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Una historia para cada día...

Nuestra Señora de la Asunción

La Santísima Virgen María guarda un hijo para su padre.

Fue el 13 de mayo de 1856. En una fresca mañana de primavera, tan agradable bajo nuestro hermoso cielo occitano, me dirigía alegremente, con mi rosario en la mano, hacia el venerado santuario de Nuestra Señora de las Gracias, en Rochefort (Gard). Después de haber subido a la montaña sagrada en la que se encuentra el monumento dedicado a la Reina de los Ángeles, entré en la iglesia atendida por los Padres Maristas. Me edificó y conmovió profundamente ver a un venerable anciano arrodillado en las gradas del altar de la Virgen, y a su lado, un joven soldado, profundamente recogido, inclinando su rostro bronceado casi hasta el suelo… Al salir de la iglesia, me acerco al anciano con el que entablo conversación. Este joven –dijo– es mi hijo; es un soldado de la 10ª línea; acaba de regresar del Este, donde ha participado en las batallas asesinas entre el ejército anglo-francés y los rusos. Antes de su partida, vinimos a rezar en este santuario. Mi hijo se puso bajo la protección de Nuestra Señora de las Gracias; vistió su gloriosa librea, se puso el escapulario, se colgó una medalla de la Virgen al cuello, y con lágrimas en los ojos le rogué a la buena Madre que lo trajera sano y salvo a mi casa. Fiel a su promesa, rezó a María todos los días, especialmente antes de la batalla. En los asuntos más sangrientos, las balas, los proyectiles y el fuego de las ametralladoras siempre le respetaron; su escapulario era como una armadura impenetrable de la que parecían huir las balas del enemigo. Un día, cuando estaba en la trinchera bajo las murallas de Sebastopol, le pareció oír una voz misteriosa que le decía: «Cambia de sitio.» Dio dos pasos hacia adelante, inmediatamente cayó un proyectil, estalló y destrozó el cuerpo del soldado que le había sustituido, cuya cabeza ensangrentada golpeó violentamente su kepi. Fue derribado, y se creyó muerto; pero pronto recobró el sentido y reconoció que ni siquiera estaba herido, y que la sangre con la que estaba inundado era la de su desafortunado compañero de armas… Preservado de manera muy especial por María, que siempre lo cubrió con su ala, y lo rescató de los mil peligros que había corrido tanto en las olas del mar como en el campo de batalla, vino a agradecer a su divino Libertador, y yo lo acompañé en esta piadosa peregrinación, para agradecer, yo mismo, a la Virgen misericordiosa, que respondió a nuestras oraciones, y me devolvió a mi hijo, único sostén de mi vejez.»

Este conmovedor relato de un anciano de modales patriarcales, de rostro cándido y de fe sencilla e ingenua, me causó una profunda impresión, y pensé que sería grato a sus piadosos lectores, dándoles a conocer este nuevo rasgo de bondad de la inagotable ternura de María.

Padre Th. Blanc, párroco de Domazan (Gard).

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