Busqueda
Generic filters

Si no encuentra lo que busca,
puede enviar un correo electrónico:
apotres@magnificat.ca

Magnificat!

¡Para la preservación del Depósito de la Fe!
¡Para que venga el Reino de Dios!

Una historia para cada día...

Nuestra Señora de la Asunción

El asesino del Cardenal Antonelli y el medallón del Reverendo Padre Antonio.

El Reverendo Padre Antonio de la Madre de Dios, General de los Trinitarios, trabajó generosamente para el restablecimiento de su Orden en Francia, que está tan feliz y orgullosa de contar con San Juan de Matha entre sus hijos. El siguiente hecho honra su caridad y muestra una vez más la eficacia del recurso a María para obtener la conversión de los pobres pecadores.

El cardenal Antonelli, durante mucho tiempo primer ministro de Pío IX, fue objeto del odio de ciertos revolucionarios que, en sus pérfidas conspiraciones, habían jurado su muerte. El desgraciado encargado de clavar un puñal homicida en el corazón del cardenal le esperaba una noche en un rincón del Vaticano para llevar a cabo su plan criminal. El ministro de Pío IX acababa de regresar de una conferencia con Su Santidad, cuando el bandido se abalanzó sobre él y estuvo a punto de atravesarle con su arma asesina; pero el cardenal, protegido por el Cielo, apartó el acero fatal y pidió ayuda… El asesino fue apresado, entregado a la justicia y condenado a muerte.

Varios hombres de Dios visitaron a este desgraciado en su calabozo, para llevar a su alma culpable los consuelos de la fe; pero parecía reírse del remordimiento y rechazaba con espantosa insensibilidad sus piadosas y apremiantes peticiones. El Padre Antonio, general de los trinitarios, enterado de la falta de éxito de los celosos sacerdotes que hasta entonces habían ofrecido al condenado la ayuda de su ministerio, se dirigió a él y trató de conmover este corazón endurecido pintándole los espantosos tormentos que la justicia de Dios le preparaba si no se arrojaba en los brazos de la misericordia; pero nada lo sacudió, nada lo conmovió… Sin embargo, el sol ha desaparecido del horizonte y la noche ha añadido, con su oscuridad tan espantosa para los culpables, un matiz aún más oscuro a este triste cuadro… El santo religioso no quiere salir de la prisión; espera contra toda esperanza y no deja de rezar al Señor para que se apiade de este desgraciado… De repente tuvo una idea: mostrar al condenado un medallón que siempre llevaba en el pecho, una admirable pintura que representaba a la Virgen María, con el corazón atravesado por una espada y sosteniendo al dulce Niño Jesús en sus brazos. Ah! -dijo el asesino, mirando este objeto piadoso con una sonrisa llena de rabia-, si hubiera clavado mi daga en el corazón de Antonelli como se clava en el corazón de vuestra Madonna, moriría como un héroe, mientras que yo muero como un villano.

Amanece el día; el infortunado, acompañado por el venerable Padre, es conducido al lugar del suplicio; pero antes de llegar a él, ambos entran en una pequeña capilla que está colocada allí como última parada de la vida antes de llegar a la eternidad. El religioso vuelve a implorar a María y le ruega con lágrimas que se apiade de esta alma redimida por la sangre de su divino Hijo… Entonces se acerca al paciente, le presenta de nuevo la imagen de la Madre de los Dolores: «Al menos -le dice con voz temblorosa de emoción- mírala bien antes de morir.» El desdichado toma el medallón, lo contempla y luego grita transportado: «Santa Virgen María, has roto el hielo de mi corazón, has vencido mi culpable resistencia… Oh, Padre mío, ayúdame a reconciliarme con mi Juez antes de comparecer ante Él…» El pecador convertido se confiesa con los signos del más profundo arrepentimiento, recibe el Pan sagrado del viaje eterno y luego sube valientemente al patíbulo… Pero antes de entregar su cabeza al verdugo: «Padre -dice al santo religioso- déjeme ver la imagen de la Virgen una vez más, déjeme darle un último beso». Después de este acto de fe viva y de piedad conmovedora, el condenado se entregó al ejecutor de la justicia humana, que hizo su trabajo. Afortunadamente para el pobre paciente, la caridad también había hecho noblemente su trabajo, cambiando el instrumento de su tortura por el de su liberación, y la cruel muerte por un precursor de una bendita eternidad.

Otras historias...