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¡Para la preservación del Depósito de la Fe!
¡Para que venga el Reino de Dios!

Una historia para cada día...

Niño Jesús, ¡Te amo con todo mi corazón!

El hotelero y el recibo.

En una ocasión, un senador francés quiso alquilar un piso en un hotel de París y le pidieron que pagara el precio por adelantado. ¿Quiere un recibo?», dijo el hotelero. – Si crees en Dios –respondió el senador–, no es necesario. – Pero, ¿crees seriamente en Dios?», dijo el otro irónicamente. – Por supuesto que sí. Creo que tú también crees en ello. – No, no lo sé. – En ese caso, dame un recibo.

El barbero incrédulo.

Un barbero buscaba crearse una clientela entre sus correligionarios del librepensamiento, por lo que no perdía ninguna oportunidad de promocionarse como un hombre que no creía ni en Dios ni en el más allá. Sin embargo, un día habló con la persona equivocada. Tras mostrar una vez más sus ideas a un cliente, éste le dijo: «No confiaría mi perro, y mucho menos mi garganta, a un hombre que no cree en Dios.

Después salió del salón y no se le volvió a ver.

Tenían razón, la gente sin fe es demasiado a menudo gente sin conciencia.

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