La Oración
para pedir que se adelante la
Hora de la salvación de la
Iglesia y del mundo
por Padre Mathurín de la Madre de Dios
Buen Padre Eterno, estamos felices de
reunirnos en la madrugada de este año para
deciros «¡Feliz día de fiesta!»
1
¡Qué felices y
agradecidos estamos de teneros como nuestro
Padre! ¿Cómo podemos expresaros la inmensa
felicidad que tenemos de ser Vuestros hijos?
Nosotros, pobres humanos, incluso pecadores,
podemos llamaros «Padre nuestro», como nos
enseñó Jesús, Vuestro amado Hijo.
Muchas veces en el Evangelio, Dios Padre Se
manifiesta directamente. Después de que Jesús
recibió el bautismo en el río Jordán de manos
de Juan el Bautista, Se retira a la orilla y
comienza a orar. De repente, los cielos se
abrieron y el Espíritu Santo descendió
visiblemente en forma de paloma y Se posó
sobre Él. Al mismo tiempo, una voz del Cielo
pronunció estas palabras: «Este es Mi Hijo
amado. En Él he puesto todo Mi placer».
2
En
otra ocasión, Jesús está en el Monte Tabor con
tres de Sus Apóstoles, Pedro, Santiago y Juan.
Y, según el Evangelio, mientras rezaba, Se
transfiguró ante ellos. Su rostro brillaba como
el sol, y Sus vestidos se volvieron
deslumbrantes como la nieve, pues reflejaba
una luz brillante. Pedro y los otros dos tenían
mucho sueño. Cuando despertaron, vieron a
Jesús en Su gloria. San Pedro, regocijándose en
esta manifestación, gritó: «Hagamos tres
tiendas y vivamos aquí». Una nube envuelve a
Jesús, y de en medio de la nube se oye una voz:
Este es Mi Hijo amado en quien he
puesto todo Mi placer. ¡Escuchadlo!
3
Se acerca el Domingo de Ramos. La multitud
se precipita ante Jesús con ramas de palma y de
olivo para aclamarlo: «¡Hosanna al Hijo de
David! ¡Bendito sea El que viene en el nombre
del Señor!» Esto molestó y enfureció a los
fariseos, y expresaron su ira en voz alta. Unos
momentos después de Su entrada triunfal en
Jerusalén, Jesús anunció Su inminente Pasión
una vez más, y luego añadió: Ahora Mi alma
está turbada. ¿Y qué debo decir? ¡Padre,
salvadme de esta hora! Pero he venido para
esta hora. ¡Oh Padre, glorificad Vuestro
nombre! Una voz vino otra vez del Cielo,
diciendo: Lo he glorificado, y Lo glorificaré
otra vez.
4
Han observado que en cada una de
estas ocasiones la voz de Dios Padre fue
escuchada mientras Jesús oraba.
Mis queridos hermanos y hermanas,
les damos como lema de este año, LA
ORACIÓN, para que Dios Se manifieste y haga
oír Su voz.
El año pasado les pedimos que leyeran el
Santo Evangelio, deseando que llegara el Reino
de Dios. Este año, mantenemos el mismo
deseo: ¡Que venga el Reino de Dios!
«Buen Padre del Cielo, deseamos que a
través de la oración, el Espíritu de Vuestro
divino Hijo y Sus sentimientos, Su ejemplo y Su
Voluntad, que son Vuestros, se impregnen en
nosotros, para que Vuestro Reino venga a
nosotros.»
Hermanos míos, hermanas mías, si la voz de
Dios se escucha en su corazón, si escuchan
verdaderamente a Jesús, el Reino de Dios se
establecerá en ustedes. Y si Dios reina en
ustedes, Su Reino también se establecerá
infaliblemente en toda la tierra. Jesús dijo a Sus
Apóstoles: Es gloria de Mi Padre que vayáis,
que deis fruto y que ese fruto permanezca.
5
Toda alma que quiera seguir este camino, que
quiera contemplar a Jesús, rezarle, estudiarle,
acercarse a Él para que reine en él, da fruto y
ese fruto permanece.
