Busqueda
Generic filters

Si no encuentra lo que busca,
puede enviar un correo electrónico:
apotres@magnificat.ca

Magníficat!

¡Para la preservación del Depósito de la Fe!
¡Para que venga el Reino de Dios!

Una historia para cada día...

Sagrada Familia

El Ángelus al comienzo de una representación teatral.

Cuando Monseñor Sailer, obispo de Ratisbona, era todavía sólo un profesor universitario, un día se representó una obra escolar en su honor en Kaufbeuern. Se levantó el telón y una niña de diez años, a la que se le había dado el papel principal, apareció en el escenario, atrayendo la atención de todos los espectadores. En ese momento sonó el Ángelus, que llamaba a los cristianos a la oración, y la niña, sin ningún respeto humano, dijo a la asamblea: «¿No sería conveniente rezar el Ángelus antes de empezar?» Inmediatamente se arrodilló y recitó su oración. Algunos de los espectadores se rieron, pero la mayoría se sintieron profundamente conmovidos por el valor de la niña; el propio Sailer lloró de emoción. La niña tocó entonces tan perfectamente que fue aplaudida con entusiasmo. Al final de la obra, Sailer llamó a la niña, le dio un regalo y le dijo: «Hija mía, has desempeñado tu papel admirablemente, y con tu valiente profesión de piedad nos has dado a todos un ejemplo muy edificante. Sigan actuando así. Dios estará contigo y te hará feliz.»

Los católicos deberían reflexionar a menudo sobre la audacia de los mahometanos que no temen, incluso en medio de una plaza pública, rezar las oraciones prescritas delante de todos.

¿Alguien tiene algo más que decir?

Un rico terrateniente dio una vez una espléndida cena con la comida y el vino más suntuosos. Después de la cena, el dueño de la casa propuso ir al jardín a tomar café, y todos los invitados se levantaron para responder a la propuesta. No obstante, el presentador quiso saber si realmente estaban todos de acuerdo y preguntó si alguien tenía algo más que decir. «Yo –respondió un anciano y venerable caballero– todavía tengo algo que decir.» Y de inmediato unió sus manos y recitó sus gracias. «Eso, señores, dijo, es lo que tengo que decir todavía». Algunos de los presentes estallaron en carcajadas, pero otros mostraron su admiración por esta intrepidez, y el señor de la casa le dio la mano, diciendo: «Te felicito, eres un hombre valiente».

El que a su debido tiempo profesa su fe sin respeto humano se asemeja a un valiente guerrero: éste es condecorado, pero recibirá de Dios una recompensa infinita.

Otras historias...