reino de Dios no se establecerá sobre la tierra, si
Dios no reina primero en ustedes, en mí. Y,
créanme, Dios tiene prisa por establecer Su
reino. Como en los tiempos de Su primera
venida sobre la tierra.... ¡los tiempos ahora se
han cumplido!
Contemplen, imaginen, profundicen la vida
oculta de Jesús, Dios hecho hombre, mandado
por Su Padre para establecer Su reino sobre la
tierra. Contemplen esos treinta años de silencio
que formaron parte del establecimiento de Su
Reino y comprenden que es este reino que Él
quiere establecer con nosotros.
Y durante los tres años de la vida pública de
Jesús, notarán que el tema del Reino de los cie-
los se repite en cada página del Evangelio. «El
Reino de Dios», «El Reino de los cielos», «El
reinado de Dios» son las tres fórmulas que
Jesús emplea constantemente. Cuando ustedes
leerán todos los otros pasajes, háganlo desde la
perspectiva de que todo debe servir para esta-
blecer Su reino, ya que Jesús dice que es el
propósito de Su venida entre nosotros.
Les leeré, si me lo permiten, algunas citas del
Evangelio. Bienaventurados los que tienen
espíritu de pobreza, el Reino de los cielos es de
ellos.
8
La afirmación está en presente: ¡es de
ellos ahora! El reino es de aquellos que tienen
espíritu de pobreza, que aman la pobreza.
Bienaventurados aquellos que sufren persecu-
ción por la justicia, por la verdad, por Mí, dice
Jesús, el Reino de los cielos es de ellos.
9
Aquí
también la afirmación está en presente. Aquel
que cumpla la Ley y la enseñe será grande en el
Reino de los cielos.
10
Todos nosotros buscamos
un poco de grandeza. Será grande aquel que
cumpla la Ley, que viva el Evangelio.
Para descubrir
los secretos de
Dios
Hermanos, y
hermanas míos,
lean el Evangelio
pausadamente,
en oración. Lean
el Evangelio
humildemente,
con una sincera
voluntad, un deseo de corazón de vivir cada una
de las páginas, para realizar las expectativas,
todas las peticiones de Jesús. Es la condición
necesaria para establecer Su reino. Mientras lo
leen, supliquen Dios quien Se encarne para
mostrarnos el camino: «¡Jesús mío, yo quiero
cumplir Vuestras enseñanzas! Quiero que
Vuestro Reino venga!»
Lean el Evangelio suavemente. En la época
en la que Jesús vino a la tierra, los escribas, los
fariseos, los doctores de la ley estaban entre las
más grandes luminarias intelectuales de su
tiempo. Sin embargo, ¡ellos no reconocieron al
Mesías! ¡Es serio! Todos sus conocimientos
estaban dirigidos sobre la venida del Reino de
Dios y ¡ellos no Lo reconocieron!
Cuando ustedes leerán su Evangelio, hagan
de su lectura una oración. ¿Ustedes quie-
ren conocer y reconocer el Pensamiento de
Jesús en su vida? Jesús, no es un erudito que
ha hecho largos estudios para convertirse even-
tualmente en profesor o doctor, ¡no! Es el
mismo Dios que Se ha encarnado, con el fin de
mostrarme el Camino, de enseñarme, de reinar
en mí. Por Su palabra y, cuánto más todavía,
por Sus ejemplos, comenzando por Su naci-
miento en un pesebre, Él me dijo lo que debo
hacer.
He venido para propagar el fuego sobre la
tierra, ¿Y cuál es Mi voluntad sino que arda?
11
dice Jesús. Su corazón arde de deseos de ver Su
reino de amor establecido sobre toda la tierra.
¡Oh! mis hermanos y hermanas, ¿puedo
pedirles de leer su Evangelio al menos cinco
veces este año? ¿Se lo pediré? Que cada uno lo
lea al menos una vez; y ustedes, los niños, una
vez con sus padres. Tómense el tiempo, her-
manos y hermanas, mucho tiempo para
estudiar el Evangelio. Si no nos impregna-
mos del Pensamiento de Jesús, ¿cómo podemos
pretender establecer Su reino? Incluso si tuvié-
semos una catarata de conocimientos, al punto
que ninguna persona pudiese contradecir nues-
tra gran erudición ¿de qué serviría todo eso, si
no conocemos lo que Jesús, Verbo de Dios
encarnado, Sabiduría eterna, ha venido para
enseñarnos?
