Olvido de sí mismo,
para Seguir a Jesús
nuestro Rey en Su Vía
Real
por Padre Mathurín de la Madre de Dios
En el nombre del Padre, del Hijo, del
Espíritu Santo y de la Madre de Dios. Amén.
En este primer día del Año Nuevo, saludo en
primer lugar a nuestro Padre Eterno, a quien
pertenecen todo honor y toda gloria, como aca-
bamos de rezarle en la liturgia.
Cada 25 años, la Iglesia proclama un Año
Santo. Para marcar la ocasión, en la basílica de
San Pedro de Roma se abre la puerta santa, que
mientras tanto permanece sellada, gesto simbó-
lico que da expresión tangible a la apertura del
año santo.
1
Un año santo, como dice la palabra,
es un año santificado.
Ya habíamos hecho del 2024 un año santo
para conmemorar el 800 aniversario de la estig-
matización de San Francisco de Asís. En res-
puesta al deseo que expresamos, muchos de
entre ustedes hicieron el Vía Crucis todos los
viernes. Espontánea y generosamente, todos
los que han podido han hecho el Vía Crucis en
la montaña, en toda clase de condiciones y con
mal tiempo. Gracias, hermanos y hermanas.
Creo que el amor a los sufrimientos de Jesús
por nosotros ha crecido en sus corazones a tra-
vés de este ejercicio del Vía Crucis. Así que éste
ha sido un año santo.
Pues bien, les invito a hacer del 2025 un
año aún más santo. Es posible, más santo
siempre es posible. Cuando Dios da la vida a Su
hijo, es porque lo ha destinado a más. Y cada
momento de nuestras vidas que Dios nos presta
es porque nos destina para más.
Desde el principio de los tiempos, los minis-
tros de la Iglesia nos han presentado la religión
de todo tipo de maneras, pero en el fondo siem-
pre es la misma enseñanza: Jesús vino, nos
mostró el camino del Cielo, nos lo predicó, y
luego murió, dándonos un ejemplo luminoso de
lo que espera de nosotros.
Este año, 2025, marca otro aniversario, y es
bajo esta luz que vamos a motivarnos aún más
para santificarlo. En 1925, el Papa Pío XI insti-
tuyó la fiesta de Cristo Rey, fijándola para el
último domingo de octubre. Así que hace cien
años que se instauró en la Iglesia la fiesta de la
realeza de Nuestro Señor Jesucristo. Para los
amantes de las bellas fórmulas, les invito a
hacer del 2025 un año santo Real, Real a la
manera de nuestro Rey Jesús.
Lema y Deseos
Este año, les deseamos esto: que Jesús sea
verdaderamente nuestro Rey. Les deseo,
hermanos y hermanas, que cada uno de uste-
des, en su corazón, desee ardientemente ser el
verdadero servidor, el verdadero discípulo de
nuestro Rey Jesús. Para lograrlo, les doy un
lema que puede parecer bastante sencillo: EL
OLVIDO DE SÍ MISMO.
Santa María de Jesús Crucificado dijo en
éxtasis: «El yo ‒el ego‒ es lo que pierde el
mundo».
2
Por eso les damos este lema: olvido
de sí mismo. Que cada uno de ustedes se
esfuerce este año por olvidarse de sí mismo.
Que cada uno de ustedes se esfuerce por olvidar
su ego, en todas sus acciones, pero sobre todo
en sus pensamientos.
Como saben, las mismas ideas surgen una y
otra vez, y si repito a menudo esta misma histo-
ria de nuestros orígenes, es para que quede
firmemente grabada en nuestra mente y en
nuestro corazón, para que esta noción guíe toda
nuestra vida. Antes de que Lucifer fuera la Ser-
piente, el ángel réprobo, era el ángel más her-
moso que Dios había creado. Pero cuando Dios
le presentó Su plan para la Encarnación del
Verbo, la autoestima de Lucifer, su ego, quedó
contrariado, herido y trastornado. Esto pro-
vocó su «non serviam, no serviré, no acepto
esto». El amor desmedido a su yo, a su ego,
llevó a Lucifer a rebelarse contra Dios, y el Apo-
calipsis nos dice que dirigió a un tercio de los
ángeles en este mismo movimiento de rebe-
lión.
3
Esto hizo el infierno.
Cuando el hombre fue finalmente creado,
Satanás le indujo al mismo vicio: el amor pro-
pio. «Dios no quiere que toquéis la manzana,
porque si coméis de este fruto prohibido, seréis
como dioses, seréis iguales a Él». Adán y Eva
vivían en una intimidad, una familiaridad con
Dios, nuestro Padre del Cielo. Sin embargo, la
Serpiente ‒¡una serpiente! ‒ consiguió hundir-
los halagando su ego, su autoestima. La arti-
maña de Satanás funcionó de maravillas con
nuestros primeros padres, que no tenían pecado
original.
