de la fe y de la verdad para la conservación

Olvido de sí mismo,

para Seguir a Jesús nuestro Rey en Su Vía Real

por Padre Mathurín de la Madre de Dios En el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo y de la Madre de Dios. Amén. En este primer día del Año Nuevo, saludo en primer lugar a nuestro Padre Eterno, a quien pertenecen todo honor y toda gloria, como acabamos de rezarle en la liturgia. Cada 25 años, la Iglesia proclama un Año Santo. Para marcar la ocasión, en la basílica de San Pedro de Roma se abre la puerta santa, que mientras tanto permanece sellada, gesto simbólico que da expresión tangi- ble a la apertura del año santo. 1 Un año santo, como dice la palabra, es un año santificado. Ya habíamos hecho del 2024 un año santo para conmemorar el 800 aniversario de la estigmatización de San Francisco de Asís. En respuesta al deseo que expresamos, muchos de entre ustedes hicieron el Vía Crucis todos los viernes. Espontánea y generosamente, todos los que han podido han hecho el Vía Crucis en la mon- taña, en toda clase de condiciones y con mal tiempo. Gracias, hermanos y hermanas. Creo que el amor a los sufrimientos de Jesús por nosotros ha crecido en sus corazones a través de este ejercicio del Vía Crucis. Así que éste ha sido un año santo. Pues bien, les invito a hacer del 2025 un año aún más santo. Es posible, más santo siempre es posible. Cuando Dios da la vida a Su hijo, es porque lo ha destinado a más. Y cada momento de nuestras vidas que Dios nos presta es porque nos destina para más. Desde el principio de los tiempos, los ministros de la Iglesia nos han presentado la religión de todo tipo de maneras, pero en el fondo siempre es la misma enseñanza: Jesús vino, nos mostró el camino del Cielo, nos lo predicó, y luego murió, dándonos un ejemplo luminoso de lo que espera de nosotros. Este año, 2025, marca otro aniversario, y es bajo esta luz que vamos a motivarnos aún más para santifi- carlo. En 1925, el Papa Pío XI instituyó la fiesta de Cristo Rey, fijándola para el último domingo de octubre. Así que hace cien años que se instauró en la Iglesia la fiesta de la realeza de Nuestro Señor Jesucristo. Para los amantes de las bellas fórmulas, les invito a hacer del 2025 un año santo Real, Real a la manera de nuestro Rey Jesús.

Lema y Deseos

Este año, les deseamos esto: que Jesús sea verdaderamente nuestro Rey. Les deseo, hermanos y hermanas, que cada uno de ustedes, en su corazón, desee ardientemente ser el verdadero servidor, el verdadero discípulo de nuestro Rey Jesús. Para lograrlo, les doy un lema que puede parecer bastante sencillo: EL OLVIDO DE SÍ MISMO. Santa María de Jesús Crucificado dijo en éxtasis: «El yo el ego es lo que pierde el mundo». 2 Por eso les damos este lema: olvido de sí mismo. Que cada uno de ustedes se esfuerce este año por olvidarse de sí mismo. Que cada uno de ustedes se esfuerce por olvidar su ego, en todas sus acciones, pero sobre todo en sus pensamientos. Como saben, las mismas ideas surgen una y otra vez, y si repito a menudo esta misma historia de nuestros orígenes, es para que quede firmemente grabada en nuestra mente y en nuestro corazón, para que esta noción guíe toda nuestra vida. Antes de que Lucifer fuera la Serpiente, el ángel réprobo, era el ángel más hermoso que Dios había creado. Pero cuando Dios le presentó Su plan para la Encarnación del Verbo, la autoestima de Lucifer, su ego, quedó contrariado, herido y trastornado. Esto provocó su «non serviam, no serviré, no acepto esto». El amor desmedido a su yo, a su ego, llevó a Lucifer a rebelarse contra Dios, y el Apocalipsis nos dice que dirigió a un tercio de los ángeles en este mismo movimiento de rebelión. 3 Esto hizo el infierno. Cuando el hombre fue finalmente creado, Satanás le indujo al mismo vicio: el amor propio. «Dios no quiere que toquéis la manzana, porque si coméis de este fruto prohibido, seréis como dioses, seréis iguales a Él». Adán y Eva vivían en una intimidad, una familiaridad con Dios, nuestro Padre del Cielo. Sin embargo, la Serpiente ¡una serpiente! consiguió hundirlos halagando su ego, su autoestima. La artimaña de Satanás funcionó de maravillas con nuestros primeros padres, que no tenían pecado original. 4 Cuando nuestros primeros padres cayeron en pecado al morder la manzana, fue como si la Serpiente les hubiera mordido. Les mordió el veneno del amor propio, de la vanidad por su personita, su ego. El mismo orgullo que perdió a Satanás y a los ángeles perdió a nuestros primeros padres. Este orgullo de la criatura libre es casi un misterio. Y, sin embargo, todos lo experimentamos, todos lo llevamos dentro. Repito la pequeña frase dicha por Santa María de Jesús Crucificado en éxtasis: «El ego es lo que pierde el mundo». Cuando vemos lo que ha sucedido desde el principio y a lo largo de los siglos, no necesitamos un éxtasis para comprender esta gran verdad de que, efectivamente, es el orgullo, el ego lo que está perdiendo el mundo.... Pero si Dios nos lo recuerda a través de un éxtasis, es porque los humanos estamos cegados y engañados, tanto por nuestra frivolidad como por nuestro ego excesivo, que perjudica nuestro juicio. Cada uno de nosotros considera que su ego es muy especial, muy singular. A veces, incluso con demasiada frecuen- cia, pensamos que nuestro ego es mejor que el del vecino. Peor aunque, no lo admitamos ante nosotros mismos, la voluntad de Dios, Sus proyectos, Sus planes se contraponen a nuestro ego. Nuestro ego lo evalúa todo.

Jesús, nuestro gran Modelo

El gran Modelo, aquí como en otras partes, que nos motiva a practicar todas las virtudes, pero especialmente la de la abnegación, es Jesús, el Redentor, el Reparador. Él es el testigo del pecado del hombre; es Él quien es ofendido. Él nos ve caer en esta estupidez. Es la palabra más caritativa que podemos utilizar, por- que en realidad somos bastante estúpidos, nos comportamos como idiotas. Es precisamente por nuestra falta de inteligencia por lo que Dios nos muestra Su misericordia. Está claro que somos mucho más estúpidos que la Serpiente, porque no tuvo derecho a la miseri- cordia de Dios. Pero, ¿qué puedo decir? Nuestro Dios tiene misericordia de nosotros. Reconozcamos al menos que carecemos de inteligencia. Para sacarnos de nuestro fango, Jesús viene a mostrarnos el camino real. ¿Se recuerdan la ocasión en que Jesús proclamó Su realeza? Es precisamente el Evangelio de la Misa del domingo de Cristo Rey. La multitud de judíos arrastró a Jesús ante el tribunal de Pilatos, que Le preguntó: «Dicen que Tú eres rey, ¿realmente eres rey? respondió Jesús, sí, soy Rey. Desde el día anterior, Sus enemigos y toda esa gente Le han estado atacando. Jesús fue golpeado pública- mente por los siervos ante el tribunal de Caifás y Ana. Pasó la noche en el calabozo. Los soldados no se moderaron, Le golpearon, Le abofetearon, Le escupieron y cosas peores. Durante toda la noche Le insultaron y golpearon. Los insultos que lanzaron contra nuestro Dios, contra nuestro Jesús, fueron abominables. Lo que han hecho es abominable. Con esta pompa y circunstancia Se presentó Jesús ante Pilatos y respondió a su pregunta: «¿Eres Rey? Como tú dices, sí, soy Rey.» Jesús continuó inmediatamente: «Yo nací y vine a este mundo para dar testimonio de la verdad. Todo el que está de parte de la verdad oye Mi voz.» 5 Para eso vino Jesús, para hacer oír la verdad, y todo el que está de parte de la verdad oye Su voz. Pilatos, incrédulo, añade: «¿Qué es la verdad?». Sin esperar respuesta, se levanta y se va. Pero, ¡la ver- dad! Jesús la proclama a lo largo de este escenario en el que es despreciado, degradado y pisoteado como un gusano: «Yo soy el Rey. Y los que son de la verdad, los que son del partido de la verdad, oyen Mi voz,Me comprenden y Me reconocen como su Rey. Aquellos que quieren la verdad, que verdaderamente la desean, la reconocen. Ellos Me seguirán». Este es Nuestro deseo para este año: Sigan la vía Real de Jesús. Contem- plenle, suplíquenle. Diganle cuánto desean seguirlo y, sobre todo, traten de olvidarse de sí mismos. Ese es nuestro lema: hacer morir a su ego, a su yo. Les leeré el texto completo de Santa María de Jesús Crucificado en éxtasis: « El ego es lo que pierde el mundo. Los que tienen ego llevan consigo la tristeza y la angustia. No se puede tener a Dios y al ego juntos. Si tienes ego, no tienes a Dios; y si tienes a Dios, no tienes ego. No tienes dos corazones, sólo tienes uno... Tiene éxito en todo, la persona que no tiene ego; todo le satisface... Donde hay ego, no hay humildad, ni mansedumbre, ni virtud. Se reza, se suplica, y la ora - ción no se eleva, no llega a Dios... Quien no tiene ego tiene todas las virtudes y la paz y la alegría.» El ego es lo que pierde el mundo. Los que tienen ego: es decir, los que están llenos de su ego. Pero, ¿hay algo que habite en cada uno de nosotros más que nuestro ego? ¿Cómo nos libramos de nuestros egos? Por- que es el yo el que pierde el mundo. Y los que tienen ego llevan consigo tristeza y angustia. Escucha la siguiente frase: No se puede tener a Dios y al ego juntos. Cuanto más nos deshacemos de este ego, de este yo, de este vano yo, y ponemos a Jesús dentro, más nos convertimos en seres divinos. Ese es el camino Real que les invito a seguir este año. Dios y el yo no pueden vivir juntos. Santa María de Jesús Crucificado lo repite en tres frases que dicen lo mismo, y luego invierte las dos. No se puede tener a Dios y al yo juntos. Es imposible. Si tienes el yo, no tienes a Dios. Si tienes a Dios, no tienes el yo. Los éxtasis de Santa María de Jesús Crucificado eran divinos, reales, ella no inventó esas palabras. Dios habló realmente a través de ella. Este mensaje se refiere a lo que podríamos llamar la frase central del Evangelio. Si les cuesta recordar todo el Evangelio, pueden resumirlo en esta única palabra de Jesús: Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame. 6 Cuando pronunció estas palabras, todavía no había proclamado Su realeza. «Pero si alguno quiere reconocerme y seguirme como su Rey, y quiere ser Mi siervo, Mi discípulo, ser Mío, niéguese a sí mismo. Que renuncie a sí mismo y Me siga».