Oremos con el Evangelio
Mis hermanos y hermanas, este año les
pedimos que oren, especialmente que estudien
a Jesús y Lo contemplen en Su Evangelio.
Continúen leyendo el Evangelio en una humilde
oración, rogando a Jesús que Se manifieste a
ustedes. Jesús nos dice: He guardado los
mandamientos de Mi Padre y permanezco en
Su amor.
6
He bajado del Cielo, no para hacer
Mi voluntad, sino la voluntad del que Me
envió.
7
Mi Padre está siempre conmigo, no Me
ha dejado solo porque siempre hago lo que Le
agrada.
8
Al contemplar a Jesús, hagan de Sus
palabras una oración.
Soñamos con ver el reino de Dios finalmente
establecido en toda la tierra. Que cese el mal,
este mal tan descarado y desvergonzado, este
mal tan extendido por todas partes. Para que el
reino de Dios venga, Su voluntad debe
establecerse primero en nosotros. Dirígense a
Jesús en oración: «Mi Jesús, que siendo Dios,
me dicisteis que habéis venido a hacer la
voluntad de Vuestro Padre, quiero hacer la
voluntad de Dios en pos de Vos».
Los Apóstoles una vez Le preguntaron a
Nuestro Señor Jesucristo: «Señor, muéstranos
cómo rezar». Jesús les respondió: Cuando
oréis, decid: «Padre nuestro que estás en el
cielo, santificado sea Tu nombre, venga Tu
reino...»
9
Estas primeras palabras de la oración
enseñada por el propio Jesús, son la razón
principal del lema de este año: Que el santo
nombre de Dios sea santificado y venga
Su reino. Que cada uno de nosotros santifique
el nombre de Dios en su vida. Entonces, Él será
santificado a nuestro alrededor.
Lamentamos ver que Dios no reina en la
tierra, sufrimos por ello. ¡Oremos! Supliquemos
a Dios que nos convierta, que transforme a
todos nuestros hermanos de la tierra. Que
intervenga poderosamente para tocar los
corazones de Sus hijos. No es fácil tocar los
corazones de los hombres. En ciertas
circunstancias, es una misión imposible.
Devolver los corazones al camino del bien,
separarlos de la tierra y dirigirlos hacia Dios, es
una misión imposible. Y aún así, Dios pide que
Su hijo esté unido a Él. ¿Cómo se puede hacer
esto? En verdad, en verdad os digo, dice Jesús,
que si pedís algo a Mi Padre en Mi nombre, os
lo dará
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especialmente si su oración busca Su
gloria, Su interés. Si piden que Él sea conocido,
amado y servido, Dios responderá
absolutamente a su oración. Os declaro, dice
Jesús, que todo lo que pidáis en la oración,
creed que lo obtendréis, y será respondido.
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El mundo necesita oraciones más que
palabras o comentarios. Este año, hagamos esta
oración, la oración de la Iglesia, para que el
nombre de Dios sea santificado! Lo convierto
en una invitación muy apremiante, un lema.
Para que el nombre de Dios sea santificado,
para que nuestro Dios sea finalmente
glorificado, para que nuestro Padre en el Cielo
Se manifieste. Él es todopoderoso, sabe cómo,
no tenemos ningún consejo que darle. ¡Pero
tenemos muchas oraciones que hacer! Hasta
ahora, no habéis pedido nada en Mi nombre.
Pedid y recibiréis, y estaréis en la cumbre del
gozo,
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porque Dios Se revelará a sus corazones.
Unión con Dios
Nuestros corazones sufren cuando vemos a
Dios despreciado, mofado, burlado, dejado de
lado. Nos volvemos hacia la tierra, hacia los
ídolos. Despliegan que incluso en sus vidas,
tantas cosas se interponen en el camino de este
amor de Dios, de Su honor, de Su gloria.
¿Qué es el pecado? Es desobedecer a Dios. Es
pensar y vivir como terrícolas.
13
En lugar de
mantener la perspectiva de nuestro destino
eterno, decimos como los mundanos: «No hay
maldad en esto. No hay maldad en esto, no hay
maldad en aquello, no hay maldad en todo tipo
de cosas». Podemos tener toda la diversión y
los juegos que queremos en esta tierra, no nos
sacrificamos, «porque no hay maldad en eso»!
