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Una historia para cada día...

Sagrada Familia

Dos damas de la corte de la emperatriz de Japón.

Un emperador de Japón era tan favorable a los cristianos que admitió a algunos de ellos en puestos de la corte. Pero de repente se volvió hostil con ellos y les prohibió profesar su religión. Inmediatamente dos damas de la corte de la emperatriz renunciaron, y la emperatriz, que las amaba, les dijo: «Quedaos, no temáis, nunca os pediré que hagáis nada contrario a vuestra religión; me basta con que no la profeséis, que la guardéis en vuestro corazón. – Nuestra religión, respondieron las dos damas, no nos permite este disimulo; para nosotras no profesar nuestra fe es traicionarla».

El hotelero y el viajero.

Un católico llegó a un hotel un viernes y pidió una escasa cena. El hostelero sonrió irónicamente y le dijo: «¿Es usted sin duda un clérigo, señor? – ¿Qué te importa mi religión?», respondió el otro, «sólo cuida de mi estómago, que pide a gritos comida, y no de mis opiniones».

El monje y el hugonote.

Un monje viajero llegó un día a Suiza a un hotel donde había varios hugonotes. Para herir sus convicciones religiosas, lanzaban de vez en cuando un trozo de carne a su perro, gritando: «¡Come, Papa!», y cada vez miraban fijamente al monje para ver si no tomaba represalias. Pero el monje permaneció perfectamente tranquilo, y los demás, impacientes por esta compostura, le dijeron: «¿No te parece extraño que un perro se llame Papa? – Pero no –respondió el monje–, a una religión corresponde su Papa. Mi Papa es el Vicario de Jesucristo, lástima para ti si el tuyo es un perro.» Al cabo de un momento, los burlones huyeron avergonzados.

No debemos discutir durante mucho tiempo con quienes se burlan de nosotros a causa de nuestra religión.

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