Amor a Dios y al prójimo

Invito a los predicadores a desarrollar el tema este año. ¡Un tema vasto! El ego es tan vasto como la vani- dad del hombre. El ego es tan sagaz, sutil y astuto como el orgullo humano. Dios mío, ¡qué sutil y cruel es ese ego! Hermanos y hermanas, les invito a no compadecerse de su ego. Desenmascárenlo. Sean todo amor a Dios, todo amor al prójimo. ¿Quieren que su ego muera? Apliquen su corazón y su mente a Jesús, a Dios y a su prójimo. Probablemente ya han experimentado esto. Experimentenlo cada vez más. Nos aplicamos por agradar a Dios con la obediencia, con la práctica del Evangelio y de los mandamientos, con la sumisión humilde a los superiores, con el cumplimiento de los reglamentos y de los deberes. Todo esto es buscar a Dios. Y el amor al prójimo es como el primer mandamiento. 7 Aplíquense a esto, olvidando su ego, y tendre- mos un año regio. ¡Así será un año santo!

Las lecciones de Jesús, nuestro Rey

Quisiera contemplar con ustedes el ejemplo de Jesús, hacer un retrato de nuestro Rey en este año del cen- tenario de la fiesta de Su realeza. ¿Cómo Se manifestó nuestro Rey? Mientras el Niño Jesús estaba en el pesebre de Belén, tres reyes de Oriente llegaron a Jerusalén y preguntaron: «¿Dónde está el Rey de los judíos que acaba de nacer? Hemos visto Su estrella y hemos venido a adorarle. ¿Cómo que un rey?», les respondie- ron. Dios, el gran Rey de los judíos, nuestro Rey eterno, Se ha encarnado, viene a manifestarse al hombre, y está tan oculto y desconocido que nadie lo sabe. Descendió a tal humildad que nada indica Su venida, ¡nada! Así comienza Su reino, Su reinado. Tenemos que estar muy atentos, hermanos míos, para captar las lecciones que nuestro Rey nos da desde el pesebre, desde el principio de Su venida a este mundo. Intrigado, el rey Herodes convocó a los sabios y escribas que conocían las Escrituras sobre la venida del Mesías: «¡Oh, sí! Tiene que nacer en Belén». Inmediatamente, nuestros buenos Magos se dirigieron allí. Y, dice el Evangelio la frase es crucial, el rey Herodes se turbó y toda Jerusalén con él. Mis queridos herma- nos y hermanas, ¡cuidado! ¿Es por la gloria de Dios por lo que están perturbados? Normalmente, la gloria de Dios no turba a nadie. Llena de celo, pero no molesta. Cuando estamos dispuestos a seguir a nuestro Rey, no nos turbamos. Cuando el alma se turba, no es de Dios. Si el problema no viene de Dios, ¿de dónde viene? Del ego, del yo. De la autoestima. Cuando el ego es ofendido, los seres humanos se turban. Herodes está turbado, toda Jerusalén está turbada. Acaba de nacer el Rey, están turbados. El Hijo de Dios viene a este mundo y ellos se turban, porque no están preparados para seguirle. Por el contrario, cuando estamos prepa- rados para seguir a nuestro Rey, para tomar el camino Real, no nos turbamos. Los Magos no se turbaron, porque eran almas rectas. Fueron a buscar a Jesús con la sencillez de su cora- zón, sin pensamientos tortuosos. Cuando nos dejamos llevar por toda clase de consideraciones, cuando tomamos caminos desviados, nos dejamos llevar por nuestro orgullo. No estamos preparados para seguir a nuestro Rey. Estamos preocupados por toda clase de pequeños repliegues sobre nosotros mismos, a menudo no admitidos. Casi siempre son pequeñas vanidades a las que no queremos renunciar. Cuando sientan que la angustia se apodera de su corazón, no miren hacia otro lado, y en lugar de culpar a otra persona, examinen cuidadosamente su corazón, bajo la mirada de Dios: «Dios mío, si estoy turbado, es porque algo en mí no está bien con Vos, mi Rey.» Nuestro Rey nos da hermosas lecciones, y es interesante poner- las en evidencia. En este año Real, estudiarán Sus lecciones. He aquí otro ejemplo de nuestro querido Jesús: Un día, nos dice el Evangelio, 8 Jesús habló largamente a la multitud sobre el reino de Dios. Era muy tarde y se hacía de noche. Y Jesús Se compadeció. «Tienen hambre. ¿Tenéis algo que darles de comer?», preguntó a los Apóstoles. Encontraron a un joven con cinco panes de cebada y dos peces. Jesús alimentó a la multitud con cinco panes de cebada y dos peces. El Evangelio dice que había unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños. ¡Eso es mucha gente! Si añadimos al menos igual cantidad de mujeres, son diez mil. Y si contamos igual los niños, son quince mil. Con toda probabilidad había muchos más, pero mantengamos la cifra conservadora en unos quince mil. La multitud estaba entusiasmada. Jesús les habló del reino de Dios, como sóloÉl sabía hacerlo. Multiplicó los panes. La reac- ción de la multitud fue querer proclamarle rey. «¡Pero mirad bien lo que Él hace! Es realmente el Hijo de David anunciado por los profetas; es a Él a quien esperamos». Está escrito en blanco y negro en el Evangelio: las multitudes quieren proclamarle rey. Así que Jesús insta a Sus Apóstoles a marcharse: «Id, volved a la otra orilla del lago». Mientras tanto, Jesús despide a la multitud: «Es demasiado tarde para ceremonias. Retírense». Él mismo Se retira a la montaña y reza. ¡Qué lección! Este no es el tipo de Rey que quiere ser, Su Reino no es de este mundo. 9 Dios ha permitido todo este escenario para instruir a las personas vanidosas. La mayoría de los humanos aprovechan la menor oportunidad para vanagloriarse, para elevarse y ser valorados. Hacemos botín de la menor gloria, nos alimentamos de ella. Hay algunas excepciones a esta tentación, sobre todo los santos, incluidos nuestros santos difuntos. Hablaba a nuestros amigos del Padre Silvio, 10 que nunca buscó ninguna ocasión para vanagloriarse; al contrario, era un dechado de humildad y de olvido de sí mismo. Contemplen a Jesús, miren Sus ejemplos, rueguenle. Se retiró a las montañas, oró. ¿Su oración era para los vanidosos que vendrían? Me pregunto. ¿Quizá rezaba por nosotros, para que no cayéramos en ese mal- dito pecado de la vanidad; para que dejáramos de intentar aprovechar al máximo cada oportunidad y de buscar constantemente la estima de los que nos rodean? Mientras Jesús rezaba, los Apóstoles estaban en su barquita. Se avecina una tormenta. Dios ha preparado todo este escenario para instruirnos. Los Apóstoles siguen pensando en la multitud que quiere proclamar rey a Jesús... No entienden realmente lo que está pasando. Están atrapados en sus propios egos. Ellos también están atrapados en sus egos. Y llega la tormenta. Cuando están atrapados en su ego, se levantan tormentas, ¡y qué tormentas son! Las peores tormentas del alma ocurren cuando se desafía la vanidad. Mencionamos la agitación en Herodes y toda Jerusalén… La tormenta se desata sobre los Apóstoles. Puede que no tengan un ego tan fuerte como los demás, pero Dios ha permitido este escenario para hacernos