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Nuestra Senora de La Salette

El novelista y los galeotes

Un famoso novelista, cuya pluma libertina había escandalizado a muchos lectores, visitaba una prisión y examinaba con curiosidad sus detalles para extraer de ellos el material para alguna descripción impactante. Fue reconocido en una habitación por dos jóvenes convictos que habían perdido sus libros. Al verlo, se levantaron, lo saludaron y, tomándolo de la mano, le señalaron un lugar entre ellos.

«Gracias, señores, no tengo tiempo para sentarme.

– Ah, ¿entonces no vienes a quedarte con nosotros?

– ¿Qué quieres decir?

– ¿No vas a compartir nuestros grilletes?

– No, ciertamente no; ¿qué he hecho para merecer ser tu compañero?

– Ustedes se lo merecen más que nosotros, pues sólo estamos aquí para haber practicado sus lecciones, y haber hecho que dos o tres personas las practiquen; pero ¿no han corrompido a miles de jóvenes? y el contagio que han propagado, ¿no hace nuevas víctimas cada día?

– Nunca tuve la intención de hacer daño a nadie -respondió el escritor, sonrojado-.

– Y, sin embargo, has provocado que se cometan más crímenes de los que se pueden achacar a todos los que están en esta cárcel.

– La gente honesta no piensa como vosotros, jóvenes insolentes, ya que os han encadenado, mientras que a mí me colman de honores.

– Los hombres suelen ser injustos -gritó uno de los desafortunados galeotes en el tono más alto de voz-, pero en la corte de Dios serás tratado con más rigor que nosotros, ¡oh ilustre corruptor! Entonces comenzará su tortura. Estaremos allí para disfrutarlo. Adiós».

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