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Una historia para cada día...

Nuestra Señora del Purgatorio

Purificación inmediata mediante la contrición perfecta

Un celoso predicador, que predicaba en Inglaterra, se dedicó a una oratoria muy viva contra los impíos que se atreven a ultrajar a la Majestad Divina en su cara. Una mujer del mundo, dada a grandes desórdenes, estaba presente en este sermón; estaba tan conmovida por la gracia del Espíritu Santo y el terror de los juicios de Dios, que deseaba dar prueba de su arrepentimiento y contrición ante todo el mundo. «¡Padre!» gritó en voz alta, derramando lágrimas, «¡Padre, confesión, confesión de una vez por esta desgraciada pecadora!» Éste, admirado por esta gran fe, la invitó, sin embargo, a guardar silencio hasta el final del discurso y a no perturbar el recogimiento de los demás. Lo hizo por un momento; pero, el arrepentimiento oprimía cada vez más su corazón, y volvió a gritar: «¡Oh, te ruego, siervo de Dios, que bajes un solo momento a darme la absolución por mis crímenes, por mis enormes ofensas!» El sacerdote volvió a imponerle silencio, añadiendo que no tenía mucho más que decir, y que estaría a su disposición después, para consolarla y devolverle la paz a su atribulada conciencia. Terminó recapitulando brevemente lo que acababa de decir sobre la gravedad del pecado; pero, ante esta imagen que la atenazaba, la mujer se levantó y comenzó a gritar de nuevo, como si estuviera fuera de sí: «¡No te demores, Padre! de una vez, de una vez! el dolor me quiebra y me muero…» Y efectivamente, cayó al suelo de la iglesia y murió entre sus sollozos.

El estupor del público y la confusión del predicador eran grandes; lamentaba no haber respondido inmediatamente a la oración de este pobre pecador convertido que suspiraba por la palabra de perdón. Después de este primer momento de agitación, se recogió y, dirigiéndose a los oyentes, les pidió que rogaran a la Divina Majestad que tuviera piedad de esta alma y se dignara darle a conocer el estado en que se encontraba, para que se pudieran merecer sufragios por ella si los necesitaba. Cuando regresó a su monasterio, se encerró en su celda durante tres días, rezando continuamente, sin tomar ningún descanso ni alimento.

A la tercera noche, la difunta se le apareció en la gloria, con el rostro resplandeciente de alegría, y le dijo: «Esta es la pecadora por la que tanto rezaste: estoy liberada de los castigos que mis innumerables faltas me habían valido. En cambio, da gracias eternas a la bondad de Dios, que me ha aceptado tan prontamente. Sí, estoy volando para siempre en la magnífica morada celestial, y allí seré tu protectora.» Y como el buen Padre parecía dudar de la visión y temer que todo fuera un sueño de su imaginación, añadió: «Para que no dudéis en creer lo que veis, voy a daros una señal por la que reconoceréis la verdad: Este mismo día el gran siervo de Dios Juan de Nivelle, canónigo de Lieja, ha pasado a la vida bienaventurada… Pero antes de subir a donde mi Dios me llama para coronarme, se me ha concedido venir a ti, para mostrarte mi gratitud, ya que son tus benditas palabras las que me han iluminado, y te has acordado de mí en tus oraciones.»

En cuanto pasó la visión, el Padre se apresuró a escribir a Lieja, y recibió de los canónigos la seguridad de que aquel mismo día, a la hora en que había visto y oído, el venerable Juan había dejado este mundo.

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