He aquí justamente otra frase: Si su justicia
no es superior a la de los escribas y fariseos, no
entrarán en el Reino de los cielos.
12
Esos hom-
bres ambicionaban tener mucha inteligencia y
que todo el mundo los considerase como gente
instruida. A menudo nos parecemos a ellos.
Queremos demostrar a todos que tenemos
talento; queremos brillar. Que Dios nos pre-
serve de esta vanidad. El Verbo eterno Se hizo
pequeño, desapareció durante treinta años, y
con esa humildad infinita Él nos enseña la Ver-
dad.
El orgullo engendra la ceguera
Un día verán a Jesús llegar a la sinagoga de
Nazaret. Él toma la Santa Escritura y lee una
página de Isaías que comenzaba así: El Espíritu
de Dios está sobre Mí....
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Habiendo terminado
la lectura, Él enrolla el libro y dice: El pasaje de
la Escritura que acaban de escuchar, se cumplió
hoy. La palabra «reino» no fue formulada, pero
Sus palabras anunciaban bien la llegada del
reino de Dios. Y todos los Judíos sabían que
esta profecía se aplicaba a Aquel que venía a
establecer el Reino. ¿Qué hicieron entonces?
Llenos de furia, ellos empujan a Jesús fuera de
la sinagoga, queriéndolo precipitar desde lo alto
de un acantilado. Y en otras ocasiones, en las
que Jesús declara abiertamente la divinidad de
Su misión, los Judíos juntaron piedras para
lapidarlo.
14
Mis hermanos, seamos humildes, ¡seamos
humildes! Busquemos humildemente el Pen-
samiento de Dios. La más grande desgracia que
nos pudiere pasar sería que el Pensamiento de
Dios se nos escape. Qué desgracia irreparable si
pasamos por esta tierra sin conocer el Pensa-
miento de Dios; si estamos siempre distraídos,
carnales, vanidosos, orgullosos, no viviendo
más que por intereses terrenales. Los Judíos
aún eran religiosos, consagrados al servicio de
Dios ¡eran el pueblo elegido! Ellos juntaron
piedras para lapidar a Jesús. Que nunca sea así
para ninguno de nosotros.
Busquen primero el Reino de Dios y Su justi-
cia,
15
busquenlo antes que cualquier otra cosa.
Jesús es muy insistente cuando habla de Su
reino. Mis hermanos, Dios ha suscitado esta
obra para establecer Su reino. Ven el cartel a la
entrada de nuestro terreno que anuncia:
«Reino del Amor Infinito de Jesús Crucificado».
Es Jesús quien ha pedido erigir ese cartel.
Nuestro Jesús está obsesionado de Su reino. Él
quiere establecerlo a cualquier precio. El demo-
nio lo sabe; él lucha contra Dios. Para ponerle
obstáculos, el diablo pone todo en obra para
establecer su reino carnal.
Las Bienaventuranzas son una condenación
de este espíritu carnal. Bienaventurados aque-
llos que tienen espíritu de pobreza, el Reino de
los cielos es de ellos... Cada bienaventuranza es
contraria al reino del enemigo de Dios. Bien-
aventurados aquellos que son perseguidos,
bienaventurados aquellos que sufren, bien-
aventurados aquellos que lloran.
16
Lean aten-
tamente todo el Sermón de la Montaña.
17
Lean así todo el Evangelio, cada página, cada
párrafo, en verdadera oración. Cada vez, invo-
quen al Espíritu Santo. En esta disposición de
humildad, descubrirán que, a pesar de los avan-
ces de Jesús frente a cada uno de ustedes, a
pesar de que Él los eligió especialmente para
colaborar con Él al establecimiento de Su reino,
muy fácilmente, ustedes trabajaron por interés
propio. Eso les causará un dolor inmenso.
Cuando trabajamos por interés propio, por
vanidad, trabajamos por el reino opuesto... el
del diablo. Es preciso que el Reino de Dios
venga. Es nuestra misión para este año, por-
que nuestro Padre de los Cielos y Su Hijo que-
rido están apresurados.
Cuando leerán el Evangelio atentamente,
verán que es urgente. Déjense conmover. Apli-
quen las palabras de Jesús a su vida presente y
verán que hay más prisa que nunca. No todos
entrarán en el Reino de los cielos, aquellos que
Me dicen: «Señor, Señor» sino aquellos que
hacen la Voluntad de Mi Padre que está en los
cielos.