La religión no sólo consiste en no hacer
el mal, sino sobre todo en unirse a Dios.
Hacer una religión basada en el principio de
«no hay maldad en ello» es una religión falsa.
No es una religión. Debemos insistir en la
unión con Dios. Nuestros apegos, nuestra
falta de sacrificio, nuestras ambiciones
terrenales, todo esto nos impide unirnos a Dios.
Ese es el verdadero mal: no estar unidos a Dios,
el único objetivo de nuestras vidas. Vivir sólo
para la tierra, como un terrícola, sin un destino
eterno, es malo. Eso es lo que tenemos que
decir, y tenemos que estar convencidos de ello.
El mal no está en una cosa o en la otra.
Incluso podemos decir: «Jesús hizo un milagro,
convirtió el agua en vino. ¡No hay maldad en la
bebida!» ¡Esa es la verdad! Pero aferrarse a la
bebida es malo, y no sólo en exceso, sino
aferrarse a ella. El aferrarse a las cosas de la
tierra, el aferrarse a cualquier cosa, está mal.
Decir que no hay nada de malo en eso es malo.
Tienen que desprenderse de todo lo que hay en
la tierra. Debemos vivir en la tierra como
extraños. Nuestro único vínculo debe ser con
Jesús. Nuestro objetivo es la unión con Él.
Tenemos que entender eso. Cuando se
comprende eso, todo lo demás se ilumina.
Cuanto más se desprende el alma de la
tierra, más puede verdaderamente
entrar en oración. Para convertirse en almas
de oración con toda la fuerza de la palabra,
almas verdaderamente unidas a Dios, hay que
ser almas sacrificadas. Hay que esforzarse por
ello, trabajar por ello, desearlo. Para
contemplar verdaderamente a Dios, debemos
desprendernos de la tierra. Los dos van de la
mano. Para ser un alma de oración, debemos
sacrificarnos. Y para poder sacrificarse, hay que
rezar, pedirle a Dios que nos dé fuerzas.
Mi Padre está siempre conmigo, dice Jesús,
porque siempre hago lo que Le agrada. ¿Cuál
es el objetivo de la oración si no es la unión con
Dios? A través de la oración, el hombre pecador
y lisiado se une a su Dios. Hermanos y
hermanas, si les pido que recen este año es
porque me gustaría que cada uno de ustedes
estuviera unido a Dios. La oración los une a
Dios, los hace entrar en Su intimidad, en Su
Voluntad. A través de la oración contemplen a
Jesús, Le piden que sean como Él.
Jesús obediente
Una de las cosas que
Jesús nos manifiesta
como parte central de
Su Evangelio es la
obediencia a Su Padre.
Nunca Se cansa de
enseñarnos eso. Hijo
de Dios, igual a Su
Padre, con qué
humildad nos habla
Jesús, con qué docilidad, con qué obediencia!
Las palabras que os digo, no las digo de Mí
mismo: es Mi Padre quien Me ha enviado.
Porque no he hablado de Mí mismo, sino que el
Padre que Me envió Me ha mandado lo que
debo decir y cómo debo hablar.
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Las obras que
hago, no las hago de Mí mismo: es Mi Padre
quien Me envió a hacerlas. Lo que Mi Padre
Me ha ordenado, lo hago.
15
Lo que os doy a
conocer lo he aprendido de Mi Padre.
16
Jesús lo
dice y lo repite en todos los sentidos. Bajé del
cielo, no para hacer Mi voluntad, sino la
voluntad del que Me envió.
17
Estas palabras que Jesús repite una y otra
vez me irritaron durante mucho tiempo cuando
era un joven religioso. Solía decirme a mí
mismo: «Jesús, nos dais Vuestra enseñanza en
el Evangelio. Vos sois Dios, lo creo. Segunda
Persona de la Santísima Trinidad, encarnada,
vinisteis a mostrarnos el camino al Cielo. Creo
en Vuestra palabra, es suficiente para mí. ¿Por
qué, Vos que sois Dios, repetís siempre de
tantas maneras que lo que decís y hacéis, es
Vuestro Padre quien Os dijo que lo dijerais y
que actuarais así? Jesús mío, Os hacéis parecer
un comisario, como un niño pequeño al que su
padre le habría dicho: «Hijo mío, niño mío, ve a
comprar una pinta de leche al supermercado.
