Esta poderosa oración a la Virgen María fue compuesta por San Bernardo de Claraval en el siglo XII. La Virgen María nunca abandona a los que recurren a Su protección.

Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María!, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a Vuestra protección, implorando Vuestra asistencia y reclamando Vuestro socorro, haya sido desamparado.
Animado por esta confianza, a Vos también acudo, ¡oh Madre, Virgen de las vírgenes!, y gimiendo bajo el peso de mis pecados me atrevo a comparecer ante Vuestra presencia soberana.
¡Oh Madre de Dios!, no desechéis mis súplicas, antes bien, escuchadlas y acogedlas benignamente. Amén.

Jesús mío, perdón y misericordia: por los méritos de Vuestras Santas Llagas y los sufrimientos de Vuestra Santísima Madre.