reflexionar, para hacernos pedir Su sabiduría, Su manera de pensar. La tormenta que atraviesan los Apóstoles es la imagen de las almas presas de su vanidad. Para la multitud, se deja pasar, pero los Apóstoles fueron elegidos por Dios. Para ellos era importante que se despo- jen de su ego. A menudo la tormenta es necesaria para sacudirnos y hacernos caer en la cuenta de que estamos llenos de amor propio. La tormenta dura lo que dura. Nos sacude. Mientras tanto, Jesús reza. Y cuando, en Su divina sabidu- ría, considera oportuno el momento, sale al agua. Allí está el buen Pedro, que aún no es santo: «Señor Le dice, si sois Vos, déjame ir hacia Vos». Y Pedro comienza a caminar sobre las aguas. Al cabo de unos pasos, se da cuenta de que está a medio camino: Jesús delante de él y la barca detrás. «Dios mío, Señor, ¿qué está pasando?». Empezando a dudar, comienza a hundirse en el agua. «¡Señor, ayudadme!» Y Jesús lo saca del agua y lo vuelve a subir a la barca. En cuanto Jesús subió a la barca dice el Evangelio, cesó el viento, y ense- guida se encontraron donde iban. ¡Es curioso! Cuando consiguen deshacerse de su ego, cuando lo eliminan y ponen a Jesús en su lugar, llegan a su destino. Dios puede obrar a través de ustedes, y se convierten en un instrumento útil. Su reino se establece. Ese es el tipo de siervo que está buscando. Esa es la clase de discípulo, la clase de apóstol que nuestro Rey necesita. Dios puede actuar a través de usted, y usted se convierte en un instrumento útil. Su reino se está estableciendo. Ese es el tipo de siervo que está buscando. Esa es la clase de discípulo, la clase de apóstol que nuestro Rey necesita. Así es como Él establece Su reino: sobre la ruina de nuestro ego. Desafortunadamente, los seres humanos tienen que pasar por muchas tormentas para deshacerse de su ego. Siempre es la misma lógica. Por eso les recuerdo las circunstancias que rodean la realeza de Jesús desde el pesebre, pasando por los Reyes Magos. Los que no quieren el reinado de Jesús, los soberbios, están turba- dos. Como acabo de decir, la siguiente ocasión en la que Jesús habla de Su realeza es ante Pilatos. ¿Eres Rey? Soy Rey, he nacido, he venido a este mundo para dar testimonio de la verdad. Quien está del lado de la verdad escucha Mi voz. Después que Jesús Se proclamó Rey ante Pilatos, ese Lo envió a Herodes, quien Lo hizo vestir con una túnica blanca para su diversión. En aquella época, las túnicas blancas se usaban para identificar a los locos. El Evangelio dice que Herodes y toda su guardia despreciaron a Jesús y se burlaron de Él. 11 Les cuento todo esto para sacar a la luz a nuestro Rey, para invitarles a seguirle. Es difícil encontrar las palabras adecuadas para describir a Herodes, ese hombre vil que se burló de Jesús; Lo vistió de blanco para ridiculizarlo, para escarnecerlo, para burlarse de Él. ¡Cuidado, hermanos míos! Cuando cedemos a nuestro ego, nuestro amor propio puede llevarnos a lo más bajo. No debemos darnos ninguna oportunidad; debemos ser despiadados con nuestro pequeño yo. Entonces Herodes envía a Jesús de vuelta a Pilatos. El gobernador romano busca una salida. Pensando apaciguar el odio de la multitud, Pilatos les presenta a Jesús diciendo: «¿Queréis que os suelte al Rey de los judíos? ¿Cuál queréis? ¿A Barrabás, el mayor criminal de Palestina, o a Jesús, vuestro Rey? A Barrabás. Barrabás, ¡y Ese, crucifícalo!» 12 Así trataron a Jesús. «¡No queremos a ese Rey!» Dios mío, ¡qué lección tan terrible! Lo repito: si cedemos a nuestra vanidad y no la atacamos de frente, si no ponemos el hacha en la raíz del árbol de esta vanidad, de este ego, acabamos eligiendo a Barrabás. «No queremos a ese Rey», gritaba la mul- titud. No queremos que reine sobre nosotros. 13 ¡Él, no! Este no es el tipo de Rey que soñamos. Así no es como lo queremos». Lo que el pueblo hizo entonces, todo ser humano se ve amenazado, si no está en guardia, si no se cuida del enemigo. El ego es lo que pierde el mundo… Volvamos a Pilatos, que ya no sabe qué hacer. Quiere encontrar algún expediente: va a hacer castigar a Jesús y luego Le dejará libre. Así que Lo entrega a los soldados, que Lo llevan a su cuartel para azotarlo. Empiezan por despojarle de Sus ropas. Si quieren seguir a su Rey, hermanos míos, en este año real, despo- jense de su ego. Despojense de su ego. Para burlarse de Él, los soldados visten a Jesús con un manto escarlata: «¿Quieres ser rey?Bien». Ese manto escarlata no es más que un trapo viejo encontrado en algún rincón, probablemente todo manchado. «¿Eres rey? Un rey necesita una corona». Coronan a Jesús con espinas. La corona de espinas es el símbolo por excelencia de la ignominia de Nuestro Señor Jesucristo. Fue el emblema de Nuestro predecesor, Gregorio XVII, y es también el Nuestro. Nuestro Padre Juan Gregorio tenía este deseo apasionado de seguir a Jesús, despreciado y degradado. Siguiendo sus huellas, también Nosotros tenemos este deseo, y queremos comuni- carles a ustedes mis queridos hermanos y hermanas, este mismo deseo apasionado de seguir a nuestro Rey. Después de haber vestido a Jesús con una túnica escarlata y de haberlo coronado de espinas, Sus verdugos Le pusieron en la mano derecha una caña, un cetro, como a un rey. Le hicieron genuflexiones irrisorias y se burlaron de Él. Así se relata en el Evangelio. ¿Por qué todas estas afrentas? Porque es REY. Y es con burla y escarnio diabólico que los soldados proclaman Su realeza: «¡Salve, Rey de los judíos, Salve, Rey!» 14 Herma- nos míos, éste es nuestro Rey. Es a Él a quien debemos seguir. Después de que Jesús hubiera sido escarnecido con tal ignominia, fue llevado de nuevo ante Pilatos. El gobernador Lo presentó a la multitud, diciendo: «He aquí el Hombre». 15 El gran profeta Isaías había descrito al Hombre, el Varón de dolores, 16 el Hombre que Se convertiría en el Mesías anunciado en las profecías. Este es el Hombre que el mundo ha estado esperando durante siglos, el Hijo de Dios hecho Hombre. Hermanos míos, es a este Rey a quien seguimos, es a Él a quien los invito a imitar de modo especial durante este Año Santo. Que sea santo en todos los sentidos de la palabra. Y vosotros, queridos amigos, al volver cada uno a su hogar, comuniquenlo a los que les rodean. Diganles que estamos haciendo del 2025 un año santo, que vamos a seguir a Jesús. Ustedes lo harán mucho mejor que yo. Incluso ese chico que está en la audiencia puede hacerlo. Algunos de sus amigos lo entenderán mejor si lo dice con las palabras de su edad y no como yo lo digo. Les invito a todos los que puedan a comunicar estas verdades a los que les rodean. Comuniquenlo ante todo a su corazón, a su alma, en la oración, en la súplica. Juntos, queremos seguir a nuestro Rey.

