Liturgia para los domingos y las fiestas principales

Inmaculada Concepción de María
Fiesta de la Inmaculada Concepción de María

Reflexión sobre la liturgia del día – de L’Année Liturgique, de Dom Prosper Guéranger

Introito

Gozosa Me regocijo en el Señor, y Mi alma se alegra en Mi Dios: porque Me vistió con vestidos de salud: y Me cubrió con manto de justicia, como a una Esposa adornada con sus joyas. Salmo: Te exaltaré, Señor, porque Me recibiste: y no alegraste a Mis enemigos sobre Mi. – Gloria al Padre.

Oración

Oh Dios, que por la inmaculada Concepción de la Virgen, preparaste a Tu Hijo una digna morada: suplicámoste que, así como La preservaste a Ella de toda mancha, por la muerte prevista de Tu mismo Hijo, hagas que también nosotros, por Su intercesión, lleguemos a Ti puros. Por el mismo Señor Jesucristo.

Epístola

Lección del libro de la Sabiduría. (Prov. VIII, 22-35.)

El Señor Me poseyó desde el principio de Sus caminos, antes que hiciera nada en el comienzo. Fui decretada eternamente, y desde el principio, antes que fuera hecha la tierra. Aún no existían los abismos, y Yo había sido ya concebida: aún no habían brotado las fuentes de las aguas: aún no habían sido asentados los montes con su pesada mole: Yo fui engendrada antes que los collados: aún no había hecho la tierra, ni los ríos, ni los quicios del orbe de la tierra. Cuando preparaba los cielos, allí estaba Yo: cuando ceñía los abismos con valla y ley inmutable: cuando afirmaba los astros arriba, y nivelaba las fuentes de las aguas: cuando ponía sus términos al mar y dictaba la ley a las aguas, para que no pasaran de sus límites: cuando pesaba los fundamentos de la tierra. Con El estaba Yo ordenándolo todo: y Me deleitaba todos los días jugando delante de El todo el tiempo: jugando en el orbe de las tierras: y Mis delicias eran estar con los hijos de los hombres. Ahora, pues, hijos, oídme: Bienaventurados los que guardan Mis caminos. Escuchad el consejo y sed sabios, y no lo despreciéis. Bienaventurado el varón que Me oye, y que vela todos los días a Mi puerta, y que guarda los umbrales de Mi casa. El que Me encontrare a Mí, encontrará la vida, y beberá la salud en el Señor.

Reflexión sobre la Epístola

No debía hacer él Padre celestial por la segunda Eva, menos de lo que había hecho por la primera, creada lo mismo que el primer hombre, en estado de justicia original que no supo conservar. El Hijo de Dios no podía consentir que la mujer de la que iba a tomar Su naturaleza humana, tuviese nada que envidiar a la que fué madre de la prevaricación. El Espíritu Santo que debía cubrirla con Su sombra y fecundarla con Su acción divina, no podía permitir que Su Amada estuviese un solo momento afeada con la vergonzosa mancha con que todos somos concebidos. La sentencia es universal: pero la Madre de Dios debía quedar libre. Dios autor de la ley, Dios que libremente la dictó ¿no había de ser dueño de exceptuar de ella a la criatura a La que había determinado unirse con tantos lazos? Lo podía, lo debía: luego lo hizo.

¿No era esta la gloriosa excepción que Él mismo anunciaba cuando comparecieron ante Su divina majestad ofendida, los dos prevaricadores de los que todos descendemos? La misericordiosa promesa descendía sobre nosotros, al caer la maldición sobre la serpiente. «Pondré enemistad, decía Dios, entre ti y la Mujer, entre tu descendencia y la Suya; Ella aplastará tu cabeza.» De esta forma anunciaba al género humano la redención, como una victoria sobre Satanás; y la Mujer era la encargada de conseguir esta victoria para todos nosotros. Y no se diga, que este triunfo ha de lograrlo sólo el Hijo de la Mujer; nos dice el Señor que la enemistad de la Mujer contra la serpiente será personal, y que aplastará la cabeza del odioso reptil con Su pie vencedor; en una palabra, que la segunda Eva será digna del segundo Adán, y triunfadora como Él; que el género humano será un día vengado, no sólo por el Dios hecho hombre, sino también por la Mujer exenta milagrosamente de toda mancha de pecado, de manera que vuelva a aparecer la creación primitiva en justicia y santidad. (Efes., IV 24) como si no hubiese sido cometido un primer pecado.

