Recitemos con fe, sinceridad y amor este acto de gratitud después de la comunión.

Es, pues, cierto, Redentor de los hombres, que Tú moras en mí, y que yo estoy en posesión de Tu Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Te adoro, Dios mío, desde el fondo de mi alma, y uno mi adoración a los que los Ángeles y los Santos Te rinden en el cielo.
Sí, Te amo con todo mi corazón, con toda mi alma y con todas mis fuerzas. Te agradezco el gran favor que me has hecho al entregarte a mí. Me entrego a Ti sin reservas. Acepta, divino Jesús, esta ofrenda que Te hago de todo lo que soy y de todo lo que poseo; dispón de mí según Tu buen gusto, y concédeme la gracia de no desagradarte nunca.

Jesús mío, perdón y misericordia: por los méritos de Vuestras Santas Llagas y los sufrimientos de Vuestra Santísima Madre.