La historia del joven Gastón

Permítenme que les cuente una pequeña historia que les interesará. Un día, un joven de 15 o 16 años preguntó a su padre si podía hacerse monje. El chico en cuestión era muy dotado, el primero de su clase en todas partes, había recibido diplomas, incluso había recibido una medalla del Teniente-Gobernador como mejor alumno de la región. Cuando pidió a su padre para hacerse fraile, éste le contestó: «¿Quieres ser un fraile? Con el talento que tienes, podrías llegar lejos… ¡Ve al seminario! Te ordenarán sacerdote. Luego, brillante como eres, llegarás a obispo, y además famoso. ¡No un hermano, muchacho! Sé que amas la religión. Lo he visto por mucho tiempo, desde que eras un muchachito. Eres un auténtico devoto, estás desgastando los bancos de la iglesia, ¡estamos a punto de recibir una factura de la fábrica, 17 por el desgaste de los bancos! Sé que amas la religión, pero si amas tanto la religión, ¡no seas fraile! Sabes, hijo mío, si me encuentro con un perro y un fraile al mismo tiempo, saludo antes al perro que al fraile», le dijo el padre al niño llamado Gastón. Y el joven Gastón respondió: «Papá, precisamente por eso quiero ser fraile. ¿Qué? dice su padre, ¡qué! Por eso quiero ser fraile, porque me acabas de decir que si te encuentras con un perro y un fraile, saludas antes al perro que al fraile. ¿Qué quieres decir con eso? Porque quiero ser menos que el perro. ¿Quieres ser menos que el perro? ¿Qué te pasa, hijo mío? Papá, tú me enseñaste la religión; mamá, el cura, el catequista, todos me enseñaron. Dios, el Hijo de Dios, vino a la tierra y Se rebajó hasta el hombre. La distancia entre Dios y el hombre es inconmensurable. No sólo hizo esto, sino que, una vez que asumió la condición de hombre, fue pisoteado por los hombres como un gusano. Fue despreciado, arrastrado por el fango, escupido y murió como un criminal. ¡Jesús, Dios mismo! Ustedes me enseñaron eso. Creo profundamente, papá, que si llego a ser menos que un perro, estoy haciendo mucho menos de lo que hizo Jesús, y Jesús es mi modelo. Quiero tanto ser como Él, es la pasión de mi vida. Quiero ser como mi Modelo. Ah dijo el padre, si eso es lo que quieres, adelante, hijo mío, hazte fraile.» El joven Gaston Tremblay se convirtió en el Hermano Juan Grande en la Orden de los Hermanos Hospita- larios de San Juan de Dios, y el Hermano Juan Grande se convirtió en el Padre Juan de la Trinidad que a su vez se convirtió en el Padre Juan Gregorio XVII. ¿Entienden por qué les cuento esta historia? Dios puso en el corazón de este niño esta insigne luz de la grandeza de la humildad, de la grandeza del desprecio, de la gran- deza de la abyección. Había comprendido que éste es el principal ejemplo que nuestro Dios, nuestro Rey, nuestro Jesús nos ha dado, que éste es el principal ejemplo que debemos seguir. Dios había puesto esta luz en el corazón de este niño, de este joven, porque estaba destinado a fundar esta comunidad de los Últimos Tiem- pos y a estar a la cabeza de la Iglesia renovada.

Enamorado de Dama Humildad

Para finalizar el año 2024, las hermanas han escenificado algunos episodios de la vida de San Francisco de Asís. Siendo aún joven, en el proceso de su conversión, Francisco tuvo una visión de lo que él llamaba la Dama Pobreza. La pobreza se le presentó bajo la forma de una joven llena de atractivos y encantos. Com- prendió que era la pobreza lo que Jesús había abrazado y así se enamoró de Dama Pobreza. Y con ella renovó la Iglesia de su tiempo (siglo XIII). Hermanos, me gustaría trazar aquí un paralelismo. Dios habló al alma, al corazón de nuestro Padre Juan Gregorio XVII. Y fue Dama Humildad la que se le manifestó, Dama Abyección, Dama Desprecio Universal, Dama Rechazada, Dama vejada, Dama Abnegación, la que se olvidó de sí misma para dar todo el espacio a Jesús. El Padre Juan Gregorio se dejó seducir por ella. Ella fue la brújula de toda su vida, su guía, su luz. Fue a través de esta luz que Dios quiso comenzar la renovación de la Iglesia, que y creo que todos estamos de acuerdo en esto se encuentra hoy en un estado mucho más lamentable que en la época de San Francisco de Asís, hace 800 años. Dios mostró a nuestro Padre Juan Gregorio Señora Humildad, y a través de ella la imagen, la figura de Jesús, este Jesús rebajado, este Jesús degradado, este Jesús que Se humilló: nuestro Rey. El Padre Juan se enamoró de su Rey degradado y quiso seguirle. Esta es mi invitación, mi deseo, mi lema para este año. He aquí el texto del Apocalipsis que la Iglesia ha insertado en la liturgia de la Misa del domingo de Cristo Rey: Digno es el Cordero que fue inmolado… El Cordero es el Rey inmolado que acabo de describirles. Nues- tra religión, el Evangelio, las enseñanzas de Dios, todo es uno. Es siempre la misma y única enseñanza que es la misma en todas partes. Jesús le dijo a Pilatos: ¡Tú lo dices, Yo soy Rey! He nacido, he venido a este mundo para dar testimonio de la Verdad. Quien está del lado de la Verdad escucha Mi voz. Y para los que oyen esa voz, viene el Reino de Dios. El Cordero inmolado este Rey inmolado es digno de recibir el poder, la divinidad, la sabiduría, la fuerza y el honor. A Él sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. 18 Su reino vendrá, hermanos míos, si seguimos a este Cordero inmolado, nuestro Rey. Jesús hablaba a la multitud del Reino de Dios. Su reino está llegando. Dios manifestará Su poder, Su divinidad, Su sabiduría y Su fuerza. Su honor será exaltado. A Él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén. ¡Santo año! Queridos amigos, queridos hermanos, queridas hermanas, les deseo un año Real en toda la fuerza de la palabra que acaban de escuchar. Es el camino de la Realeza de Jesucristo.

Bendición

Pedimos a Jesús, nuestro Rey, que haga descender Su bendición sobre cada uno de los presentes hoy aquí, sobre todos nuestros hermanos y hermanas en todo el mundo, en nuestras misiones, especialmente sobre los que están más solos en este día de Año Nuevo. Pedimos a nuestro Rey que venga y bendiga a cada uno de nosotros, a nuestros hogares cenáculos, a todos aquellos que están unidos a nosotros en corazón, alma y espíritu. Le pedimos a nuestro Rey que los bendiga. Le pedimos, por cada uno de vosotros, que nos comunique Su espíritu, que nos dé Sus pensamientos. Que cada uno de nosotros, este año, siga a nuestro Rey en todos Sus caminos.

Bendición del Padre Mathurín de la Madre de Dios

en la misa de medianoche de Navidad 2024

Queridos hermanos y hermanas, queridos amigos, Deseamos bendecir todas nuestras misiones, a cada uno de nuestros misioneros, especialmente a nuestros hermanos o hermanas que estan en misiones más solitarias, que pueden estar pasando este día de Navidad en soledad. Pedimos al Niño Jesús que los bendiga, que los visite, que Se muestre a ellos. Queremos bendecir nuestros hogares cenáculo, a todos nuestros amigos, a todos los que nos apoyan de cualquier manera. Tenemos un pensamiento especial durante esta bendición para aquellos que sufren por la Fe. ¡Cuántos cristianos sufren hoy en todo el mundo! ¡Cuántos están desamparados! Cuántos son perseguidos moral- mente, perseguidos físicamente. Hay países donde los cristianos son perseguidos y torturados. Nuestros pensamientos están especialmente con ellos. Bendecimos también a todos los pobres. Los pobres han sido siempre el pueblo elegido de Jesús, pero especialmente en este día de Navidad. Los pobres, los pequeños, los humildes, los presos, los enfermos, los inválidos que sufren de todas las maneras en el cuerpo y en el alma. Pensamos en ellos, pedimos al Niño Jesús que bendiga a cada uno. En el corazón de los que dudan, que Él reaviva la fe, la fe en Su amor. Este año, hemos pensado mucho en san Francisco de Asís, que gritaba: El amor no es amado. Había visto y comprendido el amor de Dios. Pero hay almas que dudan. ¡Qué sufrimiento! Quieren tener fe, pero sufren. Pedimos al Niño Jesús que sea su luz. Sólo Él puede dar luz. 1 Un Año Santo, o Jubileo, es un periodo especial en la Iglesia, que va de Navidad a Navidad, y que generalmente se repite cada veinticinco años. Este tiempo de gracia se caracteriza por un aumento de la oración, la penitencia y las manifestaciones religiosas, así como por la concesión de una indulgencia plenaria general, sujeta a ciertas prácticas prescritas por la Iglesia. 2 Santa María de Jesús Crucificado, Paroles et élévations (Palabras y Elevaciones). 3 Cf. Apocalipsis 12, 4 4 De hecho, es a partir de esta desastrosa caída de nuestros primeros padres que todos nacemos con el pecado original. 5 Cf. S. Juan 18, 33-38 6 Cf. S. Mateo 16, 24; S. Marcos 8, 34; S. Lucas 9, 23 7 Cf. S. Mateo 22, 37-39: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el más grande y el primer mandamiento. Pero el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. 8 Cf. S. Mateo 2, 1-6 y sig. 9 Cf. S. Juan 18, 36 10 Padre Silvio del Corazón de la Inmaculada, O.D.M. (1934-2021), nacido Sylvio Salvas. Murió en olor de santidad en Guadalupe, donde era misionero. 11 Cf. S. Lucas 23, 11 12 Cf. S. Mateo 27, 15-26; S. Marcos 15, 6-15; S. Lucas 23, 13-25; S. Juan 18, 39-40 13 Cf. S. Lucas 19, 14 14 Cf. S. Mateo 27, 29 15 S. Juan 19, 5 16 Cf. Isaias 53, 1-7 17 La fábrica está formada por los ecónomos, los consejeros parroquiales, que mantienen y administran la iglesia. 18 Cf. Apocalipsis 5, 12 y 13
Lema y Deseo para el año 2025
Arriba
para la conservación
de la fe y de la verdad