Tráeme una barra de pan. Llévaselo al vecino y
díselo de mi parte». El niño va y dice: «Papá me
dijo que te dijera esto». El niño no tuvo nada
que ver, fue su padre quien habló. Me molestó
mucho, hasta el día en que Dios me mostró
misericordia. Por fin comprendí que Jesús
había formulado tantas veces estas palabras
para confundir mi orgullo, ofendido por esa
extrema humildad del Hijo de Dios encarnado
que dice y repite incansablemente: Lo que digo,
es Mi Padre quien Me ha dicho que lo diga. Lo
que estoy haciendo, es Mi Padre quien Me dice
que lo haga.
Este año, unámonos a Jesús en la súplica:
«Jesús mío, quiero asemejarme a Vos en
Vuestra obediencia. Quiero cumplir la voluntad
del Padre de los Cielos como Vos. Quiero
hacerlo para que venga Su Reino». Padre, dice
Jesús, glorifica a Vuestro Hijo!
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El Hijo es
glorificado por Su Padre cuando un niño, un
cristiano, se une a Él en la oración y sigue Su
ejemplo.
Oración humilde
¡Que su oración sea humilde! Que no sea la
oración del fariseo: «No soy como los demás
pecadores.
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Te agradezco, Dios mío, que no soy
así». Digamos más bien: «¡Dios mío,
convertidme! Dejad que Vuestro reino venga
sobre mí. Santificado sea Vuestro nombre en mi
vida, en mi conducta, en todas mis palabras, en
todos mis pensamientos, en todo. Dios mío, Os
suplico...»
Si rezan así con humildad, Dios Se revelará a
su corazón, se lo aseguro en Su nombre. Es
Dios mismo quien nos asegura esto. Acaban de
oírlo en el Evangelio de la misa de hoy: Te
bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra,
por ocultar estas cosas a los sabios y prudentes
y revelárselas a los pequeños. Y Jesús
continúa: Sí, Padre, Te bendigo que lo hayas
querido así.
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Esta es la voluntad de Dios que
no puede ser esquivada. Dios Se revela a los
pequeños. El pequeño reza con humildad, llora
ante Dios y quiere tanto ser agradable a su
Padre en el Cielo. Gime y suplica cuando ve la
desolación universal; ofrece su oración por
todos sus hermanos y hermanas de la tierra:
«¡Dios mío, ayudadme! ¡Dios mío, ayudadme!
¡Convertidme! ¡Convertidnos! ¡Cambiad este
mundo para que Vuestro nombre sea
glorificado! ¡Que venga Vuestro reino!»
Dios habla al corazón de este pequeño en la
oración, mientras que voluntariamente Se
esconde de los soberbios, los orgullosos, los de
grandes, los sabios de este mundo. Y si Dios Se
esconde voluntariamente, nunca Lo
encontrarán. ¡Es imposible! Esconde Sus
secretos a los orgullosos y los revela al pequeño
que reza humildemente ante Él. ¡Qué poder,
qué maravilla! Dios Se manifiesta en una
humilde oración. Pero perseveren en la
oración, no se cansen.
21
Nos gustaría que nos respondieran al
instante cuando rezamos. «Dios mío, estoy un
poco orgulloso, necesito que me transforméis.
Soy vanidoso, desobediente, sensual, carnal,
codicioso, perezoso, egocéntrico, egoísta. Sólo
pienso en mí mismo. Busco mis caprichos, mi
placer en la tierra. ¡Por favor, cambiad eso,
Dios mío! Ya está. Ya está. ¡Gracias!» Oración
hecha, seguimos adelante, nos divertimos, nos
distraemos. Y luego piensas, «¡humildemente lo
pedí y no lo conseguí!» La oración que hicieron
es buena, pero sigan rezando y sigan rezando.
