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Liturgia para los domingos y las fiestas principales

Descubrimiento de la Cruz por Santa Elena

3 de mayo: El hallazgo de la Cruz por Santa Elena en el año 326

Reflexión sobre la liturgia del día – de L’Année Liturgique, de Dom Prosper Guéranger

El triunfo de la Cruz. — Convenía que nuestro Rey divino Se mostrase ante nuestra mirada apoyado en el cetro de Su poder, para que nada faltase a la majestad de Su imperio. Este cetro es la Cruz, y corresponde al Tiempo Pascual, rendirle homenaje. Contemplábamos antes la cruz como objeto de humillación para el Emmanuel, como el lecho de dolor sobre el que expiró; ¿pero después no venció a la muerte? Y esa Cruz ¿no ha llegado a ser el trofeo de Su victoria? Que aparezca pues, y que toda rodilla se doble ante el augusto madero por el cual Jesús mereció los honores que hoy Le tributamos.

El día de Navidad cantamos con Isaías: “Un Niño nos ha nacido, un Hijo nos ha sido dado, sobre Sus hombros lleva el signo de Su imperio”. En verdad que Le hemos visto llevando sobre Sus hombros la Cruz, como Isaac llevó la leña para el sacrificio; pero hoy ya no es para El una carga. Brilla con resplandor que embelesa las miradas de los ángeles, y después de ser adorada por los hombres hasta tanto que dure el mundo, aparecerá de repente sobre las nubes para presidir junto al Juez de vivos y muertos la sentencia, favorable para los que la hayan amado y de reprobación para aquellos que la hayan hecho inútil para sí mismo por su desprecio o por su olvido.

Durante los cuarenta días que aún pasa Jesús en la tierra no Le parece oportuno glorificar el instrumento de Su victoria. La Cruz no aparecerá hasta que haya conquistado el mundo, a pesar de haber permanecido oculta. Su cuerpo permaneció tres días en el sepulcro; ella permanecerá enterrada tres siglos; pero también ella resucitará; esta es la admirable resurrección que hoy celebra la Iglesia. Jesús quiso, cuando se cumplieron los tiempos, aumentar las alegrías pascuales descubriéndonos este monumento de Su amor. Nos le deja en las manos para consuelo nuestro, ¿no es justo, por tanto, que le rindamos homenaje?

La Cruz enterrada y perdida. — Nunca el orgullo de Satanás sufrió una derrota tan dolorosa como al ver que el árbol instrumento de nuestra perdición, se convirtió en instrumento de nuestra salvación. Descargó su rabia impotente contra este madero salvador, que le recordaba cruelmente el poder invencible de su Vencedor y la dignidad del hombre rescatado por tan elevado precio. Hubiera querido aniquilar esta Cruz temible; pero reconociendo su impotencia para realizar tan abominable designio, trató al menos de profanar y ocultar a las miradas del mundo un objeto tan odioso para él.

Incitó, pues, a los judíos a enterrar vergonzosamente el madero sagrado que el mundo entero venera. Al pie del Calvario, no lejos del sepulcro, había una profunda fosa. En ella arrojaron los hombres de la Sinagoga la Cruz del Salvador juntamente con la de los ladrones. Los clavos, la corona de espinas y la inscripción arrancada de la Cruz fueron también arrojados a la fosa que los enemigos de Jesús hacen rellenar de tierra y escombros. El Sanedrín cree haber acabado con la memoria del Nazareno que fue crucificado sin que descendiera de la Cruz.

Cuarenta años más tarde Jerusalén caía bajo la venganza divina. Pronto los lugares de nuestra Redención fueron profanados por la superstición pagana; un templo a Venus en el Calvario y otro a Júpiter en el santo sepulcro; tales fueron las indicaciones con que la burla pagana conservó, sin pretenderlo, el recuerdo de las maravillas que se realizaron en aquellos lugares. Con la paz de Constantino los cristianos destruyeron estos vergonzosos monumentos, y apareció a sus ojos el suelo regado con la sangre del Redentor, y el glorioso sepulcro se expuso a su veneración. Pero la Cruz no apareció todavía y continuaba oculta en las entrañas de la tierra.