Olvido de sí mismo,

para Seguir a Jesús

nuestro Rey en Su Vía

Real

por Padre Mathurín de la Madre de Dios En el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo y de la Madre de Dios. Amén. En este primer día del Año Nuevo, saludo en primer lugar a nuestro Padre Eterno, a quien pertenecen todo honor y toda gloria, como aca- bamos de rezarle en la liturgia. Cada 25 años, la Iglesia proclama un Año Santo. Para marcar la ocasión, en la basílica de San Pedro de Roma se abre la puerta santa, que mientras tanto permanece sellada, gesto simbó- lico que da expresión tangible a la apertura del año santo. 1 Un año santo, como dice la palabra, es un año santificado. Ya habíamos hecho del 2024 un año santo para conmemorar el 800 aniversario de la estig- matización de San Francisco de Asís. En res- puesta al deseo que expresamos, muchos de entre ustedes hicieron el Vía Crucis todos los viernes. Espontánea y generosamente, todos los que han podido han hecho el Vía Crucis en la montaña, en toda clase de condiciones y con mal tiempo. Gracias, hermanos y hermanas. Creo que el amor a los sufrimientos de Jesús por nosotros ha crecido en sus corazones a tra- vés de este ejercicio del Vía Crucis. Así que éste ha sido un año santo. Pues bien, les invito a hacer del 2025 un año aún más santo. Es posible, más santo siempre es posible. Cuando Dios da la vida a Su hijo, es porque lo ha destinado a más. Y cada momento de nuestras vidas que Dios nos presta es porque nos destina para más. Desde el principio de los tiempos, los minis- tros de la Iglesia nos han presentado la religión de todo tipo de maneras, pero en el fondo siem- pre es la misma enseñanza: Jesús vino, nos mostró el camino del Cielo, nos lo predicó, y luego murió, dándonos un ejemplo luminoso de lo que espera de nosotros. Este año, 2025, marca otro aniversario, y es bajo esta luz que vamos a motivarnos aún más para santificarlo. En 1925, el Papa Pío XI insti- tuyó la fiesta de Cristo Rey, fijándola para el último domingo de octubre. Así que hace cien años que se instauró en la Iglesia la fiesta de la realeza de Nuestro Señor Jesucristo. Para los amantes de las bellas fórmulas, les invito a hacer del 2025 un año santo Real, Real a la manera de nuestro Rey Jesús.

Lema y Deseos

Este año, les deseamos esto: que Jesús sea verdaderamente nuestro Rey. Les deseo, hermanos y hermanas, que cada uno de uste- des, en su corazón, desee ardientemente ser el verdadero servidor, el verdadero discípulo de nuestro Rey Jesús. Para lograrlo, les doy un lema que puede parecer bastante sencillo: EL OLVIDO DE SÍ MISMO. Santa María de Jesús Crucificado dijo en éxtasis: «El yo el ego es lo que pierde el mundo». 2 Por eso les damos este lema: olvido de sí mismo. Que cada uno de ustedes se esfuerce este año por olvidarse de sí mismo. Que cada uno de ustedes se esfuerce por olvidar su ego, en todas sus acciones, pero sobre todo en sus pensamientos. Como saben, las mismas ideas surgen una y otra vez, y si repito a menudo esta misma histo- ria de nuestros orígenes, es para que quede firmemente grabada en nuestra mente y en nuestro corazón, para que esta noción guíe toda nuestra vida. Antes de que Lucifer fuera la Ser- piente, el ángel réprobo, era el ángel más her- moso que Dios había creado. Pero cuando Dios le presentó Su plan para la Encarnación del Verbo, la autoestima de Lucifer, su ego, quedó contrariado, herido y trastornado. Esto pro- vocó su «non serviam, no serviré, no acepto esto». El amor desmedido a su yo, a su ego, llevó a Lucifer a rebelarse contra Dios, y el Apo- calipsis nos dice que dirigió a un tercio de los ángeles en este mismo movimiento de rebe- lión. 3 Esto hizo el infierno. Cuando el hombre fue finalmente creado, Satanás le indujo al mismo vicio: el amor pro- pio. «Dios no quiere que toquéis la manzana, porque si coméis de este fruto prohibido, seréis como dioses, seréis iguales a Él». Adán y Eva vivían en una intimidad, una familiaridad con Dios, nuestro Padre del Cielo. Sin embargo, la Serpiente ¡una serpiente! consiguió hundir- los halagando su ego, su autoestima. La arti- maña de Satanás funcionó de maravillas con nuestros primeros padres, que no tenían pecado original. 4 Cuando nuestros primeros padres cayeron en pecado al morder la manzana, fue como si la Serpiente les hubiera mordido. Les mordió el veneno del amor propio, de la vanidad por su personita, su ego. El mismo orgullo que perdió a Satanás y a los ángeles perdió a nuestros pri- meros padres. Este orgullo de la criatura libre es casi un misterio. Y, sin embargo, todos lo experimentamos, todos lo llevamos dentro. Repito la pequeña frase dicha por Santa María de Jesús Crucificado en éxtasis: «El ego es lo que pierde el mundo». Cuando vemos lo que ha sucedido desde el principio y a lo largo de los siglos, no necesitamos un éxtasis para comprender esta gran verdad de que, efec- tivamente, es el orgullo, el ego lo que está perdiendo el mundo.... Pero si Dios nos lo recuerda a través de un éxtasis, es porque los humanos estamos cegados y engañados, tanto por nuestra frivolidad como por nuestro ego excesivo, que perjudica nuestro juicio. Cada uno de nosotros considera que su ego es muy especial, muy singular. A veces, incluso con demasiada frecuencia, pensamos que nuestro ego es mejor que el del vecino. Peor aunque, no lo admitamos ante nosotros mismos, la volun- tad de Dios, Sus proyectos, Sus planes se contraponen a nuestro ego. Nuestro ego lo eva- lúa todo.

Jesús, nuestro gran Modelo

El gran Modelo, aquí como en otras partes, que nos motiva a practicar todas las virtudes, pero especialmente la de la abnegación, es Jesús, el Redentor, el Reparador. Él es el testigo del pecado del hombre; es Él quien es ofendido. Él nos ve caer en esta estupidez. Es la palabra más caritativa que podemos utilizar, porque en realidad somos bastante estúpidos, nos comportamos como idiotas. Es precisa- mente por nuestra falta de inteligencia por lo que Dios nos muestra Su misericordia. Está claro que somos mucho más estúpidos que la Serpiente, porque no tuvo derecho a la miseri- cordia de Dios. Pero, ¿qué puedo decir? Nues- tro Dios tiene misericordia de nosotros. Reconozcamos al menos que carecemos de inte- ligencia. Para sacarnos de nuestro fango, Jesús viene a mostrarnos el camino real. ¿Se recuerdan la ocasión en que Jesús proclamó Su realeza? Es precisamente el Evangelio de la Misa del domingo de Cristo Rey. La multitud de judíos arrastró a Jesús ante el tribunal de Pilatos, que Le preguntó: «Dicen que Tú eres rey, ¿real- mente eres rey? respondió Jesús, sí, soy Rey. Desde el día anterior, Sus enemigos y toda esa gente Le han estado atacando. Jesús fue golpeado públicamente por los siervos ante el tribunal de Caifás y Ana. Pasó la noche en el calabozo. Los soldados no se moderaron, Le golpearon, Le abofetearon, Le escupieron y cosas peores. Durante toda la noche Le insulta- ron y golpearon. Los insultos que lanzaron contra nuestro Dios, contra nuestro Jesús, fue- ron abominables. Lo que han hecho es abomi- nable. Con esta pompa y circunstancia Se presentó Jesús ante Pilatos y respondió a su pregunta: «¿Eres Rey? Como tú dices, sí, soy Rey.» Jesús continuó inmediatamente: «Yo nací y vine a este mundo para dar testimonio de la verdad. Todo el que está de parte de la verdad oye Mi voz.» 5 Para eso vino Jesús, para hacer oír la verdad, y todo el que está de parte de la verdad oye Su voz. Pilatos, incrédulo, añade: «¿Qué es la ver- dad?». Sin esperar respuesta, se levanta y se va. Pero, ¡la verdad! Jesús la proclama a lo largo de este escenario en el que es despreciado, degradado y pisoteado como un gusano: «Yo soy el Rey. Y los que son de la verdad, los que son del partido de la verdad, oyen Mi voz,Me comprenden y Me reconocen como su Rey. Aquellos que quieren la verdad, que verdadera- mente la desean, la reconocen. Ellos Me segui- rán». Este es Nuestro deseo para este año: Sigan la vía Real de Jesús. Contemplenle, suplí- quenle. Diganle cuánto desean seguirlo y, sobre todo, traten de olvidarse de sí mismos. Ese es nuestro lema: hacer morir a su ego, a su yo. Les leeré el texto completo de Santa María de Jesús Crucificado en éxtasis: « El ego es lo que pierde el mundo. Los que tienen ego llevan consigo la tris - teza y la angustia. No se puede tener a Dios y al ego juntos. Si tienes ego, no tie - nes a Dios; y si tienes a Dios, no tienes ego. No tienes dos corazones, sólo tienes uno... Tiene éxito en todo, la persona que no tiene ego; todo le satisface... Donde hay ego, no hay humildad, ni mansedum - bre, ni virtud. Se reza, se suplica, y la oración no se eleva, no llega a Dios... Quien no tiene ego tiene todas las virtu - des y la paz y la alegría.» El ego es lo que pierde el mundo. Los que tienen ego: es decir, los que están llenos de su ego. Pero, ¿hay algo que habite en cada uno de nosotros más que nuestro ego? ¿Cómo nos libramos de nuestros egos? Porque es el yo el que pierde el mundo. Y los que tienen ego lle- van consigo tristeza y angustia. Escucha la siguiente frase: No se puede tener a Dios y al ego juntos. Cuanto más nos deshacemos de este ego, de este yo, de este vano yo, y ponemos a Jesús dentro, más nos convertimos en seres divinos. Ese es el camino Real que les invito a seguir este año. Dios y el yo no pueden vivir juntos. Santa María de Jesús Crucificado lo repite en tres fra- ses que dicen lo mismo, y luego invierte las dos. No se puede tener a Dios y al yo juntos. Es imposible. Si tienes el yo, no tienes a Dios. Si tienes a Dios, no tienes el yo. Los éxtasis de Santa María de Jesús Crucificado eran divinos, reales, ella no inventó esas palabras. Dios habló realmente a través de ella. Este mensaje se refiere a lo que podríamos llamar la frase central del Evangelio. Si les cuesta recordar todo el Evangelio, pueden resu- mirlo en esta única palabra de Jesús: Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame. 6 Cuando pro- nunció estas palabras, todavía no había procla- mado Su realeza. «Pero si alguno quiere reconocerme y seguirme como su Rey, y quiere ser Mi siervo, Mi discípulo, ser Mío, niéguese a sí mismo. Que renuncie a sí mismo y Me siga».