Recen sin cesar, sin cansarse nunca, y recibirán.
Ustedes que desean conocer a Dios, amarle,
servirle, deben rezar humildemente. De lo
contrario, nunca conocerán a Dios, no Lo
amarán realmente. Nunca nos equivocamos
cuando rezamos golpeando humildemente
nuestros pechos, rezando a Dios para que Se
nos manifieste. Cuando Dios Se manifiesta, el
hombre se enamora infaliblemente de Él.
Cuando el hombre ama a Dios, Le sirve.
Entonces todo cambia. Un santo, un siervo de
Dios puede cambiar el mundo. Lo hemos visto
en la historia. Miren a Santa Teresita del Niño
Jesús y la marca duradera que dejó en la
Iglesia. Dios Se manifestó en el alma de esta
monjita que rezaba, que se unió a Él en la
humildad de su corazón. Le rogó a Dios, Lo
contempló en la oración.
Contemplemos la
oración de Jesús
La oración puede
tomar muchas formas.
Hay una oración
pública. Hay un
momento en que uno
se reúne para asistir al
Santo Sacrificio de la Misa, la mayor oración de
Jesús. En el altar, Jesús Se sacrifica a Su Padre
como en el Calvario.
Contemplemos la oración de Jesús en el seno
de Su Madre, la Virgen María. ¿Cuál debió ser
la oración de este Pequeño en la cueva de Belén,
en la fría noche, en silencio, en ese lugar
abandonado por los humanos, un refugio para
los animales que pasaban? ¿Cuál fue la oración
de nuestro Dios encarnado, niñito? Contemplan
esta oración de Jesús, uniéndose a Su oración
en los brazos de Su Madre, en el pesebre de los
animales. Así es como comienza Jesús: en el
pesebre de los animales... Contemplan la
oración de este pequeño.
¿Cuál fue la oración de Jesús, que fue
expulsado porque un orgulloso potentado había
decidido matar a todos los niños pequeños para
asegurarse de que sería destruido? ¿Cuál fue la
oración de este pequeño ante los santos
inocentes que estaban siendo masacrados por
Él? Se exilió a Egipto, como un rechazado, en
los brazos de Su Madre, dirigido por San José.
Está exiliado de Su cielo, exiliado de Su patria.
Contemplan esta oración: Jesús es un extraño
en el sentido más absoluto, con las privaciones
más totales. Lo contemplan y rezan. Le dice que
usted también desea convertirse en un extraño
en la tierra, porque se quiere parecer a Él. «Es
difícil para mí, mi Jesús. Me dejo seducir, me
dejo atrapar por tantas cosas. Me dejo atar a
todo. ¡Me separo de una cosa y otras cinco se
aferran a mí! ¡Jesús mío! Y Vos, Vos erais un
extraño...»
Después de siete años de exilio en Egipto,
regresa a Nazaret y sigue siendo un extraño. Le
pregunta a Jesús: «¿Cuál fue Vuestra oración
durante estos treinta años? ¡Qué oración tan
silenciosa, uniendo Vuestra alma con Vuestro
Padre en el Cielo, buscando sólo Su Voluntad!
En Vuestra vida pública, cuántas veces Os
vemos retirar a la montaña por la noche para
rezar». ¿Qué era esta silenciosa oración de
Jesús por la noche, en la montaña, en un lugar
apartado, a solas con Su Padre, sin ningún
testigo? El Hijo de Dios que reza…
La oración de la
Virgen María
Que este año su
oración sea una
imitación de María.
Piensan en la
pequeña María,
confiada al Templo
desde los tres años hasta los catorce.
Contémplanla rezando para que venga el reino
de Dios. Durante años Le rogó a Dios con
lágrimas: «¡Dios mío, venid! ¡Venid! ¡Os
necesitamos! La situación no está bien, Venid!
Venid a salvar este pobre mundo, estamos
todos perdidos.» Cuando era pequeña, rezaba,
suplicaba a Dios... Dios recibió la oración de
esta niña con tanta alegría y placer. La joven
María sabía por las profecías que la hora de la
Redención, la venida del Mesías estaba cerca.
