de la fe y de la verdad para la conservación

La lectura del Evangelio

¡Que el Reino de Dios venga! por Padre Mathurín de la Madre de Dios En este año que comienza, quisiera en primer lugar ofrecer mis deseos a nuestro Padre de los Cielos que festejamos el pri- mero de enero. A lo largo de todo este año queremos hacer algo especial para honrarlo. Deseamos a nuestro Padre de los Cielos que se realice aquello que los cristianos piden recitando el Padre- nuestro: ¡Que venga Vuestro Reino! 1 Es la oración dada por Jesús cuando los Apóstoles Le pidieron: «Enséñanos a orar». Cuando oren digan: “Padre nuestro que estás en los Cielos, santificado sea el Tu Nombre, que venga a nos el Tu Reino.” Es el deseo profundo que formulamos para este año: ¡Que el Reino de Dios venga por fin! Deseamos que esta oración no sea sólo una abstracción en nuestros espíritus; que no sea una simple fórmula, una repetición monótona, sino que sea una aspiración sincera que se realiza en nuestras vidas y en el mundo entero. ¡Que Vuestro reino venga! En el transcurso de los siglos Dios había enviado a los patriar- cas, a los profetas que anunciaran al pueblo judío un rey por venir, un Mesías; y por este Mesías, Su reino llegaría. Imagí- nense la esperanza de Israel: los escribas, los fariseos, los doctores de la ley, la sinagoga y todo el pueblo elegido esperando este reinado desde más de 1.000 años. Pero la sinagoga estaba dividida por el tipo de reinado previsto por Dios. Numerosas sec- tas surgieron y cada una defendía su posición. Los fariseos creían que el Reino de Dios se establecería de una determinada manera; los Saduceos afirmaban que sería de tal otra; los Herodianos lo presagiaban de otra manera, y así sucesivamente. Las divisiones se multiplicaban. El pueblo judío no se equivocó en esperar el Reinado de Dios, el reino mesiánico, pero se equivocó en cuanto a la comprensión, a la interpretación de este Reino, lo percibían como un reinado material, terrenal, como un poder dominador. Todos se equivocarón, salvo algunas almas santas que aguardaban en la esperanza y en la oración. Los Judíos ambicionaban la gloria humana y creían que Israel y su rey se elevarían por encima de todos, en conquistadores y dominadores. Es por eso que ellos no reconocieron al Mesías, cuando el pequeño Jesús vino al mundo en medio de Su pueblo. No era lo que esperaban: ¡un Niño!..... El mundo fue hecho por Él y el mundo no Le conoció. Él vino a los Suyos y los Suyos no Le recibieron.2 Hemos contemplado, durante este tiempo de Navidad, el nacimiento de un pequeño Niño, venido para esta- blecer Su reinado. Él lo hará por Sus ejemplos y Su doctrina. Hoy también esperamos el Reino de Dios. Hablamos a menudo y deseamos verlo establecido sobre la tierra. Esta espera suscita en nosotros una gran esperanza.

¿Dónde encontrar el Pensamiento de Dios?

A ustedes mis hermanos y hermanas, a la santa Iglesia: he aquí el lema que les doy para este año: la lectura del Evangelio, pero lectura en oración, pidiendo el Pensamiento de Jesús. Roguemos a Dios que nos conceda Su Espíritu, para que Su Reino venga. Jesús mismo afirmaba: Es por eso que fui enviado, para anunciar el Evangelio del Reino de Dios. 3 Jesús predica ya desde Su nacimiento. Contemplen Su pobreza, contem- plen Su silencio, contemplen cómo Él ha elegido el abandono, el olvido. Es por esto que Yo he venido: para predicar el Reino de Dios, y establecerlo. Toda la sinagoga lo escuchaba. Los judíos conocían todas las escrituras y no las comprendían. Vamos a ver al divino Infante permanecer desconocido durante treinta años de Su vida escondida.... Estos treinta años formaron también parte del establecimiento de Su reino. Después de esos treinta años de silencio, Jesús Se retira cua- renta días al desierto para orar y hacer penitencia. Satanás viene enseguida para tentarlo. Él no sabía todavía que Jesús era Dios, sin embargo, él percibe que este hombre joven, ahora con treinta años de edad, ¿no sería aquél que vendría a establecer el reino anunciado? Se le escapa. Como Satanás es muy vanidoso y orgulloso, él le ofrece a Jesús la vanidad de un reino terrenal. Le presenta todos los reinos de la tierra, y le dice: «¡Yo los doy a quien quiero!» Pero esto no tiene peso sobre Jesús; eso no es siquiera una tentación para Él, porque no vino por los reinos de la tierra. Más tarde, justo antes de morir, Él dirá a Pilato: «Mi reino no es de aquí.» 4 Cuando Jesús vaya a predicar, Él dirá: El Reino de Dios no viene de una manera que llame la atención. No diremos: «Él está aquí o allá». El Reino de los cielos está dentro de ustedes. 5 Es Su palabra infalible. «Mi reino está dentro de ustedes, ustedes que seguirán Mis Enseñanzas, que imitarán Mis ejemplos. ¡Aquí está Mi Reino!» Yo los invito a leer el Evangelio con extrema atención. Verán que continuamente Jesús habla de Su reino que vino a establecer. Cuando el Maestro predica las grandes virtudes evangélicas, es con la meta de adquirir este reino, incluso desde aquí abajo. Por lo tanto que él nos es destinado no solamente para la eternidad sino también en la tierra.

¡El tiempo apremia!