Descubrimiento de la Cruz. — La Iglesia no entró en posesión del instrumento de la salvación de los hombres hasta algunos años después de la muerte del emperador Constantino (año 337), generoso restaurador de los edificios del Calvario y del Santo sepulcro. Oriente y Occidente se regocijaron al saber la noticia de ese descubrimiento, que venía a poner el último sello al triunfo del cristianismo. Cristo sellaba Su victoria sobre el mundo pagano, levantando Su estandarte, no en figura, sino realmente, aquel madero milagroso, escándalo para los judíos, locura para los gentiles, y ante el cual en adelante todo el mundo cristiano doblará la rodilla.

Elogio de la Cruz. — “Cristo crucificado es fuerza y la sabiduría de Dios.” Son palabras de Tu Apóstol, oh Jesús, y hoy vemos nosotros la realidad. La sinagoga quiso destruir Tu gloria, clavándote en un patíbulo; se deleitaba pensando que está escrito en la Ley de Moisés: “Maldito el que pende del patíbulo”. Y he aquí que ese patíbulo, ese madero infame, ha llegado a convertirse en Tu trofeo insigne. En los esplendores de Tu resurrección, la Cruz, lejos de proyectar una sombra sobre los rayos de Tu gloria, realza con nuevo brillo la magnificencia de Tu triunfo. Fuiste clavado en el madero, cargaste con la maldición; crucificado entre dos criminales, pasaste como impostor, y Tus enemigos insultaron Tu agonía sobre ese lecho de dolor. Si sólo hubieras sido hombre, no hubiera quedado de Ti sino un recuerdo deshonroso; la cruz se hubiera tragado para siempre Tus glorias pasadas, ¡oh Hijo de David! Pero Tú eres Hijo de Dios y la Cruz es quien nos lo prueba. El mundo entero se postra ante ella y la adora; y los honores que hoy recibe compensan sobradamente el eclipse pasajero que Tu amor por nosotros la impuso. No se adora un patíbulo, o si se le adora, es por ser el patíbulo de un Dios. ¡Oh, bendito sea Aquél que pendió de un madero! En recompensa de nuestros homenajes al divino Crucificado, cumple en nosotros la promesa que hiciste: “Cuando sea elevado de la tierra todo lo atraeré a Mí.”

Las Reliquias. — Para atraernos con mayor eficacia pones hoy en nuestras manos el mismo madero, desde lo alto del cual nos tendiste Tu brazo. Este monumento de Tu triunfo, sobre el que Te apoyarás el último día, Te dignas confiárnosle hasta el fin de los siglos. Para que saquemos de él un temor saludable de la justicia divina que Te enclavó en ese madero vengador de nuestros crímenes, y un amor cada día más tierno para contigo, ¡oh Víctima nuestra, que no retrocediste ante la maldición, para que nosotros fuéramos benditos! Toda la tierra Te da hoy gracias por el don inestimable que la has concedido. Tu Cruz dividida en innumerables fragmentos se halla presente en todos los lugares; no hay región del mundo cristiano que no haya sido consagrada y protegida por ella.

La Cruz y el Sepulcro. — El Sepulcro nos grita: “Ha resucitado, no está aquí.” La Cruz nos dice: “No Le he sostenido sino un momento, y El Se ha ido a Su gloria.” ¡Oh Cruz! ¡oh Sepulcro! ¡qué corta fueSu humillación y qué duradero el reino que por ella ha conquistado! Adoramos en ti los vestigios de Su paso y vosotros quedáis consagrados para siempre, porque El Se sirvió de vosotros para nuestra salvación. ¡Gloria te sea dada, oh Cruz, objeto de nuestro amor y de nuestra admiración en este día! Continúa protegiendo a este mundo que te posee; sé el escudo que le defienda contra el enemigo, el socorro presente en todo momento que guarda el recuerdo del sacrificio unido al del triunfo: porque por ti, oh Cruz, Cristo vence, reina e impera.

Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat.