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EN EL CAMINO CALVARIO
MEDITACIÓN DEL VÍA CRUCIS

por Padre Juan Gregorio de la Trinidad

Sigamos en la montaña sagrada
Nuestro Salvador, ensangrentado, desfigurado…
Y caminemos tras Él sin temor
Bajo el peso (bis) del árbol sagrado.

Sancta Mater, istud agas
Crucifixi fige plagas
Cordi meo valide.

Oh, santa Madre de los Dolores
Imprime en mi pobre corazón
Las heridas de mi dulce Salvador.

Os adoramos Señor y Os bendecimos
Porque con Vuestra Santa Cruz habéis redimido al mundo.

PRIMERA ESTACIÓN

Jesús es condenado a muerte

Consideremos a nuestro Salvador aceptando la condena, Él la misma inocencia y santidad, mientras que nosotros, los verdaderos culpables, siempre queremos disculparnos, exonerarnos, encontrar razones para disminuir la gravedad de nuestras faltas.

Nos engañamos a nosotros mismos, no nos gusta mirarnos a la cara y conocer la realidad de nuestras miserias. Tratamos de exonerarnos atribuyendo nuestras faltas, ya sea a los defectos de la educación que recibimos, ya sea a nuestro entorno o a las tendencias de nuestro temperamento; pero rara vez decimos que somos culpables. Golpeemos nuestros pechos y pidamos a Jesús que haga caer de nuestros ojos las escamas de nuestras ilusiones. Acusémonos humildemente.

Jesús, el mismo inocente, acepta ser el gran culpable en nuestro lugar. Él toma sobre Sí mismo todos nuestros pecados. Se convierte en el más grande de los pecadores, porque no queremos cargar con nuestras faltas. Así, cargado con todos los pecados de la humanidad, Jesús incurrió en la ira de Su Padre divino.

Al contemplar a Jesús condenado a muerte, pidamos la gracia de reconocer nuestros errores, humillarnos y no poner excusas. Reconocerse como pobres pecadores es la primera condición para beneficiarse de los frutos de la redención adquiridos a través de la dolorosa Pasión de nuestro Salvador. ¡Dejemos de justificarnos, de disculparnos o de culpar a los demás!