4
Cuando nuestros primeros padres cayeron en
pecado al morder la manzana, fue como si la
Serpiente les hubiera mordido. Les mordió el
veneno del amor propio, de la vanidad por su
personita, su ego. El mismo orgullo que perdió
a Satanás y a los ángeles perdió a nuestros pri-
meros padres. Este orgullo de la criatura libre
es casi un misterio. Y, sin embargo, todos lo
experimentamos, todos lo llevamos dentro.
Repito la pequeña frase dicha por Santa
María de Jesús Crucificado en éxtasis: «El ego
es lo que pierde el mundo». Cuando vemos
lo que ha sucedido desde el principio y a lo
largo de los siglos, no necesitamos un éxtasis
para comprender esta gran verdad de que, efec-
tivamente, es el orgullo, el ego lo que está
perdiendo el mundo.... Pero si Dios nos lo
recuerda a través de un éxtasis, es porque los
humanos estamos cegados y engañados, tanto
por nuestra frivolidad como por nuestro ego
excesivo, que perjudica nuestro juicio. Cada
uno de nosotros considera que su ego es muy
especial, muy singular. A veces, incluso con
demasiada frecuencia, pensamos que nuestro
ego es mejor que el del vecino. Peor aunque, no
lo admitamos ante nosotros mismos, la volun-
tad de Dios, Sus proyectos, Sus planes se
contraponen a nuestro ego. Nuestro ego lo eva-
lúa todo.
Jesús, nuestro gran Modelo
El gran Modelo, aquí como en otras partes,
que nos motiva a practicar todas las virtudes,
pero especialmente la de la abnegación, es
Jesús, el Redentor, el Reparador. Él es el
testigo del pecado del hombre; es Él quien es
ofendido. Él nos ve caer en esta estupidez. Es
la palabra más caritativa que podemos utilizar,
porque en realidad somos bastante estúpidos,
nos comportamos como idiotas. Es precisa-
mente por nuestra falta de inteligencia por lo
que Dios nos muestra Su misericordia. Está
claro que somos mucho más estúpidos que la
Serpiente, porque no tuvo derecho a la miseri-
cordia de Dios. Pero, ¿qué puedo decir? Nues-
tro Dios tiene misericordia de nosotros.
Reconozcamos al menos que carecemos de inte-
ligencia.
Para sacarnos de nuestro fango, Jesús viene a
mostrarnos el camino real. ¿Se recuerdan la
ocasión en que Jesús proclamó Su realeza? Es
precisamente el Evangelio de la Misa del
domingo de Cristo Rey. La multitud de judíos
arrastró a Jesús ante el tribunal de Pilatos, que
Le preguntó: «Dicen que Tú eres rey, ¿real-
mente eres rey? ‒ Sí ‒respondió Jesús‒, sí, soy
Rey.
Desde el día anterior, Sus enemigos y toda
esa gente Le han estado atacando. Jesús fue
golpeado públicamente por los siervos ante el
tribunal de Caifás y Ana. Pasó la noche en el
calabozo. Los soldados no se moderaron, Le
golpearon, Le abofetearon, Le escupieron y
cosas peores. Durante toda la noche Le insulta-
ron y golpearon. Los insultos que lanzaron
contra nuestro Dios, contra nuestro Jesús, fue-
ron abominables. Lo que han hecho es abomi-
nable. Con esta pompa y circunstancia Se
presentó Jesús ante Pilatos y respondió a su
pregunta: «¿Eres Rey? ‒ Como tú dices, sí, soy
Rey.» Jesús continuó inmediatamente: «Yo
nací y vine a este mundo para dar testimonio
de la verdad. Todo el que está de parte de la
verdad oye Mi voz.»
5
Para eso vino Jesús, para
hacer oír la verdad, y todo el que está de parte
de la verdad oye Su voz.
Pilatos, incrédulo, añade: «¿Qué es la ver-
dad?». Sin esperar respuesta, se levanta y se va.
Pero, ¡la verdad! Jesús la proclama a lo largo
de este escenario en el que es despreciado,
degradado y pisoteado como un gusano: «Yo
soy el Rey. Y los que son de la verdad, los que
son del partido de la verdad, oyen Mi voz,Me
comprenden y Me reconocen como su Rey.
Aquellos que quieren la verdad, que verdadera-
mente la desean, la reconocen. Ellos Me segui-
rán». Este es Nuestro deseo para este año:
Sigan la vía Real de Jesús. Contemplenle, suplí-
quenle. Diganle cuánto desean seguirlo y, sobre
todo, traten de olvidarse de sí mismos. Ese es
nuestro lema: hacer morir a su ego, a su yo.
Les leeré el texto completo de Santa María de
Jesús Crucificado en éxtasis:
«
El
ego
es
lo
que
pierde
el
mundo.
Los
que
tienen
ego
llevan
consigo
la
tris
-
teza
y
la
angustia.
No
se
puede
tener
a
Dios
y
al
ego
juntos.