Amor a Dios y al prójimo

Invito a los predicadores a desarrollar el tema este año. ¡Un tema vasto! El ego es tan vasto como la vanidad del hombre. El ego es tan sagaz, sutil y astuto como el orgullo humano. Dios mío, ¡qué sutil y cruel es ese ego! Hermanos y hermanas, les invito a no compa- decerse de su ego. Desenmascárenlo. Sean todo amor a Dios, todo amor al prójimo. ¿Quie- ren que su ego muera? Apliquen su corazón y su mente a Jesús, a Dios y a su prójimo. Proba- blemente ya han experimentado esto. Experi- mentenlo cada vez más. Nos aplicamos por agradar a Dios con la obediencia, con la práctica del Evangelio y de los mandamientos, con la sumisión humilde a los superiores, con el cum- plimiento de los reglamentos y de los deberes. Todo esto es buscar a Dios. Y el amor al pró- jimo es como el primer mandamiento. 7 Aplí- quense a esto, olvidando su ego, y tendremos un año regio. ¡Así será un año santo!

Las lecciones de Jesús, nuestro Rey

Quisiera contemplar con ustedes el ejemplo de Jesús, hacer un retrato de nuestro Rey en este año del centenario de la fiesta de Su rea- leza. ¿Cómo Se manifestó nuestro Rey? Mien- tras el Niño Jesús estaba en el pesebre de Belén, tres reyes de Oriente llegaron a Jerusalén y pre- guntaron: «¿Dónde está el Rey de los judíos que acaba de nacer? Hemos visto Su estrella y hemos venido a adorarle. ¿Cómo que un rey?», les respondieron. Dios, el gran Rey de los judíos, nuestro Rey eterno, Se ha encarnado, viene a manifestarse al hombre, y está tan oculto y desconocido que nadie lo sabe. Des- cendió a tal humildad que nada indica Su venida, ¡nada! Así comienza Su reino, Su rei- nado. Tenemos que estar muy atentos, herma- nos míos, para captar las lecciones que nuestro Rey nos da desde el pesebre, desde el principio de Su venida a este mundo. Intrigado, el rey Herodes convocó a los sabios y escribas que conocían las Escrituras sobre la venida del Mesías: «¡Oh, sí! Tiene que nacer en Belén». Inmediatamente, nuestros buenos Magos se dirigieron allí. Y, dice el Evan- gelio la frase es crucial, el rey Herodes se turbó y toda Jerusalén con él. Mis queridos hermanos y hermanas, ¡cuidado! ¿Es por la gloria de Dios por lo que están perturbados? Normalmente, la gloria de Dios no turba a nadie. Llena de celo, pero no molesta. Cuando estamos dispuestos a seguir a nuestro Rey, no nos turbamos. Cuando el alma se turba, no es de Dios. Si el problema no viene de Dios, ¿de dónde viene? Del ego, del yo. De la autoestima. Cuando el ego es ofendido, los seres humanos se turban. Herodes está turbado, toda Jerusa- lén está turbada. Acaba de nacer el Rey, están turbados. El Hijo de Dios viene a este mundo y ellos se turban, porque no están preparados para seguirle. Por el contrario, cuando estamos preparados para seguir a nuestro Rey, para tomar el camino Real, no nos turbamos. Los Magos no se turbaron, porque eran almas rectas. Fueron a buscar a Jesús con la sencillez de su corazón, sin pensamientos tor- tuosos. Cuando nos dejamos llevar por toda clase de consideraciones, cuando tomamos caminos desviados, nos dejamos llevar por nuestro orgullo. No estamos preparados para seguir a nuestro Rey. Estamos preocupados por toda clase de pequeños repliegues sobre noso- tros mismos, a menudo no admitidos. Casi siempre son pequeñas vanidades a las que no queremos renunciar. Cuando sientan que la angustia se apodera de su corazón, no miren hacia otro lado, y en lugar de culpar a otra per- sona, examinen cuidadosamente su corazón, bajo la mirada de Dios: «Dios mío, si estoy tur- bado, es porque algo en mí no está bien con Vos, mi Rey.» Nuestro Rey nos da hermosas lecciones, y es interesante ponerlas en evidencia. En este año Real, estudiarán Sus lecciones. He aquí otro ejemplo de nuestro querido Jesús: Un día, nos dice el Evangelio, 8 Jesús habló largamente a la multitud sobre el reino de Dios. Era muy tarde y se hacía de noche. Y Jesús Se compadeció. «Tienen hambre. ¿Tenéis algo que darles de comer?», preguntó a los Apóstoles. Encontra- ron a un joven con cinco panes de cebada y dos peces. Jesús alimentó a la multitud con cinco panes de cebada y dos peces. El Evangelio dice que había unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños. ¡Eso es mucha gente! Si añadimos al menos igual cantidad de muje- res, son diez mil. Y si contamos igual los niños, son quince mil. Con toda probabilidad había muchos más, pero mantengamos la cifra con- servadora en unos quince mil. La multitud estaba entusiasmada. Jesús les habló del reino de Dios, como sóloÉl sabía hacerlo. Multiplicó los panes. La reacción de la multitud fue querer proclamarle rey. «¡Pero mirad bien lo que Él hace! Es realmente el Hijo de David anunciado por los profetas; es a Él a quien esperamos». Está escrito en blanco y negro en el Evangelio: las multitudes quieren proclamarle rey. Así que Jesús insta a Sus Apóstoles a marcharse: «Id, volved a la otra orilla del lago». Mientras tanto, Jesús despide a la multitud: «Es demasiado tarde para cere- monias. Retírense». Él mismo Se retira a la montaña y reza. ¡Qué lección! Este no es el tipo de Rey que quiere ser, Su Reino no es de este mundo. 9 Dios ha permitido todo este escenario para instruir a las personas vanidosas. La mayoría de los humanos aprovechan la menor oportuni- dad para vanagloriarse, para elevarse y ser valorados. Hacemos botín de la menor gloria, nos alimentamos de ella. Hay algunas excep- ciones a esta tentación, sobre todo los santos, incluidos nuestros santos difuntos. Hablaba a nuestros amigos del Padre Silvio, 10 que nunca buscó ninguna ocasión para vanagloriarse; al contrario, era un dechado de humildad y de olvido de sí mismo. Contemplen a Jesús, miren Sus ejemplos, rueguenle. Se retiró a las montañas, oró. ¿Su oración era para los vanidosos que vendrían? Me pregunto. ¿Quizá rezaba por nosotros, para que no cayéramos en ese maldito pecado de la vanidad; para que dejáramos de intentar apro- vechar al máximo cada oportunidad y de buscar constantemente la estima de los que nos rodean? Mientras Jesús rezaba, los Apóstoles estaban en su bar- quita. Se avecina una tormenta. Dios ha preparado todo este escenario para ins- truirnos. Los Apósto- les siguen pensando en la multitud que quiere proclamar rey a Jesús... No entien- den realmente lo que está pasando. Están atrapados en sus propios egos. Ellos también están atrapados en sus egos. Y llega la tormenta. Cuando están atra- pados en su ego, se levantan tormentas, ¡y qué tormentas son! Las peores tormentas del alma ocurren cuando se desafía la vanidad. Mencio- namos la agitación en Herodes y toda Jerusa- lén… La tormenta se desata sobre los Apóstoles. Puede que no tengan un ego tan fuerte como los demás, pero Dios ha permitido este escenario para