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Una historia para cada día...

Nuestra Señora del Rosario

Gran estima de los santos por el Rosario

Desde los tiempos de Santo Domingo, todos los verdaderos siervos de Dios han tenido en alta estima el Santísimo Rosario. El Papa San Pío V lo recitaba todos los días, sin que se lo impidieran los múltiples asuntos de su cargo. San Carlos Borromeo fue muy fiel a la misma práctica, y la recomendó a sus seminaristas.

Leemos en la vida de San Juan Bautista de la Salle, fundador de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, que nunca dejó de rezar el Rosario todos los días. Convencido de que ninguna oración podía ser más santa y agradable a Dios, la tenía en singular estima y se empeñaba en rezarla en todas partes. En la calle, llevaba el sombrero en la mano y, bajo la sotana, rezaba un pequeño rosario de peltre, recitándolo con gran devoción. Lo mismo hacía en sus viajes, práctica que dejaba a sus Hermanos o discípulos, para mantenerlos en el recogimiento, la modestia y el espíritu de su santo estado. Ellos mismos enseñaban a los niños a rezar el Rosario con fruto, y durante sus clases, en ciertos días, designaban a dos de ellos para que lo recitaran en particular, siendo sustituidos por otros dos cuando el primero había terminado; esto contribuía no poco a mantener entre sus alumnos el espíritu de piedad y a atraer las bendiciones celestiales sobre sus estudios.

– Desde sus primeros años, San Francisco de Sales hizo de la devoción a María el deleite de su amoroso corazón. Ya se había unido a las cofradías o congregaciones erigidas en Su honor. Hizo voto de rezar el rosario todos los días de su vida, lo que observó con tanta fidelidad que nunca lo omitió, y con tanta devoción que a menudo pasaba en él una hora entera, meditando los misterios de cada decena con un recogimiento y una atención que llenaban su corazón de las más tiernas efusiones de amor por su amada Soberana. Por la noche, por muy tarde que fuera, por muy cansado que estuviera, no dejaba de practicarlo. Cuando estaba tan enfermo que no podía hablar, hacía que uno de los suyos recitara el rosario y acompañaba mentalmente la recitación.

– La Venerable Hermana María Crucificada se preparaba para la solemnidad del Santísimo Rosario ofreciendo a María quince actos de virtud cada día, a saber: cinco actos de humildad, cinco actos de contrición y cinco actos de amor a Dios, en honor a los quince misterios del Rosario; esto lo continuó hasta el final de su vida.

– El Ave María es muy agradable para la Virgen inmaculada, y ¿por qué? Porque Le recuerda Su divina Maternidad, fuente de todos Sus privilegios. Le dijo a Santa Mechtilda que no se Le podía dirigir un saludo más agradable. Incluso le prometió a Santa Gertrudis tanta ayuda en la hora de la muerte como si hubiera rezado Avemarías. Esta oración, pronunciada por un corazón piadoso, nunca quedará sin recompensa.

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