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Una historia para cada día...

Nuestra Señora del Rosario

Lo que puede hacer el toque del rosario.

Hace varios años, la prisión de Toulon fue el escenario de un horrible crimen. En un momento de ira y despecho, un preso apuñaló a su guardián. El culpable fue condenado a muerte, y la ejecución iba a tener lugar en dos días, cuando el capellán de la prisión apareció para llevar al culpable los consuelos de la religión y hablarle de la eternidad que estaba a punto de abrirse ante él. Pero el desafortunado hombre pertenecía a una de esas familias sin fe que, por principio, tienen un odio implacable a la religión. Habiendo aprendido el nombre del Señor sólo para maldecirlo y blasfemar, el convicto saludó al sacerdote con insultos groseros y palabras obscenas. Nada repelía al Sr. Marin, el capellán, cuyo incansable celo había sido puesto a prueba tantas veces por convictos rebeldes y endurecidos. Sus esfuerzos quedaron en vano para doblegar a este obstinado indomable, que sólo respondía con gritos de rabia y terribles rugidos.

El sacerdote se retiró finalmente y, dirigiendo su mirada hacia el Refugio de los pecadores, se dirigió a María y Le confió la causa del galeote, que se había convertido en la suya. Pidió a las almas fervorosas del pueblo que rezaran, pues no había tiempo que perder: ya se estaba levantando la máquina, y contaban los minutos para el momento de la ejecución. El señor Marin se presentó por segunda vez ante el convicto, con la cruz y el rosario en la mano. Querían impedírselo, diciéndole que era inútil, que el desgraciado no había hecho más que redoblar sus imprecaciones contra Dios y la religión, y que para reducirlo al silencio se había visto obligado a amordazarlo y encadenarlo. Pero el santo sacerdote, que sabía que todo podía esperarse del poder y la misericordia de María, hizo abrir las puertas, y lleno de confianza en Aquella a quien había invocado, avanzó hacia el infortunado, que echaba espuma de rabia y desesperación. El convicto respondió con una horrible maldición a las palabras de paz y bendición que se le dirigieron. Sin inmutarse, el capellán se acercó y, aprovechando la situación del preso encadenado, le echó al cuello el rosario que llevaba en las manos y trató de envolverlo con los lazos de la misericordia.

¡Oh milagro de la gracia! ¡Oh maravilla impenetrable del amor y la misericordia! ¡El león es vencido, el enemigo cae derrotado! Apenas le tocó el rosario, pidió perdón. Oh María, esta fue una prueba más de Vuestro poder sobre el Corazón de Dios. Un villano que odiaba a su Creador parecía indigno de misericordia, y su conversión parecía irremediable. Pero, ¿hay algo imposible para Aquella a La que Dios ha revestido con Su poder? Consiguió para este desgraciado una completa reconciliación con lo que tanto había blasfemado; la paz volvió a su alma; se transformó. Cuando los galeotes contemplaron esta naturaleza, al principio tan intratable, tan perversa, y ahora tan suave, tan resignada, no salieron de su asombro, y rindieron homenaje a Aquella que convirtió a tan grandes pecadores en tan grandes penitentes.

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