hacernos reflexionar, para hacernos pedir Su sabiduría, Su manera de pensar. La tor- menta que atraviesan los Apóstoles es la imagen de las almas presas de su vanidad. Para la mul- titud, se deja pasar, pero los Apóstoles fueron elegidos por Dios. Para ellos era importante que se despojen de su ego. A menudo la tor- menta es necesaria para sacudirnos y hacernos caer en la cuenta de que estamos llenos de amor propio. La tormenta dura lo que dura. Nos sacude. Mientras tanto, Jesús reza. Y cuando, en Su divina sabiduría, considera oportuno el momento, sale al agua. Allí está el buen Pedro, que aún no es santo: «Señor Le dice, si sois Vos, déjame ir hacia Vos». Y Pedro comienza a caminar sobre las aguas. Al cabo de unos pasos, se da cuenta de que está a medio camino: Jesús delante de él y la barca detrás. «Dios mío, Señor, ¿qué está pasando?». Empezando a dudar, comienza a hundirse en el agua. «¡Señor, ayudadme!» Y Jesús lo saca del agua y lo vuelve a subir a la barca. En cuanto Jesús subió a la barca dice el Evangelio, cesó el viento, y enseguida se encontraron donde iban. ¡Es curioso! Cuando consiguen deshacerse de su ego, cuando lo eliminan y ponen a Jesús en su lugar, llegan a su destino. Dios puede obrar a través de ustedes, y se convierten en un instrumento útil. Su reino se establece. Ese es el tipo de siervo que está buscando. Esa es la clase de discípulo, la clase de apóstol que nues- tro Rey necesita. Dios puede actuar a través de usted, y usted se convierte en un instrumento útil. Su reino se está estableciendo. Ese es el tipo de siervo que está buscando. Esa es la clase de discípulo, la clase de apóstol que nuestro Rey necesita. Así es como Él establece Su reino: sobre la ruina de nuestro ego. Desafortunadamente, los seres humanos tienen que pasar por muchas tormen- tas para deshacerse de su ego. Siempre es la misma lógica. Por eso les recuerdo las circunstancias que rodean la rea- leza de Jesús desde el pesebre, pasando por los Reyes Magos. Los que no quieren el reinado de Jesús, los soberbios, están turbados. Como acabo de decir, la siguiente ocasión en la que Jesús habla de Su realeza es ante Pilatos. ¿Eres Rey? Soy Rey, he nacido, he venido a este mundo para dar testimonio de la verdad. Quien está del lado de la verdad escucha Mi voz. Después que Jesús Se proclamó Rey ante Pilatos, ese Lo envió a Herodes, quien Lo hizo vestir con una túnica blanca para su diversión. En aquella época, las túnicas blancas se usaban para identificar a los locos. El Evangelio dice que Herodes y toda su guardia despreciaron a Jesús y se burlaron de Él. 11 Les cuento todo esto para sacar a la luz a nuestro Rey, para invi- tarles a seguirle. Es difícil encontrar las palabras adecuadas para describir a Herodes, ese hombre vil que se burló de Jesús; Lo vistió de blanco para ridiculi- zarlo, para escarnecerlo, para burlarse de Él. ¡Cuidado, hermanos míos! Cuando cedemos a nuestro ego, nuestro amor propio puede lle- varnos a lo más bajo. No debemos darnos ninguna oportunidad; debemos ser despiadados con nuestro pequeño yo. Entonces Herodes envía a Jesús de vuelta a Pilatos. El gobernador romano busca una salida. Pensando apaciguar el odio de la multi- tud, Pilatos les presenta a Jesús diciendo: «¿Queréis que os suelte al Rey de los judíos? ¿Cuál queréis? ¿A Barrabás, el mayor criminal de Palestina, o a Jesús, vuestro Rey? A Barra- bás. Barrabás, ¡y Ese, crucifícalo!» 12 Así trata- ron a Jesús. «¡No queremos a ese Rey!» Dios mío, ¡qué lección tan terrible! Lo repito: si cedemos a nuestra vanidad y no la atacamos de frente, si no ponemos el hacha en la raíz del árbol de esta vanidad, de este ego, acabamos eligiendo a Barrabás. «No queremos a ese Rey», gritaba la multitud. No queremos que reine sobre nosotros. 13 ¡Él, no! Este no es el tipo de Rey que soñamos. Así no es como lo queremos». Lo que el pueblo hizo entonces, todo ser humano se ve amenazado, si no está en guardia, si no se cuida del enemigo. El ego es lo que pierde el mundo… Volvamos a Pilatos, que ya no sabe qué hacer. Quiere encontrar algún expediente: va a hacer castigar a Jesús y luego Le dejará libre. Así que Lo entrega a los soldados, que Lo llevan a su cuartel para azotarlo. Empiezan por des- pojarle de Sus ropas. Si quieren seguir a su Rey, hermanos míos, en este año real, despo- jense de su ego. Despojense de su ego. Para burlarse de Él, los soldados visten a Jesús con un manto escarlata: «¿Quieres ser rey?Bien». Ese manto escarlata no es más que un trapo viejo encontrado en algún rincón, pro- bablemente todo manchado. «¿Eres rey? Un rey necesita una corona». Coronan a Jesús con espinas. La corona de espinas es el símbolo por excelencia de la ignominia de Nuestro Señor Jesucristo. Fue el emblema de Nuestro prede- cesor, Gregorio XVII, y es también el Nuestro. Nuestro Padre Juan Gregorio tenía este deseo apasionado de seguir a Jesús, despreciado y degradado. Siguiendo sus huellas, también Nosotros tenemos este deseo, y queremos comunicarles a ustedes mis queridos hermanos y hermanas, este mismo deseo apasionado de seguir a nuestro Rey. Después de haber vestido a Jesús con una túnica escarlata y de haberlo coronado de espi- nas, Sus verdugos Le pusieron en la mano derecha una caña, un cetro, como a un rey. Le hicieron genuflexiones irrisorias y se burlaron de Él. Así se relata en el Evangelio. ¿Por qué todas estas afrentas? Porque es REY. Y es con burla y escarnio diabólico que los soldados pro- claman Su realeza: «¡Salve, Rey de los judíos, Salve, Rey!» 14 Hermanos míos, éste es nuestro Rey. Es a Él a quien debemos seguir. Después de que Jesús hubiera sido escarne- cido con tal ignominia, fue llevado de nuevo ante Pilatos. El gobernador Lo presentó a la multitud, diciendo: «He aquí el Hombre». 15 El gran profeta Isaías había descrito al Hombre, el Varón de dolores, 16 el Hombre que Se converti- ría en el Mesías anunciado en las profecías. Este es el Hombre que el mundo ha estado esperando durante siglos, el Hijo de Dios hecho Hombre. Hermanos míos, es a este Rey a quien segui- mos, es a Él a quien los invito a imitar de modo especial durante este Año Santo. Que sea santo en todos los sentidos de la palabra. Y vosotros, queridos amigos, al volver cada uno a su hogar, comuniquenlo a los que les rodean. Diganles que estamos haciendo del 2025 un año santo, que vamos a seguir a Jesús. Ustedes lo harán mucho mejor que yo. Incluso ese chico que está en la audiencia puede hacerlo. Algunos de sus amigos lo entenderán mejor si lo dice con las palabras de su edad y no como yo lo digo. Les invito a todos los que puedan a comunicar estas verdades a los que les rodean. Comuniquenlo ante todo a su corazón, a su alma, en la oración, en la súplica. Juntos, queremos seguir a nues- tro Rey.

