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Sagrado Corazon de Jesus

Una especialidad del Corazón de Jesús: la conversión de los pecadores

El Almirante Latorre, Comandante Soberano de la Gran Logia de los Masones de Chile, considerado por los Chilenos como una gloria nacional desde la memorable derrota infligida al Perú (1879), había aceptado, por condescendencia, que la Entronización del Sagrado Corazón se realizara en su casa. En el proceso, el Padre Mateo Crawley-Boevey, celoso apóstol del Corazón de Jesús, se hizo amigo de la familia. Después de mucho rezar y pedir muchas oraciones, el Padre Crawley-Boevey resolvió tomar esta alma por asalto. Al llegar un día sin avisar, dio el primer golpe directo al corazón: «¿Sabe usted, almirante, por qué he venido a su casa? – Para darme el gusto de verte, me imagino, y darte un descanso en mi casa, ¡en tu casa! – No. Es un asunto diferente el que me trae hoy aquí. He venido a darte la absolución. – ¿Absolución? – Sí, la absolución, como usted desea, después de haber confesado, por supuesto. – ¿Así que esto es una declaración de guerra en nombre del Cielo?» Y el almirante se rió con ganas de lo que tomó por una broma.

«Sí, en nombre del cielo, almirante. Mira esta imagen de la Entronización. Es tu Rey y el mío, el Legislador de los grandes y los pequeños, de los almirantes y los marineros. Él es el Rey de tu esposa y todos aquí en tu casa Lo adoran de rodillas, viven por su fe, observan Sus leyes, todos… excepto tú. En el nombre de Su Corazón que te ama y me envía a ti para ofrecerte Su misericordia, deja que Su Corazón te venza».

El almirante ya no se reía. «Voy a ver. Puede que me lo plantee algún día. Es una cosa que requiere reflexión…. – Y si la muerte viniera esta noche, ¿le dirías que viniera de nuevo, porque hoy necesitas pensar? Pero ahora no es la muerte, es la Vida, es Jesús golpeando».

Este gran y aguerrido soldado se había quedado pálido, conmovido, en silencio. «Almirante, déjate vencer por Aquel que te ama. Sé un soldado valiente. Ponte de rodillas».

Su conversión fue ejemplar. «Esta es la venganza de Perú contra Chile», le gustaba decir el Padre Mateo. Un año después, el almirante murió devotamente en sus brazos.

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