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Jesús Crucificado y la Santísima Virgen María

Via Crucis-01

meditado por Padre Juan Gregorio de la Trinidad

Oración preparatoria.

 

Virgen Santa, que estuvisteis tan íntimamente ligada a la Pasión de Vuestro divino Hijo, nuestro Salvador, acompáñanos en este Vía Crucis, instruyednos Vos misma, mostradnos lo que Vuestro divino Hijo sufrió por nosotros. Vos sabíais, desde Su nacimiento, que este Niño tenía que ser sacrificado por la salvación del mundo y aceptasteis plenamente este sacrificio. Os convertisteis en la Virgen de los Dolores. Madre Santísima, atravesad nuestros corazones, tan duros, a la vista de los infinitos sufrimientos de nuestro Salvador.

Dejemos que el recuerdo de la Pasión se grabe en nuestros corazones y en nuestras mentes; entonces nos será fácil amar a nuestro Salvador, seguir Sus pasos llevando nuestra cruz. «Si alguien quiere seguirme –nos dice Jesús–, que tome su cruz cada día y Me siga.» – No podemos ser cristianos sin tomar nuestra cruz, sin aceptar llevarla tras las huellas de Jesús en el camino del Calvario.

Antés de la Estación

Antés de la Estación

Oraciones antés de la Estación

Os adoramos Señor y Os bendecimos

Porque con Vuestra Santa Cruz habéis redimido al mundo.

(Se anuncia la Estación: "Primera Estación...etc)

1. Jesús es condenado a muerte.

Consideremos que nuestro Salvador acepta la condena, la propia inocencia y santidad, mientras que nosotros, los verdaderos culpables, siempre queremos excusarnos, exonerarnos, encontrar razones para disminuir la gravedad de nuestras faltas.

Nos engañamos a nosotros mismos, no nos gusta mirarnos y conocer la realidad de nuestras miserias. Intentamos exonerarnos atribuyendo nuestras faltas a los defectos de la educación que hemos recibido, a nuestro entorno o a las tendencias de nuestro temperamento; pero rara vez decimos que somos culpables. Golpeemos nuestro pecho y pidamos a Jesús que haga caer de nuestros ojos las escamas de nuestras ilusiones. Acusémonos humildemente

Jesús, la misma inocencia, acepta ser el gran culpable en nuestro lugar. Él toma sobre sí todos nuestros pecados. Se convierte en el mayor de los pecadores, porque no queremos soportar nuestras faltas. Así, cargado con todos los pecados de la humanidad, Jesús incurrió en la ira de su Padre divino.

Al contemplar a Jesús condenado a muerte, pidamos la gracia de reconocer nuestras faltas, de humillarnos, de no buscar excusas. Reconocernos como pobres pecadores es la primera condición para beneficiarnos de los frutos de la Redención adquiridos por la dolorosa Pasión de nuestro Salvador. Dejemos de justificarnos, de excusarnos o de culpar a los demás.

Después de la Estación

Después de la Estación

Oraciones después de la Estación

Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea el Tu Nombre; venga a nos el Tu reino; hágase Tu voluntad así en la tierra como en el cielo.

El pan nuestro de cada día dánosle hoy; y perdonadnos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación,
mas líbranos del mal.
Amén

Dios Te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es Tu Hijo Jesús.

Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo y a la Madre de Dios.

Como era en el principio, ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.

V. ¡Ten piedad de nosotros, Señor!
R. ¡Ten piedad de nosotros!

V. Que las almas de los fieles difuntos
R. Por la misericordia de Dios descansen en paz. Amén.

Antés de la Estación

Antés de la Estación

Oraciones antés de la Estación

Os adoramos Señor y Os bendecimos

Porque con Vuestra Santa Cruz habéis redimido al mundo.

2.

Jesús recibe Su Cruz.

Jesús acepta la cruz, acepta sufrir por nosotros que rechazamos la cruz. Rechazamos el sufrimiento, lo declaramos injusto cuando es pura justicia. Si Jesús, nuestro Salvador, no hubiera aceptado sufrir por nosotros, todos estaríamos perdidos. Sin los infinitos méritos adquiridos por la Santa Pasión de nuestro Señor, sin su infinita misericordia, todos estaríamos condenados.

