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Una historia para cada día...

La Sagrada Familia en oración

Un ejemplo de la infinita misericordia de Dios

Un pecador, cargado de muchos pecados, pero penetrado de arrepentimiento, se presentó ante el venerable arzobispo de Sens, Pedro de Corbeil. Esto ocurrió en el siglo XII, cuando las penitencias públicas aún se empleaban en algunas iglesias. Después de hacer una buena confesión, preguntó si Dios le perdonaría todos sus pecados. «No lo dudes, hermano mío, respondió el arzobispo, siempre que estés dispuesto a cumplir la penitencia que se te impone. – Pero, ¿podría imponerme una penitencia lo suficientemente rigurosa como para igualar la gravedad de mis crímenes?» El prelado, al ver fluir las lágrimas del penitente, no pudo contener las suyas y le impuso una penitencia de siete años. «¿Qué, Padre? dijo el pecador arrepentido, ¡sólo siete años por tan enormes pecados! – Te daré aún menos, mi querido hijo. Te bastará con ayunar tres días a pan y agua. – Por favor, Ministro de Dios, no me pierda dejando que mis iniquidades queden impunes. Os imploro que no me disculpéis; estoy dispuesto a todo». El piadoso confesor, al ver tan santas disposiciones, pensó que debía reducir más: «Hijo mío –dijo–, por toda penitencia, reza una vez la oración dominical.» Al oír estas palabras, el penitente lanzó un gran grito, que marcó a la vez su asombro y su gratitud al Dios de las misericordias, y en el mismo momento cayó muerto. El santo Cura de Ars, que relata este hecho, añade que el alma del pecador arrepentido subió directamente al cielo.

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