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Una historia para cada día...

Nuestra Senora de La Salette

María Consoladora de los Cautivos.

Era una de las principales obras de los Sacerdotes de la Misión, de la Trinidad y de la Misericordia inspirar paciencia a los cautivos que visitaban en las ciudades y en el campo, sin poder redimirlos a todos, mantenerlos en la virtud o llamar a los renegados al arrepentimiento. Un hecho singularmente conmovedor nos dirá cómo la devoción a María sirvió a este piadoso apostolado:

“Dos mujeres cristianas y muy virtuosas, habiendo sido llevadas cautivas a Argel, sufrieron durante bastante tiempo toda clase de malos tratos y persecuciones por parte de sus despiadados amos, que querían absolutamente que renegaran de la fe de Jesucristo, para triunfar más fácilmente de su mojigatería. Resistieron con magnánimo valor y soportaron, con admirable paciencia, las inauditas crueldades que los bárbaros ejercían sobre ellos en odio a su religión. Por último, su vulnerabilidad y la injusta perseverancia de sus perseguidores en maltratarlos les hizo tomar una resolución cobarde que les habría precipitado en la última de las desgracias si Dios, que es infinito en sus misericordias y que se compadece de las debilidades de los hombres, no les hubiera sacado de este profundo abismo por un efecto de su omnipotencia. Resolvieron entre ellos fingir la negación de la fe y observar la ley del Alcorán por fuera, sin dejar de ser cristianos, oír misa y asistir a los sacramentos cuando pudieran. Como un abismo atrae a otro, se casaron con moros mahometanos, y vivieron en apariencia como si hubieran abrazado su religión, contrayendo matrimonio con ellos. Seguían dando grandes limosnas en secreto a los esclavos cristianos y haciendo decir muchas misas a un Padre Cordelero llamado Fray Juan de Zamora, que estaba cautivo, a cuyas oraciones se encomendaban con afecto, rogándole que las ofreciese todos los días a Dios y a la Santísima Virgen María en todas sus oraciones; lo que el venerable Padre hacía con mayor caridad, pues tenía extrema compasión por ver a mujeres tan virtuosas en estos desdichados compromisos.

Para que se mantuvieran en estos buenos sentimientos de piedad, y para reforzar su devoción a la Santísima Virgen, refugio de los pecadores, les llevó secretamente, a petición suya, una pequeña imagen en relieve de la Santísima Virgen, muy antigua, que se había hecho en Grecia, y que conservaban algunos cristianos cautivos, para que le hicieran sus oraciones e imploraran su poderosa protección. La recibieron con gran reverencia, y habiéndola colocado en un lugar seguro, iban a menudo a arrodillarse ante esta devota imagen, para rogarle, con lágrimas en los ojos, que se apiadara de la horrible miseria en la que la desgracia de su condición los había arrojado.

“Un día, mientras Le rogaban con extraordinario fervor que los sacara de este doble cautiverio de cuerpo y alma al que estaban reducidos, vieron un sudor de agua y sangre que brotaba del rostro de esta imagen. Al principio estaban muy asustados. Pero su temor aumentó aún más cuando, después de limpiar este sudor con un paño, vieron que la imagen sudaba tan profusamente que parecía que todos los poros de la figura se habían abierto. Informaron rápidamente al venerable Padre Juan de Zamora que, habiendo ido a su casa, fue testigo de este sudor milagroso; con lo cual tuvo ocasión de inculcarles la enormidad del crimen que habían cometido, en cuanto que habiendo sido redimidos por la preciosa Sangre de Jesucristo y regenerados a la gracia por las aguas purificadoras del bautismo, habían tenido la desgracia de escandalizar a toda la Iglesia con su aparente apostasía, para librarse de las miserias de su cautiverio. Viéndolos estallar en lágrimas y arrepentidos de su pecado, les dijo, para consolarlos, que Dios sólo hacía este milagro para atestiguarles que, como una vez había sudado agua y sangre en el Huerto de los Olivos y al comienzo de Su Pasión, todavía había querido consumarla en la cruz con el agua y la sangre que salieron de Su divino costado, para satisfacer con todo rigor por los pecados de la humanidad la airada justicia de Dios Su Padre, Había permitido que esta devota imagen de la Santísima Virgen sudara el agua y la sangre, para asegurarles con este milagro hecho en su presencia y por su bien, que estaba dispuesto a perdonarles sus pecados pasados, siempre y cuando concibieran un dolor extremo, e hicieran todos los esfuerzos posibles para romper sus cadenas, para liberarse de una condición forzada, donde estaban en evidente peligro de condenación.

Después de expresar al Reverendo Padre su extrema pena por lo que habían hecho, se encomendaron a sus santas oraciones, y prometieron hacer todo lo que él les aconsejara para aplacar la ira de Dios, que estaba enfadado con ellos, y salir de este desastroso estado. Su consejo fue que rogaran a un cristiano que había sido cautivo, que se había redimido, y que estaba a punto de volver a España, que los llevara con él en el barco que había mandado llamar. La compasión que este generoso cristiano sentía por su miserable condición, y el celo que Dios le inspiraba por su salvación, le indujeron a servirles en esta peligrosa empresa. Como todavía no habían arreglado todas las cosas, les prometió y juró que volvería con su barco a una hora determinada que les marcó; y, añadió, “para asegurarme de que siempre estaréis en las mismas disposiciones y listos para partir, plantaréis unos cuantos palos en la orilla del mar. Echaré el ancla donde vea estas señales acordadas, y enviaré mi barco para llevarlos a mi nave de inmediato”. Habiendo acordado con él todas estas cosas, partió hacia España, de donde regresó unos días después, para sacar a estas pobres mujeres del cautiverio. Llegó a anclar en el lugar que les había señalado, y encontrándolos listos para partir, los recibió en su nave, y, ante sus fervientes ruegos, fue a desembarcarlos a Civita-Vecchia, desde donde se dirigieron a Roma para arrojarse a los pies del Papa y confesarle la desgracia que les había ocurrido. Su Santidad, imitando la caridad del Buen Pastor del Evangelio, los reconcilió con la Iglesia y los envió de vuelta a España con su bendición.

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