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Una historia para cada día...

Nuestra Señora de la Asunción

Virtud de las letanías de la Santísima Virgen.

Un día, o mejor dicho, una tarde, dos desdichados jóvenes, que ya no conservaban ningún sentimiento religioso y que habían perdido incluso el recuerdo de María, su Madre, caminaban tristemente como huérfanos en cuyo corazón se había creado un inmenso vacío, cuando fueron sacados de su ensueño mundano por unos cánticos procedentes de una capilla cercana. Curiosos, entraron en el santuario. Un coro cantó: «Santa María, ruega por nosotros»; el otro coro respondió: «Santa Madre de Dios, intercede por nosotros», etc. Y ellos mismos se sorprendieron al sentir que se rezaba por ellos. Y ellos mismos se sorprendieron al sentirse conmovidos hasta lo más profundo de sus almas. A su pesar, las lágrimas inundaron sus ojos, cayeron de rodillas y, en una confusión tan deliciosa como inexpresable, mezclaron sus voces con los transportes de la asamblea. Habían llegado como enemigos a la casa de Dios; habían entrado con la sonrisa de la impiedad en los labios, con el desprecio de la irreligión hasta en el ruido insultante de su marcha; habían comenzado lanzando una mirada burlona de superioridad a los fieles arrodillados a los pies de María, y ahora, de repente, compartían el santo entusiasmo de la multitud, y glorificaban en voz alta a la santa Madre de Dios que los había vencido.

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