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Liturgia para los domingos y las fiestas principales

Jésus guérit un sourd muet

Onceavo Domingo después de Pentecostés – Jesús cura a un sordomudo

Reflexión sobre la liturgia del día – de L’Année Liturgique, de Dom Prosper Guéranger

Introito

Dios está en Su lugar santo: Dios nos hace habitar unánimes en Su casa: El mismo dará vigor y fortaleza a Su pueblo. Salmo: Levántese Dios, y disípense Sus enemigos: y huyan de Su presencia los que Le odian.

Colecta

Omnipotente y sempiterno Dios, que, con la abundancia de Tu piedad, excedes los méritos y deseos de los suplicantes: derrama sobre nosotros Tu misericordia; para que perdones lo que la conciencia teme, y añadas lo que la oración no se atreve a pedir. Por nuestro Señor Jesucristo.

Epístola

Lección de la Epístola del Apóstol San Pablo a los Corintios. (1. XV, 1-10)

Hermanos: Os recuerdo el Evangelio que ya os prediqué, el que ya recibisteis, y en el cual permanecéis, y por el cual os salvaréis, si retenéis la palabra que os prediqué, y no creéis en vano. Porque os enseñé, en primer lugar, lo que yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras: y que fué sepultado, y que resucitó al tercer día, según las Escrituras: y que fué visto por Cefas y después de él, por los Once. Después fué visto por más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven todavía, otros, en cambio, ya murieron. Después fué visto por Santiago, después por todos los Apóstoles: y, al último de todos, como a un abortivo, Se apareció también a mí. Porque yo soy el mínimo de los Apóstoles, que no soy digno de ser llamado Apóstol, pues perseguí a la Iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y Su gracia no ha sido vana en mi.

Gradual

En Dios esperó mi corazón, y he sido ayudado: y ha reflorecido mi carne, y Le alabaré con toda mi voluntad. A Ti, Señor, he clamado: Dios mío, no calles: no Te apartes de mí. Aleluya, aleluya. Ensalzad a Dios, nuestro ayudador, cantad jubilosos al Dios de Jacob: cantad un salmo alegre con la cítara. Aleluya.

Evangelio

Continuación del santo Evangelio según San Marcos. (VII, 31-37)

En aquel tiempo, saliendo Jesús de los límites de Tiro, fué, por Sidón, al mar de Galilea, por medio de los confines de la Decápolis. Y Le presentaron un sordomudo, y Le rogaron que le impusiera las manos. Y, tomándole aparte de la turba, metió Sus dedos en las orejas de él: y, escupiendo, tocó su lengua: y, mirando al cielo, suspiró, y díjole: Ephphetha, que significa: ¡Abrios! Y al punto se abrieron sus oídos, y se soltó el nudo de su lengua, y habló bien. Y les ordenó que no lo dijeran a nadie. Pero cuanto más se lo prohibió El, más lo divulgaron ellos: y tanto más se admiraron, diciendo: Todo lo ha hecho bien: ha hecho oír a los sordos y hablar a los mudos.

Reflexión sobre el Evangelio

El milagro. — El Hombre-Dios gimió al ver una miseria tan extrema. Y ¿cómo no lo iba a hacer considerando los estragos ocasionados por el enemigo en este ser escogido? Así pues, levantando los ojos siempre misericordiosos de Su santa humanidad, ve el consentimiento del Padre a las intenciones de Su misericordiosa compasión; y, usando de aquel poder creador que en el principio hizo perfectas todas las cosas, pronuncia como Dios y como Verbo la palabra omnipotente de restauración: Ephphetha! La nada, o más bien, en este caso, la ruina, que es peor que la nada, obedece a esta voz tan conocida; el oído del infortunado se despierta; se abre con placer a las enseñanzas que le prodiga la triunfadora ternura de la Iglesia, cuyas oraciones maternales han obtenido esta liberación; y, penetrando en él la fe y obrando al mismo instante sus efectos, su hasta aquí trabada lengua vuelve a tomar el cántico de alabanza al Señor, interrumpido por el pecado desde hacía siglos.

La enseñanza. — Con todo eso, el Hombre-Dios quiere más, con esta curación, instruir a los Suyos, que manifestar el poder de Su palabra divina; quiere revelarles simbólicamente las realidades invisibles producidas por Su gracia en lo secreto de los sacramentos. Por esto, conduce aparte al hombre que Le presentan, lo lleva lejos de esa turba tumultuosa de pasiones y de vanos pensamientos que le habían hecho sordo a las cosas del cielo: ¿de qué serviría, en efecto, curarle si tiene el peligro de volver a caer nuevamente por no hallarse alejadas las causas de su enfermedad? Jesús, asegurando el futuro, mete en los oídos del cuerpo del enfermo Sus dedos sagrados, que llevan el Espíritu Santo y hacen penetrar hasta los oídos de su corazón la virtud reparadora de este Espíritu de amor. Finalmente, con mayor misterio aún, puesto que la verdad que se trata de expresar es más profunda, toca con saliva de Su boca divina esta lengua que se había hecho impotente para la confesión y la alabanza; y la Sabiduría, pues ella es la que se significa aquí místicamente, la Sabiduría que sale de la boca del Altísimo y, cual onda embriagadora, fluye sobre nosotros de la carne del Salvador, abre la boca del mundo del mismo modo que hace elocuente la lengua de los niños que aún no sabían hablar.

Ritos del Bautismo. — También la Iglesia, para hacernos ver que el relato evangélico se refiere en figura, no a un hombre aislado sino a todos nosotros, ha querido que los ritos del bautismo de cada uno de sus hijos recuerden las circunstancias de la curación que se nos acaba de relatar. Su ministro, antes de sumergir en el baño sagrado al escogido que le presenta, debe depositar en su lengua la sal de la Sabiduría, y tocar los oídos del neófito, repitiendo la palabra que Cristo dijo al sordomudo: Ephphetha, que significa: Abrios.