Si
tienes
ego,
no
tie
-
nes
a
Dios;
y
si
tienes
a
Dios,
no
tienes
ego.
No
tienes
dos
corazones,
sólo
tienes
uno...
Tiene
éxito
en
todo,
la
persona
que
no
tiene
ego;
todo
le
satisface...
Donde
hay
ego,
no
hay
humildad,
ni
mansedum
-
bre,
ni
virtud.
Se
reza,
se
suplica,
y
la
oración
no
se
eleva,
no
llega
a
Dios...
Quien
no
tiene
ego
tiene
todas
las
virtu
-
des y la paz y la alegría.»
El ego es lo que pierde el mundo. Los que
tienen ego: es decir, los que están llenos de su
ego. Pero, ¿hay algo que habite en cada uno de
nosotros más que nuestro ego? ¿Cómo nos
libramos de nuestros egos? Porque es el yo el
que pierde el mundo. Y los que tienen ego lle-
van consigo tristeza y angustia. Escucha la
siguiente frase: No se puede tener a Dios y al
ego juntos. Cuanto más nos deshacemos de
este ego, de este yo, de este vano yo, y ponemos
a Jesús dentro, más nos convertimos en seres
divinos. Ese es el camino Real que les invito a
seguir este año.
Dios y el yo no pueden vivir juntos. Santa
María de Jesús Crucificado lo repite en tres fra-
ses que dicen lo mismo, y luego invierte las dos.
No se puede tener a Dios y al yo juntos. Es
imposible. Si tienes el yo, no tienes a Dios. Si
tienes a Dios, no tienes el yo. Los éxtasis de
Santa María de Jesús Crucificado eran divinos,
reales, ella no inventó esas palabras. Dios habló
realmente a través de ella.
Este mensaje se refiere a lo que podríamos
llamar la frase central del Evangelio. Si les
cuesta recordar todo el Evangelio, pueden resu-
mirlo en esta única palabra de Jesús: Si alguno
quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo,
tome su cruz cada día y sígame.
6
Cuando pro-
nunció estas palabras, todavía no había procla-
mado Su realeza. «Pero si alguno quiere
reconocerme y seguirme como su Rey, y quiere
ser Mi siervo, Mi discípulo, ser Mío, niéguese a
sí mismo. Que renuncie a sí mismo y Me siga».
Amor a Dios y al prójimo
Invito a los predicadores a desarrollar el
tema este año. ¡Un tema vasto! El ego es tan
vasto como la vanidad del hombre. El ego es
tan sagaz, sutil y astuto como el orgullo
humano. Dios mío, ¡qué sutil y cruel es ese ego!
Hermanos y hermanas, les invito a no compa-
decerse de su ego. Desenmascárenlo. Sean
todo amor a Dios, todo amor al prójimo. ¿Quie-
ren que su ego muera? Apliquen su corazón y
su mente a Jesús, a Dios y a su prójimo. Proba-
blemente ya han experimentado esto. Experi-
mentenlo cada vez más. Nos aplicamos por
agradar a Dios con la obediencia, con la práctica
del Evangelio y de los mandamientos, con la
sumisión humilde a los superiores, con el cum-
plimiento de los reglamentos y de los deberes.
Todo esto es buscar a Dios. Y el amor al pró-
jimo es como el primer mandamiento.
7
Aplí-
quense a esto, olvidando su ego, y tendremos
un año regio. ¡Así será un año santo!
Las lecciones de Jesús, nuestro Rey
Quisiera contemplar con ustedes el ejemplo
de Jesús, hacer un retrato de nuestro Rey en
este año del centenario de la fiesta de Su rea-
leza. ¿Cómo Se manifestó nuestro Rey? Mien-
tras el Niño Jesús estaba en el pesebre de Belén,
tres reyes de Oriente llegaron a Jerusalén y pre-
guntaron: «¿Dónde está el Rey de los judíos
que acaba de nacer? Hemos visto Su estrella y
hemos venido a adorarle.‒ ¿Cómo que un rey?»,
les respondieron. Dios, el gran Rey de los
judíos, nuestro Rey eterno, Se ha encarnado,
viene a manifestarse al hombre, y está tan
oculto y desconocido que nadie lo sabe. Des-
cendió a tal humildad que nada indica Su
venida, ¡nada! Así comienza Su reino, Su rei-
nado. Tenemos que estar muy atentos, herma-
nos míos, para captar las lecciones que nuestro
Rey nos da desde el pesebre, desde el principio
de Su venida a este mundo.
Intrigado, el rey Herodes convocó a los
sabios y escribas que conocían las Escrituras
sobre la venida del Mesías: «¡Oh, sí! Tiene que
nacer en Belén». Inmediatamente, nuestros
buenos Magos se dirigieron allí. Y, dice el Evan-
gelio ‒la frase es crucial‒, el rey Herodes se
turbó y toda Jerusalén con él. Mis queridos
hermanos y hermanas, ¡cuidado! ¿Es por la
gloria de Dios por lo que están perturbados?