Agradezcamos a Jesús y recordemos especialmente las grandes obras de amor realizadas en su Pasión. Démosle las gracias por habernos salvado casi a pesar de nosotros mismos. En efecto, si Dios nos envía sufrimientos, pruebas de todo tipo, es para salvarnos a pesar de nosotros mismos. Los hombres se perderían, irían al infierno, si Dios les dejara vivir en la facilidad, porque «el camino del cielo es estrecho». En su bondad y misericordia, no queriendo que los frutos de su Redención sean inútiles, Dios envía sufrimientos de todo tipo a los pobres humanos.

Pidamos la gracia de disfrutar de estos sufrimientos aceptándolos con gran amor. Besemos la cruz que Dios nos presenta. Sí, hermanos míos, agradezcamos la bendición de la cruz que es el sufrimiento en todas sus formas. La cruz es el mayor regalo que Dios puede hacernos en la tierra; es el regalo que hace a sus amigos más queridos. Es el signo de los predestinados, el signo infalible de la misericordia y la predestinación divinas. Demos gracias a Dios de todo corazón y pidámosle el amor de la cruz.

Después de la Estación

Después de la Estación

Oraciones después de la Estación

Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea el Tu Nombre; venga a nos el Tu reino; hágase Tu voluntad así en la tierra como en el cielo.

El pan nuestro de cada día dánosle hoy; y perdonadnos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación,
mas líbranos del mal.
Amén

Dios Te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es Tu Hijo Jesús.

Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo y a la Madre de Dios.

Como era en el principio, ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.

V. ¡Ten piedad de nosotros, Señor!
R. ¡Ten piedad de nosotros!

V. Que las almas de los fieles difuntos
R. Por la misericordia de Dios descansen en paz. Amén.

Antés de la Estación

Antés de la Estación

Oraciones antés de la Estación

Os adoramos Señor y Os bendecimos

Porque con Vuestra Santa Cruz habéis redimido al mundo.

3.

Jesús cae por primera vez.

Jesús había sufrido una flagelación tan sangrienta que sin un milagro no habría podido llevar la cruz al Calvario. Los profetas habían predicho que el Salvador sería colgado en un árbol. Este era el plan de Dios: su amado Hijo iba a morir crucificado.

Pidamos a Dios la gracia de llegar hasta el final, de completar nuestro peregrinaje terrenal tal como Dios lo ha planeado para nosotros. Pidamos aguantar hasta el final, perseverar pase lo que pase, a pesar de las pruebas y dolores de la vida, para obtener la recompensa prometida a las almas que perseveran hasta el final. Pidamos esta perseverancia por los méritos de la Santa Pasión de Jesús.

Cada día, en cada momento si es posible, contemplemos a nuestro Salvador que nos precede en el camino del Calvario. El camino parecerá menos arduo si mantenemos nuestra mirada fija en Él. El camino del Calvario fue, por así decirlo, la apoteosis de la vida de nuestro Salvador, el resumen de su existencia en la tierra: un perpetuo Vía Crucis.

Los trágicos acontecimientos, que se conmemoran todos los años durante la Semana Santa, no fueron más que la Pasión externa y final de Nuestro Señor. A lo largo de su vida sufrió su verdadera Pasión, a la que se asoció la Santísima Virgen.

La Pasión de Jesús comenzó en su nacimiento. En su presciencia conoció todos sus dolores venideros, sufrió especialmente al ver tantas almas rebeldes a la gracia y que pisotearían sus dones, tantas almas que despreciarían su santa Pasión y los avances del amor de Dios a la humanidad. Este espectáculo fue la verdadera Pasión de Nuestro Señor y Su Santísima Madre, la Madre de los Dolores.

Cuando María presentó a su Jesús en el Templo, el anciano Simeón le dijo: «Este Niño será piedra de tropiezo para muchos, signo de contradicción, y Vos misma, una espada de dolor atravesará Vuestra alma.»

Pidamos, pues, la gracia de caminar con valentía tras las huellas de Jesús y de María, de tomar cada día nuestra cruz, como nos pide el Señor en el Evangelio: «El que quiera ser Mi discípulo, que renuncie a sí mismo, tome su cruz cada día y Me siga». Pidamos esta gracia por los méritos de la santa Pasión de nuestro Salvador.

Después de la Estación

Después de la Estación

Oraciones después de la Estación

Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea el Tu Nombre; venga a nos el Tu reino; hágase Tu voluntad así en la tierra como en el cielo.

El pan nuestro de cada día dánosle hoy; y perdonadnos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación,
mas líbranos del mal.
Amén

Dios Te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es Tu Hijo Jesús.

Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo y a la Madre de Dios.

Como era en el principio, ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.

