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Una historia para cada día...

Nuestra Señora del Purgatorio

La Madre de Dios, Madre de las almas del Purgatorio

Este hermoso nombre de Madre de las almas del Purgatorio, la Reina del Cielo se lo da a Sí misma, en las Revelaciones de Santa Brígida: «Yo soy -dice a esta Santa- la Madre de todos los que están en el lugar de expiación; Mis oraciones suavizan los castigos que se les infligen por sus faltas.» Y ciertamente, si los santos del Paraíso pueden por Su intercesión obtener la gracia para estas almas, ¿quién se atreverá a negar que Aquella que está tan por encima de ellos no goza de este privilegio en un grado mucho más alto, especialmente cuando es llamada por la Iglesia la Consoladora de los afligidos, la Madre de la misericordia? San Pedro Damián relata la aparición de una persona que salió del purgatorio, que aseguró que en la fiesta de la gloriosa Asunción de María se habían liberado más almas que habitantes tenía Roma. También relata el memorable ejemplo de un sacerdote que recibió una admirable vista en la Basílica de Santa Cecilia, una de las más famosas de Roma.

A este sacerdote le pareció que un amigo muerto lo despertó de su sueño y lo condujo a esta iglesia. Allí vio un magnífico trono en el que venía a sentarse la Madre de Dios, rodeada de ángeles y beatos que la cortejaban. La Virgen tenía un rostro majestuoso y sereno, que alegraba a toda la santa y silenciosa asamblea. Entonces apareció una pobre mujercita con ropas descuidadas, pero con unas pieles bastante preciosas sobre los hombros. Se puso humildemente a los pies de la Reina celestial, juntando las manos, con los ojos llenos de lágrimas, y dijo con un suspiro: «Madre de las misericordias, en nombre de tu inefable bondad te ruego que te apiades del infortunado Juan Patrizi, que acaba de morir y sufre cruelmente en el purgatorio.» Tres veces repitió la misma oración, poniendo cada vez más fervor en ella, sin recibir respuesta alguna. Finalmente, volvió a alzar la voz y añadió: «Sabes muy bien, oh Reina misericordiosa, que soy aquella mendiga que, a la puerta de Tu gran basílica, pidió limosna en pleno invierno, sin más ropa que un mísero trapo. ¡Oh, cómo he temblado de frío! Fue entonces cuando Juan, implorado por mí en nombre de la Virgen María, se quitó los hombros y me entregó esta preciosa piel, privándose de ella. Una caridad tan grande, hecha en Tu nombre, merece alguna indulgencia».

Ante esta conmovedora petición, la Reina del Cielo lanzó una mirada cariñosa a la suplicante. «El hombre por el que rezas -contestó Ella- está condenado por mucho tiempo y a graves sufrimientos a causa de sus muchos y graves pecados. Pero, como tenía dos virtudes especiales, la misericordia hacia los pobres y la devoción a Mis altares, quiero usar la condescendencia».

María ordenó que trajeran a Patrizi en medio de la asamblea: inmediatamente una tropa de demonios lo introdujo, pálido, desfigurado y cargado de cadenas que desgarraban sus miembros. La Santísima Virgen les ordenó que lo desataran inmediatamente y lo dejaran libre, para que pudiera unirse a los santos que hacían la corona de Su trono. Una vez cumplida esta orden, todo desapareció y la iglesia volvió a su silencio habitual.

El buen sacerdote que había gozado de esta visión no cesó, a partir de ese momento, de predicar por doquier la clemencia de la divina María hacia las pobres almas que aún no habían pagado todas sus deudas, siempre que fueran caritativas y La sirvieran.

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