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¡Celebremos con amor y fervor
el nacimiento del Salvador!

Natividad de Jesús
¡Gloria a Dios en las alturas!

La Misa de Navidad

Introito

El Señor Me dijo: Tú eres Mi hijo, Yo Te he engendrado hoy.

El canto del Kyrie eleison precede al Himno Angélico que se deja oír en seguida con estas sublimes palabras: Gloria in excelsis Deo, et in terra pax hominibus bonae voluntatis! Unamos nuestras voces y corazones a este sublime concierto de la milicia celestial. ¡Gloria a Dios, paz a los hombres! Son nuestros hermanos los Ángeles los que han entonado este cántico; allí junto al altar, como antaño junto al pesebre, están proclamando nuestra dicha. Allí adoran a la divina justicia que dejó sin redentor a Sus hermanos caídos, y en cambio nos envía a nosotros a Su propio Hijo. Glorifican la amorosa humillación de quien hizo al ángel y al hombre, y que ahora Se inclina hacia el más débil. Ellos nos prestan sus celestes voces para dar gracias a quien por medio de un misterio tan dulce y poderoso nos llama a nosotros Sus humildes criaturas humanas a llenar un día entre los coros angélicos las sillas que quedaron vacías por la caida de los espíritus rebeldes. ¡Ángeles y hombres, Iglesia del cielo e Iglesia de la tierra!, cantemos la gloria de Dios y la paz dada a los hombres; cuanto más Se humilla el Hijo del Eterno para traernos tan grandes bienes, con tanto mayor fervor debemos entonar unánimemente: – Solus sanctus, solus Dominus, solus Altissimus, Jesu Christe! ¡Tú sólo Santo, Tú sólo Señor, Tú sólo Altísimo, Jesucristo!

Oremos

¡Oh Dios! que hiciste brillar esta sacratísima noche con el resplandor de la verdadera luz: suplicámoste hagas que disfrutemos en el cielo, de los gozos de esta luz, cuyos misterios hemos conocido en la tierra. Por El que vive y reina contigo…

Epístola

Lección de la Epístola del Apóstol San Pablo a Tito (II, 11-15.)

Carísimo: La gracia de Dios, nuestro Salvador, se ha aparecido a todos los hombres, para enseñarnos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, debemos vivir sobria y justa y piadosamente en este siglo, aguardando la bienaventurada esperanza y el glorioso advenimiento del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo, El cual Se dió a Sí mismo por nosotros, para redimirnos de todo pecado y purificar para sí un pueblo grato, seguidor de las buenas obras. Predica y aconseja estas cosas en Nuestro Señor Jesucristo.

Por fin ha aparecido, en Su gracia y misericordia, ese Dios Salvador que era el único que podía librarnos de las obras de la muerte, devolviéndonos a la vida. En este mismo momento Se muestra a todos los hombres en el angosto reducto de un pesebre, envuelto en los pañales de la infancia. Ahí tenéis la dicha de la visita de un Dios a la tierra, visita que tanto anhelábamos; purifiquemos nuestros corazones, hagámonos gratos a Sus ojos: pues, aunque sea niño, es también Dios poderoso, como nos acaba de decir el Apóstol, el Señor cuyo nacimiento eterno es anterior al tiempo. Cantemos Su gloria con los santos Ángeles y con la Iglesia.

Gradual

Contigo está el imperio desde el día de Tu poder, entre los esplendores de los Santos; Yo Te engendré de Mi seno antes de la aurora. – Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a Mi diestra, hasta que ponga a Tus enemigos por escabel de Tus pies. Aleluya, aleluya. – El Señor Me dijo: Tú eres Mi Hijo, Yo Te he engendrado hoy. Aleluya.

Evangelio

Continuación del Santo Evangelio según San Lucas (II, 1-14.)

En aquel tiempo salió un edicto de César Augusto ordenando que se inscribiera todo el orbe. Esta primera inscripción fue hecha siendo Cirino gobernador de Siria. Y fueron todos a inscribirse, cada cual en su ciudad. Y subió José de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, llamada Belén, porque era de la casa y familia de David, para inscribirse con María, su mujer, desposada con él, la cual estaba encinta. Y sucedió que, estando ellos allí, se cumplieron los días de dar a luz. Y parió a Su Hijo primogénito, y Le envolvió en pañales, y Le acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en la posada. Y había unos pastores en la misma tierra, que guardaban y velaban las vigilias de la noche sobre su ganado. Y he aquí que el Ángel del Señor vino a ellos y la claridad de Dios los cercó de resplandor, y tuvieron gran temor. Mas el Ángel les dijo: No temáis porque os voy a dar una gran noticia, que será de gran gozo para todo el pueblo: es que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, el Salvador, que es el Cristo, el Señor. Y ésta será la señal para vosotros: hallaréis al Niño envuelto en pañales y echado en un pesebre. Y súbitamente apareció con el Ángel una gran multitud del ejército celeste, alabando a Dios y diciendo: Gloria a Dios en las alturas, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad.

Reflexión sobre el Evangelio

También nosotros, divino Niño, unimos nuestras voces a las de los Ángeles y cantamos: ¡Gloria a Dios, paz a los hombres! El inefable relato de Tu nacimiento nos enternece los corazones y hace correr nuestras lágrimas. Te hemos acompañado en Tu viaje de Nazaret a Belén, hemos seguido todos los pasos de María y de José a través de su largo camino; hemos velado durante esta santa noche en espera del feliz momento que Te mostrará a nuestros ojos. Sé bendito, oh Jesús, por tanta misericordia; sé amado por tanto amor. Imposible apartar nuestras miradas de ese pesebre afortunado, que contiene nuestra salvación. Te reconocemos ahí tal como Te han pintado a nuestras esperanzas los santos Profetas cuyos divinos vaticinios nos ha pasado la Iglesia esta noche ante la vista. Eres el Dios Grande, el Rey pacifico, el Esposo celestial de nuestras almas; eres nuestra Paz, nuestro Salvador, nuestro Pan de vida. ¿Qué Te podemos ofrecer en este momento, si no es esa buena voluntad que los Ángeles nos recomiendan? Créala en nosotros; cultívala para que lleguemos a ser hermanos Tuyos por la gracia, como lo somos ya por la naturaleza humana. Pero aún haces más en este misterio ¡oh Verbo encarnado! En Él nos haces, como dice el Apóstol, partícipes de la divina naturaleza, de esa naturaleza que en Tu humillación no has perdido. En el orden de la creación nos colocaste debajo de los Ángeles; en Tu encarnación nos has hecho herederos de Dios, y coherederos Tuyos. ¡Ojalá nuestros pecados y flaquezas no nos hagan descender de estas alturas a las que hoy nos has elevado!

Secreta

Suplicámoste, Señor, Te sea grata la ofrenda de la fiesta de hoy: para que, con Tu gracia, reproduzcamos en nosotros, mediante este santo comercio, la imagen de Aquel que unió contigo nuestra naturaleza. El cual vive y reina contigo.

Poscommunion

Suplicámoste Señor, Dios nuestro, hagas que, los que nos alegramos de celebrar frecuentemente el misterio de la Natividad de nuestro Señor Jesucristo, merezcamos alcanzar, con actos dignos, la compañía de Aquel que vive y reina contigo.

Las reflexiones están tomadas de "L’Année Liturgique", de Dom Prosper Guéranger