Este lema que les damos, me permite transmitirlo con insistencia. Tal como Dios había establecido una nación para que Su reino venga, Él ahora ha suscitado nuestra pequeña Comunidad con el mismo propósito. Él mismo dirá a Sus Apóstoles: No son ustedes que Me han elegido, sino soy Yo quien los elegí. 6 Jesús los eligió, uno por uno, para predicar y establecer Su reino 7 y testimoniar con el mismo precio de su vida. De igual manera, mis hermanos y hermanas, todos ustedes amigos cristianos, Dios vino a buscarnos, Él nos ha invitado para establecer Su reino. De nuevo les repito: No diremos que él está aquí o allá. El reino de Dios no será aquí o allá, sino que él se encuentra en ustedes, en mí. El reino de Dios no se establecerá sobre la tierra, si Dios no reina primero en ustedes, en mí. Y, créanme, Dios tiene prisa por establecer Su reino. Como en los tiempos de Su primera venida sobre la tierra.... ¡los tiempos ahora se han cumplido! Contemplen, imaginen, profundicen la vida oculta de Jesús, Dios hecho hombre, mandado por Su Padre para establecer Su reino sobre la tierra. Contemplen esos treinta años de silencio que formaron parte del esta- blecimiento de Su Reino y comprenden que es este reino que Él quiere establecer con nosotros. Y durante los tres años de la vida pública de Jesús, notarán que el tema del Reino de los cielos se repite en cada página del Evangelio. «El Reino de Dios», «El Reino de los cielos», «El reinado de Dios» son las tres fórmulas que Jesús emplea constantemente. Cuando ustedes leerán todos los otros pasajes, háganlo desde la perspectiva de que todo debe servir para establecer Su reino, ya que Jesús dice que es el propósito de Su venida entre nosotros. Les leeré, si me lo permiten, algunas citas del Evangelio. Bienaventurados los que tienen espíritu de pobreza, el Reino de los cielos es de ellos. 8 La afirmación está en presente: ¡es de ellos ahora! El reino es de aquellos que tienen espíritu de pobreza, que aman la pobreza. Bienaventurados aquellos que sufren persecu- ción por la justicia, por la verdad, por Mí, dice Jesús, el Reino de los cielos es de ellos. 9 Aquí también la afirmación está en presente. Aquel que cumpla la Ley y la enseñe será grande en el Reino de los cielos. 10 Todos nosotros buscamos un poco de grandeza. Será grande aquel que cumpla la Ley, que viva el Evangelio.

Para descubrir los secretos de Dios

Hermanos, y hermanas míos, lean el Evangelio pausa- damente, en oración. Lean el Evangelio humildemente, con una sincera voluntad, un deseo de corazón de vivir cada una de las páginas, para realizar las expectativas, todas las peticiones de Jesús. Es la condición necesaria para establecer Su reino. Mientras lo leen, supliquen Dios quien Se encarne para mostrarnos el camino: «¡Jesús mío, yo quiero cumplir Vuestras enseñanzas! Quiero que Vuestro Reino venga!» Lean el Evangelio suavemente. En la época en la que Jesús vino a la tierra, los escribas, los fariseos, los doctores de la ley estaban entre las más grandes luminarias intelectuales de su tiempo. Sin embargo, ¡ellos no reconocieron al Mesías! ¡Es serio! Todos sus conocimientos estaban dirigidos sobre la venida del Reino de Dios y ¡ellos no Lo reconocieron! Cuando ustedes leerán su Evangelio, hagan de su lec- tura una oración. ¿Ustedes quieren conocer y reconocer el Pensamiento de Jesús en su vida? Jesús, no es un erudito que ha hecho largos estudios para convertirse eventualmente en profesor o doctor, ¡no! Es el mismo Dios que Se ha encarnado, con el fin de mostrarme el Camino, de enseñarme, de reinar en mí. Por Su palabra y, cuánto más todavía, por Sus ejemplos, comenzando por Su nacimiento en un pesebre, Él me dijo lo que debo hacer. He venido para propagar el fuego sobre la tierra, ¿Y cuál es Mi voluntad sino que arda? 11 dice Jesús. Su corazón arde de deseos de ver Su reino de amor establecido sobre toda la tierra. ¡Oh! mis hermanos y hermanas, ¿puedo pedirles de leer su Evangelio al menos cinco veces este año? ¿Se lo pediré? Que cada uno lo lea al menos una vez; y ustedes, los niños, una vez con sus padres. Tómense el tiempo, hermanos y hermanas, mucho tiempo para estudiar el Evangelio. Si no nos impregnamos del Pensamiento de Jesús, ¿cómo podemos pretender establecer Su reino? Incluso si tuviésemos una catarata de conocimientos, al punto que ninguna persona pudiese contradecir nuestra gran erudición ¿de qué serviría todo eso, si no conocemos lo que Jesús, Verbo de Dios encarnado, Sabiduría eterna, ha venido para enseñarnos? He aquí justamente otra frase: Si su justicia no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los cielos. 12 Esos hombres ambicionaban tener mucha inteligencia y que todo el mundo los conside- rase como gente instruida. A menudo nos parecemos a ellos. Queremos demostrar a todos que tenemos talento; queremos brillar. Que Dios nos preserve de esta vanidad. El Verbo eterno Se hizo pequeño, desapare- ció durante treinta años, y con esa humildad infinita Él nos enseña la Verdad.