V. ¡Ten piedad de nosotros, Señor!
R. ¡Ten piedad de nosotros!

V. Que las almas de los fieles difuntos
R. Por la misericordia de Dios descansen en paz. Amén.

Antés de la Estación

Antés de la Estación

Oraciones antés de la Estación

Os adoramos Señor y Os bendecimos

Porque con Vuestra Santa Cruz habéis redimido al mundo.

4.

Jesús Se encuentra con Su Santísima Madre.

Nuestro Señor y la Santísima Virgen María estuvieron siempre muy unidos; eran uno. Durante la Pasión, nuestra buena Madre estuvo íntimamente unida a su divino Hijo, le siguió en el camino del Calvario y compartió sus sufrimientos hasta el extremo. No en vano la llamamos Madre de los Dolores, Nuestra Señora de los Siete Dolores.

Pidamos a la Santísima Virgen María que interceda por nosotros ante Su divino Hijo para que nuestras almas, redimidas a tan alto precio, sean purificadas por la misericordia divina. Pidamos que muchas almas en el mundo puedan sentir los frutos y beneficios de la Pasión de Nuestro Señor. Que esta santa Pasión derrame gracias excepcionales sobre nuestra familia espiritual, sobre toda la cristiandad y sobre tantas almas en vías de perdición.

Oh Madre Santísima, Vos que tanto sufristeis con Vuestro divino Hijo, interceded por nosotros ante nuestro Salvador, interceded ante el Padre Eterno para que, por los méritos de la Santa Pasión, se nos concedan gracias excepcionales: gracias de conversión para nosotros mismos, gracias para la Santa Iglesia, para toda la humanidad, y especialmente para todos los que sufren en la tierra, para que todos estos sufrimientos no sean en vano, sino que, por un milagro de Dios, se identifiquen con los de Jesús.

– Señor Jesús, que Vuestra preciosa Sangre purifique las almas por las que moristeis con tanto amor.

– Jesús mío, perdón y misericordia, por los méritos de Vuestras santas Llagas y los sufrimientos de Vuestra Madre.

– Padre Eterno, por el Corazón Doloroso e Inmaculado de María, Os ofrezco las Llagas de Nuestro Señor Jesucristo, para curar las de nuestras almas.

Después de la Estación

Después de la Estación

Oraciones después de la Estación

Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea el Tu Nombre; venga a nos el Tu reino; hágase Tu voluntad así en la tierra como en el cielo.

El pan nuestro de cada día dánosle hoy; y perdonadnos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación,
mas líbranos del mal.
Amén

Dios Te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es Tu Hijo Jesús.

Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo y a la Madre de Dios.

Como era en el principio, ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.

V. ¡Ten piedad de nosotros, Señor!
R. ¡Ten piedad de nosotros!

V. Que las almas de los fieles difuntos
R. Por la misericordia de Dios descansen en paz. Amén.

Antés de la Estación

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Oraciones antés de la Estación

Os adoramos Señor y Os bendecimos

Porque con Vuestra Santa Cruz habéis redimido al mundo.

5.

Simón el Cireneo ayuda a Jesús a llevar Su Cruz.

Cada día, en nuestro prójimo sufriente y golpeado, Jesús mismo se nos presenta en el camino del Calvario. Pidamos la gracia de imitar el gesto de Simón ayudándole a llevar su Cruz. «Lo que hacéis al más pequeño de los Míos –dijo Jesús– Me lo hacéis a Mí.»

Nos falta fe. Pobres pecadores que somos, no sabemos reconocer a Jesús que pasa por nuestro camino todos los días y varias veces al día, como una vez pasó por el camino de Simón el Cireneo.

Pidamos a Dios saber reconocer a Jesús que continúa su Pasión en sus miembros sufrientes. A veces tenemos la tentación de envidiar a los espectadores de la Pasión temporal de Jesús, la Pasión que tuvo lugar en Jerusalén hace dos mil años. Pero esa misma Pasión se perpetúa en medio de nosotros, en favor de la humanidad; se renueva místicamente en cada momento del día y de la noche en nuestros altares, y se renueva también en la vida de los miembros sufrientes del cuerpo místico de Jesús.

Pidamos el espíritu de fe para saber ayudar a Jesús en nuestro prójimo, con una buena palabra o un gesto de ayuda.

Después de la Estación

Después de la Estación

Oraciones después de la Estación

Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea el Tu Nombre; venga a nos el Tu reino; hágase Tu voluntad así en la tierra como en el cielo.