La historia del joven Gastón

Permítenme que les cuente una pequeña his- toria que les interesará. Un día, un joven de 15 o 16 años preguntó a su padre si podía hacerse monje. El chico en cues- tión era muy dotado, el primero de su clase en todas partes, había reci- bido diplomas, incluso había recibido una medalla del Teniente-Gobernador como mejor alumno de la región. Cuando pidió a su padre para hacerse fraile, éste le contestó: «¿Quieres ser un fraile? Con el talento que tienes, podrías llegar lejos… ¡Ve al seminario! Te ordenarán sacerdote. Luego, brillante como eres, llegarás a obispo, y además famoso. ¡No un hermano, muchacho! Sé que amas la reli- gión. Lo he visto por mucho tiempo, desde que eras un muchachito. Eres un auténtico devoto, estás desgastando los bancos de la iglesia, ¡esta- mos a punto de recibir una factura de la fábrica, 17 por el desgaste de los bancos! Sé que amas la religión, pero si amas tanto la religión, ¡no seas fraile! Sabes, hijo mío, si me encuentro con un perro y un fraile al mismo tiempo, saludo antes al perro que al fraile», le dijo el padre al niño llamado Gastón. Y el joven Gas- tón respondió: «Papá, precisamente por eso quiero ser fraile. ¿Qué? dice su padre, ¡qué! Por eso quiero ser fraile, porque me aca- bas de decir que si te encuentras con un perro y un fraile, saludas antes al perro que al fraile. ¿Qué quieres decir con eso? Porque quiero ser menos que el perro. ¿Quieres ser menos que el perro? ¿Qué te pasa, hijo mío? Papá, tú me enseñaste la religión; mamá, el cura, el catequista, todos me enseñaron. Dios, el Hijo de Dios, vino a la tierra y Se rebajó hasta el hombre. La distancia entre Dios y el hombre es inconmensurable. No sólo hizo esto, sino que, una vez que asumió la condición de hombre, fue pisoteado por los hombres como un gusano. Fue despreciado, arrastrado por el fango, escupido y murió como un criminal. ¡Jesús, Dios mismo! Ustedes me enseñaron eso. Creo profundamente, papá, que si llego a ser menos que un perro, estoy haciendo mucho menos de lo que hizo Jesús, y Jesús es mi modelo. Quiero tanto ser como Él, es la pasión de mi vida. Quiero ser como mi Modelo. Ah dijo el padre, si eso es lo que quie- res, adelante, hijo mío, hazte fraile.» El joven Gaston Tremblay se convirtió en el Hermano Juan Grande en la Orden de los Her- manos Hospitalarios de San Juan de Dios, y el Hermano Juan Grande se convirtió en el Padre Juan de la Trinidad que a su vez se convirtió en el Padre Juan Gregorio XVII. ¿Entienden por qué les cuento esta historia? Dios puso en el corazón de este niño esta insigne luz de la gran- deza de la humildad, de la grandeza del despre- cio, de la grandeza de la abyección. Había comprendido que éste es el principal ejemplo que nuestro Dios, nuestro Rey, nuestro Jesús nos ha dado, que éste es el principal ejemplo que debemos seguir. Dios había puesto esta luz en el corazón de este niño, de este joven, porque estaba destinado a fundar esta comunidad de los Últimos Tiempos y a estar a la cabeza de la Iglesia renovada.

Enamorado de Dama Humildad

Para finalizar el año 2024, las hermanas han escenificado algunos episodios de la vida de San Francisco de Asís. Siendo aún joven, en el pro- ceso de su conversión, Francisco tuvo una visión de lo que él llamaba la Dama Pobreza. La pobreza se le presentó bajo la forma de una joven llena de atractivos y encantos. Compren- dió que era la pobreza lo que Jesús había abra- zado y así se enamoró de Dama Pobreza. Y con ella renovó la Iglesia de su tiempo (siglo XIII). Hermanos, me gustaría trazar aquí un para- lelismo. Dios habló al alma, al corazón de nuestro Padre Juan Gregorio XVII. Y fue Dama Humildad la que se le manifestó, Dama Abyec- ción, Dama Desprecio Universal, Dama Recha- zada, Dama vejada, Dama Abnegación, la que se olvidó de sí misma para dar todo el espacio a Jesús. El Padre Juan Gregorio se dejó seducir por ella. Ella fue la brújula de toda su vida, su guía, su luz. Fue a través de esta luz que Dios quiso comenzar la renovación de la Iglesia, que y creo que todos estamos de acuerdo en esto se encuentra hoy en un estado mucho más lamen- table que en la época de San Francisco de Asís, hace 800 años. Dios mostró a nuestro Padre Juan Gregorio Señora Humildad, y a través de ella la imagen, la figura de Jesús, este Jesús rebajado, este Jesús degradado, este Jesús que Se humilló: nuestro Rey. El Padre Juan se ena- moró de su Rey degradado y quiso seguirle. Esta es mi invitación, mi deseo, mi lema para este año. He aquí el texto del Apocalipsis que la Iglesia ha insertado en la liturgia de la Misa del domingo de Cristo Rey: Digno es el Cordero que fue inmolado… El Cordero es el Rey inmo- lado que acabo de describirles. Nuestra reli- gión, el Evangelio, las enseñanzas de Dios, todo es uno. Es siempre la misma y única enseñanza que es la misma en todas partes. Jesús le dijo a Pilatos: ¡Tú lo dices, Yo soy Rey! He nacido, he venido a este mundo para dar testimonio de la Verdad. Quien está del lado de la Verdad escu- cha Mi voz. Y para los que oyen esa voz, viene el Reino de Dios. El Cordero inmolado este Rey inmolado es digno de recibir el poder, la divinidad, la sabi- duría, la fuerza y el honor. A Él sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. 18 Su reino vendrá, hermanos míos, si seguimos a este Cor- dero inmolado, nuestro Rey. Jesús hablaba a la multitud del Reino de Dios. Su reino está lle- gando. Dios manifestará Su poder, Su divini- dad, Su sabiduría y Su fuerza. Su honor será exaltado. A Él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén. ¡Santo año! Queridos amigos, queridos her- manos, queridas hermanas, les deseo un año Real en toda la fuerza de la palabra que acaban de escuchar. Es el camino de la Realeza de Jesucristo.

Bendición

Pedimos a Jesús, nuestro Rey, que haga des- cender Su bendición sobre cada uno de los presentes hoy aquí, sobre todos nuestros her- manos y hermanas en todo el mundo, en nues- tras misiones, especialmente sobre los que están más solos en este día de Año Nuevo. Pedimos a nuestro Rey que venga y bendiga a cada uno de nosotros, a nuestros hogares cená- culos, a todos aquellos que están unidos a nosotros en corazón, alma y espíritu. Le pedi- mos a nuestro Rey que los bendiga. Le pedi- mos, por cada uno de vosotros, que nos comunique Su espíritu, que nos dé Sus pensa- mientos. Que cada uno de nosotros, este año, siga a nuestro Rey en todos Sus caminos.

Bendición del Padre Mathurín de la

Madre de Dios

en la misa de medianoche de

Navidad 2024

Queridos hermanos y hermanas, queridos amigos, Deseamos bendecir todas nuestras misiones, a cada uno de nuestros misioneros, especialmente a nuestros hermanos o hermanas que estan en misiones más solitarias, que pue- den estar pasando este día de Navidad en soledad. Pedimos al Niño Jesús que los ben- diga, que los visite, que Se muestre a ellos. Queremos bendecir nuestros hogares cená- culo, a todos nuestros amigos, a todos los que nos apoyan de cualquier manera. Tenemos un pensamiento especial durante esta bendición para aquellos que sufren por la Fe. ¡Cuántos cristianos sufren hoy en todo el mundo! ¡Cuántos están desamparados! Cuán- tos son perseguidos moralmente, perseguidos físicamente. Hay países donde los cristianos son perseguidos y torturados. Nuestros pensa- mientos están especialmente con ellos. Bendecimos también a todos los pobres. Los pobres han sido siempre el pueblo elegido de Jesús, pero especialmente en este día de Navi- dad. Los pobres, los pequeños, los humildes, los presos, los enfermos, los inválidos que sufren de todas las maneras en el cuerpo y en el alma. Pensamos en ellos, pedimos al Niño Jesús que bendiga a cada uno. En el corazón de los que dudan, que Él rea- viva la fe, la fe en Su amor. Este año, hemos pensado mucho en san Francisco de Asís, que gritaba: El amor no es amado. Había visto y comprendido el amor de Dios. Pero hay almas que dudan. ¡Qué sufrimiento! Quieren tener fe, pero sufren. Pedimos al Niño Jesús que sea su luz. Sólo Él puede dar luz. 1 Un Año Santo, o Jubileo, es un periodo especial en la Iglesia, que va de Navidad a Navidad, y que generalmente se repite cada veinticinco años. Este tiempo de gracia se caracteriza por un aumento de la oración, la penitencia y las manifestaciones religiosas, así como por la concesión de una indulgencia plenaria general, sujeta a ciertas prácticas prescritas por la Iglesia. 2 Santa María de Jesús Crucificado, Paroles et éléva- tions (Palabras y Elevaciones). 3 Cf. Apocalipsis 12, 4 4 De hecho, es a partir de esta desastrosa caída de nuestros primeros padres que todos nacemos con el pecado original. 5 Cf. S. Juan 18, 33-38 6 Cf. S. Mateo 16, 24; S. Marcos 8, 34; S. Lucas 9, 23 7 Cf. S. Mateo 22, 37-39: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el más grande y el primer mandamiento. Pero el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. 8 Cf. S. Mateo 2, 1-6 y sig. 9 Cf. S. Juan 18, 36 10 Padre Silvio del Corazón de la Inmaculada, O.D.M. (1934-2021), nacido Sylvio Salvas. Murió en olor de santi- dad en Guadalupe, donde era misionero. 11 Cf. S. Lucas 23, 11 12 Cf. S. Mateo 27, 15-26; S. Marcos 15, 6-15; S. Lucas 23, 13-25; S. Juan 18, 39-40 13 Cf. S. Lucas 19, 14 14 Cf. S. Mateo 27, 29 15 S. Juan 19, 5 16 Cf. Isaias 53, 1-7 17 La fábrica está formada por los ecónomos, los conse- jeros parroquiales, que mantienen y administran la iglesia. 18 Cf. Apocalipsis 5, 12 y 13
Lema y Deseo para el año 2025
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