El orgullo engendra la ceguera

Un día verán a Jesús llegar a la sinagoga de Nazaret. Él toma la Santa Escritura y lee una página de Isaías que comenzaba así: El Espíritu de Dios está sobre Mí.... 13 Habiendo terminado la lectura, Él enrolla el libro y dice: El pasaje de la Escritura que acaban de escuchar, se cumplió hoy. La palabra «reino» no fue formulada, pero Sus palabras anunciaban bien la llegada del reino de Dios. Y todos los Judíos sabían que esta profecía se aplicaba a Aquel que venía a establecer el Reino. ¿Qué hicieron entonces? Llenos de furia, ellos empujan a Jesús fuera de la sinagoga, queriéndolo precipitar desde lo alto de un acantilado. Y en otras ocasiones, en las que Jesús declara abiertamente la divinidad de Su misión, los Judíos juntaron piedras para lapidarlo. 14 Mis hermanos, seamos humildes, ¡seamos humildes! Busquemos humildemente el Pensamiento de Dios. La más grande desgracia que nos pudiere pasar sería que el Pensamiento de Dios se nos escape. Qué desgracia irreparable si pasamos por esta tierra sin conocer el Pensamiento de Dios; si estamos siempre dis- traídos, carnales, vanidosos, orgullosos, no viviendo más que por intereses terrenales. Los Judíos aún eran religiosos, consagrados al servicio de Dios ¡eran el pueblo elegido! Ellos juntaron piedras para lapidar a Jesús. Que nunca sea así para ninguno de nosotros. Busquen primero el Reino de Dios y Su justicia, 15 busquenlo antes que cualquier otra cosa. Jesús es muy insistente cuando habla de Su reino. Mis hermanos, Dios ha suscitado esta obra para establecer Su reino. Ven el cartel a la entrada de nuestro terreno que anuncia: «Reino del Amor Infinito de Jesús Crucificado». Es Jesús quien ha pedido erigir ese cartel. Nuestro Jesús está obsesionado de Su reino. Él quiere establecerlo a cualquier precio. El demonio lo sabe; él lucha contra Dios. Para ponerle obstáculos, el diablo pone todo en obra para establecer su reino carnal. Las Bienaventuranzas son una condenación de este espíritu carnal. Bienaventurados aquellos que tienen espíritu de pobreza, el Reino de los cielos es de ellos... Cada bienaventuranza es contraria al reino del enemigo de Dios. Bienaventurados aquellos que son perseguidos, bienaventurados aquellos que sufren, bienaventu- rados aquellos que lloran. 16 Lean atentamente todo el Sermón de la Montaña. 17 Lean así todo el Evangelio, cada página, cada párrafo, en verdadera oración. Cada vez, invoquen al Espíritu Santo. En esta disposición de humildad, descubrirán que, a pesar de los avances de Jesús frente a cada uno de ustedes, a pesar de que Él los eligió especialmente para colaborar con Él al establecimiento de Su reino, muy fácilmente, ustedes trabajaron por interés propio. Eso les causará un dolor inmenso. Cuando trabajamos por interés propio, por vanidad, trabajamos por el reino opuesto... el del diablo. Es preciso que el Reino de Dios venga. Es nuestra misión para este año, porque nuestro Padre de los Cielos y Su Hijo querido están apresurados. Cuando leerán el Evangelio atentamente, verán que es urgente. Déjense conmover. Apliquen las palabras de Jesús a su vida presente y verán que hay más prisa que nunca. No todos entrarán en el Reino de los cielos, aquellos que Me dicen: «Señor, Señor» sino aquellos que hacen la Voluntad de Mi Padre que está en los cie- los. 18 El Evangelio abunda en secretos para establecer el reino de Dios en mí. Cuando este reino se establece en un alma, es contagioso. Gradualmente se propaga: los padres lo comunican a sus niños, los niños entre ellos, la hermana a su hermana, el hermano a su hermano. Hablando de las verdades divinas, queremos vivir- las y nos animamos los unos a los otros a establecer el Reino de Dios en su corazón. Efectivamente, él se establece en una persona a la vez. Todo comienza en mi casa, en su casa.