El pan nuestro de cada día dánosle hoy; y perdonadnos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación,
mas líbranos del mal.
Amén

Dios Te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es Tu Hijo Jesús.

Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo y a la Madre de Dios.

Como era en el principio, ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.

V. ¡Ten piedad de nosotros, Señor!
R. ¡Ten piedad de nosotros!

V. Que las almas de los fieles difuntos
R. Por la misericordia de Dios descansen en paz. Amén.

Antés de la Estación

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Os adoramos Señor y Os bendecimos

Porque con Vuestra Santa Cruz habéis redimido al mundo.

6.

Verónica limpia el rostro de Jesús.

Esta valiente mujer ve a su Salvador todo desfigurado; no tiene miedo, se precipita entre la multitud para limpiar el rostro ensangrentado de Jesús ¡Oh! Pero la felicidad de una mujer es la nuestra; lo olvidamos… Cada día podemos limpiar el rostro magullado de Jesús, en nuestro prójimo. Cada día podemos también proclamar públicamente nuestra adhesión a Jesús, siendo fieles a sus mandamientos, a su Evangelio y a toda su voluntad,

Verónica ha demostrado vivamente su amor por Jesús, pero nosotros también podemos demostrar este amor cien veces al día, si queremos. Puede que nuestras acciones no sean tan espectaculares, ni se lleven a cabo en ocasiones tan excepcionales, pero serán, no obstante, una prueba real.

Amamos lo espectacular, amamos lo excepcional, pero nos falta amor. ¿Por qué la Verónica hizo este gesto de valentía, mientras los Apóstoles huían? Fue porque ella amaba y el amor da alas,

Pidamos esta gran gracia del amor de Dios. Pidamos esta gran gracia del amor de Dios. Que Jesús, a

través de su santa Pasión, encienda nuestros corazones con su amor, ese amor que nos hará fáciles y dispuestos a todo por nuestro Dios.

Después de la Estación

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Oraciones después de la Estación

Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea el Tu Nombre; venga a nos el Tu reino; hágase Tu voluntad así en la tierra como en el cielo.

El pan nuestro de cada día dánosle hoy; y perdonadnos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación,
mas líbranos del mal.
Amén

Dios Te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es Tu Hijo Jesús.

Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo y a la Madre de Dios.

Como era en el principio, ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.

V. ¡Ten piedad de nosotros, Señor!
R. ¡Ten piedad de nosotros!

V. Que las almas de los fieles difuntos
R. Por la misericordia de Dios descansen en paz. Amén.

Antés de la Estación

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Os adoramos Señor y Os bendecimos

Porque con Vuestra Santa Cruz habéis redimido al mundo.

7.

Jesús cae por segunda vez.

De camino al Calvario, vemos a Jesús embrutecido, maltratado, insultado y nos indignamos. Olvidamos que somos nosotros, presentes en estos verdugos, los que, por nuestros pecados, dimos poder a Satanás para masacrar a Jesús. Somos los grandes culpables de la Pasión de Jesús y queremos hacernos los inocentes. ¿Olvidamos que a menudo estamos dispuestos a someter a Jesús a la tortura por nada? Lo ponemos en la balanza por un vil placer, una pequeña satisfacción. Preferimos una nada de la tierra a Jesús, nuestro Salvador, nuestro Dios; estamos dispuestos a quebrantar los santos mandamientos de Dios, los santos deseos de Dios para nuestro contento. Por tan poco, pisoteamos los dones de Dios y renunciamos a su gracia. Equiparamos a Dios con cosas vulgares, sin valor, a veces incluso vergonzosas, y nos gustaría tener una buena conciencia, para pasar por inocentes.

¡Perdonadnos, Señor, perdónanos! Os pedimos la gracia de hacernos comprender la malicia de nuestras faltas, la gravedad de todas nuestras desobediencias a Vuestros mandamientos y a Vuestras santas voluntades. Hacednos comprender, oh Jesús, la maldad de nuestros actos y concedednos la gracia de la conversión.

– Jesús mío, perdón y misericordia, por los méritos de Vuestras santas Llagas y los sufrimientos de Vuestra Madre.

Después de la Estación

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Oraciones después de la Estación

Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea el Tu Nombre; venga a nos el Tu reino; hágase Tu voluntad así en la tierra como en el cielo.

El pan nuestro de cada día dánosle hoy; y perdonadnos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación,
mas líbranos del mal.
Amén

Dios Te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es Tu Hijo Jesús.

Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo y a la Madre de Dios.