Normalmente, la gloria de Dios no turba a
nadie. Llena de celo, pero no molesta. Cuando
estamos dispuestos a seguir a nuestro Rey, no
nos turbamos. Cuando el alma se turba, no es
de Dios. Si el problema no viene de Dios, ¿de
dónde viene? Del ego, del yo. De la autoestima.
Cuando el ego es ofendido, los seres humanos
se turban. Herodes está turbado, toda Jerusa-
lén está turbada. Acaba de nacer el Rey, están
turbados. El Hijo de Dios viene a este mundo y
ellos se turban, porque no están preparados
para seguirle. Por el contrario, cuando estamos
preparados para seguir a nuestro Rey, para
tomar el camino Real, no nos turbamos.
Los Magos no se turbaron, porque eran
almas rectas. Fueron a buscar a Jesús con la
sencillez de su corazón, sin pensamientos tor-
tuosos. Cuando nos dejamos llevar por toda
clase de consideraciones, cuando tomamos
caminos desviados, nos dejamos llevar por
nuestro orgullo. No estamos preparados para
seguir a nuestro Rey. Estamos preocupados por
toda clase de pequeños repliegues sobre noso-
tros mismos, a menudo no admitidos. Casi
siempre son pequeñas vanidades a las que no
queremos renunciar. Cuando sientan que la
angustia se apodera de su corazón, no miren
hacia otro lado, y en lugar de culpar a otra per-
sona, examinen cuidadosamente su corazón,
bajo la mirada de Dios: «Dios mío, si estoy tur-
bado, es porque algo en mí no está bien con
Vos, mi Rey.»
Nuestro Rey nos da hermosas lecciones, y es
interesante ponerlas en evidencia. En este año
Real, estudiarán Sus lecciones. He aquí otro
ejemplo de nuestro querido Jesús: Un día, nos
dice el Evangelio,
8
Jesús habló largamente a la
multitud sobre el reino de Dios. Era muy tarde
y se hacía de noche. Y Jesús Se compadeció.
«Tienen hambre. ¿Tenéis algo que darles de
comer?», preguntó a los Apóstoles. Encontra-
ron a un joven con cinco panes de cebada y dos
peces. Jesús alimentó a la multitud con cinco
panes de cebada y dos peces. El Evangelio dice
que había unos cinco mil hombres, sin contar
las mujeres y los niños. ¡Eso es mucha gente!
Si añadimos al menos igual cantidad de muje-
res, son diez mil. Y si contamos igual los niños,
son quince mil. Con toda probabilidad había
muchos más, pero mantengamos la cifra con-
servadora en unos quince mil.
La multitud estaba entusiasmada. Jesús les
habló del reino de Dios, como sóloÉl sabía
hacerlo. Multiplicó los panes. La reacción de la
multitud fue querer proclamarle rey. «¡Pero
mirad bien lo que Él hace! Es realmente el Hijo
de David anunciado por los profetas; es a Él a
quien esperamos». Está escrito en blanco y
negro en el Evangelio: las multitudes quieren
proclamarle rey. Así que Jesús insta a Sus
Apóstoles a marcharse: «Id, volved a la otra
orilla del lago». Mientras tanto, Jesús despide
a la multitud: «Es demasiado tarde para cere-
monias. Retírense». Él mismo Se retira a la
montaña y reza. ¡Qué lección! Este no es el
tipo de Rey que quiere ser, Su Reino no es de
este mundo.
9
Dios ha permitido todo este escenario para
instruir a las personas vanidosas. La mayoría
de los humanos aprovechan la menor oportuni-
dad para vanagloriarse, para elevarse y ser
valorados. Hacemos botín de la menor gloria,
nos alimentamos de ella. Hay algunas excep-
ciones a esta tentación, sobre todo los santos,
incluidos nuestros santos difuntos. Hablaba a
nuestros amigos del Padre Silvio,
10
que nunca
buscó ninguna ocasión para vanagloriarse; al
contrario, era un dechado de humildad y de
olvido de sí mismo.
Contemplen a Jesús, miren Sus ejemplos,
rueguenle. Se retiró a las montañas, oró. ¿Su
oración era para los vanidosos que vendrían?
Me pregunto. ¿Quizá rezaba por nosotros, para
que no cayéramos en ese maldito pecado de la
vanidad; para que dejáramos de intentar apro-
vechar al máximo cada oportunidad y de buscar
constantemente la estima de los que nos
rodean?
Mientras Jesús
rezaba, los Apóstoles
estaban en su bar-
quita. Se avecina una
tormenta. Dios ha
preparado todo este
escenario para ins-
truirnos. Los Apósto-
les siguen pensando
en la multitud que
quiere proclamar rey
a Jesús... No entien-
den realmente lo que
está pasando. Están atrapados en sus propios
egos. Ellos también están atrapados en sus
egos. Y llega la tormenta. Cuando están atra-
pados en su ego, se levantan tormentas, ¡y qué
tormentas son! Las peores tormentas del alma
ocurren cuando se desafía la vanidad. Mencio-
namos la agitación en Herodes y toda Jerusa-
lén…
La tormenta se desata sobre los Apóstoles.
