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Una historia para cada día...

Sagrada Familia

La muerte de Gobel, el obispo intruso de París.

Mientras que durante la Revolución un gran número de sacerdotes pagaron su fidelidad con la cabeza en el patíbulo, algunos apostataron, ya sea por ambición o por cobardía. Jean-Baptiste Gobel, por ejemplo, un obispo jurado de París, declaró ante la Convención que hasta entonces había enseñado la superstición y que ahora sólo profesaba la religión de la igualdad y la libertad, y en señal de ello pisoteó sus insignias episcopales. Pronto cosechó los frutos de su traición: cayó en desgracia ante Robespierre, que lo condenó a muerte a pesar de sus 77 años (1794). Esto abrió los ojos del desafortunado al crimen que había cometido, y se arrepintió del escándalo que había dado a sus cofrades y a los fieles. En la víspera de su ejecución, escribió a su antiguo vicario general Lothringer: «Mañana expiaré con mi muerte mi pecado contra Dios y Su santa religión. Como no puedo confesarme oralmente, le envío aquí una confesión de mis faltas. Ven y ayúdame; estate junto a la puerta de la cárcel mañana y dame la absolución en silencio, sin omitir la fórmula: ab omni vinculo excommunicationis, (te absuelvo de toda excomunión).»

Esperemos que para el pobre obispo esta absolución haya transformado la puerta de la cárcel en la del paraíso. Que todos los apóstatas vuelvan a Dios por la gracia de la prueba.

La sultana renegada decapitada.

Cuando Mahoma II tomó Constantinopla en 1453, incendió toda la ciudad. Todos los que no fueron sacrificados fueron esclavizados. Entre los prisioneros había una joven llamada Irene, de tan notable belleza que el sultán quedó encantado y le ofreció su mano y la corona, a condición de que se hiciera mahometana. Deslumbrada por estas palabras y promesas halagadoras, abjuró de su fe, y Mahoma fijó el día en que sería proclamada sultana. Pero el ejército del sultán no quería saber nada de este matrimonio y amenazó con rebelarse. Mahoma resolvió calmarlos e hizo erigir una espléndida tribuna en una de las plazas, alrededor de la cual convocó al pueblo y a los grandes hombres del imperio. El día señalado le pidió a Irene que se vistiera con sus ropas más ricas, que se cubriera con sus joyas más preciadas, y la condujo al estrado donde le preguntó tres veces si quería abjurar del cristianismo. Tres veces respondió «sí» en voz alta, y el sultán le colocó la corona en la cabeza y la presentó a la gente reunida en multitud alrededor de la plataforma. Al mismo tiempo, desenfundó su cimitarra y de un golpe hizo rodar la cabeza y la corona de la sultana hasta sus pies. Luego, empujando el cadáver con el pie, gritó a la multitud: «Tenéis un sultán que no sólo sabe dominaros, sino dominarse a sí mismo».

¡Qué locura la de esta Irene! ¿Qué beneficio obtuvo con su abjuración del cristianismo? Una muerte trágica y la condenación eterna. El que apostata a veces cosecha lo contrario de lo que esperaba en esta vida. Perder la vida eterna, sin embargo, es la única desgracia irreparable.

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