Como era en el principio, ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.

V. ¡Ten piedad de nosotros, Señor!
R. ¡Ten piedad de nosotros!

V. Que las almas de los fieles difuntos
R. Por la misericordia de Dios descansen en paz. Amén.

Antés de la Estación

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Os adoramos Señor y Os bendecimos

Porque con Vuestra Santa Cruz habéis redimido al mundo.

8.

Jesús consuela a las hijas de Jerusalén.

«No lloréis por Mí, sino llorad por vosotras y por vuestros hijos», dijo Jesús a las hijas de Jerusalén. El verdadero dolor es el pecado; no es la propia Pasión.

Todas las desgracias han llegado a la tierra por el pecado. Como los hipócritas, nos lamentamos continuamente de las desgracias que ocurren en el mundo, como si fueran culpa de otros; todos somos culpables. Nosotros, pobres seres humanos, debemos admitir esta culpa y golpearnos humildemente el pecho. Sí, nuestro Salvador sufrió por nuestros propios pecados y los del mundo entero.

Nuestros primeros padres desobedecieron a Dios, rechazaron su Voluntad escuchando al diablo que les dijo: Dios quiere manteneros en la ignorancia, bajo su yugo; ignoradle. Emanciparos, liberaros. Seréis como dioses, conoceréis el bien y el mal… Nuestra madre Eva escuchó estas palabras; ella y Adán cayeron en ellas. La historia se repite…

El orgullo del hombre que quiere superar a Dios es la fuente de todas las desgracias. ¿Por qué hay tanto sufrimiento en la tierra? ¿Por qué tantas guerras, tanta pobreza, tanta gente muriendo de hambre? Todas estas desgracias ocurren porque el hombre se aleja de Dios; no sigue el camino que Dios le ha trazado. Escucha la voz de Satanás, que está celoso de la felicidad que Dios pretende para el hombre en la eternidad.

Dios nos muestra el camino para ser felices con Él. Incluso en este mundo, los siervos de Dios tienen alegría y paz, a pesar de su sufrimiento.

La mayor tristeza es que el hombre, en general, no quiere caminar según el Camino trazado por Dios en sus mandamientos y en su Evangelio. Los hombres se desvían de este camino que lleva directamente al cielo, y se suceden todo tipo de desgracias: guerras, injusticias, sufrimientos de todo tipo. Cuando un hombre toma verdaderamente el camino de Dios, se convierte en un «siervo de Dios» y mejora así la condición de la humanidad. Pero no son suficientes… necesitamos miles de San Francisco de Asís, miles de San Cura de Ars o Santa Teresa del Niño Jesús que, como tantos otros santos, pasaron por el mundo haciendo el bien. Son las personas de este tipo las que realmente mejoran la suerte de la humanidad.

Nada cambiará en la tierra hasta que estemos dispuestos a comprender esta verdad y volver a Dios, caminando estrechamente unidos a Jesús y María. Podemos lamentarnos una y otra vez de la situación del mundo, pero sin la modificación concreta de nuestras vidas, todas nuestras lamentaciones serán estériles.

Después de la Estación

Después de la Estación

Oraciones después de la Estación

Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea el Tu Nombre; venga a nos el Tu reino; hágase Tu voluntad así en la tierra como en el cielo.

El pan nuestro de cada día dánosle hoy; y perdonadnos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación,
mas líbranos del mal.
Amén

Dios Te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es Tu Hijo Jesús.

Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo y a la Madre de Dios.

Como era en el principio, ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.

V. ¡Ten piedad de nosotros, Señor!
R. ¡Ten piedad de nosotros!

V. Que las almas de los fieles difuntos
R. Por la misericordia de Dios descansen en paz. Amén.

Antés de la Estación

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Os adoramos Señor y Os bendecimos

Porque con Vuestra Santa Cruz habéis redimido al mundo.

9.

Jesús cae por tercera vez.

Jesús, el Dios fuerte, se revistió de nuestra humanidad, asumiendo nuestras debilidades para hacernos fuertes. «Sin Mí no podéis hacer nada», dice Él. Pero «todo lo puedo en Aquel que me fortalece», escribe San Pablo.

Oh Jesús, dadnos la fuerza, el valor de llevar nuestra cruz hasta el final, de cumplir Vuestros mandamientos, de obedeceros en todo, para que seamos salvadores con Vos, con Vuestra Santísima Madre, Corredentora del género humano.