Las lecciones evangélicas

En el Evangelio, con frecuencia Jesús compara el Reino de los cielos con una semilla que se toma y se entierra. 19 ¡Ojalá lo entendamos! Seríamos a veces tentados de pensar: «Si Dios quiere verdaderamente establecer Su reino por nosotros ¿cómo es que estamos enterrados vivos aquí? Hace más de cincuenta años que lo somos y más el tiempo avanza, más enterrados estamos». ¡Esto es la manera de Dios! Contemplemos a nuestro Jesús: Su nacimiento pasa casi desapercibido. Permanece treinta años escondido, enterrado; Él predica durante tres años de vida pública y enseguida muere de muerte ignominiosa. Lo masacran, y apenas muerto se apresuran a sepultarlo; para los Judíos Jesús no es más que un cadáver. Él resucita para demostrarnos que es verdaderamente Dios y que Él vino para establecer aquí abajo Su reino por Sus ejemplos y Su doctrina. Hermanos míos, ¡sean atentos! Descubren cada uno de los ejemplos de Jesús. Apliquen cada una de Sus palabras. Es así como Su reino va a establecerse. Jesús compara al Reino de los cielos a un grano de trigo.... a una red echada al mar que recoge gran cantidad de peces; llegando a la orilla los pescadores guardan los buenos y descartan los otros. 20 ¿A qué comparamos todavía al Reino de los cielos? un grano de mostaza. 21 A la levadura 22 mezclada con la masa. Mezclen la levadura con la masa, la levadura desaparece, no la verán más; sin levadura en la harina, el pan es difícil de comer, es como un ladrillo. El tesoro escondido, 23 la perla preciosa, 24 son todavía imágenes del Reino de los cielos. Es un tesoro escondido que tenemos que encontrar. Yo los invito a encontrar este año el precioso tesoro. Un día, los Apóstoles discutían entre ellos, para saber quién sería el más grande en el Reino de los cielos. 25 ¡Pues! en un reino hay una jerarquía. Está el rey, su corte y sus ministros; y entre los ministros algunos son más importantes que otros. Oyendo a los Apóstoles discutir sobre la procedencia Jesús hizo venir un pequeño niño y lo puso en medio de ellos, diciéndoles: Si ustedes no cambian y se convierten en este pequeño, no entrarán en el Reino de los cielos. 26 Todas estas enseñanzas nos manifiestan el Pensamiento de Dios por Su reino. El Reino de los cielos pertenece a aquellos que son semejantes a los niños pequeños. 27 Jesús lo dice así, ¡Palabra del Evangelio! Quien no reciba el Reino de los cielos como un niño, no entrará. 28 Acabo de citar tres frases del Evangelio que nos enseñan a volverse como niños. Miren en el Pesebre el primer ejemplo que Jesús nos ha dado!..... En otra ocasión la madre de los hijos de Zebedeo – Juan y Santiago– presenta su requerimiento a Jesús: «¡Ordena que mis dos hijos sean sentados uno a Vuestra derecha y el otro a Vuestra izquierda en Vuestro reino! Jesús les responde: ¿Pueden beber el cáliz que Yo beberé? 29 Su pregunta es extraña ¿no es así? Le hablamos de reinado y Él pregunta: ¿Pueden beber el cáliz que Yo beberé? ¿Qué debemos entender, hermanos míos? Que para tener parte en el Reino de Dios, Jesús nos invita a beber Su cáliz amargo... Entonces Él responde a Su propia pregunta: –dice Él– ustedes lo beberán. En efecto, Juan y Santiago bebieron el cáliz de amargura hasta el martirio. Aquí, el Pensamiento de Dios es claro: ¿Pueden ustedes beber Mi cáliz?.... Un día, un joven hombre, rico de bienes de este mundo, se presenta a Jesús y le expone toda su lista de buenas obras, afirmando haber practicado todos los Mandamientos, y entonces él agrega: «¿Qué más puedo hacer para llegar a Vuestro reino?» Jesús le dice: Si tú quieres ser perfecto, deja todo, abandona todo y ¡sígueme! Apegado a sus riquezas, el joven pegó la media vuelta. Hijitos Míos, insiste Jesús, cuán difícil es para aquellos que se confían en las riquezas entrar en el Reino de los cielos. 30 Cuando nos apoyamos en los bienes materiales el reino nos está cerrado. El Maestro insistía, dice el Evangelista. La cuestión de las riquezas vuelve a menudo en el Evangelio. Algunos días antes de la Pasión, mientras que la multitud aclamaba a Jesús que entraba en Jerusalén, los niños gritaban: ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! 31 Ellos proclamaban el reinado de Jesús. En el pensamiento de los Judíos de la época, estas aclamaciones anunciaban al rey prometido. Estas palabras dispararon la rabia de los escribas y fariseos. Apenas unos días más tarde, Jesús es arrastrado para ser crucificado. Leerán todo el Evangelio contemplando a Jesús, que vino a establecer Su reino. Ustedes lo verán el día que compareció ante Pilato, justo antes de ser masacrado.... Poncio Pilato Lo interroga: ¿Tú eres rey? –Tu lo has dicho. ¡Yo Soy Rey! 32 responde Jesús. ¡He aquí en qué consiste Su reino!..... Después de Su muerte y resurrección, Jesús Se mostró a los Apóstoles durante cuarenta días, y durante ese tiempo, dice la Escritura, Él les hablaba del reino de Dios. 33 Entonces ese reino es importante. He aquí nues- tro lema para este año. ¡Buen Padre de los Cielos que Vuestro reino venga! Es el gran deseo de nuestros corazones este año, nuestro deseo más profundo. Pidamos a Jesús que nos comunique Su pensamiento. Que Sus ejemplos y Sus palabras se vuelvan vivas delante de nosotros. Que nuestras vidas sean conformes a Su enseñanza. Es así como vendrá el Reino de Dios. ¡El tiempo apremia! Este es el lema que les doy: Establecer el reino de Dios sobre la tierra; Estudiar en el Evangelio los medios de realizarlo. 1. S. Mateo 6, 9-13; S. Lucas 11, 1-4 2. S. Juan 1, 10-11 3. S. Lucas 4, 43 4. S. Juan 18, 36 5. S. Lucas 17, 20-21 6. S. Juan 15, 16 7. S. Mateo 10, 7; S. Lucas 9, 2; S. Lucas 9, 60 8. S. Mateo 5, 3 9. S. Mateo 5, 10 10. S. Mateo 5, 19 11. S. Lucas 12, 49 12. S. Mateo 5, 20; 16, 6 y 11-12; S. Marcos 8, 15; S. Lucas 12, 1 13. Isaías 61, 1-2 14. S. Juan 8, 59; 10, 31 15. S. Mateo 6, 33; S. Lucas 12, 31 16. S. Mateo 5, 3-12 17. S. Mateo 5-7 18. S. Mateo 7, 21 19. S. Mateo cap. 13; S. Marcos cap. 4; S. Lucas 8, 4-15; 13, 18-19. 20. S. Mateo 13, 47-48 21. S. Mateo 13, 31; S. Marcos 4, 31; S. Lucas 13, 19 22. S. Mateo 13, 33; S. Lucas 13, 21 23. S. Mateo 13, 44 y 52 24. S. Mateo 13, 46 25. S. Mateo 18, 1; S. Marcos 9, 33; S. Lucas 9, 46; 22, 24 26. S. Mateo 18, 2-4; S. Marcos 9, 35; S. Lucas 9, 47-48; 18, 17 27. S. Marcos 10, 14 28. S. Marcos 10,15; S. Lucas 18, 17 29. S. Mateo 20, 22; S. Marcos 10, 38 30. S. Marcos 10, 23-25 31. S. Mateo 21, 15; S. Juan 12, 13 32. S. Juan 18, 37 33. Hechos 1, 3
Lema y Deseo para el año 2019
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La lectura del Evangelio