Puede que no tengan un ego tan fuerte como los
demás, pero Dios ha permitido este escenario
para hacernos reflexionar, para hacernos pedir
Su sabiduría, Su manera de pensar. La tor-
menta que atraviesan los Apóstoles es la imagen
de las almas presas de su vanidad. Para la mul-
titud, se deja pasar, pero los Apóstoles fueron
elegidos por Dios. Para ellos era importante
que se despojen de su ego. A menudo la tor-
menta es necesaria para sacudirnos y hacernos
caer en la cuenta de que estamos llenos de amor
propio. La tormenta dura lo que dura. Nos
sacude.
Mientras tanto, Jesús reza. Y cuando, en Su
divina sabiduría, considera oportuno el
momento, sale al agua. Allí está el buen Pedro,
que aún no es santo: «Señor ‒Le dice‒, si sois
Vos, déjame ir hacia Vos». Y Pedro comienza a
caminar sobre las aguas. Al cabo de unos pasos,
se da cuenta de que está a medio camino: Jesús
delante de él y la barca detrás. «Dios mío,
Señor, ¿qué está pasando?». Empezando a
dudar, comienza a hundirse en el agua.
«¡Señor, ayudadme!» Y Jesús lo saca del agua y
lo vuelve a subir a la barca. En cuanto Jesús
subió a la barca ‒dice el Evangelio‒, cesó el
viento, y enseguida se encontraron donde iban.
¡Es curioso! Cuando consiguen deshacerse
de su ego, cuando lo eliminan y ponen a Jesús
en su lugar, llegan a su destino. Dios puede
obrar a través de ustedes, y se convierten en un
instrumento útil. Su reino se establece. Ese es
el tipo de siervo que está buscando. Esa es la
clase de discípulo, la clase de apóstol que nues-
tro Rey necesita.
Dios puede actuar a través de usted, y usted
se convierte en un instrumento útil. Su reino se
está estableciendo. Ese es el tipo de siervo que
está buscando. Esa es la clase de discípulo, la
clase de apóstol que nuestro Rey necesita. Así
es como Él establece Su reino: sobre la ruina de
nuestro ego. Desafortunadamente, los seres
humanos tienen que pasar por muchas tormen-
tas para deshacerse de su ego.
Siempre es la misma lógica. Por eso les
recuerdo las circunstancias que rodean la rea-
leza de Jesús desde el pesebre, pasando por los
Reyes Magos. Los que no quieren el reinado de
Jesús, los soberbios, están turbados.
Como acabo de decir, la siguiente ocasión en
la que Jesús habla de Su realeza es ante Pilatos.
¿Eres Rey? ‒ Soy Rey, he nacido, he venido a
este mundo para dar testimonio de la verdad.
Quien está del lado de la verdad escucha Mi
voz.
Después que Jesús Se proclamó Rey ante
Pilatos, ese Lo envió a Herodes, quien Lo hizo
vestir con una túnica blanca para su diversión.
En aquella época, las túnicas blancas se usaban
para identificar a los locos. El Evangelio dice
que Herodes y toda su guardia despreciaron a
Jesús y se burlaron de Él.
11
Les cuento todo
esto para sacar a la luz a nuestro Rey, para invi-
tarles a seguirle.
Es difícil encontrar las palabras adecuadas
para describir a Herodes, ese hombre vil que se
burló de Jesús; Lo vistió de blanco para ridiculi-
zarlo, para escarnecerlo, para burlarse de Él.
¡Cuidado, hermanos míos! Cuando cedemos
a nuestro ego, nuestro amor propio puede lle-
varnos a lo más bajo. No debemos darnos
ninguna oportunidad; debemos ser despiadados
con nuestro pequeño yo.
Entonces Herodes envía a Jesús de vuelta a
Pilatos. El gobernador romano busca una
salida. Pensando apaciguar el odio de la multi-
tud, Pilatos les presenta a Jesús diciendo:
«¿Queréis que os suelte al Rey de los judíos?
¿Cuál queréis? ¿A Barrabás, el mayor criminal
de Palestina, o a Jesús, vuestro Rey? ‒ A Barra-
bás. Barrabás, ¡y Ese, crucifícalo!»
12
Así trata-
ron a Jesús. «¡No queremos a ese Rey!» Dios
mío, ¡qué lección tan terrible!
Lo repito: si cedemos a nuestra vanidad y no
la atacamos de frente, si no ponemos el hacha
en la raíz del árbol de esta vanidad, de este ego,
acabamos eligiendo a Barrabás. «No queremos
a ese Rey», gritaba la multitud. No queremos
que reine sobre nosotros.