Dadnos, oh Jesús, la gracia de ser huéspedes inmolados y crucificados con Vos. Reconocemos humildemente que sin Vos no somos más que pobres humanos, débiles, frágiles y volubles. Que los méritos de Vuestra santa Pasión fortalezcan nuestras almas, para que podamos convertirnos en Vuestros servidores, siguiendo las huellas de todos los Santos que Os han servido con tanto amor. Que nos convirtamos realmente en Vuestros apóstoles de los últimos tiempos para incendiar el cristianismo, para incendiar los corazones de nuestros hermanos y hermanas, para que la humanidad conozca días mejores.

Por los méritos de Vuestra santa Pasión, Os suplicamos, dadnos esta gracia, oh Dios mío. «No hay mayor amor que dar la vida por los que uno ama.» Esta prueba de amor, la disteis… Ya hab-is gastado Vuestra vida gota a gota, pero quisiste, en un espectáculo inolvidable, darnos una prueba tangible, irrefutable, del amor infinito que tenais por Vuestras criaturas tan indignas. Os damos las gracias por ello y queremos devolveros este amor, con la ayuda de Vuestra santa gracia y fuerza. Tomad posesión de nuestras personas, vivid en nosotros. Que ya no seamos nosotros los que vivamos, sino que digamos como Vuestro apóstol San Pablo: «Es Cristo quien vive en mí». ¡Entrad en nosotros, Jesús! Tomad posesión de nuestras personas, vivid en nuestras personas. Queremos entregarnos totalmente; ¡tomadnos!

Después de la Estación

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Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea el Tu Nombre; venga a nos el Tu reino; hágase Tu voluntad así en la tierra como en el cielo.

El pan nuestro de cada día dánosle hoy; y perdonadnos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación,
mas líbranos del mal.
Amén

Dios Te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es Tu Hijo Jesús.

Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo y a la Madre de Dios.

Como era en el principio, ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.

V. ¡Ten piedad de nosotros, Señor!
R. ¡Ten piedad de nosotros!

V. Que las almas de los fieles difuntos
R. Por la misericordia de Dios descansen en paz. Amén.

Antés de la Estación

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Os adoramos Señor y Os bendecimos

Porque con Vuestra Santa Cruz habéis redimido al mundo.

10.

Jesús es despojado de Sus vestidos.

Jesús, la dignidad misma, la pureza misma, se dejó desnudar ante la multitud, aceptó someterse a esta afrenta para expiar las indecencias de los hombres, las impurezas y los escándalos.

Dios había creado al hombre todo luminoso, resplandeciente con la gloria de Dios. Así como la Santísima Virgen es llamada en la Sagrada Escritura «la Mujer vestida de Sol», el hombre mismo estaba revestido de este esplendor de la divinidad, pero lo perdió por el pecado, como nos dice el Génesis: «Cuando nuestros primeros padres pecaron, vieron que estaban desnudos y se avergonzaron.» Se hicieron ropas con hojas de árbol para cubrir su desnudez. No es una gloria estar desnudo; es una desgracia. Vemos en la naturaleza pájaros adornados con hermosos plumajes, animales cubiertos de bellas pieles; pero por el pecado, el hombre quedó desnudo.

Jesús, habiéndose convertido en el pecador por excelencia, en el hombre de pecado –porque tomó sobre sí los pecados de toda la humanidad–, tenía por tanto que sufrir la suerte, el castigo del pecador y ser despojado.

Pidamos perdón a Dios por todas nuestras indecencias, por toda nuestra falta de modestia, por toda nuestra inmodestia. Pidamos perdón por nosotros mismos y por toda la humanidad de la que somos responsables.

No podemos decir como Caín: «¿Soy responsable de mi hermano?» Sí, somos responsables. Y si fuéramos más dados a Dios, la humanidad sería mejor. Nos llamamos cristianos, apóstoles y seguidores de Cristo, decimos serlo, pero muy a menudo nuestras ideas están lejos de las de Cristo. ¡No nos hagamos los inocentes! Todos tenemos nuestra parte de culpa en todas las tristezas que ocurren en la tierra.

Cuántas veces tenemos la tentación de despreciar al prójimo, de criticarlo, cuando ese pobre prójimo necesita nuestras oraciones, nuestras penitencias. Las almas necesitan nuestros sufragios, los méritos de Jesucristo que podríamos obtener para ellas ofreciendo el Santo Sacrificio de la Misa.

Pidamos a Dios que toque nuestros corazones, que nos abra los ojos a nuestras miserias y que nos dé la gracia de convertirnos, de ser verdaderos cristianos, verdaderos discípulos de Jesucristo.