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El Evangelio abunda en secretos para
establecer el reino de Dios en mí. Cuando este
reino se establece en un alma, es contagioso.
Gradualmente se propaga: los padres lo comu-
nican a sus niños, los niños entre ellos, la
hermana a su hermana, el hermano a su her-
mano. Hablando de las verdades divinas,
queremos vivirlas y nos animamos los unos a
los otros a establecer el Reino de Dios en su
corazón. Efectivamente, él se establece en una
persona a la vez. Todo comienza en mi casa, en
su casa.
Las lecciones evangélicas
En el Evangelio, con frecuencia Jesús
compara el Reino de los cielos con una semilla
que se toma y se entierra.
19
¡Ojalá lo
entendamos! Seríamos a veces tentados de
pensar: «Si Dios quiere verdaderamente
establecer Su reino por nosotros ¿cómo es que
estamos enterrados vivos aquí? Hace más de
cincuenta años que lo somos y más el tiempo
avanza, más enterrados estamos». ¡Esto es la
manera de Dios! Contemplemos a nuestro
Jesús: Su nacimiento pasa casi desapercibido.
Permanece treinta años escondido, enterrado;
Él predica durante tres años de vida pública y
enseguida muere de muerte ignominiosa. Lo
masacran, y apenas muerto se apresuran a
sepultarlo; para los Judíos Jesús no es más que
un cadáver. Él resucita para demostrarnos que
es verdaderamente Dios y que Él vino para
establecer aquí abajo Su reino por Sus ejemplos
y Su doctrina. Hermanos míos, ¡sean atentos!
Descubren cada uno de los ejemplos de Jesús.
Apliquen cada una de Sus palabras. Es así
como Su reino va a establecerse.
Jesús compara al Reino de los cielos a un
grano de trigo.... a una red echada al mar que
recoge gran cantidad de peces; llegando a la
orilla los pescadores guardan los buenos y
descartan los otros.
20
¿A qué comparamos
todavía al Reino de los cielos? un grano de
mostaza.
21
A la levadura
22
mezclada con la
masa. Mezclen la levadura con la masa, la
levadura desaparece, no la verán más; sin
levadura en la harina, el pan es difícil de comer,
es como un ladrillo. El tesoro escondido,
23
la
perla preciosa,
24
son todavía imágenes del
Reino de los cielos. Es un tesoro escondido que
tenemos que encontrar. Yo los invito a
encontrar este año el precioso tesoro.
Un día, los Apóstoles discutían entre ellos,
para saber quién sería el más grande en el Reino
de los cielos.
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¡Pues! en un reino hay una
jerarquía. Está el rey, su corte y sus ministros; y
entre los ministros algunos son más
importantes que otros. Oyendo a los Apóstoles
discutir sobre la procedencia Jesús hizo venir
un pequeño niño y lo puso en medio de ellos,
diciéndoles: Si ustedes no cambian y se
convierten en este pequeño, no entrarán en el
Reino de los cielos.
26
Todas estas enseñanzas nos manifiestan el
Pensamiento de Dios por Su reino. El Reino de
los cielos pertenece a aquellos que son
semejantes a los niños pequeños.
27
Jesús lo
dice así, ¡Palabra del Evangelio! Quien no
reciba el Reino de los cielos como un niño, no
entrará.
28
Acabo de citar tres frases del
Evangelio que nos enseñan a volverse como
niños. Miren en el Pesebre el primer ejemplo
que Jesús nos ha dado!.....
En otra ocasión la madre de los hijos de
Zebedeo – Juan y Santiago– presenta su
requerimiento a Jesús: «¡Ordena que mis dos
hijos sean sentados uno a Vuestra derecha y el
otro a Vuestra izquierda en Vuestro reino!
Jesús les responde: ¿Pueden beber el cáliz que
Yo beberé?
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Su pregunta es extraña ¿no es así?
Le hablamos de reinado y Él pregunta: ¿Pueden
beber el cáliz que Yo beberé? ¿Qué debemos
entender, hermanos míos? Que para tener
parte en el Reino de Dios, Jesús nos invita a
beber Su cáliz amargo... Entonces Él responde
a Su propia pregunta: Sí –dice Él– ustedes lo
beberán. En efecto, Juan y Santiago bebieron el
cáliz de amargura hasta el martirio. Aquí, el
Pensamiento de Dios es claro: ¿Pueden uste-
des beber Mi cáliz?....
