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Nuestra Señora del Rosario

Confianza en el Rosario

¡Cómo me gusta mi rosario! Me acompaña a todas partes; nunca lo dejo, y con razón: es mi luz en mis dudas, mi esperanza en mis preocupaciones, mi fuerza en los desalientos, mi consuelo en las penas, mi bálsamo en los sufrimientos, mi arma en los peligros, mi refugio en las angustias, mi recurso universal en todo, en todas partes y siempre. Después de haber sido mi fiel compañero en la vida, descenderá conmigo a la tumba; incluso será mi abogado ante el Juez soberano, que lo cambiará por mí en una corona de gloria eterna. Viva mi rosario.

Comprendió esta exclamación, este buen anciano que murió en Namur en 1874. Su devoción al Rosario era tan sincera y constante que casi siempre tenía su rosario en la mano. Como enmarcador de cuadros, sostenía su rosario mientras trabajaba, a menos que su trabajo se lo impidiera. Cuando se le preguntaba cuánto tiempo tardaba en terminar una obra, respondía: «Me llevará tres rosarios», lo que significa unos tres cuartos de hora. Cuando le preguntaron qué distancia había de un lugar a otro, respondió: «El tiempo que se tarda en rezar diez o veinte rosarios». En su lecho de muerte, no renunció a su rosario ni un solo minuto. «Quiero morir con el rosario en la mano», repitió.

Murió, efectivamente, mientras rezaba su Rosario. ¡Oh, la vida feliz, la muerte feliz, protegida, suavizada, santificada por el rosario!

No tenemos a nadie -dice Santo Roberto Belarmino- que pueda sostener mejor nuestros intereses ante Jesucristo que Su amorosa Madre. Por eso, en el Rosario, en cuanto hemos rezado la oración dominical, enseñada por el Salvador, recitamos el Ave María para rogar a la divina Madre que nos obtenga lo que hemos pedido; igual que cuando uno ha presentado una petición al príncipe, recomienda el asunto a la persona más poderosa de la corte.

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