Después de la Estación

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Oraciones después de la Estación

Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea el Tu Nombre; venga a nos el Tu reino; hágase Tu voluntad así en la tierra como en el cielo.

El pan nuestro de cada día dánosle hoy; y perdonadnos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación,
mas líbranos del mal.
Amén

Dios Te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es Tu Hijo Jesús.

Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo y a la Madre de Dios.

Como era en el principio, ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.

V. ¡Ten piedad de nosotros, Señor!
R. ¡Ten piedad de nosotros!

V. Que las almas de los fieles difuntos
R. Por la misericordia de Dios descansen en paz. Amén.

Antés de la Estación

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Oraciones antés de la Estación

Os adoramos Señor y Os bendecimos

Porque con Vuestra Santa Cruz habéis redimido al mundo.

11.

Jesús es clavado en la Cruz.

Pidamos a Jesús la gracia de ser clavados en la cruz con Él, para unirnos íntimamente a Él, para que seamos uno en nuestros pensamientos, deseos, voluntades y sentimientos. Que nada en nosotros sea ajeno a Nuestro Señor, sino que todo en nosotros sea conforme a Sus pensamientos, a Sus deseos, a Sus voluntades, a Sus sentimientos. Amemos lo que Él ama y seamos verdaderamente crucificados con Jesús, «víctimas de Jesús y de Jesús crucificado», como pide la Virgen en la Regla de la Orden de la Madre de Dios.

Pidamos cada día a Nuestro Señor la gracia de una íntima unión con Él, para que sus santas llagas estén constantemente presentes en nuestra mente, sin olvidar nunca las marcas de amor infinito que nuestro Salvador nos ha dado.

Después de la Estación

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Oraciones después de la Estación

Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea el Tu Nombre; venga a nos el Tu reino; hágase Tu voluntad así en la tierra como en el cielo.

El pan nuestro de cada día dánosle hoy; y perdonadnos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación,
mas líbranos del mal.
Amén

Dios Te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es Tu Hijo Jesús.

Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo y a la Madre de Dios.

Como era en el principio, ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.

V. ¡Ten piedad de nosotros, Señor!
R. ¡Ten piedad de nosotros!

V. Que las almas de los fieles difuntos
R. Por la misericordia de Dios descansen en paz. Amén.

Antés de la Estación

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Oraciones antés de la Estación

Os adoramos Señor y Os bendecimos

Porque con Vuestra Santa Cruz habéis redimido al mundo.

12.

Jesus muere en la Cruz por nuestra salvación.

Contemplemos a nuestro divino Salvador elevado entre el cielo y la tierra. Su Santísima Madre está allí recibiendo sus últimas palabras: «Mujer, aquí tienes a Vuestro hijo; hijo, aquí tienes a vuestra Madre.» Jesús nos ha dado todo y, en esta hora suprema, nos da lo que le queda más precioso en la tierra: nos da a su Madre, nos la da para el tiempo y para la eternidad. En la persona de San Juan, todos hemos recibido este precioso don; nos hemos convertido en hijos de María. Nunca podremos estar lo suficientemente agradecidos a Dios por esto.

Pidamos a esta Madre de los Dolores que imprima profundamente en nuestros corazones las heridas de Jesús crucificado. Pidámosle que nos instruya en las cosas del cielo. Somos tan estrechos de miras… Todos estos misterios de nuestra religión, especialmente este gran misterio de nuestra Redención, nos sobrepasan. Un Dios que se hace hombre y muere por sus criaturas! ¿Quién puede entenderlo? Es un misterio de amor. Es algo que no podemos concebir en nuestras pequeñas

cabezas humanas, pero es una realidad. Un misterio es algo que está más allá de la inteligencia humana, pero sigue siendo una realidad. Nuestro Salvador murió por nosotros; debemos reflexionar sobre esto tan a menudo como sea posible.

Después de la Estación

Después de la Estación

Oraciones después de la Estación

Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea el Tu Nombre; venga a nos el Tu reino; hágase Tu voluntad así en la tierra como en el cielo.

El pan nuestro de cada día dánosle hoy; y perdonadnos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación,
mas líbranos del mal.
Amén

Dios Te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es Tu Hijo Jesús.

Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo y a la Madre de Dios.

Como era en el principio, ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.