¡Que el Reino de Dios venga! por Padre Mathurín de la Madre de Dios En este año que comienza, quisiera en primer lugar ofrecer mis deseos a nuestro Padre de los Cielos que festejamos el primero de enero. A lo largo de todo este año queremos hacer algo especial para honrarlo. Deseamos a nuestro Padre de los Cielos que se realice aquello que los cristianos piden recitando el Padrenuestro: ¡Que venga Vuestro Reino! 1 Es la oración dada por Jesús cuando los Apóstoles Le pidieron: «Enséñanos a orar». Cuando oren digan: “Padre nuestro que estás en los Cielos, santificado sea el Tu Nombre, que venga a nos el Tu Reino.” Es el deseo profundo que formulamos para este año: ¡Que el Reino de Dios venga por fin! Deseamos que esta ora- ción no sea sólo una abstracción en nuestros espíritus; que no sea una simple fórmula, una repetición monótona, sino que sea una aspira- ción sincera que se realiza en nuestras vidas y en el mundo entero. ¡Que Vuestro reino venga! En el transcurso de los siglos Dios había enviado a los patriarcas, a los profetas que anunciaran al pueblo judío un rey por venir, un Mesías; y por este Mesías, Su reino llegaría. Imagínense la esperanza de Israel: los escribas, los fariseos, los doctores de la ley, la sinagoga y todo el pueblo elegido esperando este reinado desde más de 1.000 años. Pero la sinagoga estaba dividida por el tipo de reinado previsto por Dios. Numerosas sectas surgieron y cada una defendía su posición. Los fariseos creían que el Reino de Dios se establecería de una determinada manera; los Saduceos afirmaban que sería de tal otra; los Herodianos lo pre- sagiaban de otra manera, y así sucesivamente. Las divisiones se multiplicaban. El pueblo judío no se equivocó en esperar el Reinado de Dios, el reino mesiánico, pero se equivocó en cuanto a la comprensión, a la inter- pretación de este Reino, lo percibían como un reinado material, terrenal, como un poder dominador. Todos se equivocarón, salvo algu- nas almas santas que aguardaban en la espe- ranza y en la oración. Los Judíos ambicionaban la gloria humana y creían que Israel y su rey se elevarían por encima de todos, en conquistado- res y dominadores. Es por eso que ellos no reconocieron al Mesías, cuando el pequeño Jesús vino al mundo en medio de Su pueblo. No era lo que esperaban: ¡un Niño!..... El mundo fue hecho por Él y el mundo no Le cono- ció. Él vino a los Suyos y los Suyos no Le reci- bieron.2 Hemos contemplado, durante este tiempo de Navidad, el nacimiento de un pequeño Niño, venido para establecer Su reinado. Él lo hará por Sus ejemplos y Su doctrina. Hoy también esperamos el Reino de Dios. Hablamos a menudo y deseamos verlo establecido sobre la tierra. Esta espera suscita en nosotros una gran esperanza.

¿Dónde encontrar el Pensamiento

de Dios?

A ustedes mis hermanos y hermanas, a la santa Iglesia: he aquí el lema que les doy para este año: la lectura del Evangelio, pero lec- tura en oración, pidiendo el Pensamiento de Jesús. Roguemos a Dios que nos conceda Su Espíritu, para que Su Reino venga. Jesús mismo afirmaba: Es por eso que fui enviado, para anunciar el Evangelio del Reino de Dios. 3 Jesús predica ya desde Su nacimiento. Contem- plen Su pobreza, contemplen Su silencio, con- templen cómo Él ha elegido el abandono, el olvido. Es por esto que Yo he venido: para pre- dicar el Reino de Dios, y establecerlo. Toda la sinagoga lo escuchaba. Los judíos conocían todas las escrituras y no las comprendían. Vamos a ver al divino Infante permanecer des- conocido durante treinta años de Su vida escon- dida.... Estos treinta años formaron también parte del establecimiento de Su reino. Después de esos treinta años de silencio, Jesús Se retira cuarenta días al desierto para orar y hacer penitencia. Satanás viene ense- guida para tentarlo. Él no sabía todavía que Jesús era Dios, sin embargo, él percibe que este hombre joven, ahora con treinta años de edad, ¿no sería aquél que vendría a establecer el reino anunciado? Se le escapa. Como Satanás es muy vanidoso y orgulloso, él le ofrece a Jesús la vani- dad de un reino terrenal. Le presenta todos los reinos de la tierra, y le dice: «¡Yo los doy a quien quiero!» Pero esto no tiene peso sobre Jesús; eso no es siquiera una tentación para Él, porque no vino por los reinos de la tierra. Más tarde, justo antes de morir, Él dirá a Pilato: «Mi reino no es de aquí.» 4 Cuando Jesús vaya a predicar, Él dirá: El Reino de Dios no viene de una manera que llame la atención. No diremos: «Él está aquí o allá». El Reino de los cielos está dentro de ustedes. 5 Es Su palabra infalible. «Mi reino está dentro de ustedes, ustedes que seguirán Mis Enseñanzas, que imitarán Mis ejemplos. ¡Aquí está Mi Reino!» Yo los invito a leer el Evangelio con extrema atención. Verán que continuamente Jesús habla de Su reino que vino a establecer. Cuando el Maestro predica las grandes virtudes evangé- licas, es con la meta de adquirir este reino, incluso desde aquí abajo. Por lo tanto que él nos es destinado no solamente para la eternidad sino también en la tierra.

¡El tiempo apremia!

