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Una historia para cada día...

Sagrada Familia

Cristiano en secreto.

Marius Victorinus, ilustre orador romano, se había hecho cristiano en su interior, pero como era muy estimado entre los paganos, no se atrevía a confesar públicamente que era discípulo del Crucificado. Un día le dijo a San Simplicio: «Soy cristiano, pero sólo en secreto.» El Santo le respondió: «Mientras no profeses tu fe, y mientras no vengas a la iglesia, no eres cristiano. – Pero, ¿las paredes de un edificio hacen a un cristiano? – No, pero Cristo dijo: “El que se avergüence de Mí y de Mi enseñanza ante los hombres, el Hijo del Hombre lo negará cuando aparezca en Su gloria”.» (S. Lucas 9, 26) Victorino volvió a leer estos pasajes del Evangelio, los meditó seriamente y, despojándose de todo respeto humano, fue a asistir a las asambleas cristianas.

Uno no es cristiano si no profesa su religión.

Rodolfo de Habsburgo y el cetro.

En 1273 el conde Rodolfo de Habsburgo fue coronado emperador en Aquisgrán por el arzobispo de Colonia, Engelberto, en presencia de los príncipes electores. El arzobispo lo ungió con el santo crisma en la cabeza, el pecho y los hombros, luego los electores le ciñeron la espada, lo vistieron con el manto imperial y el arzobispo le colocó la corona en la frente. Después de esta ceremonia, el emperador debía dar a los electores la investidura de sus feudos, tocándolos con su cetro: pero el cetro se había extraviado, y el emperador tomó el crucifijo del altar para usarlo como cetro. «Aquí –dijo– está el signo de Aquel que derramó Su sangre por nosotros, el signo de Aquel que al salvar al mundo es la fuente de la paz y el derecho. Este es el cetro que usaré contra mis enemigos y los enemigos del imperio». Este solemne juramento, que contenía al mismo tiempo una valiente profesión de fe, aumentó en gran medida el respeto del pueblo y de los grandes vasallos hacia el emperador, y Dios, por Su parte, bendijo las empresas de un reinado cuyos inicios habían sido puestos bajo la protección de la Cruz.

Jesucristo también nos pide que profesemos nuestra fe. «Quien –dice– Me reconozca ante los hombres, Yo también lo reconoceré ante Mi Padre celestial; pero quien Me niegue ante los hombres, Yo también lo negaré ante Mi Padre celestial.»

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