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Liturgia para los domingos y las fiestas principales

Jesús cura a un hombre paralítico

18º domingo después de Pentecostés – Jesús perdona los pecados

Reflexión sobre la liturgia del día – de L’Année Liturgique, de Dom Prosper Guéranger

Introito

Da paz, Señor, a los que esperan en Ti, para que sean hallados veraces Tus profetas: escucha la plegaria de Tu siervo y Tu pueblo Israel. – Salmo: Me alegré de lo que se me dijo: Iremos a la casa del Señor.

El medio más seguro de obtener la gracia es siempre la humilde confesión de nuestra impotencia para agradar al Señor por nosotros mismos.

Colecta

Suplicámoste, Señor, hagas que la obra de Tu misericordia dirija nuestros corazones: porque sin Ti no podemos agradarte. Por Nuestro Señor Jesucristo.

Epístola

Lección de la Epístola del Apóstol San Pablo a los Corintios. (I Cor. I, 4-8)

Hermanos: Doy siempre gracias a mi Dios por vosotros, por la gracia de Dios que os ha sido dada en Cristo Jesús: porque habéis sido enriquecidos en El en todo, en toda palabra, y en toda ciencia, siendo asi confirmado en vosotros el testimonio de Cristo: de modo que ya no os falta nada en ninguna gracia, mientras esperáis la revelación de Nuestro Señor Jesucristo, el cual os confirmará también hasta el fin, para que estéis sin mancha el día de la venida de Nuestro Señor Jesucristo.

Acción de gracias. – Debemos tener empeño en dar gracias a Dios por la misericordiosa liberalidad de que ha dado pruebas para con nosotros. Sus dones gratuitos jamás fueron más necesarios que en nuestros calamitosos tiempos.

Gradual

Me he alegrado de lo que se me ha dicho: Iremos a la casa del Señor. Haya paz dentro de tus muros: y abundancia sobre tus torres. Aleluya, aleluya. Temerán las gentes Tu nombre, Señor: y todos los reyes de la tierra Tu gloria. Aleluya.

Evangelio

Continuación del santo Evangelio según San Mateo (Mt. IX, 1-8).

En aquel tiempo, habiendo subido Jesús a una barca, pasó el mar y fué a Su ciudad. Y he aqui que Le presentaron un paralítico postrado en el lecho. Y, viendo Jesús su fe, dijo al paralítico: Confía, hijo, te son perdonados tus pecados. Y he aquí que algunos de los escribas dijeron entre sí: ¡Este blasfema! Y, habiendo visto Jesús sus pensamientos, dijo: ¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil decir: Te son perdonados tus pecados; o decir: Levántate y anda? Pues, para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra potestad de perdonar los pecados, dijo entonces al paralítico: Levántate, toma tu lecho y vete a tu casa. Y se levantó y se fué a su casa. Y, al ver esto las turbas, temieron y glorificaron a Dios, que dió tal potestad a los hombres.

Reflexión sobre el Evangelio

El perdón de los pecados. – Siempre ha sentido la Iglesia placer en recordar este episodio de la curación del paralítico, el cual ofreció a Jesús ocasión de afirmar su poder de perdonar los pecados como Hijo del hombre. Efectivamente, desde los principios del cristianismo negaron los herejes a la Iglesia el poder, que había recibido de su divino Jefe, de perdonar los pecados en nombre de Dios; esto equivalía a condenar a muerte eterna a un número incalculable de cristianos, que, caídos desgraciadamente en pecado después de su bautismo, sólo pueden ser rehabilitados por el Sacramento de la Penitencia. Mas, ¿qué tesoro puede defender una madre con mayor empeño que aquel que lleva prendido el remedio para la vida de sus hijos? La Iglesia, pues, tuvo que anatematizar y expulsar de su seno a estos fariseos de la nueva ley, que, como sus padres del judaismo, desconocían la misericordia infinita y la amplitud del gran misterio de la Redención. Como Jesús en presencia de sus contradictores los escribas, asi también la Iglesia, en prueba de sus afirmaciones, había obrado un milagro visible en presencia de los sectarios, pero no fué más afortunada que el Hombre-Dios para llegar a convencerlos de la realidad del milagro de gracia que sus palabras de remisión y de perdón obraban de modo invisible. La curación externa del paralítico fué a la vez imagen y señal de la curación de su alma reducida antes a la miseria; pero representaba también a otro enfermo: el género humano que yacía inmóvil desde siglos en su pecado. Ya había abandonado este suelo el Hombre-Dios al obrar la fe de los Apóstoles este primer prodigio de llevar a los pies de la Iglesia al mundo envejecido en su enfermedad.

La Iglesia entonces, al ver al género humano dócil al impulso de los mensajeros del cielo y teniendo ya parte en su fe, halló para El en su corazón de madre la palabra del Esposo: Hijo, ten confianza, tus pecados están perdonados. Al instante y de modo visible el mundo se levantó de su lecho ignominioso, causando admiración a la filosofía escéptica y confundiendo el furor del infierno; para demostrar bien que había recobrado sus fuerzas, se le vió cargar sobre sus espaldas, por medio de la penitencia y del dominio de las pasiones, la cama de sus desfallecimientos y de su enfermedad, en la que tanto tiempo le habían retenido el orgullo, la carne y la avaricia. Desde entonces, fiel a la palabra del Señor que le ha repetido la Iglesia, va andando hacia su casa, el paraíso, donde le esperan las alegrías fecundas de la eternidad.

Y la multitud de las turbas angélicas, al ver en la tierra semejante espectáculo de renovación y de santidad, se llena de admiración y glorifica a Dios, que tal poder ha dado a los hombres.