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Sagrado Corazon de Jesus

Una reconciliación cristiana.

Una de las promesas hechas a quienes se consagran al Corazón de Jesús es la de devolver la unión a las familias más divididas. Hemos visto algo más difícil: reunir, cuando están divididos, a quienes por su vocación deberían amarse en Dios, mucho más que a los miembros de una misma familia.

He aquí un hecho notable escrito (carta inédita del 13 de mayo de 1829) por la duquesa de A… una princesa alemana que se convirtió a la fe católica en 1825 y murió en 1848 en Viena, Austria.

«La devoción al Sagrado Corazón de Jesús acaba de salvar una diócesis que estaba en llamas: los sacerdotes estaban en abierta rebelión contra el arzobispo, negándole la obediencia, etc., etc. Esta gran diócesis, con un millón y medio de almas católicas, que influye por su posición geográfica en los católicos de casi toda Alemania y Polonia, era tanto más digna de lástima cuanto que está situada en un territorio herético. Este triste escándalo había cobrado vida propia por su duración de tres años enteros. El arzobispo, un venerable anciano, se estaba muriendo de dolor. Dios quiso que me pidiera consejo en este espinoso asunto. Comprendí lo que Dios tenía en mente, y respondí con firmeza que sólo había una manera de intentar salvar lo que ya estaba casi perdido. Era hacer dos novenas; la primera al Sagrado Corazón de María, y la segunda al Sagrado Corazón de Jesús; que la Santísima Virgen era el camino que nos llevaba al Hijo; que era Ella quien más defendía a la Iglesia contra los ataques del infierno. – El arzobispo aceptó. Al final de la primera novena, llegó una orden del ministerio herético que siempre había protegido la revuelta contra el arzobispo, una orden para que Su Excelencia usara todos sus derechos episcopales para volver a traer a la obediencia a sus hijos rebeldes, y una segunda orden a los recalcitrantes para que se sometieran al poder espiritual, si no querían que el poder temporal les enseñara el camino correcto. – En medio de la segunda novena, llegaron los sacerdotes, llorando a mares; pidieron perdón humildemente, refutaron sus propios errores y la paz volvió de repente en un momento en el que ciertamente nadie se atrevía a esperarla humanamente. Obsérvese bien que Nuestro Señor dejó todo el honor a Su santa Madre, reservándose, como es justo y apropiado, el perdón que pronunció por boca de Su obispo, el buen pastor.»

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