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¡Para la preservación del Depósito de la Fe!
¡Para que venga el Reino de Dios!

Liturgia para los domingos y las fiestas principales

Adoración de los magos.
6 de enero – Epifanía del Señor

Reflexión sobre la liturgia del día – de L’Année Liturgique, de Dom Prosper Guéranger

Introito

Aquí viene el Señor Dominador: y en Su mano están el reino y la potestad, y el imperio. Salmo: Oh Dios, da Tu juicio al Rey: y Tu justicia al Hijo del Rey. Gloria al Padre.

Oración

Oh Dios, que por medio de una estrella, revelaste en este día Tu Unigénito a las gentes: haz propicio que, los que ya Te hemos conocido por la fe, seamos elevados hasta la contemplación de la imagen de Tu alteza. Por el mismo Señor.

Epístola

Lección del Profeta Isaías. (LX, 1-6.)

Levántate, ilumínate, Jerusalén: porque ha llegado tu luz, y la gloria del Señor ha nacido sobre ti. Porque he aquí que las tinieblas cubrirán la tierra, y la oscuridad los pueblos: mas, sobre ti nacerá el Señor, y Su gloria será vista en ti. Y caminarán las gentes en tu luz, y los reyes al resplandor de tu astro. Alza tus ojos en torno, y mira: todos estos se han reunido, han venido a ti: tus hijos vendrán de lejos, y tus hijas surgirán de todas partes. Entonces verás y brillarás y se admirará y se dilatará tu corazón, cuando se hubiere vuelto a ti la multitud del mar y hubiere acudido a ti la fortaleza de las gentes. Te cubrirá una inundación, de camellos y dromedarios de Madián y Efa: vendrán todos los de Sabá, trayendo oro e incienso, y tributando alabanza al Señor.

Reflexión sobre la Epístola

¡Oh inefable gloria de este gran día, en el cual comienzan su marcha las naciones hacia la verdadera Jerusalén, hacia la Iglesia! ¡Oh misericordia del Padre celestial que ha tenido a bien acordarse de todos esos pueblos sepultados en las sombras de la muerte y del pecado! He ahí que ha surgido la gloria del Señor sobre la ciudad santa, y los Reyes se ponen en camino para contemplarla. La angostura de Jerusalén no es capaz ya de albergar las oleadas de naciones; pero otra santa ciudad se ha levantado; y hacia ella se va a dirigir esa inundación de pueblos gentiles de Madián y de Efa. ¡Oh Roma, ensancha tu seno, con maternal alegría! Tus armas te habían conquistado esclavos; hoy son hijos los que llegan en tropel a tus puertas; levanta la vista y mira: todo es tuyo; toda la humanidad va a renacer en tu seno. Abre tus brazos de madre; acógenos a todos los que venimos del Aquilón y del Mediodía, llevando el incienso y el oro a Aquel que es Rey tuyo y nuestro.

Gradual

Vendrán todos los de Sabá, trayendo oro e incienso, y tributando alabanzas al Señor. – Levántate e ilumínate, Jerusalén: porque la gloria del Señor ha nacido sobre ti. Aleluya, aleluya. – Vimos Su estrella en Oriente, y venimos con dones a adorar al Señor. Aleluya.

Evangelio

Continuación del santo Evangelio según San Mateo. (II, 1-12.)

Habiendo nacido Jesús en Belén de Judá, en los días del Rey Herodes, he aquí que unos Magos vinieron del Oriente a Jerusalén, diciendo: ¿Dónde está el Rey de los judíos, que ha nacido? Porque hemos visto Su estrella en Oriente, y venimos a adorarle. Y, oyendo esto el rey Herodes, se turbó y toda Jerusalén con él. Y, convocando a todos los príncipes de los sacerdotes,

y a los escribas del pueblo, les preguntó dónde había de nacer el Cristo. Y ellos le dijeron: En Belén de Judá: porque así está escrito por el Profeta: Y tú, Belén, de la tierra de Judá, no eres la más pequeña entre los príncipes de Judá: porque de ti saldrá el Caudillo que regirá a Mi pueblo Israel. Entonces Herodes, llamando en secreto a los Magos, se enteró bien por ellos de la aparición de la estrella: y, enviándolos a Belén, dijo: Id, y preguntad con diligencia por el Niño; y, después que le halléis, decídmelo a mí, para que, yendo yo también Le adore. Y ellos, habiendo oído al rey se fueron. Y he aquí que la estrella, que habían visto en Oriente, los precedía hasta que, llegando, se paró sobre donde estaba el Niño. Y, al ver la estrella, se regocijaron con grande gozo. Y, entrando en la casa, encontraron al Niño con Su Madre María (aquí se arrodilla): y, postrándose Le adoraron. Y, abriendo sus tesoros, Le ofrecieron dones, oro, incienso y mirra. Y, avisados en sueños, para que no tornasen a Herodes, regresaron a su patria por otro camino.

Reflexión sobre el Evangelio

Los Magos, primicias de la gentilidad, han sido presentados al gran Rey a quien buscaban, y nosotros los hemos seguido. Como a ellos, el Niño nos ha sonreído. Con esa sonrisa hemos olvidado todas las fatigas del largo camino que conduce a Dios; el Emanuel permanece con nosotros, y nosotros con El. Belén que nos ha recibido, nos guarda ya para siempre; porque en Belén tenemos al Niño y a María Su Madre. ¿En qué lugar del mundo podríamos hallar bienes tan preciosos? Supliquemos a la incomparable Madre que nos presente Ella misma a ese Hijo que es nuestra luz, nuestro amor, nuestro Pan de vida, cuando nos acerquemos al altar a donde nos dirige la estrella de la fe. Abramos nuestros tesoros en ese instante; llevemos en la mano el oro, el incienso y la mirra para el recién nacido. Seguramente que aceptará de buen grado nuestros dones, y no se hará esperar. Como los Magos, también nosotros entregaremos nuestros corazones al divino Rey, cuando nos retiremos; y también nosotros volveremos a entrar por otro camino, por una senda completamente nueva, en esta patria terrena, que nos albergará hasta el día, en que la vida y la luz eterna vengan a absorber en nosotros todo lo que tengamos de mortal y caduco.

Secreta

Suplicámoste, Señor, mires propicios los dones de Tu Iglesia, en los cuales se Te ofrece, no oro, incienso y mirra, sino lo que con dichos dones se declara, se inmola y se consume: Nuestro Señor Jesucristo, Tu Hijo, que contigo vive.

Comunión

Vimos Su estrella en Oriente, y venimos con dones a adorar al Señor.

Gracias tan insignes exigen de nosotros una extrema fidelidad; la Iglesia la pide en Poscomunión, implorando el don de inteligencia y la pureza que reclama un misterio tan inefable.

Poscomunión

Suplicámoste, oh Dios omnipotente, hagas que, lo que celebramos con solemne culto, lo consigamos con pura inteligencia. Por el Señor Jesucristo.