Liturgie pour les Dimanches et Fêtes principales

Jesús resucita a la hija de Jairo.
Domingo 23 después de Pentecostés – Resurrección de la hija de Jairo

Réflexion sur la Liturgie du jour – tiré de L’Année Liturgique, par Dom Prosper Guéranger

Introito

Dice el Señor: Yo pienso pensamientos de paz y no de aflicción: Me invocaréis, y Yo os escucharé: y os haré volver de vuestra cautividad en todos los lugares. – Salmo: Bendijiste, Señor, Tu tierra: redimiste la cautividad de Jacob. Gloria al Padre.

Colecta

Suplicámoste, Señor, perdones los delitos de Tus pueblos: para que, por Tu benignidad, nos libremos de los lazos de los pecados, que hemos contraído por nuestra fragilidad. Por Nuestro Señor Jesucristo.

Épître

Epístola

Lección de la Epístola del Apóstol San Pablo a los Filipenses (III, 17-21; IV, 1-3).

Hermanos: Sed imitadores míos, y contemplad a los que caminan conforme al modelo que tenéis de mí. Porque hay muchos, de quienes os hablé muchas veces (y ahora lo repito llorando), que caminan como enemigos de la cruz de Cristo: cuyo fin será la muerte: cuyo Dios es el vientre: y su gloria será su confusión, porque sólo aman lo terreno. En cambio, nuestra conversación está en los cielos: de donde esperamos al Salvador, a Nuestro Señor Jesucristo, el cual transformará nuestro humilde cuerpo, haciéndolo semejante a Su cuerpo glorioso, por el poder que tiene de someter a Sí todas las cosas. Por tanto, hermanos míos carísimos y deseadísimos, gozo mío, y corona mía: permaneced así en el Señor, carísimos. Ruego a Evodia y suplico a Síntique que sientan lo mismo en el Señor. También te ruego a ti, fiel hermano, las ayudes a ellas, pues trabajaron conmigo en el Evangelio, junto con Clemente y los demás colaboradores míos, cuyos nombres están en el libro de la vida.

Réflexion sur l’Épître

El buen ejemplo. – La Iglesia es un templo admirable que se levanta a gloria del Altísimo con el concurso de las piedras vivas que han de entrar en sus muros. La construcción de estas murallas sagradas según un plan preconcebido por el Hombre-Dios, es obra de todos. Lo que uno hace por medio de la palabra, otro lo hace con el ejemplo; pero los dos construyen, los dos edifican la ciudad santa; y del mismo modo que en tiempo de los Apóstoles, la edificación por el ejemplo gana a la otra en eficacia si la palabra no se apoya en la autoridad de una vida conforme al Evangelio. Pero, como el edificar a los que le rodean es para el cristiano una obligación que se funda a la vez en la caridad hacia el prójimo y en el celo de la casa de Dios, así tiene que buscar en otro, si no quiere pecar de presumido, la edificación para sí mismo. La lectura de libros buenos, el estudio de la vida de los santos, la observación, según la expresión de nuestra Epístola, la observación respetuosa de los buenos cristianos que viven a su lado, le servirán de mucha ayuda en la obra de la santificación personal y en el cumplimiento de los designios que Dios tiene sobre él.

Esta relación de pensamientos con los elegidos de la tierra y del cielo nos apartará de los malos que rechazan la cruz de Jesucristo y sólo piensan en las satisfacciones vergonzosas de los sentidos. Ella, en verdad, centrará nuestra conversación en los cielos. Y esperando el día, que ya está próximo, de la venida del Señor, permaneceremos firmes en él, a pesar del mal ejemplo de tantos desgraciados arrastradas por la corriente que lleva al mundo a su perdición. La angustia y los padecimientos de los últimos tiempos sólo conseguirán aumentar en nosotros la santa esperanza; pues despertarán cada vez más en nosotros el deseo del momento solemne en que el Señor se aparecerá para terminar la obra de la salvación de los suyos, revistiendo también nuestra carne del resplandor de su cuerpo divino. Estemos unidos, como lo pide el Apóstol, y en lo demás: Regocijaos siempre en el Señor, escribe a sus queridos Filipenses; «otra vez os lo digo, regocijaos: el Señor está cerca».

Gradual

Nos libraste, Señor, de los que nos afligían: y confundiste a los que nos odiaron. Nos gloriaremos en Dios todo el día, y alabaremos Tu nombre por los siglos. Aleluya, aleluya. Desde lo profundo clamo a Ti, Señor: Señor, escucha mi oración, Aleluya.

Évangile

Continuación del santo Evangelio según San Mateo IX, 18-26).

En aquel tiempo, hablando Jesús a las turbas, he aquí que se acercó un príncipe, y Le adoró, diciendo: Señor, mi hija acaba de morir: pero ven, pon sobre ella Tu mano, y vivirá. Y, levantándose Jesús, le siguió, y también Sus discípulos. Y he aquí que una mujer, que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, se acercó por detrás, y tocó la orla de su vestido. Porque decía dentro de sí: Si tocare solamente Su vestidura, sanaré. Pero Jesús, volviéndose, y viéndola, dijo: Confía, hija, tu fe te ha salvado. Y sanó la mujer desde aquel instante. Y, habiendo llegado Jesús a la casa del príncipe, cuando vió a los flautistas, y a la multitud agrupada, dijo: Apartaos: porque la niña no está muerta, sino que duerme. Y se burlaron de El. Y, arrojada la muchedumbre, entró, y tomó su mano. Y resucitó la niña. Y se divulgó la nueva por toda aquella región.

Réflexion sur l’Évangile

Reflexión sobre el Evangelio

La Santa Iglesia es tan celosa en cumplir las súplicas, oraciones y acciones de gracias por todos los hombres solicitadas por el Apóstol, que la vemos dando gracias también por la futura salvación de los hijos perdidos, que ella sabe que un día deben estar unidos a su cuerpo. Ella se regocija en ellos como en sus futuros miembros. En el Introito, canta todos los años, recordando sin fin las profecías que les conciernen: El Señor dice: Mis pensamientos son pensamientos de paz y no de aflicción. Sus pensamientos son todos pensamientos de paz, ya que promete admitir a los pecadores arrepentidos en el banquete de Su gracia, dándose cuenta de lo que se había figurado en la historia del patriarca José. Los hermanos del patriarca, que lo habían vendido, vinieron a él por hambre, cuando estaba extendiendo su dominio por toda la tierra de Egipto; fueron reconocidos y recibidos por él, e hizo un gran festín con ellos: Así que nuestro Señor, reinando sobre todo el mundo, y alimentando a los egipcios, es decir, a los gentiles, con el pan de vida, verá al remanente de los hijos de Israel volver a Sí mismo; recibido por la gracia de Aquel a quien negaron y mataron, les dará un lugar en Su mesa, y el verdadero José beberá deliciosamente con Sus hermanos.

Entonces se cumplirá lo dicho por Jeremías: ya no se dirá: «Viva el Señor que sacó a los hijos de Israel de la tierra de Egipto», sino..: «¡Viva el Señor que los trajo de la tierra de Aquilón, y de todos los lugares donde se dispersaron!»

Liberados, por lo tanto, del cautiverio espiritual que ahora los retiene, cantarán desde lo más profundo de sus almas la acción de gracias indicada en el Gradual: Nos has liberado, Señor, de los que nos perseguían.

La súplica con la que decimos en el ofertorio: «Desde las profundidades del abismo clamé a Ti, Señor», es también claramente una respuesta a las mismas circunstancias. Porque ese día, Sus hermanos Le dirán al gran y verdadero José: «Te suplicamos que olvides el crimen de Tus hermanos…». Y el mismo José responderá, como el primero dijo antes: «No teman… Habían formado un plan malvado contra mí; pero Dios lo ha convertido en bueno, para levantarme como ahora lo ven, y para salvar a muchos pueblos. No teman, por lo tanto, que los alimentaré a ustedes y a sus hijos».

La petición de perdón sigue apareciendo una y otra vez en las bocas del pueblo cristiano, porque la fragilidad de la naturaleza arrastra constantemente al propio hombre justo aquí en la tierra. Dios conoce nuestra miseria; perdona sin fin, a condición de una humilde confesión de las faltas y de confiar en Su bondad. Estos son los sentimientos que inspiran a la Iglesia a los términos de la Colecta de hoy.