Ella rezó para acelerar ese día. Sin embargo, no
sabía que Se convertiría en la Madre de Dios.
Algunos podrían decir que, en cualquier caso,
los planes de Dios se cumplieron a la hora
señalada por Dios. Sí, sin duda, pero las
oraciones de la pequeña María eran necesarias
para que se cumplieran.
Así que ahora debemos hacer esta súplica a
Dios. Siguiendo el ejemplo de la pequeña María
que reza en el Templo, nuestra oración debe
ser una súplica a Dios para que acelere
Su reinado, para que adelante la hora de
la salvación. Esta es la intención del lema.
Esta es la oración que haremos todos juntos
este año. Le rogaremos a Dios que acelere el
tiempo de salvación de la humanidad. Los
tiempos están contados, la hora se acerca para
el cumplimiento de los propósitos de Dios, pero
Dios quiere esta oración; la está esperando.
Dondequiera que estén, rezan con nosotros
tanto como puedan, tanto como se lo permita la
fragilidad humana. Deben unirse a la Iglesia en
esta oración para acelerar esta hora. Ya están
haciendo mucho, sé que están sufriendo en su
alma. Dios lo ve, sigan rezando, sigan rogando.
Dios está esperando su súplica.
En Caná, Nuestro Señor respondió a la
Santísima Virgen que Le pidió que interviniera:
Mi hora aún no ha llegado.
22
Por Su oración, la
Virgen María aceleró la hora de Dios. Dios
espera estas oraciones de imploración este año,
más de lo que puedan pensar: «Dios mío,
acelerad Vuestro plan...». Hemos estado
cantando todo el Adviento, «¡Venid, divino
Mesías!» Debemos continuar con la misma
súplica: «¡Dios mío, acelerad este momento de
salvación! Compensad y perfeccionad lo que
nos falta. Santificadnos para que podamos
llevar a cabo Vuestro plan. ¡Alejadnos de la
tierra!» Digamos de nuevo esa maravillosa
oración a la Madre de la Salvación:
«Apartadnos de la tierra, limpiad nuestros
corazones, unednos a Vos para pediros
misericordia, para acelerar el momento, para
acelerar ese bendito día de redención y
salvación del mundo».
Intervención del Cielo
Se ve la intervención del Cielo que tuvo lugar
a través de la misión de Santa Juana de Arco.
Esto es lo que está pasando con la Iglesia
renovada. Es una intervención del Cielo, esta
vez, para la Iglesia, para la humanidad. El buen
Dios Se apiadará de los hombres como Se
apiadó de Francia. Aunque los franceses no
eran inocentes o más santos que otros, Dios
tuvo misericordia de ellos. Fue una decisión del
Cielo. Lo que está por venir es una decisión del
Cielo para hacer temblar al infierno, y burlarse
de Satanás. El demonio ha estado burlándose
de Dios durante demasiado tiempo. ¡El reino de
Dios está llegando! No lo duden.
Que su oración sea casi habitual, día y noche.
Recen en sus idas y venidas, en sus
ocupaciones, pero sobre todo, reserven para
ustedes momentos personales de tranquilidad,
de soledad, a solas con Dios. Dediquen tiempo a
hacer esta súplica a Dios, con calma, bajo Su
mirada, golpeando su pecho, aniquilándose
ante Él: «Dios mío, si no llega Vuestro socorro,
es culpa mía. No retraséis la salvación por mi
negligencia, por mis ofensas. Por favor,
limpiadme, Os lo ruego, limpiadme, apartadme
de la tierra, por favor! ¡Quitadme el obstáculo,
para que venga la salvación, porque es algo
urgente! Haced Vuestro trabajo, haced nuestra
salvación. Lo necesitamos. Es para Vuestra
gloria.». Esta humilde oración toca el corazón
de Dios.
La venganza del Amor Infinito
Habíamos deseado el establecimiento del
Reino de Dios durante el año pasado. ¿Vieron
cómo terminó? con un culto idolátrico frente al
mundo.
23
Esto muestra la urgencia de la hora.