13
¡Él, no! Este no es el
tipo de Rey que soñamos. Así no es como lo
queremos». Lo que el pueblo hizo entonces,
todo ser humano se ve amenazado, si no está en
guardia, si no se cuida del enemigo. El ego es
lo que pierde el mundo…
Volvamos a Pilatos, que ya no sabe qué
hacer. Quiere encontrar algún expediente: va a
hacer castigar a Jesús y luego Le dejará libre.
Así que Lo entrega a los soldados, que Lo llevan
a su cuartel para azotarlo. Empiezan por des-
pojarle de Sus ropas. Si quieren seguir a su
Rey, hermanos míos, en este año real, despo-
jense de su ego. Despojense de su ego.
Para burlarse de Él, los soldados visten a
Jesús con un manto escarlata: «¿Quieres ser
rey?Bien». Ese manto escarlata no es más que
un trapo viejo encontrado en algún rincón, pro-
bablemente todo manchado. «¿Eres rey? Un
rey necesita una corona». Coronan a Jesús con
espinas. La corona de espinas es el símbolo por
excelencia de la ignominia de Nuestro Señor
Jesucristo. Fue el emblema de Nuestro prede-
cesor, Gregorio XVII, y es también el Nuestro.
Nuestro Padre Juan Gregorio tenía este deseo
apasionado de seguir a Jesús, despreciado y
degradado. Siguiendo sus huellas, también
Nosotros tenemos este deseo, y queremos
comunicarles a ustedes mis queridos hermanos
y hermanas, este mismo deseo apasionado de
seguir a nuestro Rey.
Después de haber vestido a Jesús con una
túnica escarlata y de haberlo coronado de espi-
nas, Sus verdugos Le pusieron en la mano
derecha una caña, un cetro, como a un rey. Le
hicieron genuflexiones irrisorias y se burlaron
de Él. Así se relata en el Evangelio. ¿Por qué
todas estas afrentas? Porque es REY. Y es con
burla y escarnio diabólico que los soldados pro-
claman Su realeza: «¡Salve, Rey de los judíos,
Salve, Rey!»
14
Hermanos míos, éste es nuestro
Rey. Es a Él a quien debemos seguir.
Después de que Jesús hubiera sido escarne-
cido con tal ignominia, fue llevado de nuevo
ante Pilatos. El gobernador Lo presentó a la
multitud, diciendo: «He aquí el Hombre».
15
El
gran profeta Isaías había descrito al Hombre, el
Varón de dolores,
16
el Hombre que Se converti-
ría en el Mesías anunciado en las profecías.
Este es el Hombre que el mundo ha estado
esperando durante siglos, el Hijo de Dios hecho
Hombre.
Hermanos míos, es a este Rey a quien segui-
mos, es a Él a quien los invito a imitar de modo
especial durante este Año Santo. Que sea santo
en todos los sentidos de la palabra. Y vosotros,
queridos amigos, al volver cada uno a su hogar,
comuniquenlo a los que les rodean. Diganles
que estamos haciendo del 2025 un año santo,
que vamos a seguir a Jesús. Ustedes lo harán
mucho mejor que yo. Incluso ese chico que está
en la audiencia puede hacerlo. Algunos de sus
amigos lo entenderán mejor si lo dice con las
palabras de su edad y no como yo lo digo. Les
invito a todos los que puedan a comunicar estas
verdades a los que les rodean. Comuniquenlo
ante todo a su corazón, a su alma, en la oración,
en la súplica. Juntos, queremos seguir a nues-
tro Rey.
La historia del joven Gastón
Permítenme que les
cuente una pequeña his-
toria que les interesará.
Un día, un joven de 15 o
16 años preguntó a su
padre si podía hacerse
monje. El chico en cues-
tión era muy dotado, el
primero de su clase en
todas partes, había reci-
bido diplomas, incluso había recibido una
medalla del Teniente-Gobernador como mejor
alumno de la región. Cuando pidió a su padre
para hacerse fraile, éste le contestó:
«¿Quieres ser un fraile? Con el talento que
tienes, podrías llegar lejos… ¡Ve al seminario!
Te ordenarán sacerdote. Luego, brillante como
eres, llegarás a obispo, y además famoso. ¡No
un hermano, muchacho! Sé que amas la reli-
gión. Lo he visto por mucho tiempo, desde que
eras un muchachito. Eres un auténtico devoto,
estás desgastando los bancos de la iglesia, ¡esta-
mos a punto de recibir una factura de la
fábrica,
17
por el desgaste de los bancos! Sé que
amas la religión, pero si amas tanto la religión,
¡no seas fraile! Sabes, hijo mío, si me encuentro
con un perro y un fraile al mismo tiempo,
saludo antes al perro que al fraile», le dijo el
padre al niño llamado Gastón. Y el joven Gas-
tón respondió:
«Papá, precisamente por eso quiero ser
fraile.
‒
¿Qué? dice su padre, ¡qué!
‒
Por eso quiero ser fraile, porque me aca-
bas de decir que si te encuentras con un perro y
un fraile, saludas antes al perro que al fraile.
