Liturgia para los domingos y las fiestas principales

San Juan Bautista predica la penitencia
4o Domingo de Adviento – San Juan Bautista nos llama a la conversión

Reflexión sobre la liturgia del día – de L’Année Liturgique, de Dom Prosper Guéranger

El Señor ya está cerca: venid, adorémosle.

Aquí estamos en la semana inmediatamente anterior al nacimiento del Mesías: a más tardar en siete días vendrá; y según la duración del Adviento, que varía cada año, puede ser que el ansiado advenimiento se produzca en seis días, en tres días, mañana. La Iglesia cuenta las horas de espera; vigila día y noche, y sus oraciones han adquirido una solemnidad inusual. Cada día varía las antífonas; expresa con ternura y majestad sus deseos de esposa con exclamaciones ardientes al Mesías, en las que le da cada día un título magnífico tomado del lenguaje de los profetas.

Hoy quiere dar el último golpe para conmover a sus hijos. Los lleva a la soledad; les muestra a Juan el Bautista, de cuya misión ya les ha ocupado el tercer domingo. La voz de este austero precursor sacude el desierto, y se escucha incluso en las ciudades. Predica la penitencia, la necesidad de purificarse mientras se espera a Aquel que está a punto de aparecer. Retirémonos de estos días, o si no podemos hacerlo por nuestras ocupaciones externas, repleguémonos en el secreto de nuestro corazón y confesemos nuestra iniquidad, como aquellos verdaderos israelitas que vinieron, llenos de compunción y fe en el Mesías, para completar, a los pies de Juan el Bautista, el trabajo de su preparación para recibirlo con dignidad, cuando estaba a punto de aparecer.

Ahora, aquí está la Santa Iglesia diciéndonos con cada vez mayor solemnidad:

El Señor ya está cerca: venid, adorémosle.

Introito

Rociad, cielos de arriba; nubes, lloved al Justo; ábrase la tierra y germine al Salvador. Salmo. Los cielos cuentan la gloria de Dios; y el firmamento pregona las obras de Sus manos. – Gloria al Padre...

Oración

Excita, Señor, Tu potencia y ven, Te lo suplicamos; y socórrenos con Tu poderosa virtud; para que, con el auxilio de Tu gracia, acelere Tu indulgente misericordia lo que retardan nuestros pecados. Tú, que vives y reinas…

Epístola

Lección de la Epístola del Apóstol San Pablo a los Corintios. (I Cor., IV, 1-5.)

Hermanos: Téngannos los hombres por Ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios. Por lo demás, lo que en los dispensadores se busca es que cada uno sea fiel. A mí no me importa nada el ser juzgado de vosotros o con juicio humano: ni siquiera yo mismo me juzgo. Porque, aunque la conciencia no me remuerde de nada, no por eso estoy justificado: el único que me Juzga es el Señor. Así pues: no juzguéis antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual iluminará lo oculto de las tinieblas y manifestará los intentos de los corazones: y entonces cada cual recibirá de Dios la alabanza.

Reflexión sobre la Epístola

En esta Epístola, la Iglesia recuerda a los pueblos la dignidad del sacerdocio cristiano y al mismo tiempo recuerda a los ministros sagrados su obligación de ser fieles al oficio que se les impone. Además, no corresponde a las ovejas juzgar al pastor: todos, tanto los sacerdotes como el pueblo, deben vivir en la expectativa del día de la venida del Salvador, esa última venida cuyo terror será tan grande como la mansedumbre de la primera, y la segunda para la cual estamos preparando nuestras almas. Después de haber hecho resonar estas severas palabras en la asamblea, la santa Iglesia retoma el curso de sus esperanzas, y celebra de nuevo la llegada del Esposo.

Gradual

El Señor está cerca de todos los que Le invocan: de todos los que Le invocan de veras. Mi boca cantará las alabanzas del Señor; y bendiga Su santo nombre toda carne. Aleluya, Aleluya. Ven, Señor, y no tardes: perdona los pecados de Tu pueblo Israel. Aleluya.

Evangelio

Continuación del Santo Evangelio según San Lucas. (III, 1-6.)

En el año décimo-quinto del imperio de Tiberio César, siendo gobernador de Judea Poncio Pilato, y Herodes tetrarca de Galilea, y su hermano Felipe tetrarca de Iturea y de la región de Traconitide, y Lisanias tetrarca de Abilinia, siendo sumos sacerdotes Anás y Caifas, descendió la palabra del Señor sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. Y pasó (Juan) por toda la región del Jordán predicando el bautismo del arrepentimiento para el perdón de los pecados, según está escrito en el libro de las palabras de Isaías: Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor: haced rectas Sus sendas. Todo valle será rellenado, y todo monte y todo collado serán allanados. Las cosas torcidas serán enderezadas y los caminos ásperos serán suavizados; y toda carne verá la salud de Dios.

Reflexión sobre el Evangelio

Muy grande será, pues, oh Jesús el gozo de Tu venida, si ha de resplandecer en nuestra frente por siempre como una corona. ¿Y cómo no ha de ser así? Hasta el desierto, al acercarte, florece como un lirio, y del seno de la tierra más estéril saltan arroyos de aguas vivas. ¡Oh Salvador, ven cuanto antes a darnos este Agua que mana de Tu Corazón y que es la que con tanta insistencia Te pedía la Samaritana, imagen de nosotros pecadores. Este Agua es Tu gracia: rocié nuestra sequedad y también nosotros floreceremos; apague nuestra sed y correremos con fidelidad tras Tus huellas por el camino de Tus mandamientos y de Tus ejemplos ¡Oh Jesús! Tú eres nuestro Camino, nuestro sendero hacia Dios; y Tú mismo eres Dios; eres por tanto, también el término de nuestro camino. Habíamos perdido el camino, nos habíamos alejado como ovejas errantes: ¡cuán grande es Tu amor en venir a buscarnos! Para enseñarnos el camino del cielo, Te dignas bajar desde allá arriba y quieres también acompañarnos. En adelante no desfallecerán nuestros brazos, ni temblarán nuestras rodillas; nos consta que es el amor quien le ha movido. Sólo una cosa nos apena: el ver que nuestra preparación no es perfecta. Tenemos todavía ataduras que romper; ayúdanos ¡oh Salvador de los hombres! Queremos escuchar la voz de Tu Precursor y enderezar todo lo que Te podría hacer tropezar en el camino de nuestro corazón ¡oh divino Infante! bauticémonos nosotros en el Bautismo de la penitencia, y luego vendrás Tú a bautizarnos en el amor y en el Espíritu Santo.

En el Ofertorio, la Iglesia saluda a la Virgen gloriosa que oculta dentro de Su seno la salvación del mundo. ¡Oh María! Danos pronto Al que Te llena con Su presencia y Su gracia. El Señor es contigo, oh Virgen sin igual; pero se acerca el momento, en que va a ser también con nosotros; porque Su nombre es Emmanuel.