Este lema que les damos, me permite trans- mitirlo con insistencia. Tal como Dios había establecido una nación para que Su reino venga, Él ahora ha suscitado nuestra pequeña Comuni- dad con el mismo propósito. Él mismo dirá a Sus Apóstoles: No son ustedes que Me han ele- gido, sino soy Yo quien los elegí. 6 Jesús los eligió, uno por uno, para predicar y establecer Su reino 7 y testimoniar con el mismo precio de su vida. De igual manera, mis hermanos y her- manas, todos ustedes amigos cristianos, Dios vino a buscarnos, Él nos ha invitado para esta- blecer Su reino. De nuevo les repito: No diremos que él está aquí o allá. El reino de Dios no será aquí o allá, sino que él se encuentra en ustedes, en mí. El reino de Dios no se establecerá sobre la tierra, si Dios no reina primero en ustedes, en mí. Y, créanme, Dios tiene prisa por establecer Su reino. Como en los tiempos de Su primera venida sobre la tierra.... ¡los tiempos ahora se han cumplido! Contemplen, imaginen, profundicen la vida oculta de Jesús, Dios hecho hombre, mandado por Su Padre para establecer Su reino sobre la tierra. Contemplen esos treinta años de silencio que formaron parte del establecimiento de Su Reino y comprenden que es este reino que Él quiere establecer con nosotros. Y durante los tres años de la vida pública de Jesús, notarán que el tema del Reino de los cie- los se repite en cada página del Evangelio. «El Reino de Dios», «El Reino de los cielos», «El reinado de Dios» son las tres fórmulas que Jesús emplea constantemente. Cuando ustedes leerán todos los otros pasajes, háganlo desde la perspectiva de que todo debe servir para esta- blecer Su reino, ya que Jesús dice que es el propósito de Su venida entre nosotros. Les leeré, si me lo permiten, algunas citas del Evangelio. Bienaventurados los que tienen espíritu de pobreza, el Reino de los cielos es de ellos. 8 La afirmación está en presente: ¡es de ellos ahora! El reino es de aquellos que tienen espíritu de pobreza, que aman la pobreza. Bienaventurados aquellos que sufren persecu- ción por la justicia, por la verdad, por Mí, dice Jesús, el Reino de los cielos es de ellos. 9 Aquí también la afirmación está en presente. Aquel que cumpla la Ley y la enseñe será grande en el Reino de los cielos. 10 Todos nosotros buscamos un poco de grandeza. Será grande aquel que cumpla la Ley, que viva el Evangelio.

Para descubrir

los secretos de

Dios

Hermanos, y hermanas míos, lean el Evangelio pausadamente, en oración. Lean el Evangelio humildemente, con una sincera voluntad, un deseo de corazón de vivir cada una de las páginas, para realizar las expectativas, todas las peticiones de Jesús. Es la condición necesaria para establecer Su reino. Mientras lo leen, supliquen Dios quien Se encarne para mostrarnos el camino: «¡Jesús mío, yo quiero cumplir Vuestras enseñanzas! Quiero que Vuestro Reino venga!» Lean el Evangelio suavemente. En la época en la que Jesús vino a la tierra, los escribas, los fariseos, los doctores de la ley estaban entre las más grandes luminarias intelectuales de su tiempo. Sin embargo, ¡ellos no reconocieron al Mesías! ¡Es serio! Todos sus conocimientos estaban dirigidos sobre la venida del Reino de Dios y ¡ellos no Lo reconocieron! Cuando ustedes leerán su Evangelio, hagan de su lectura una oración. ¿Ustedes quie- ren conocer y reconocer el Pensamiento de Jesús en su vida? Jesús, no es un erudito que ha hecho largos estudios para convertirse even- tualmente en profesor o doctor, ¡no! Es el mismo Dios que Se ha encarnado, con el fin de mostrarme el Camino, de enseñarme, de reinar en mí. Por Su palabra y, cuánto más todavía, por Sus ejemplos, comenzando por Su naci- miento en un pesebre, Él me dijo lo que debo hacer. He venido para propagar el fuego sobre la tierra, ¿Y cuál es Mi voluntad sino que arda? 11 dice Jesús. Su corazón arde de deseos de ver Su reino de amor establecido sobre toda la tierra. ¡Oh! mis hermanos y hermanas, ¿puedo pedirles de leer su Evangelio al menos cinco veces este año? ¿Se lo pediré? Que cada uno lo lea al menos una vez; y ustedes, los niños, una vez con sus padres. Tómense el tiempo, her- manos y hermanas, mucho tiempo para estudiar el Evangelio. Si no nos impregna- mos del Pensamiento de Jesús, ¿cómo podemos pretender establecer Su reino? Incluso si tuvié- semos una catarata de conocimientos, al punto que ninguna persona pudiese contradecir nues- tra gran erudición ¿de qué serviría todo eso, si no conocemos lo que Jesús, Verbo de Dios encarnado, Sabiduría eterna, ha venido para enseñarnos? He aquí justamente otra frase: Si su justicia no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los cielos. 12 Esos hom- bres ambicionaban tener mucha inteligencia y que todo el mundo los considerase como gente instruida. A menudo nos parecemos a ellos. Queremos demostrar a todos que tenemos talento; queremos brillar. Que Dios nos pre- serve de esta vanidad. El Verbo eterno Se hizo pequeño, desapareció durante treinta años, y con esa humildad infinita Él nos enseña la Ver- dad.