‒
¿Qué quieres decir con eso?
‒
Porque quiero ser menos que el perro.
‒
¿Quieres ser menos que el perro? ¿Qué te
pasa, hijo mío?
‒
Papá, tú me enseñaste la religión; mamá,
el cura, el catequista, todos me enseñaron.
Dios, el Hijo de Dios, vino a la tierra y Se rebajó
hasta el hombre. La distancia entre Dios y el
hombre es inconmensurable. No sólo hizo esto,
sino que, una vez que asumió la condición de
hombre, fue pisoteado por los hombres como
un gusano. Fue despreciado, arrastrado por el
fango, escupido y murió como un criminal.
¡Jesús, Dios mismo! Ustedes me enseñaron
eso. Creo profundamente, papá, que si llego a
ser menos que un perro, estoy haciendo mucho
menos de lo que hizo Jesús, y Jesús es mi
modelo. Quiero tanto ser como Él, es la pasión
de mi vida. Quiero ser como mi Modelo.
‒
Ah ‒dijo el padre‒, si eso es lo que quie-
res, adelante, hijo mío, hazte fraile.»
El joven Gaston Tremblay se convirtió en el
Hermano Juan Grande en la Orden de los Her-
manos Hospitalarios de San Juan de Dios, y el
Hermano Juan Grande se convirtió en el Padre
Juan de la Trinidad que a su vez se convirtió en
el Padre Juan Gregorio XVII. ¿Entienden por
qué les cuento esta historia? Dios puso en el
corazón de este niño esta insigne luz de la gran-
deza de la humildad, de la grandeza del despre-
cio, de la grandeza de la abyección. Había
comprendido que éste es el principal ejemplo
que nuestro Dios, nuestro Rey, nuestro Jesús
nos ha dado, que éste es el principal ejemplo
que debemos seguir. Dios había puesto esta luz
en el corazón de este niño, de este joven, porque
estaba destinado a fundar esta comunidad de
los Últimos Tiempos y a estar a la cabeza de la
Iglesia renovada.
Enamorado de Dama Humildad
Para finalizar el año 2024, las hermanas han
escenificado algunos episodios de la vida de San
Francisco de Asís. Siendo aún joven, en el pro-
ceso de su conversión, Francisco tuvo una
visión de lo que él llamaba la Dama Pobreza.
La pobreza se le presentó bajo la forma de una
joven llena de atractivos y encantos. Compren-
dió que era la pobreza lo que Jesús había abra-
zado y así se enamoró de Dama Pobreza. Y con
ella renovó la Iglesia de su tiempo (siglo XIII).
Hermanos, me gustaría trazar aquí un para-
lelismo. Dios habló al alma, al corazón de
nuestro Padre Juan Gregorio XVII. Y fue Dama
Humildad la que se le manifestó, Dama Abyec-
ción, Dama Desprecio Universal, Dama Recha-
zada, Dama vejada, Dama Abnegación, la que se
olvidó de sí misma para dar todo el espacio a
Jesús. El Padre Juan Gregorio se dejó seducir
por ella. Ella fue la brújula de toda su vida, su
guía, su luz.
Fue a través de esta luz que Dios quiso
comenzar la renovación de la Iglesia, que ‒y
creo que todos estamos de acuerdo en esto‒ se
encuentra hoy en un estado mucho más lamen-
table que en la época de San Francisco de Asís,
hace 800 años. Dios mostró a nuestro Padre
Juan Gregorio Señora Humildad, y a través de
ella la imagen, la figura de Jesús, este Jesús
rebajado, este Jesús degradado, este Jesús que
Se humilló: nuestro Rey. El Padre Juan se ena-
moró de su Rey degradado y quiso seguirle.
Esta es mi invitación, mi deseo, mi lema para
este año.
He aquí el texto del Apocalipsis que la Iglesia
ha insertado en la liturgia de la Misa del
domingo de Cristo Rey: Digno es el Cordero
que fue inmolado… El Cordero es el Rey inmo-
lado que acabo de describirles. Nuestra reli-
gión, el Evangelio, las enseñanzas de Dios, todo
es uno. Es siempre la misma y única enseñanza
que es la misma en todas partes. Jesús le dijo a
Pilatos: ¡Tú lo dices, Yo soy Rey! He nacido, he
venido a este mundo para dar testimonio de la
Verdad. Quien está del lado de la Verdad escu-
cha Mi voz. Y para los que oyen esa voz, viene
el Reino de Dios.
El Cordero inmolado ‒este Rey inmolado‒ es
digno de recibir el poder, la divinidad, la sabi-
duría, la fuerza y el honor. A Él sea la gloria y
el poder por los siglos de los siglos.
18
Su reino
vendrá, hermanos míos, si seguimos a este Cor-
dero inmolado, nuestro Rey. Jesús hablaba a la
multitud del Reino de Dios. Su reino está lle-
gando. Dios manifestará Su poder, Su divini-
dad, Su sabiduría y Su fuerza. Su honor será
exaltado. A Él la gloria y el poder por los siglos
de los siglos. Amén.
