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Liturgia para los domingos y las fiestas principales

Jesús llora por Jerusalén
Noveno domingo después de Pentecostés. — Jesús llora por Jerusalén

Reflexión sobre la Liturgia del Día – de las Epístolas y los Evangelios, por el Abad M.-F. James

Oración. – Danos lágrimas, Señor, para llorar por nuestros males; danos un corazón roto por el dolor de no haberte conocido. ¿Ya no es hora de apaciguar Tu ira? Recuerda Tus antiguas misericordias: danos una penitencia que Te haga olvidar nuestros crímenes.

Oh Dios, que habitas en los santos y no abandonas los corazones que están unidos a Ti en la religión y la piedad: líbranos de todos los deseos terrenales y de toda pasión carnal, para que el imperio del pecado sea destruido en nosotros, para que Te sirvamos con total libertad como nuestro único Señor y Maestro.

Introito. He aquí que Dios me ayuda, y el Señor es el defensor de mi vida: torna los males contra mis enemigos, y dispérsalos con Tu poder, Señor, protector mío. – Salmo: Oh Dios, sálvame en Tu nombre: y líbrame con Tu poder.

Colecta. Abre, Señor, los oídos de Tu misericordia a las preces de los que Te suplican: y, para que puedas satisfacer los deseos de los que Te ruegan, haz que Te pidan lo que a Ti Te es grato. Por nuestro Señor.

Epístola

Lección de la Epístola del Ap. S. Pablo a los Corintios. (1, X, 6-13).

Hermanos: No deseéis cosas malas, como las desearon los Hebreos en el desierto. Ni adoréis los ídolos, como algunos de ellos, según está escrito: «Sentóse el pueblo a comer y a beber, y luego se levantaron a retozar.» Ni forniquemos como algunos de ellos fornicaron, y murieron 23.000 en un día. Ni tentemos a Cristo, como hicieron algunos de ellos, y perecieron mordidos de las serpientes. Ni murmuréis, como algunos de ellos murmuraron, y fueron muertos por el Ángel exterminador. Todas estas cosas que les acontecían eran figuras de lo venidero, y están escritas para escarmiento de nosotros, que hemos venido al fin de los siglos. Y así, el que piensa estar firme cuide, no caiga. Que no os vengan sino tentaciones humanas fácilmente superables. Pero fiel es Dios, que no permitirá seáis tentados sobre vuestras fuerzas, antes hará que saquéis provecho de la misma tentación, para que podáis perseverar en el bien.

 

Gradual. Señor, Señor nuestro: ¡cuan admirable es Tu nombre en toda la tierra! Porque Tu magnificencia se ha elevado sobre los cielos. Aleluya, aleluya. Sálvame de mis enemigos, Dios mío: y líbrame de los que se levantan contra mí. Aleluya.

Evangelio

Continuación del santo Evangelio según S. Lucas. (XIX, 41-46).

En aquel tiempo, al acercarse Jesús a Jerusalén, cuando vió la ciudad, lloró sobre ella, diciendo: ¡Oh, si conocieses tú también, al menos en este tu día, lo que sería tu paz! Pero ahora está escondido a tus ojos. Porque vendrán días sobre ti: y te rodearán tus enemigos de trincheras, y te asediarán: y te apretarán por todas partes: y te prosternarán por tierra a ti, y a los hijos que están en ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra: por no haber conocido el tiempo de tu visitación. Y, entrando en el templo, comenzó a expulsar a los que vendían y compraban en él, diciéndoles: Escrito está: Mi casa es casa de oración. Pero vosotros la habéis hecho cueva de ladrones. Y estaba enseñando todos los días en el templo.

Reflexión sobre el Evangelio

Las lágrimas de Jesús. – El pasaje que se acaba de leer en el Santo Evangelio, se refiere al día de la entrada triunfante del Salvador en Jerusalén. El triunfo que Dios Padre preparaba a Su Cristo antes de los días de Su Pasión, no era desgraciadamente, pronto se vió, el reconocimiento del Hombre-Dios por la sinagoga. Ni la dulzura de este rey que venía a la hija de Sión montado en una asna, ni Su severidad misericordiosa contra los que profanaban el templo, ni Sus últimas enseñanzas en la casa de Su Padre, podrían abrir aquellos ojos obstinadamente cerrados a la luz de la salvación y de la paz. Los mismos lloros del Hijo del Hombre no podían, pues, alejar la venganza divina: fué necesario que llegase por fin el turno a la justicia.

Cada uno de nosotros es esta Jerusalén en la que Jesucristo derrama lágrimas. Si no tenemos cuidado, nuestra perdición está cerca. Más duro que los judíos, vemos a Jesucristo llorando, y somos insensibles. Somos mucho más culpables que los judíos, ya que hemos recibido gracias más abundantes. Hemos sido lavados en la sangre de Jesucristo. Nos alimentamos de Su carne santa. No se nos han predicado las verdades necesarias para la salvación, envueltas en figuras y palabras; hemos visto milagros en todas las épocas. Estas verdades a las que somos sordos, y cuya práctica consideramos imposible, han sido practicadas por todos los Santos en todos los tiempos. Es el abuso y la profanación de estas verdades lo que hace que todos nuestros crímenes sean completos y nuestra pérdida inevitable.

La desgracia de Jerusalén es que no sabía la hora de la visita del Señor. ¡Cuántas maravillas muestra Dios en nuestros ojos! ¡Cuántos ejemplos nos da la historia de la Iglesia! Vemos admirables modelos de penitencia y retiros sagrados en los Monasterios, donde la regularidad se estableció como en los primeros días. Los ejemplos de tanta gente santa en todos los estados y condiciones están ocultos a nuestros ojos por los excesos de nuestras pasiones. Si no aprovechamos los ejemplos que Dios nos envía, ¿no tenemos que temer que nos quite la ayuda de la que no somos dignos? Roguémosle que no nos trate según el rigor de Su justicia. Pidámosle que nos conceda las gracias que necesitamos para trabajar por nuestra salvación.