El orgullo engendra la ceguera

Un día verán a Jesús llegar a la sinagoga de Nazaret. Él toma la Santa Escritura y lee una página de Isaías que comenzaba así: El Espíritu de Dios está sobre Mí.... 13 Habiendo terminado la lectura, Él enrolla el libro y dice: El pasaje de la Escritura que acaban de escuchar, se cumplió hoy. La palabra «reino» no fue formulada, pero Sus palabras anunciaban bien la llegada del reino de Dios. Y todos los Judíos sabían que esta profecía se aplicaba a Aquel que venía a establecer el Reino. ¿Qué hicieron entonces? Llenos de furia, ellos empujan a Jesús fuera de la sinagoga, queriéndolo precipitar desde lo alto de un acantilado. Y en otras ocasiones, en las que Jesús declara abiertamente la divinidad de Su misión, los Judíos juntaron piedras para lapidarlo. 14 Mis hermanos, seamos humildes, ¡seamos humildes! Busquemos humildemente el Pen- samiento de Dios. La más grande desgracia que nos pudiere pasar sería que el Pensamiento de Dios se nos escape. Qué desgracia irreparable si pasamos por esta tierra sin conocer el Pensa- miento de Dios; si estamos siempre distraídos, carnales, vanidosos, orgullosos, no viviendo más que por intereses terrenales. Los Judíos aún eran religiosos, consagrados al servicio de Dios ¡eran el pueblo elegido! Ellos juntaron piedras para lapidar a Jesús. Que nunca sea así para ninguno de nosotros. Busquen primero el Reino de Dios y Su justi- cia, 15 busquenlo antes que cualquier otra cosa. Jesús es muy insistente cuando habla de Su reino. Mis hermanos, Dios ha suscitado esta obra para establecer Su reino. Ven el cartel a la entrada de nuestro terreno que anuncia: «Reino del Amor Infinito de Jesús Crucificado». Es Jesús quien ha pedido erigir ese cartel. Nuestro Jesús está obsesionado de Su reino. Él quiere establecerlo a cualquier precio. El demo- nio lo sabe; él lucha contra Dios. Para ponerle obstáculos, el diablo pone todo en obra para establecer su reino carnal. Las Bienaventuranzas son una condenación de este espíritu carnal. Bienaventurados aque- llos que tienen espíritu de pobreza, el Reino de los cielos es de ellos... Cada bienaventuranza es contraria al reino del enemigo de Dios. Bien- aventurados aquellos que son perseguidos, bienaventurados aquellos que sufren, bien- aventurados aquellos que lloran. 16 Lean aten- tamente todo el Sermón de la Montaña. 17 Lean así todo el Evangelio, cada página, cada párrafo, en verdadera oración. Cada vez, invo- quen al Espíritu Santo. En esta disposición de humildad, descubrirán que, a pesar de los avan- ces de Jesús frente a cada uno de ustedes, a pesar de que Él los eligió especialmente para colaborar con Él al establecimiento de Su reino, muy fácilmente, ustedes trabajaron por interés propio. Eso les causará un dolor inmenso. Cuando trabajamos por interés propio, por vanidad, trabajamos por el reino opuesto... el del diablo. Es preciso que el Reino de Dios venga. Es nuestra misión para este año, por- que nuestro Padre de los Cielos y Su Hijo que- rido están apresurados. Cuando leerán el Evangelio atentamente, verán que es urgente. Déjense conmover. Apli- quen las palabras de Jesús a su vida presente y verán que hay más prisa que nunca. No todos entrarán en el Reino de los cielos, aquellos que Me dicen: «Señor, Señor» sino aquellos que hacen la Voluntad de Mi Padre que está en los cielos. 18 El Evangelio abunda en secretos para establecer el reino de Dios en mí. Cuando este reino se establece en un alma, es contagioso. Gradualmente se propaga: los padres lo comu- nican a sus niños, los niños entre ellos, la hermana a su hermana, el hermano a su her- mano. Hablando de las verdades divinas, queremos vivirlas y nos animamos los unos a los otros a establecer el Reino de Dios en su corazón. Efectivamente, él se establece en una persona a la vez. Todo comienza en mi casa, en su casa.