Alzad, pues, la cabeza, hijos de Adán, y sacudid vuestras cadenas. Hoy ha quedado aniquilada la humillación que sobre vosotros pesaba.

Ahí tenéis a María, de vuestra carne y de vuestra sangre, que ha visto retroceder ante Si el torrente del pecado que inunda a todas las generaciones: el hálito del infernal dragón ha sido desviado para que no La manche: en Ella ha sido restaurada la dignidad primera de vuestro origen. Saludad, pues, el bendito día en que fué renovada la pureza original de vuestra sangre; ha sido creada la segunda Eva, y dentro de poco tiempo, de Su sangre, que es igual que la vuestra, fuera del pecado, os va a dar al Dios-Hombre que procede de Ella según la carne, y de Dios por generación eterna.

Y ¿cómo no admirar la pureza incomparable de María en Su concepción inmaculada, cuando oímos en el Cántico sagrado, que el mismo Dios que La preparó para ser Madre Suya, Le dice con acento impregnado de amor: «Toda hermosa eres, Amada Mía, no hay en Ti mancha alguna.» (Cant., IV, 7)? Es la santidad de Dios quien habla de la obra maestra de Su creación, por ser la futura Madre de Dios, siempre santa, siempre pura, siempre inmaculada.

Gradual

Bendita eres Tú, oh Virgen María, del Señor Dios excelso, sobre todas las mujeres en la tierra. Tú eres la gloria de Jerusalén, Tú la alegría de Israel, Tú el honor de nuestro pueblo. Aleluya, aleluya. Toda hermosa eres, María; y no está en Ti la mancha original. Aleluya.

Evangelio

Continuación del Santo Evangelio según San Lucas. (I, 26-28.)

En aquel tiempo fue enviado por Dios el Angel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una Virgen desposada con un varón llamado José, de la casa de David, y el nombre de la Virgen era María. Y, habiendo entrado el Angel a Ella, dijo: Salve, llena de gracia: el Señor es contigo: bendita Tú entre las mujeres.

Reflexión sobre el Evangelio

Oh María, prepara nuestra vista para que pueda contemplar el potente resplandor del Sol divino que viene detrás de Ti. Dispón nuestros corazones, ya que quieres revelarte a ellos. Pero, para que podamos contemplarte, es necesario que sean puros nuestros corazones; purifícalos, pues ¡oh purísima Inmaculada! Quiso la divina Sabiduría que, entre todas las fiestas que dedica la Iglesia a honrarte, se celebrase la de Tu Inmaculada Concepción en el tiempo de Adviento, para que, conociendo los hijos de la Iglesia el celo con que Te alejó el Señor de todo contacto con el pecado, en consideración a Aquel de quien debías ser Madre, se preparasen también ellos a recibirle, por medio de la renuncia absoluta a todo cuanto significa pecado o afecto al pecado. Ayúdanos oh María, a realizar este gran cambio. Destruye en nosotros, por Tu Concepción Inmaculada, las raíces de la concupiscencia y apaga sus llamas, humilla las altiveces de nuestro orgullo. Acuérdate que si Dios Te eligió para morada Suya, fue únicamente como medio para venir luego a morar en nosotros.

¡Oh María, Arca de la alianza, hecha de madera incorruptible, revestida de oro purísimo! ayúdanos a corresponder a los inefables designios de Dios, que después de haberse honrado en Tu pureza incomparable, quiere también serlo en nuestra miseria; pues sólo para hacer de nosotros Su templo y Su más grata morada nos ha arrebatado al demonio. Ven en ayuda nuestra, Tú que, por la misericordia de Tu Hijo, jamás conociste el pecado. Recibe en este día nuestras alabanzas. Tú eres el Arca de salvación que flota sobre las aguas del diluvio universal; el blanco vellón, humedecido por el rocío del cielo, mientras toda la tierra está seca; la Llama que no pudieron apagar las grandes olas; el Lirio que florece entre espinas; el Jardín cerrado a la infernal serpiente; la Fuente sellada, cuya limpidez jamás fue turbada; la casa del Señor, sobre la que tuvo siempre puestos Sus ojos, y en la que jamás entró nada con mancilla; la mística Ciudad, de la que se cuentan tantos prodigios. (Salmo LXXXVI.) ¡Oh María! nos es grato repetir Tus títulos de gloria, porque Te amamos, y la gloria de la Madre pertenece también a los hijos. Sigue bendiciendo y protegiendo a cuantos Te honran en este augusto privilegio, Tú que fuiste concebida en este día; y nace cuanto antes, concibe al Emmanuel, dale a luz y muéstrale a los que Le amamos.