Un día, un joven hombre, rico de bienes de
este mundo, se presenta a Jesús y le expone
toda su lista de buenas obras, afirmando haber
practicado todos los Mandamientos, y entonces
él agrega: «¿Qué más puedo hacer para llegar a
Vuestro reino?» Jesús le dice: Si tú quieres ser
perfecto, deja todo, abandona todo y ¡sígueme!
Apegado a sus riquezas, el joven pegó la media
vuelta. Hijitos Míos, insiste Jesús, cuán difícil
es para aquellos que se confían en las riquezas
entrar en el Reino de los cielos.
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Cuando nos
apoyamos en los bienes materiales el reino nos
está cerrado. El Maestro insistía, dice el
Evangelista. La cuestión de las riquezas vuelve
a menudo en el Evangelio.
Algunos días antes de la Pasión, mientras que
la multitud aclamaba a Jesús que entraba en
Jerusalén, los niños gritaban: ¡Hosanna al Hijo
de David! ¡Bendito el que viene en nombre del
Señor!
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Ellos proclamaban el reinado de Jesús.
En el pensamiento de los Judíos de la época,
estas aclamaciones anunciaban al rey
prometido. Estas palabras dispararon la rabia
de los escribas y fariseos. Apenas unos días más
tarde, Jesús es arrastrado para ser crucificado.
Leerán todo el Evangelio contemplando a
Jesús, que vino a establecer Su reino. Ustedes
lo verán el día que compareció ante Pilato, justo
antes de ser masacrado.... Poncio Pilato Lo
interroga: ¿Tú eres rey? –Tu lo has dicho. ¡Yo
Soy Rey!
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responde Jesús. ¡He aquí en qué
consiste Su reino!.....
Después de Su muerte y resurrección, Jesús
Se mostró a los Apóstoles durante cuarenta
días, y durante ese tiempo, dice la Escritura, Él
les hablaba del reino de Dios.
33
Entonces ese
reino es importante. He aquí nuestro lema
para este año.
¡Buen Padre de los Cielos que Vuestro
reino venga! Es el gran deseo de nuestros
corazones este año, nuestro deseo más
profundo. Pidamos a Jesús que nos comunique
Su pensamiento. Que Sus ejemplos y Sus
palabras se vuelvan vivas delante de nosotros.
Que nuestras vidas sean conformes a Su
enseñanza. Es así como vendrá el Reino de
Dios. ¡El tiempo apremia! Este es el lema que
les doy: Establecer el reino de Dios sobre
la tierra; Estudiar en el Evangelio los
medios de realizarlo.
1. S. Mateo 6, 9-13; S. Lucas 11, 1-4
2. S. Juan 1, 10-11
3. S. Lucas 4, 43
4. S. Juan 18, 36
5. S. Lucas 17, 20-21
6. S. Juan 15, 16
7. S. Mateo 10, 7; S. Lucas 9, 2; S. Lucas 9, 60
8. S. Mateo 5, 3
9. S. Mateo 5, 10
10. S. Mateo 5, 19
11. S. Lucas 12, 49
12. S. Mateo 5, 20; 16, 6 y 11-12; S. Marcos 8, 15; S. Lucas
12, 1
13. Isaías 61, 1-2
14. S. Juan 8, 59; 10, 31
15. S. Mateo 6, 33; S. Lucas 12, 31
16. S. Mateo 5, 3-12
17. S. Mateo 5-7
18. S. Mateo 7, 21
19. S. Mateo cap. 13; S. Marcos cap. 4; S. Lucas 8, 4-15;
13, 18-19.
20. S. Mateo 13, 47-48
21. S. Mateo 13, 31; S. Marcos 4, 31; S. Lucas 13, 19
22. S. Mateo 13, 33; S. Lucas 13, 21
23. S. Mateo 13, 44 y 52
24. S. Mateo 13, 46
25. S. Mateo 18, 1; S. Marcos 9, 33; S. Lucas 9, 46; 22, 24
26. S. Mateo 18, 2-4; S. Marcos 9, 35; S. Lucas 9, 47-48;
18, 17
27. S. Marcos 10, 14
28. S. Marcos 10,15; S. Lucas 18, 17
29. S. Mateo 20, 22; S. Marcos 10, 38
30. S. Marcos 10, 23-25
31. S. Mateo 21, 15; S. Juan 12, 13
32. S. Juan 18, 37
33. Hechos 1, 3
Lema
y
Deseo
para
el año
2019