Las lecciones evangélicas

En el Evangelio, con frecuencia Jesús compara el Reino de los cielos con una semilla que se toma y se entierra. 19 ¡Ojalá lo entendamos! Seríamos a veces tentados de pensar: «Si Dios quiere verdaderamente establecer Su reino por nosotros ¿cómo es que estamos enterrados vivos aquí? Hace más de cincuenta años que lo somos y más el tiempo avanza, más enterrados estamos». ¡Esto es la manera de Dios! Contemplemos a nuestro Jesús: Su nacimiento pasa casi desapercibido. Permanece treinta años escondido, enterrado; Él predica durante tres años de vida pública y enseguida muere de muerte ignominiosa. Lo masacran, y apenas muerto se apresuran a sepultarlo; para los Judíos Jesús no es más que un cadáver. Él resucita para demostrarnos que es verdaderamente Dios y que Él vino para establecer aquí abajo Su reino por Sus ejemplos y Su doctrina. Hermanos míos, ¡sean atentos! Descubren cada uno de los ejemplos de Jesús. Apliquen cada una de Sus palabras. Es así como Su reino va a establecerse. Jesús compara al Reino de los cielos a un grano de trigo.... a una red echada al mar que recoge gran cantidad de peces; llegando a la orilla los pescadores guardan los buenos y descartan los otros. 20 ¿A qué comparamos todavía al Reino de los cielos? un grano de mostaza. 21 A la levadura 22 mezclada con la masa. Mezclen la levadura con la masa, la levadura desaparece, no la verán más; sin levadura en la harina, el pan es difícil de comer, es como un ladrillo. El tesoro escondido, 23 la perla preciosa, 24 son todavía imágenes del Reino de los cielos. Es un tesoro escondido que tenemos que encontrar. Yo los invito a encontrar este año el precioso tesoro. Un día, los Apóstoles discutían entre ellos, para saber quién sería el más grande en el Reino de los cielos. 25 ¡Pues! en un reino hay una jerarquía. Está el rey, su corte y sus ministros; y entre los ministros algunos son más importantes que otros. Oyendo a los Apóstoles discutir sobre la procedencia Jesús hizo venir un pequeño niño y lo puso en medio de ellos, diciéndoles: Si ustedes no cambian y se convierten en este pequeño, no entrarán en el Reino de los cielos. 26 Todas estas enseñanzas nos manifiestan el Pensamiento de Dios por Su reino. El Reino de los cielos pertenece a aquellos que son semejantes a los niños pequeños. 27 Jesús lo dice así, ¡Palabra del Evangelio! Quien no reciba el Reino de los cielos como un niño, no entrará. 28 Acabo de citar tres frases del Evangelio que nos enseñan a volverse como niños. Miren en el Pesebre el primer ejemplo que Jesús nos ha dado!..... En otra ocasión la madre de los hijos de Zebedeo – Juan y Santiago– presenta su requerimiento a Jesús: «¡Ordena que mis dos hijos sean sentados uno a Vuestra derecha y el otro a Vuestra izquierda en Vuestro reino! Jesús les responde: ¿Pueden beber el cáliz que Yo beberé? 29 Su pregunta es extraña ¿no es así? Le hablamos de reinado y Él pregunta: ¿Pueden beber el cáliz que Yo beberé? ¿Qué debemos entender, hermanos míos? Que para tener parte en el Reino de Dios, Jesús nos invita a beber Su cáliz amargo... Entonces Él responde a Su propia pregunta: –dice Él– ustedes lo beberán. En efecto, Juan y Santiago bebieron el cáliz de amargura hasta el martirio. Aquí, el Pensamiento de Dios es claro: ¿Pueden uste- des beber Mi cáliz?.... Un día, un joven hombre, rico de bienes de este mundo, se presenta a Jesús y le expone toda su lista de buenas obras, afirmando haber practicado todos los Mandamientos, y entonces él agrega: «¿Qué más puedo hacer para llegar a Vuestro reino?» Jesús le dice: Si tú quieres ser perfecto, deja todo, abandona todo y ¡sígueme! Apegado a sus riquezas, el joven pegó la media vuelta. Hijitos Míos, insiste Jesús, cuán difícil es para aquellos que se confían en las riquezas entrar en el Reino de los cielos. 30 Cuando nos apoyamos en los bienes materiales el reino nos está cerrado. El Maestro insistía, dice el Evangelista. La cuestión de las riquezas vuelve a menudo en el Evangelio. Algunos días antes de la Pasión, mientras que la multitud aclamaba a Jesús que entraba en Jerusalén, los niños gritaban: ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! 31 Ellos proclamaban el reinado de Jesús. En el pensamiento de los Judíos de la época, estas aclamaciones anunciaban al rey prometido. Estas palabras dispararon la rabia de los escribas y fariseos. Apenas unos días más tarde, Jesús es arrastrado para ser crucificado. Leerán todo el Evangelio contemplando a Jesús, que vino a establecer Su reino. Ustedes lo verán el día que compareció ante Pilato, justo antes de ser masacrado.... Poncio Pilato Lo interroga: ¿Tú eres rey? –Tu lo has dicho. ¡Yo Soy Rey! 32 responde Jesús. ¡He aquí en qué consiste Su reino!..... Después de Su muerte y resurrección, Jesús Se mostró a los Apóstoles durante cuarenta días, y durante ese tiempo, dice la Escritura, Él les hablaba del reino de Dios. 33 Entonces ese reino es importante. He aquí nuestro lema para este año. ¡Buen Padre de los Cielos que Vuestro reino venga! Es el gran deseo de nuestros corazones este año, nuestro deseo más profundo. Pidamos a Jesús que nos comunique Su pensamiento. Que Sus ejemplos y Sus palabras se vuelvan vivas delante de nosotros. Que nuestras vidas sean conformes a Su enseñanza. Es así como vendrá el Reino de Dios. ¡El tiempo apremia! Este es el lema que les doy: Establecer el reino de Dios sobre la tierra; Estudiar en el Evangelio los medios de realizarlo. 1. S. Mateo 6, 9-13; S. Lucas 11, 1-4 2. S. Juan 1, 10-11 3. S. Lucas 4, 43 4. S. Juan 18, 36 5. S. Lucas 17, 20-21 6. S. Juan 15, 16 7. S. Mateo 10, 7; S. Lucas 9, 2; S. Lucas 9, 60 8. S. Mateo 5, 3 9. S. Mateo 5, 10 10. S. Mateo 5, 19 11. S. Lucas 12, 49 12. S. Mateo 5, 20; 16, 6 y 11-12; S. Marcos 8, 15; S. Lucas 12, 1 13. Isaías 61, 1-2 14. S. Juan 8, 59; 10, 31 15. S. Mateo 6, 33; S. Lucas 12, 31 16. S. Mateo 5, 3-12 17. S. Mateo 5-7 18. S. Mateo 7, 21 19. S. Mateo cap. 13; S. Marcos cap. 4; S. Lucas 8, 4-15; 13, 18-19. 20. S. Mateo 13, 47-48 21. S. Mateo 13, 31; S. Marcos 4, 31; S. Lucas 13, 19 22. S. Mateo 13, 33; S. Lucas 13, 21 23. S. Mateo 13, 44 y 52 24. S. Mateo 13, 46 25. S. Mateo 18, 1; S. Marcos 9, 33; S. Lucas 9, 46; 22, 24 26. S. Mateo 18, 2-4; S. Marcos 9, 35; S. Lucas 9, 47-48; 18, 17 27. S. Marcos 10, 14 28. S. Marcos 10,15; S. Lucas 18, 17 29. S. Mateo 20, 22; S. Marcos 10, 38 30. S. Marcos 10, 23-25 31. S. Mateo 21, 15; S. Juan 12, 13 32. S. Juan 18, 37 33. Hechos 1, 3
Lema y Deseo para el año 2019
para la conservación
de la fe y de la verdad
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