Los hombres de la Iglesia encuentran todo tipo
de fórmulas para justificar esta apostasía. ¡Esta
adoración de ídolos es una abominación sin
nombre! Desgraciadamente, las cosas se
pondrán aún peor. No es Dios quien reina en el
mundo en este momento, es el diablo.
Sin embargo, pronto, pronto, la hora de Dios
llegará. Ahora, dice Jesús, es la hora del poder
de las tinieblas.
24
Pero pronto será Su hora, la
hora de Su dulce venganza divina, la dulce
venganza de Su infinito Amor.
Pronto llegará el momento de la venganza
del Amor Infinito, por aquellos que Él Se ha
reservado para Sí mismo a través del mundo,
que serán mansos, humildes de corazón, que
intercederán en nombre de la humanidad. Este
es nuestro papel este año. Ante Dios,
purifiquémonos e implorémosle: «Cumplid
Vuestro propósito. Purificad lo que debe ser
purificado. Eliminad todo lo que se interponga
en el camino de Vuestra gracia. ¡Pero no
retraséis Vuestro propósito, por favor!» Dios
ama la oración humilde que asciende haste Él, y
todo el Cielo escucha esa oración con asombro.
Si lo supieran, estarían siempre en ese estado
de oración que hace que el Cielo entre en júbilo,
y nos hace olvidar en cierto modo el reinado de
Satanás.
Buen Padre del Cielo, vamos a ofrecer a
Vuestra gloria este primer Santo Sacrificio de la
Misa del año 2020 que tendrá lugar bajo
Vuestra mirada divina. Os pedimos que miréis
atentamente a Vuestro Hijo que Se va a inmolar
en este altar, y que Os reza sacrificándose.
Jesús reza por nosotros y Os ruega que mostréis
misericordia al pobre mundo tan lejos de Vos.
Os pedimos que recibáis esta dolorosa oración
de Jesús en el Calvario, y que Os dejéis tocar.
Aunque somos muy cobardes, temerosos, nos
unimos a Su dolorosa oración para rogaros que
Vuestro nombre sea santificado en la tierra,
para rogaros que Vuestro reino venga.
Bien, hermanos y hermanas, este año
intentaremos impregnarnos del pensa-
miento de Jesús a través de la oración.
Que Él ayude a nuestros hermanos en la tierra.
Le pedimos que venga Su reino. Tenemos un
hermoso papel este año. El Cielo cuenta con
nosotros. ¡Año santo de oraciones, de
súplicas a Dios, todos juntos!
1. El primer de enero está especialmente consagrado al
Padre Eterno.
2. San Mateo 3, 17; San Marcos 1, 11; San Lucas 3, 22
3. San Mateo 17, 5; San Marcos 9, 6; San Lucas 9, 35
4. San Juan 12, 27-28
5. San Juan 15, 8; 15, 16
6. San Juan 15, 10
7. San Juan 6, 38
8. San Juan 8, 29
9. San Mateo 6, 9; San Lucas 11, 2
10. San Juan 16, 23
11. San Marcos 11, 24
12. San Juan 16, 24
13. Terrícola, en el sentido de vivir sólo para la tierra,
olvidando nuestro destino eterno.
14. Cf. San Juan 5, 19; 5, 36; 8, 26; 8, 38; 12, 49; 14, 10;
14, 24; 17, 8.
15. San Juan 15, 15
16. Cf. San Juan 5, 36; 8, 28; 10, 25; 10, 37; 14, 31.
17. Cf. San Juan 4, 34; 5, 30; 5, 43; 6, 38; 7, 17.
18. San Juan 17, 1 y 5
19. Cf. San Lucas 18, 10-14
20. San Mateo 11, 25-26; San Lucas 10, 21
21. Cf. San Lucas 18, 1-8; San Pablo, I Tes. 5, 17
22. San Juan 2, 4
23. Ceremonias para la veneración del ídolo amazónico
Pachamama que tuvieron lugar en el Vaticano en octubre
de 2019.
24. San Lucas 22, 53
¡Que venga Su Reino!
Lema y
Deseo
para el
año
2020