¡Santo año! Queridos amigos, queridos her-
manos, queridas hermanas, les deseo un año
Real en toda la fuerza de la palabra que acaban
de escuchar. Es el camino de la Realeza de
Jesucristo.
Bendición
Pedimos a Jesús, nuestro Rey, que haga des-
cender Su bendición sobre cada uno de los
presentes hoy aquí, sobre todos nuestros her-
manos y hermanas en todo el mundo, en nues-
tras misiones, especialmente sobre los que
están más solos en este día de Año Nuevo.
Pedimos a nuestro Rey que venga y bendiga a
cada uno de nosotros, a nuestros hogares cená-
culos, a todos aquellos que están unidos a
nosotros en corazón, alma y espíritu. Le pedi-
mos a nuestro Rey que los bendiga. Le pedi-
mos, por cada uno de vosotros, que nos
comunique Su espíritu, que nos dé Sus pensa-
mientos. Que cada uno de nosotros, este año,
siga a nuestro Rey en todos Sus caminos.
Bendición del Padre Mathurín de la
Madre de Dios
en la misa de medianoche de
Navidad 2024
Queridos hermanos y hermanas, queridos
amigos, Deseamos bendecir todas nuestras
misiones, a cada uno de nuestros misioneros,
especialmente a nuestros hermanos o hermanas
que estan en misiones más solitarias, que pue-
den estar pasando este día de Navidad en
soledad. Pedimos al Niño Jesús que los ben-
diga, que los visite, que Se muestre a ellos.
Queremos bendecir nuestros hogares cená-
culo, a todos nuestros amigos, a todos los que
nos apoyan de cualquier manera.
Tenemos un pensamiento especial durante
esta bendición para aquellos que sufren por la
Fe. ¡Cuántos cristianos sufren hoy en todo el
mundo! ¡Cuántos están desamparados! Cuán-
tos son perseguidos moralmente, perseguidos
físicamente. Hay países donde los cristianos
son perseguidos y torturados. Nuestros pensa-
mientos están especialmente con ellos.
Bendecimos también a todos los pobres. Los
pobres han sido siempre el pueblo elegido de
Jesús, pero especialmente en este día de Navi-
dad. Los pobres, los pequeños, los humildes,
los presos, los enfermos, los inválidos que
sufren de todas las maneras en el cuerpo y en el
alma.
Pensamos en ellos, pedimos al Niño Jesús
que bendiga a cada uno.
En el corazón de los que dudan, que Él rea-
viva la fe, la fe en Su amor. Este año, hemos
pensado mucho en san Francisco de Asís, que
gritaba: El amor no es amado. Había visto y
comprendido el amor de Dios. Pero hay almas
que dudan. ¡Qué sufrimiento! Quieren tener
fe, pero sufren. Pedimos al Niño Jesús que sea
su luz. Sólo Él puede dar luz.
Un Año Santo, o Jubileo, es un periodo especial en la
Iglesia, que va de Navidad a Navidad, y que generalmente
se repite cada veinticinco años. Este tiempo de gracia se
caracteriza por un aumento de la oración, la penitencia y las
manifestaciones religiosas, así como por la concesión de
una indulgencia plenaria general, sujeta a ciertas prácticas
prescritas por la Iglesia.
2
Santa María de Jesús Crucificado, Paroles et éléva-
tions (Palabras y Elevaciones).
3
Cf. Apocalipsis 12, 4
4
De hecho, es a partir de esta desastrosa caída de
nuestros primeros padres que todos nacemos con el pecado
original.
5
Cf. S. Juan 18, 33-38
6
Cf. S. Mateo 16, 24; S. Marcos 8, 34; S. Lucas 9, 23
7
Cf. S. Mateo 22, 37-39: Amarás al Señor tu Dios con
todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.
Este es el más grande y el primer mandamiento. Pero el
segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti
mismo.
8
Cf. S. Mateo 2, 1-6 y sig.
9
Cf. S. Juan 18, 36
10
Padre Silvio del Corazón de la Inmaculada, O.D.M.
(1934-2021), nacido Sylvio Salvas. Murió en olor de santi-
dad en Guadalupe, donde era misionero.
11
Cf. S. Lucas 23, 11
12
Cf. S. Mateo 27, 15-26; S. Marcos 15, 6-15; S. Lucas
23, 13-25; S. Juan 18, 39-40
13
Cf. S. Lucas 19, 14
14
Cf. S. Mateo 27, 29
15
S. Juan 19, 5
16
Cf. Isaias 53, 1-7
17
La fábrica está formada por los ecónomos, los conse-
jeros parroquiales, que mantienen y administran la iglesia.
18
Cf. Apocalipsis 5, 12 y 13
Lema
y
Deseo
para
el año
2025