V. ¡Ten piedad de nosotros, Señor!
R. ¡Ten piedad de nosotros!

V. Que las almas de los fieles difuntos
R. Por la misericordia de Dios descansen en paz. Amén.

Antés de la Estación

Antés de la Estación

Oraciones antés de la Estación

Os adoramos Señor y Os bendecimos

Porque con Vuestra Santa Cruz habéis redimido al mundo.

13.

Jesús es bajado de la Cruz y entregado a Su Madre.

Contemplemos a Jesús desfigurado, su cabeza coronada de espinas, su cuerpo desgarrado. Todas sus heridas revelan el amor de Dios por nosotros. ¿Quién de nosotros estaría dispuesto a sufrir el tormento en lugar de su vecino? Esta sería una gran prueba de amor que nadie podría dudar.

Si alguien entre nosotros fuera condenado a sufrir todos los tormentos que sufrió Jesús: la flagelación, la coronación de espinas, la crucifixión, y viniera otro y le dijera: «No, no, amigo mío, déjame; yo ocuparé tu lugar. Sufriré todo esto en tu lugar», ¿podrías dudar por un momento de que esa persona te amaba? Esto es lo que Jesús hizo por nosotros…

Hagamos un serio examen de conciencia. Preguntémonos si realmente estamos caminando tras las huellas de Jesús sufriente. Nos pasamos el tiempo quejándonos, lamentándonos, pensando que la gente es injusta con nosotros. Ante el Jesús sufriente, tomemos conciencia y aceptemos de una vez por todas que merecemos sufrir por la expiación de nuestros pecados. Es lo mínimo que podemos hacer en este mundo si queremos participar en el reino de Jesús.

Después de la Estación

Después de la Estación

Oraciones después de la Estación

Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea el Tu Nombre; venga a nos el Tu reino; hágase Tu voluntad así en la tierra como en el cielo.

El pan nuestro de cada día dánosle hoy; y perdonadnos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación,
mas líbranos del mal.
Amén

Dios Te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es Tu Hijo Jesús.

Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo y a la Madre de Dios.

Como era en el principio, ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.

V. ¡Ten piedad de nosotros, Señor!
R. ¡Ten piedad de nosotros!

V. Que las almas de los fieles difuntos
R. Por la misericordia de Dios descansen en paz. Amén.

Antés de la Estación

Antés de la Estación

Oraciones antés de la Estación

Os adoramos Señor y Os bendecimos

Porque con Vuestra Santa Cruz habéis redimido al mundo.

14.

Jesús es puesto en la tumba.

Jesús es depositado en el sepulcro para enseñarnos que también nosotros debemos ser despojados del hombre viejo y enterrados con Jesús si queremos resucitar con nuestro divino Maestro a una vida nueva, una vida de amor y generosidad. Que Jesús, por los méritos de su santa Pasión, realice este milagro en nuestro favor.

La Pasión y muerte de Dios hecho hombre es el acontecimiento más extraordinario de la historia de la humanidad. Nunca se puede borrar. Hablamos de todo tipo de acontecimientos, pero el acontecimiento de la muerte de Jesús por la humanidad es el más grande de todos. Todos los demás acontecimientos quedan eclipsados por éste.

Oh Jesús, al final de este Vía Crucis, por los méritos infinitos que has ganado para nosotros, obtén para nosotros la gracia de una vida nueva, de una transformación milagrosa, de una conversión sincera.

Después de la Estación

Después de la Estación

Oraciones después de la Estación

Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea el Tu Nombre; venga a nos el Tu reino; hágase Tu voluntad así en la tierra como en el cielo.

El pan nuestro de cada día dánosle hoy; y perdonadnos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación,
mas líbranos del mal.
Amén

Dios Te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es Tu Hijo Jesús.

Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo y a la Madre de Dios.

Como era en el principio, ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.

V. ¡Ten piedad de nosotros, Señor!
R. ¡Ten piedad de nosotros!

V. Que las almas de los fieles difuntos
R. Por la misericordia de Dios descansen en paz. Amén.

Oh Santa Madre de los Dolores
impresiona en mi pobre corazón
las heridas de mi dulce Salvador.

Por el Sumo Pontífice

Por el Sumo Pontífice

Oraciones por el Sumo Pontífice

Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea el Tu Nombre; venga a nos el Tu reino; hágase Tu voluntad así en la tierra como en el cielo.

El pan nuestro de cada día dánosle hoy; y perdonadnos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación,
mas líbranos del mal.
Amén

Dios Te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es Tu Hijo Jesús.

Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo y a la Madre de Dios.

Como era en el principio, ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.

 

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